Capítulo 01
Bajo el calor sofocante del verano y el incesante canto de las cigarras, Yoshiki y Hikaru hacían una pausa de camino a casa. Sentados en la banca afuera de la tienda Yamahisa, charlaban mientras picaban algo para matar el hambre, cuando un aroma ligeramente dulce llegó a la nariz de Yoshiki.
—Oye... ¿no hueles algo dulce? ¿Cómo melocotón? O alguna fruta...
En ese momento, lo que ambos tenían en las manos eran solo snacks salados, y una bebida común y corriente. Un establecimiento tan pequeño como ese no ofrecía bebidas aromáticas ni nada por el estilo, y si había fruta en los alrededores, jamás olería así de fuerte sin estar abierta. Sin embargo, frente a la nariz de Yoshiki flotaba un aroma denso y dulzón, tan claro como si le hubieran acercado un durazno recién cortado.
Al escuchar la pregunta, Hikaru frunció ligeramente el ceño con curiosidad y aspiró dos veces con cuidado.
—¿Eh? Pues no. Yo no huelo nada.
Después de oír eso, Yoshiki volvió a inhalar conscientemente por la nariz. Aunque Hikaru decía no percibir nada, Yoshiki estaba seguro de que ese aroma dulce seguía allí.
—...Qué raro—murmuró Yoshiki para sí mismo.
Entonces, de repente, Hikaru se levantó diciendo: —¡Ah! ¡Perdón, Yoshiki! Me acordé de que tenía algo que hacer. Adelántate tú, ¿sí?
—¿Eh? Ah... claro.
Sin dar tiempo a saber si realmente había escuchado la respuesta, Hikaru se montó a toda prisa en su bicicleta e hizo sonar la campanilla. —¡Nos vemos mañana! —, exclamó antes de alejarse a toda velocidad.
Sobre la banca quedaron abandonados la botella de plástico a medio terminar y los envoltorios de los snacks. Para cuando Yoshiki soltó un resignado suspiro y empezó a recoger el desastre, el dulce aroma ya había desaparecido por completo.
A pesar de haber dicho “nos vemos mañana”, Hikaru no fue a la escuela al día siguiente. Tampoco era época de gripe ni nada parecido, pero al parecer había terminado enfermándose con un resfriado bastante fuerte. Cuando Yoshiki fue a su casa a dejarle los apuntes, le preguntó a la madre de su amigo si podía pasar a verlo, ella negó con la cabeza amablemente y contestó: —No queremos que te contagies.
Al menos todavía podían hablar un poco a través de mensajes, así que Yoshiki intentó no preocuparse demasiado. Aun así, Hikaru casi nunca se enfermaba, así que verlo de repente postrado en cama se sentía extraño. Después de tantos días sin verse cara a cara, la ausencia de su amigo comenzaba a pesarle.
Entre las actividades del comité, el club y un montón de otras obligaciones acumuladas, el cansancio terminó pasándole factura. Al volver a casa, Yoshiki pensó en tomar una pequeña siesta antes de ir a dejarle los apuntes de la clase, pero acabó quedándose dormido más tiempo de la cuenta. Por eso terminó llegando a la casa de Hikaru mucho más tarde de lo habitual.
No es que fuera obligatorio entregar los apuntes precisamente ese día; después de todo, Hikaru necesitaba descansar varios días más. Pero Yoshiki no podía evitar aferrarse a una pequeña esperanza: quizá, si se encontraba un poco mejor, podrían al menos hablar en persona, aunque fuera unos minutos.
Mientras avanzaba por aquel camino que conocía de memoria, Yoshiki divisó una camioneta negra estacionada cerca de la casa de Hikaru. Sin detenerse, dirigió una mirada desconfiada hacia el vehículo desconocido. Entonces la puerta del asiento trasero se abrió, y de ella descendió una cabellera blanca.
—...Hikaru.
Estaban demasiado lejos para que aquello pudiera escucharse como algo más que un murmullo para sí mismo, pero en aquel camino rural, donde apenas había edificios que bloquearan la vista, Hikaru también pareció darse cuenta de que Yoshiki se acercaba a su casa.
Yoshiki esperaba al menos un saludo rápido, quizá una mano alzada a la distancia. Sin embargo, para su sorpresa, Hikaru apartó la mirada casi de inmediato y entró apresuradamente en la casa.
