Relato #1
En un suelo de madera 4 personas con piel suave como la masa y de piel azulada, estaban sentados junto a una hoguera.
Ellos estaban sentados sobre tablones de madera, los cuales eran suaves como el cartón. Disfrutaban comiendo carne de vaca con la intensidad de un cerdo, carne cuya textura era de papel.
Todos disfrutaban de sus filetes menos uno, que dejó su comida en el suelo y estaba en la orilla de esa tierra dura, y sus pies colgaban por encima del oscuro abismo que estaba abajo de ellos.
Mantenía la mirada sobre una luz en la oscuridad de la noche, la cual se veía lejana y brillante como una estrella, pero a la vez tan cercana como para taparla con la mano.
Este veía hacia esa estrella, y no estaba dispuesto a apartar la mirada.
Se arrimó un poco hacia delante, olvidándose que ya estaba al extremo de ese monte, e inevitablemente cayó.
Cuando golpeó el suelo, sintió que este era frío y liso como agua de roca.
Se levantó lentamente, golpeando su cara sin expresión contra el suelo unas cuantas veces, hasta que por fin logró su cometido y pudo ponerse en dos patas.
Con cada pasó descubría algo nuevo, como líneas negras que conectaban el piso como si este fuera hecho de cubos.
Siguió caminando aquejadamente, hasta que encontró una pequeña elevación y saltó para poner sus pies sin dedos sobre esta.
Dos murallas de piedra partida lo rodeaban, pero como estaban separadas no lo podían aplastar aunque tampoco se veían creadas para eso.
Adentro de ese nuevo mundo la luz de su estrella favorita lo calentaba, pero todavía quería tocarla, así que hundió su mirada hacia su alrededor y vio una montaña plana, como si fuera un muro por delante de otro.
Se acercó hacia esta y empezó a escalarla, no había zonas de donde apoyarse pero la piel del pequeño actuaba como su propio pegamento, con lo cual lograba pegarse a ese espacio plano.
Por el camino vio dos ramas muy raras, como si la de abajo estuviera conectada con la de arriba.
Continuó subiendo y logro llegar montarse sobre un pequeño suelo demasiado estrecho, y miró hacia su frente en busca de algún punto de referencia.
Encontró un clima más helado que el del invierno, como si una puerta se hubiera quedado abierta hacia un lugar de pesadilla.
Había carne cruda cubierta de una tela rara e invisible, un cajón blanco pegado al cielo de ese invierno y algo que contenía un mar por adentro de sí.
El pequeño ser de color azulado saltó sobre el escalón que llevaba hacia ese frío y casi resbaló, pero mantuvo la postura con esfuerzo extendiendo los brazos en forma de T.
Caminó con cautela y se acercó hacia el objeto que contenia una cantidad de agua que los inexistentes ojos de la criaturita habían visto jamás.
Pero de repente algo sonó en lo más profundo de este mundo, sonidos de montañas golpeando el suelo carcomaban la valentía del pequeño ser azulito.
Y cuándo volteó, y se acercó, lo único que vió fue una pared dura e inerte.
Corrió hacia esa repentina puerta y con el hombro la empujó con fuerza, pero era inútil, su diminuto y suave cuerpo no estaba listo para eso.
El tiempo se sintió como el paso de una tortuga en ese frío y glaseado clima.
En la oscuridad de ese clima, el pequeño ser de color azul se sentaba de espalda. Recostado sobre la áspera pero no dañina pared del objeto que guardaba el agua en su interior como un pozo.
Vió hacia el cielo, siendo más lento que antes con sus movimientos, y se dió cuenta de algo:
Un rayo de luz golpeaba el techo.
Vió rápidamente hacia la puerta y lo percibió.
Había una salida.
Corrió hacia el pequeño hueco y como si fuera un gusano paso por este con dificultad y sobre todo con éxito.
Ahora que estaba afuera de ese lugar, siguió subiendo.
Rápidamente llegó al pico de esa montaña, el cual era un suelo plano y cuadrado.
Vió hacia arriba, esa estrella estaba tan cerca pero todavía tan lejos en aquel momento. Vió un muro de color mostaza pegado de la montaña, y fue rápidamente hacia este.
Lo escalo rápidamente, pero de la nada sintió un cosquilleo rudo en su cabeza, perdió el equilibrio y cayó.
Cayó de espaldas contra el plano suelo de la montaña, se levantó lentamente y paso su mano por la cúspide de su cabeza.
Se levantó y lo volvió a intentar.
Escaló por el muro y llegó otra vez hacia el cielo, extendió la mano hacia este.
Su mano sin dedos sentía que tocaba el suelo, apoyo la mano contra el cielo y termino cayendo por descuido.
Volvió a caer de espaldas contra el suelo plano del pico de la montaña.
Se encorvó y sus suaves músculos empezaron a temblar. Se levantó, y en una posición de jorobado caminó hacia ese muro otra vez.
Lo escaló y llegó hasta el cielo, y en un saltó golpeó su cuerpo contra este. Pero no se agarró, se lastimó y cayó, otra vez contra el suelo de la montaña.
Se mantuvo en posición fetal, sin movimiento ni mucho menos.
Y así pasaron varios segundos.
En un esfuerzo logro levantarse, miró hacia el cielo, y luego a esa estrella que su parpadeó hacia que la noche y el día se mezclaran en un baile extraño.
El pequeño ser vio hacia su izquierda, observó cajas gigantes pegadas al cielo. Vió hacia su derecha y observo algo más.
Un desierto sin arena y con objetos extraños rellenandolo.
Una caja con una ventana negra en el centro de tamaño gigante. Un barril sin tapa que desde el exterior se le podían ver espadas, tridentes y un escudo de hierro con empuñadura de madera.
Entré todo lo que había ahí, fue el barril lo que más llamó la atención del pequeño ser.
Con cuidado se resbaló por la montaña, hasta llegar a ese desierto.
Se acercó al barril saltando por las pequeñas líneas negras, más por diversión que por peligro.
Y llegó hasta su objetivo, agarro dos tridentes del interior y se los llevó.
No tardaría tanto esta vez para subir, pero si sería más complicado. Pero al final logró llegar a la cima de esa montaña plana otra vez.
Escaló el muro que lo llevó hacia el cielo, y clavó uno de los tridentes en este.
Se resbalaba lentamente, lo que le dió tiempo al pequeño ser de clavar el siguiente hacia adelante mientras se colgaba del anterior.
Logró avanzar, lentamente.
Cada estocada hacia el techo era como atravesar piedra con una daga rondel. Pero no iba a parar.
Continuó balanceándose por las empuñaduras de esos tridentes como si fueran cuerdas.
La luz se volvía cada vez más intensa y cegadora, hasta que llegó.
Él pequeño ser miraba hacia esa luz, fijamente. Aquella estrella que admiraba estaba en su frente.
El tridente se resbalaba, y uno de esos ya se había caído hacia al suelo.
De la nada el tridente perdió peso, y se quedó clavado en el techo.
Un pequeño grano negro cayó al suelo, mientras desprendía un aroma negro y fuerte.
Los granos se fueron acumulando, mientras que la luz se iba apagando, lentamente pestañeando cada vez más, hasta que solo hubo oscuridad y una montaña de polvo en el suelo.
Otra luz apareció por una ventana, el sonido de las montañas volvió a sonar, hasta que se detuvieron en la entrada.
Luego el sonido se alejo, y volvió a los pocos minutos, con una pala agarro el polvo del suelo, y lo echo en un cubo.
De donde nunca iba a salir.


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