LA ARMADURA DEL CAPITÁN
NARRA SAID
–Apenas es el primer día de clases y ya cargas con esa maldita cara de querer estrellar el auto contra un muro –suelta Christine sin anestesia mientras lanza su mochila cargada de cuadernos contra la alfombra del copiloto con un golpe seco que hace retumbar la estructura de la camioneta.
Ajusto la mano sobre la palanca de cambios y piso el acelerador con rabia. El motor responde con un rugido violento que hace vibrar el chasís entero mientras dejamos atrás las rejas doradas de la casa de nuestros padres. Las fachadas impecables de este vecindario millonario desfilar con una simetría asfixiante por la ventana, recordándome que cada familia en este lugar invierte una fortuna para sepultar sus podredumbres bajo mantos de césped perfecto y sonrisas ensayadas. Aprieto el volante de cuero con tanta fuerza que pierdo la sensibilidad en los dedos, sintiendo cómo el cuero cruje bajo la presión de mis puños.
Christine no se molesta en mirar la carretera. Se cruza de brazos con una rigidez absoluta, pega la espalda contra el asiento y fija sus ojos oscuros en el espejo retrovisor para retocar el labial rojo que lleva puesto. Ella y yo compartimos exactamente la misma genética desgarradora: la piel pálida, el cabello negro azabache y estos ojos azules filosos que la gente en la escuela suele confundir con frialdad. Sin embargo, Christine no calcula sus pasos como lo hago yo; ella escupe lo que piensa sin medir las consecuencias, mientras que yo llevo tres años enteros interpretando el papel del heredero impecable y del líder invencible que todos esperan que sea.
–Es el peso de la corona, hermanita –respondo dibujando una sonrisa arrogante y vacía, el tipo de mueca rápida que aprendí a perfeccionar frente al espejo para ocultar las náuseas que me provoca mi propia vida. – Alguien tiene que mantener bajo control a la jauría antes de que nos descuarticen a todos.
–Líder del plástico, querrás decir –se burla ella girando la cabeza para clavarme una mirada cargada de un desprecio puro. – Das verdadero asco cuando actúas como el dueño del lugar, Said. Sé perfectamente que por dentro te estás ahogando, pero prefieres tragar esa porquería antes que admitir que este sitio nos está destruyendo a los dos.
Trago saliva con dificultad y mantengo la vista fija en el asfalto. No respondo porque tiene razón y el impacto de sus palabras me quema el pecho de una forma física. Cambio de marcha con brusquedad y acelero aún más, obligando al auto a devorar las curvas de la avenida principal. El trayecto se convierte en una tortura continua donde ninguno de los dos vuelve a decir una sola palabra, acompañado únicamente por el zumbido constante del motor y el palpitar acelerado que me golpea detrás de las orejas.
Avanzo tres cuadras más y clavo los frenos de golpe justo antes de cruzar los portones de hierro del instituto Saint Jude. El impacto del freno hace que los cinturones de seguridad se trinquen bruscamente contra nuestros pechos. Fuera del vehículo, el espectáculo anual del primer día ya está en pleno desarrollo: cientos de estudiantes vestidos con el uniforme azul marino caminan por las explanadas, reunidos en círculos perfectamente divididos por clases sociales, lanzando risas ensayadas y presumiendo bronceados de vacaciones mientras el olor a perfumes costosos penetra incluso por las rendijas del aire acondicionado.
–Llegamos al circo –murmura Christine quitándose el cinturón con un tironazo seco.
Apago el motor y la falta de ruido en la cabina me pesa como un bloque de cemento sobre los hombros. Abro la puerta, salgo al aire fresco de la mañana y me ajusto la chaqueta del equipo de fútbol americano mientras camino rodeando la trompa del auto. Antes de que pueda dar diez pasos sobre el pavimento del estacionamiento, la figura alta de Nicholas se desmarca del grupo de atletas que ocupa el muro de piedra central y camina hacia mí con pasos decididos y esa tranquilidad aplastante que lo caracteriza.
–Vaya, por fin aparecen los reyes de la pista –anuncia Nicholas extendiendo la mano para chocar los nudillos conmigo en un saludo firme antes de inclinarse hacia adelante y darle un beso corto en la mejilla a Christine. – El entrenador lleva veinte minutos dando vueltas por los vestidores como un loco, Said. Necesita que el capitán firme las planchas de estrategia antes de que suene la primera campana.
–Que se espere cinco minutos, no me voy a morir por llegar tarde a su charla –contesto pasando una mano por mi cabello desordenado, intentando aparentar un dominio absoluto de la situación que se me desmorona por segundos.
Pero la frase se me atora violentamente en la garganta y mis cuerdas vocales se paralizan por completo. A menos de diez metros de distancia, un sedán negro frena junto a la vereda de acceso y la puerta trasera se abre despacio.
El ritmo de mis latidos se altera de inmediato. Ángeles Naiomi Liencat baja del auto ajustándose con la punta de los dedos esas gafas de marco cuadrado que ocultan la mitad de su cara. Lleva el uniforme escolar pulcro, con la falda ajustada a la medida exacta y la mochila de cuero desgastada colgando de un solo hombro. Camina despacio, con la cabeza baja y los hombros tensos, abriéndose paso entre la multitud de estudiantes como si fuera un fantasma que intenta cruzar un campo minado sin ser detectado. Es la única persona en todo este maldito instituto que no sonríe por compromiso, la única que me mira directo a los ojos sin temblar y la única a la que tengo prohibido acercarme por las malditas alianzas que mi padre sostiene con la junta directiva.
Siento un latigazo de rabia y deseo puro atravesándome la columna vertebral. Cada músculo de mis piernas se tensa con un impulso salvaje que me exige cruzar los metros de asfalto que nos separan, agarrarla del brazo, sacarla de esa burbuja de aislamiento y obligarla a mirarme. Mi mano se cierra en un puño cerrado al costado de mi pierna, aplastando las llaves del auto contra la palma de la mano hasta sacarme dolor.
–¡Said, mi amor! ¡Te extrañé muchísimo! –el chillido agudo y agobiante de Jane rompe el ambiente antes de que pueda dar un solo paso.
Antes de que consiga reaccionar o hacerme a un lado, Jane se me echa encima por la espalda, rodeándome el cuello con los brazos y pegando su cuerpo contra el mío en un abrazo sofocante. El olor penetrante a perfume de vainilla sintética que emana de su cuello me golpea de lleno en la nariz, provocándome una puntada de dolor instantánea detrás de los ojos.
Christine suelta un bufido cargado de un asco estridente, gira sobre sus tacones y se aleja a zancadas cortantes en dirección al pasillo de los casilleros sin voltear a mirar atrás.
–Suéltame de una vez, Jane. Hace un calor insoportable aquí afuera –le digo brusco, sujetándola fuertemente por las muñecas para desengancharla de mi cuello con un movimiento rápido y seco que la hace dar un paso hacia atrás en el acto.
Jane me mira con los ojos muy abiertos, parpadeando llena de indignación mientras intenta arreglarse el cabello rubio que se le desacomodó con el tirón. Ignoro por completo los pucheros de protesta que empieza a formular con la boca. Mis ojos ignoran a la gente que nos rodea, ignoran a Nicholas y ignoran a Jane; mis ojos se fijan únicamente en la silueta de Naiomi, que acaba de doblar la esquina en dirección al pabellón de casilleros. Sin pensarlo dos segundos, acomodo la correa de mi bolso sobre el hombro y camino a pasos acelerados directamente tras sus huellas, ignorando los gritos de Jane que me llama a mis espaldas.