—Disculpe por venir tan tarde.
—Ah, Yoshiki, mi niño. Muchas gracias por todo, como siempre.
La camioneta negra se había marchado poco después de dejar a Hikaru. La madre de Hikaru lo recibió en la entrada con la misma actitud amable de siempre. Yoshiki dudó un instante antes de hablar, preguntándose si realmente debía hacerlo.
—Eh... Hikaru acaba de regresar hace un momento, ¿verdad? ¿No puedo verlo, aunque sea un momento?
—Ay, lo siento mucho... Llegó justo ahora, pero dijo que se sentía mal y parece que se fue directo a acostar. ¿Podrías volver otro día?
En la actitud de la señora no había rastro del comportamiento extraño que Hikaru había mostrado momentos antes; insistir más resultaría inútil.
—...Entiendo. Pero... si todavía se siente tan mal, ¿por qué salió a estas horas?
—Como no terminaba de recuperarse, fuimos a un médico que atiende de noche. Perdona por preocuparte tanto.
Tanto por el tono de su voz y la expresión en su rostro, no parecía estar mintiendo. Y aun así, aquella desagradable sensación seguía retorciéndose dentro de Yoshiki. Tragándose esa incomodidad como pudo, finalmente logró decir: —...No, está bien. Solo... dígale que espero que se mejore pronto.
Incluso después de que pasó la noche y pudo pensarlo con más calma, la sensación de incomodidad dentro de Yoshiki no hizo más que crecer con el paso de las horas.
¿Por qué Hikaru había actuado como si quisiera evitarlo aquella vez? Y si realmente estaba enfermo y podía contagiar a otros, ¿por qué no llevaba mascarilla?
Más de una vez pensó en preguntárselo directamente por la aplicación de mensajes, pero sentía que Hikaru simplemente encontraría la manera de esquivar el tema. Y así, sin darse cuenta, Yoshiki seguía evitando llegar al verdadero centro de sus dudas.
Y luego estaba aquella camioneta negra desconocida...
No sabía si había sido algo casual de una sola noche o si ocurría todos los días, pero no lograba quitársela de la cabeza. Al final, tras inventarle una excusa cualquiera a su madre, volvió a dirigirse a la casa de Hikaru a la misma hora que la noche anterior.
Y entonces la vio otra vez. La misma camioneta negra se detuvo frente a la casa, dejó a Hikaru y se marchó inmediatamente después. La oscuridad le impedía distinguir bien su expresión, pero Hikaru caminaba con la cabeza baja y esta vez parecía no haberse percatado de la presencia de Yoshiki.
Y así pasaron varios días más. Para entonces, Hikaru ya debería haberse recuperado hacía tiempo, pero seguía faltando a clases por aquel “resfriado prolongado”. Incluso sus respuestas al teléfono parecían cada vez más lentas y distantes.
Finalmente, incapaz de seguir ignorándolo, Yoshiki tomó una decisión. Salió de casa fingiendo que iba a la escuela y se dispuso a averiguar qué estaba pasando con Hikaru.
Durante esos últimos días, la camioneta negra había aparecido siempre a la misma hora para llevarlo de regreso a casa. Como todavía era estudiante de secundaria, no tenía auto. Tampoco dinero para tomar un taxi. Y aunque lo tuviera, en un pueblo tan pequeño y con tan poca gente circulando, seguir un vehículo sin llamar la atención sería prácticamente imposible.
Así que optó por un plan desesperado y bastante absurdo: vigilar la casa de Hikaru desde la mañana.
Ni siquiera sabía a qué hora aparecería el vehículo. Tal vez tendría que esperar hasta el atardecer... o quizá todo sería inútil si la camioneta llegaba temprano por la mañana, antes incluso de que ellos fueran a clases.
Aun así, aferrándose a la esperanza de encontrar, aunque fuera una mínima pista, Yoshiki se escondió detrás de una vieja choza cercana a la casa de Hikaru y decidió esperar.
El rugido del motor llegó poco antes de las diez de la mañana.
Asomándose desde su escondite, Yoshiki vio la camioneta negra detenerse frente a la entrada de la casa de Hikaru. Se había preparado mentalmente para esperar hasta la tarde o incluso el anochecer, así que apenas había pasado mucho tiempo desde que empezó a vigilar. Había tenido suerte.
Justo cuando pensaba eso, el sonido seco de la puerta corrediza al abrirse anunció la aparición de Hikaru.
—¡Hikaru!
Llevado por el impulso, Yoshiki salió de golpe de su escondite y lo llamó. Hikaru se volvió sobresaltado, abriendo los ojos con evidente sorpresa.
—Yoshiki. ¿Qué haces aquí?
—¿A dónde vas? ¡Llevas días faltando a clases y sales desde temprano de tu casa hasta la noche...! ¿Dónde has estado todo este tiempo? ¿En que estas metido?
—...Yoshiki, esto no...
Hikaru vaciló. Desvió la mirada, incómodo, como si dudara qué decir. Justo cuando estaba a punto de hablar, el sonido del claxon de la camioneta interrumpió el momento.
Hikaru giró la cabeza hacia el vehículo por un instante y luego volvió a mirar a Yoshiki.
—El fin de semana te lo explicaré. Por hoy... déjalo pasar, ¿sí?
Sin darle oportunidad de responder, subió apresuradamente a la camioneta. La puerta, cubierta por un vidrio completamente negro, se cerró tras él, ocultándolo de inmediato.
Yoshiki se quedó allí, arrastrando aquella sensación pesada y turbulenta en el pecho, sin otra opción más que darse la vuelta y regresar a casa.
—Pasa.
Ese fin de semana, cuando Yoshiki llegó a la hora que Hikaru le había indicado, fue recibido con la misma actitud de siempre, aunque algo más seca y distante de lo normal. Parecía que la madre de Hikaru había salido. Hikaru tomó algunas bebidas y snacks de la cocina y se dirigió hacia su habitación.
Junto al futón que seguía extendido en el suelo, Hikaru colocó una mesa baja plegable y dejó encima la bandeja con los vasos y los snacks. Entre ellos había demasiada confianza como para preocuparse por formalidades, y Hikaru tampoco era el tipo de persona que se esmerara en recibir visitas. No había cojines para invitados ni nada parecido. Mientras Hikaru se dejaba caer pesadamente sobre el futón, Yoshiki se sentó directamente sobre el tatami, como siempre hacía.
Sabía que quedarse en silencio no resolvería nada; Yoshiki deseaba poner fin de una vez por todas a la inquietud que lo atormentaba, así que decidió ir directo al grano.
—...Esa camioneta... ¿de verdad te llevaba al hospital?
—¿Al hospital? ¿Mi mamá te dijo eso?
—Dijo que estabas yendo al médico.
—Ya veo.
La risa seca que Hikaru soltó al escucharlo hizo que un escalofrío recorriera el pecho de Yoshiki.
—¿Eh? ¿Qué pasa? ¿No ibas con un médico...?
Sintió la garganta tensarse lentamente, como si algo le apretara el cuello desde dentro. Respirar se volvió difícil; incluso hablar comenzaba a costarle.
A veces, incluso siendo Hikaru su amigo de toda la vida, mostraba expresiones imposibles de comprender. Una mirada fría. Oscura. Vacía de emoción, como si todo sentimiento hubiera desaparecido de golpe. Y ahora mismo, esa misma mirada estaba frente a él. La atmósfera incómoda de la habitación parecía envolverlo poco a poco; amenazando con consumirlo.
—Oye, Yoshiki... Lo que voy a contarte ahora, ¿prometes que no se lo dirás a nadie?
—Sí. Lo prometo.
Tragándose el nudo en la garganta, apenas logró articular la respuesta. Hikaru dejó escapar un largo suspiro antes de continuar:
—...Mi familia es distinta. Desde generaciones atrás ha sido así... Mi padre, mi abuelo, todos han cargado con esto. No soy solo yo... Y por eso creo que nadie puede hacer nada al respecto... Pero pensar que, si te lo contaba, podrías despreciarme o empezar a odiarme... eso era lo único que realmente me daba miedo. Aunque supongo que tú quieres saberlo, ¿no, Yoshiki?
Hikaru hablaba entre pausas, casi como si cada palabra le costara respirar. Como si estuviera tragándose agujas junto con todo aquel dolor y angustia. Solo entonces Yoshiki comprendió que revelar aquello debía requerir una enorme determinación, y sintió algo de vergüenza por haber intentado sonsacarle respuestas tan a la ligera.
—...Quiero saberlo, sí, pero si no quieres hablar de ello no tienes que obligarte.
La tensión le cerraba la garganta mientras respondía. Y entonces volvió a percibirlo. Aquel aroma dulce. Suave, envolvente, igual al que había olido aquella vez junto a Hikaru.
—Oye, Hikaru... ¿no sientes un olor dulce?
Aquella vez, solo Yoshiki había sido capaz de percibirlo... o al menos, eso creía.
—Supongo que tarde o temprano ibas a descubrirlo.
—¿Eh?
Yoshiki se quedó desconcertado ante la sonrisa amarga de Hikaru. Entonces, de sus labios salió una confesión que jamás habría imaginado.
—...Yo soy un Omega.
¿Omega?La palabra resonó varias veces dentro de la cabeza de Yoshiki.
Yoshiki repitió la palabra en su mente, intentando encajar las piezas de lo que recordaba.
Los Omega, junto con los Alfa y los Beta, formaban parte de ese famoso “segundo género”
En la escuela les enseñaban que, al llegar a la pubertad, las pruebas médicas para detectar el segundo sexo eran obligatorias. Si salías Alpha u Omega te daban un seguimiento especial, aunque todo se manejaba con absoluto secreto para evitar discriminaciones. En un pueblo pequeño como este, donde la gente vive de chismes, la sola presencia de un Omega habría sido el tema de conversación de todo el mundo.
Pero Hikaru acababa de decir que él lo era.
¿Hikaru... un omega? Pero entonces...
—Las betas no nos vemos afectados por períodos de celo de los alphas ni de los omega. Yo soy beta no debería poder percibir ese olor...
Completamente desconcertado, Yoshiki vio cómo Hikaru le tendía rápidamente un pequeño sobre azul.
—Yoshiki, primero tómate esto. Es un inhibidor de efecto rápido. Deberías sentirte mejor enseguida.
Yoshiki se quedó mirando el paquete sin reaccionar. Hikaru insistió, casi obligándolo. —Tómatelo.
—Está bien.
Probablemente habría sido mejor beberlo con agua o agua tibia, pero Yoshiki ni siquiera tenía la calma suficiente para ir a buscar algo así. Al final, tomó un sorbo del té que había sobre la mesa.
El polvo medicinal tenía un sabor dulzón y amargo. Hikaru observó cómo la garganta de Yoshiki se movía al tragar antes de finalmente decir:
—Dentro de un rato dejarás de percibir el olor.
—...Sí.
A Yoshiki le costaba ordenar sus pensamientos.
Era cierto que, históricamente, los omegas habían sido discriminados por cuestiones relacionadas con sus cuerpos, sus capacidades o sus períodos de celo. Había estudiado eso alguna vez. Pero también sabía que, gracias a los avances de la medicina, muchas de esas dificultades podían controlarse ahora.
De hecho, Hikaru había vivido hasta ese momento sin que nadie descubriera que era un omega.
Así que, incluso después de escuchar aquella confesión, Yoshiki no sentía que algo cambiara realmente entre ellos.
—Pero, aunque seas un omega, no voy a odiarte por eso.
—Sí. Sé que tú eres así, Yoshiki. Confío en eso. Pero lo mío no es solo ser un omega. Lo que de verdad me asusta viene después.
¿Todavía había más?
El cuerpo de Yoshiki se tensó involuntariamente. Le habría gustado decirle que no tenía que obligarse a hablar si no quería. Pero la atmósfera pesada de la habitación le oprimía la garganta y no consiguió hacer salir las palabras.
—Perdón, Yoshiki. Si esto te hace sentir mal... de verdad, perdóname.
Hikaru sonrió con amargura.
Yoshiki tragó saliva. Intentó serenarse con una respiración profunda y un parpadeo lento antes de finalmente responder: —...Está bien. Cuéntamelo.
Después de un largo silencio, Hikaru comenzó a hablar. —Esto solo lo sabe una parte de la gente del pueblo.
Y entonces empezó a contarle lo siguiente:
Un antepasado de la familia Indou habían cometido un tabú en la montaña, y desde entonces el pueblo entero había cargado con aquella calamidad. Sin embargo, la desgracia nunca recaía directamente sobre la familia Indou. Siempre terminaba afectando a quienes los rodeaban. Por eso, los hombres de la familia debían ofrecer disculpas tanto a la deidad de la montaña como a la gente del pueblo. Y como parte de ese “pago”, existía un ritual en el que debían entregar su cuerpo a ciertos hombres poderosos de la aldea. Ese ritual comenzaba en el momento en que llegaba la primera menstruación.
—...¿La primera menstruación?
La palabra inesperada cayó sobre Yoshiki como un golpe, haciéndole fruncir el ceño sin comprender. Hikaru, viendo su reacción, continuó explicándose.
—Los hombres de la familia Indou están malditos... Además de ser omega, hay otra cosa: la parte inferior de nuestro cuerpo es “femenina”. Supongo que es para que podamos aceptar más fácilmente a los hombres... Es asqueroso, ¿no? Parece cosa de monstruos.
Hikaru soltó una pequeña risa amarga.
—A estas alturas ni siquiera sé qué significa realmente ser “hombre”. Bueno... no tengo pecho y también tengo nuez, así que al menos mi voz si suena como la de uno.
Yoshiki permanecía completamente inmóvil.
—Por eso, generación tras generación, los hombres de mi familia terminan emparejándose con alpha. Pero los hijos varones siempre nacen omegas. Las mujeres, en cambio, pueden ser omega o alpha, depende. Una vez me pregunté qué pasaría si no naciera ningún varón y hasta investigué el árbol genealógico... pero, por lo que vi, siempre nace al menos uno.
—Espera un momento.
La mente de Yoshiki ya no lograba procesar nada. Todo aquello era demasiado absurdo. Demasiado irreal. ¿De verdad podía existir algo así? Por un instante quiso convencerse de que se trataba de una historia inventada, una mentira exagerada.Ojalá lo fuera.Mientras intentaba encontrar sentido a las palabras de Hikaru, empezó a rebuscar desesperadamente en sus recuerdos.
Habían crecido juntos desde niños. Habían ido al río, se habían bañado juntos, habían pasado incontables momentos uno al lado del otro. Pero jamás se había detenido a mirar directamente su cuerpo, y Hikaru siempre había actuado con tanta naturalidad que nunca sospechó nada.
Aunque ahora que lo pensaba. En las clases de natación Hikaru solía entrar tarde a la piscina. Y durante el viaje escolar también había sido extrañamente reservado en los baños. Pero aun así... aquello no podía ser...
Yoshiki guardó silencio, completamente pálido, llevándose una mano a la cabeza como si intentara sostener sus pensamientos desmoronándose.
Hikaru simplemente lo observó sin decir nada. La confusión, el desconcierto y aquel miedo difícil de describir hacían temblar los brazos de Yoshiki.
—Entonces... eres un omega con genitales femeninos y además... ciertas personas del pueblo... usan... su cuerpo para...
Las palabras se quebraron en su garganta antes de poder terminarlas.
Al ver a Yoshiki cubrirse la boca, Hikaru le acercó con calma un basurero forrado con varias capas de papel. Al instante siguiente, mientras Yoshiki vomitaba violentamente, Hikaru le sostuvo la espalda con suavidad.
—Perdón... por obligarte a escuchar algo así...
Era natural que Yoshiki reaccionara de esa manera.
Un cuerpo extraño, imposible de encajar del todo como masculino o femenino. Y además, una existencia despreciada como una “naturaleza vulgar” capaz de seducir a los hombres. Alguien a quien le habían hecho cosas imposibles de contar abiertamente.
Una criatura sucia y desagradable que ni siquiera debería fingir vivir como una persona normal.
No soy normal. Claro que le doy asco...
Mientras acariciaba la espalda de Yoshiki, Hikaru no pudo evitar pensar vagamente en lo que vendría después. Quizá Yoshiki empezaría a mantener distancia. Aunque, incluso así, probablemente nunca revelaría su secreto a nadie.
En realidad, lo que más había temido siempre era precisamente esto: Que Yoshiki lo descubriera. Había querido seguir a su lado exactamente como hasta ahora. Mantener esa cercanía para siempre. Pero...
Después de toser varias veces, Yoshiki finalmente pareció recuperar un poco el aliento. Entonces, todavía con el rostro deformado por el malestar, levantó la mano y sujetó con fuerza la muñeca de Hikaru.
Y mirándolo directamente a los ojos, dijo: —Huyamos, Hikaru.
—¿Eh?
La respuesta fue tan inesperada que Hikaru abrió los ojos de par en par.
—¡Todo esto está mal...! ¡Están completamente enfermo! ¡No es normal! ¿¡Por qué tienes que cargar tú con algo así por culpa de unos antepasados que ni siquiera conociste!? ¿¡Tu mamá sabe de esto!? ¡Porque si lo sabe, entonces también es horrible!
El rostro de Yoshiki, con los ojos llorosos y la piel aún pálido por las náuseas, se había teñido de rojo por la rabia. Hablaba exaltado, sin importarle siquiera que las palabras salieran atropelladas.
Hikaru nunca antes lo había visto tan furioso. Aquella reacción estaba tan lejos de lo que había imaginado que, por un instante, se sintió completamente desconcertado.
—...Mi mamá no sabe. Lo de mi cuerpo sí, pero lo del ritual es un secreto. Se transmite solo al hijo mayor de cada generación...
Hikaru sonrió apenas, agotado. —Gracias, Yoshiki. Gracias por preocuparte por mí. Con eso me basta.
Como si se negara a aceptar que aquello pudiera terminar así, Yoshiki apretó con más fuerza el brazo de Hikaru y, con una expresión desgarrada, insistió: —¿No puedes detenerlo?
—No tengo tanto poder.
Hikaru dejó escapar un suspiro cansado. Claro que había pensado en ello incontables veces. La impotencia que sentía hacia su propia situación llevaba años acumulándose dentro de él.
—Si me niego, no sé qué podría pasarle al pueblo. Y aunque no ocurriera nada, probablemente terminarían castigando a mi abuelo o a mi mamá... quizá incluso expulsándolos de aquí. Por eso yo... no puedo detenerme hasta encontrar a alguien con quien formar un vínculo.
Al escuchar esas palabras, la mano de Yoshiki aflojó ligeramente la presión sobre su brazo.
—¿Si formas ese vínculo... todo termina?
—Más o menos. Supongo que es porque el celo deja de aparecer, aunque en realidad no sé exactamente por qué. Solo funciona así.
“Formar un vínculo” era el lazo especial que podía establecerse entre un Alpha y un omega; algo parecido al matrimonio dentro de ese sistema.
Una vez creado, ese vínculo era extremadamente fuerte. El omega no podía romperlo por voluntad propia. El alpha, en cambio, sí podía abandonarlo y unirse a otro omega. Pero hacerlo podía provocar graves al omega rechazado, llegando incluso a la locura o la muerte.
Por eso, elegir con quién formar ese vínculo era considerado algo extremadamente importante.
Y además... un beta jamás podía formar ese tipo de vínculo con un alpha o un omega.
—Ojalá yo hubiera sido alpha. —Las palabras escaparon de Yoshiki en un murmullo áspero y quebrado, cargado de un dolor imposible de ocultar. —Si yo hubiera sido alpha, me habría unido a ti de inmediato y nunca habría permitido que te hicieran pasar por algo así...
—Yoshiki...
Las palabras de Yoshiki hicieron que Hikaru sintiera algo parecido al alivio. Había estado preparado para que lo rechazaran. Pensó que, después de descubrir la verdad, Yoshiki podría apartarse de él sin dudarlo.
Y aun así, ahí estaba. Preocupándose por él de verdad. Aunque Hikaru le había ocultado aquel secreto durante años, aunque tenía razones para sentirse traicionado, Yoshiki seguía intentando ayudarlo con absoluta sinceridad. Y eso lo hacía inmensamente feliz.
El corazón que había mantenido cerrado durante tanto tiempo, incapaz de confiar en nadie, parecía abrirse poco a poco y derretirse bajo aquella calidez. Hikaru bajó la mirada, sintiendo cómo los ojos empezaban a humedecérsele. Y entonces Yoshiki volvió a decir algo que jamás habría esperado escuchar.
—Y además, solo pensar en que te enlaces con alguien más, solo de imaginarlo siento que me voy a morir.
Desconcertado, Hikaru levantó la vista hacia él. Detrás del flequillo negro que le caía sobre los ojos, Yoshiki lo observaba con una expresión intensa, casi feroz. Aunque acababa de decir que aquello lo hacía sentir morir, la mirada que tenía parecía capaz de destrozar a cualquiera que intentara acercarse a Hikaru.
—Oye, Hikaru, yo también he estado ocultando algo, porque no quería que me odiaras.
No quedaba claro si aquella voz temblaba por nervios, rabia o tristeza. Pero parecía a punto de quebrarse.
—Pensaba llevarme esto a la tumba, pero no sería justo, ¿verdad? Después de todo lo que acabas de contarme.
Dentro de su pecho, el corazón de Yoshiki latía con tanta fuerza que parecía sacudir el aire entre ambos. La tensión envolvió la habitación por completo. Y entonces, reuniendo todo el valor que le quedaba, Yoshiki confesó: —Yo... estoy enamorado de ti, Hikaru.
—...¿De mí? —La voz que escapó de los labios de Hikaru fue apenas un susurro ronco, tan débil que casi parecía perderse en el silencio de la habitación.
Después de dejar escapar aquellos sentimientos que jamás pensó confesar, una culpa lenta y pesada empezó a devorar a Yoshiki desde dentro.
Era una confesión egoísta. Una revelación que, al final, no servía para nada.
Aunque Hikaru conociera sus sentimientos, nada cambiaría realmente. Si Yoshiki hubiera sido alpha si Hikaru hubiera podido aceptarlo, quizá entonces habría existido alguna posibilidad.
Pero Yoshiki era beta. No era más que una persona común, alguien completamente ajeno a ese mundo.
—Perdóname. Qué asco debo darte, lo siento... Perdón por no poder ayudarte en nada, de verdad...
Sin darse cuenta, una lágrima cayó sobre el puño que mantenía apretado con fuerza. Y en ese mismo instante...
—...Yoshiki.
De repente, como si un capullo hubiera florecido frente a sus narices, un aroma dulce e intensísimo inundó el aire, con una densidad que jamás había olido antes.
—Este olor... pero si...
Después de tomar el medicamento, el aroma había desaparecido por completo. O al menos eso creía. Pero ahora era incomparablemente más fuerte. Tan espeso y embriagador que casi parecía tener sabor, como si estuviera llenándole los pulmones por completo.
Sobresaltado, Yoshiki levantó la vista. Frente a él estaba Hikaru, sonriendo con una expresión mezcla de resignación y ternura.
—Yoshiki... si vas a rechazarme, tiene que ser ahora.
—¿Qué?
Sin entender del todo lo que estaba ocurriendo, Yoshiki solo pudo devolverle una mirada llena de desconcierto. Entonces Hikaru, inclinándose ligeramente para buscar sus ojos, preguntó en voz baja:
—¿Te unirías a mí?
—Pero si yo soy un Beta.
—¿Y si pudieras convertirte en alpha?
Yoshiki se quedó inmóvil, incapaz de responder con claridad. Hikaru le acarició la mejilla lentamente, casi como si intentara guiarlo.
—...¿Lo harías? ¿Me marcarias?
—Sí. Lo haría.
En el mismo instante en que aquellas palabras abandonaron sus labios, su corazón dio un latido tan violento que sintió que iba a romperse.
—¡Agh...!
Un estremecimiento feroz atravesó todo su cuerpo y Yoshiki se dobló sobre sí mismo. El pulso comenzó a acelerarse sin control, mientras un calor sofocante recorría cada rincón de su cuerpo. Su respiración se volvió irregular. Tendido sobre el suelo, jadeando entrecortadamente, levantó la vista hacia Hikaru.
—¿Qué... me hiciste... Hikaru?
Como si quisiera limpiar el sudor que brotaba de su piel, los dedos blancos de Hikaru se deslizaron lentamente sobre su rostro.
—Esto también es parte de nuestra “maldición”... Los hombres de la familia Indou siempre nacen omegas pero, a cambio, podemos convertir en alpha a la persona que elegimos como nuestra única pareja.
Entre el calor que lo consumía y aquel aroma dulce tan intenso que casi le nublaba la conciencia, Yoshiki alzó la vista.
En medio del calor sofocante, el aroma empalagoso y la vista nublada, Yoshiki contempló a Hikaru: sonreía con una belleza tan abrumadora y perturbadora que infundía terror.
Continuará...




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