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Cátedra de sangre

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Summary

Un pueblo aislado en los Alpes suizos. Una academia donde las reglas se pagan con sangre. Y un secreto que se niega a permanecer enterrado. Al ingresar a la prestigiosa e impenetrable Academia Saint Jude, los gemelos Katz y sabían que cargarían con el peso del impecable legado de sus padres. Lo que no esperaban era quedar atrapados en un complejo rodeado por montañas, niebla y un protocolo implacable que corta cualquier contacto con el mundo exterior al caer la tarde. Mientras Evren se desliza con facilidad entre la élite del campus, Skyrah queda marcada desde la primera noche: presencia un acto cruel perpetrado por el selecto grupo que controla Saint Jude, encabezado por un atractivo y peligroso líder de mirada fría que no dudará en amenazar a su hermano si llega a hablar. Asignada a la habitación de una estudiante trágicamente fallecida el año anterior, ella se niega a agachar la cabeza. Entre notas ocultas, profesores con dobles intenciones y el acoso constante de la élite, descubrirá que la muerte de la alumna no fue un accidente... y que en Saint Jude, desafiar el poder puede costarte la vida.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Skyrah

El clima de Suiza nos recibe apenas bajamos del auto en la estación de autobuses. Aunque el sol brilla en lo alto, la brisa es fresca y suave; un viento helado me acaricia los brazos al descubierto y me provoca un escalofrío involuntario. Debí hacerle caso a mi hermano y traerme una chaqueta. Pensé que después de haber soportado el frío de Canadá podría con el de aquí, pero ya veo que me equivoqué.

—¿Tienes frío, hermanita? Te dije que te pusieras una chaqueta —me dice el rubio a mi lado, dejando escapar una risa burlona.

—Estoy bien, Ev —le respondo intentando sonar lo más natural posible, pero el castañeteo de mis dientes me delata al instante.

—Tranquila, traje una para ti —dice mientras me extiende una prenda grande y lo suficientemente gruesa como para resguardarme del viento.

Debo admitir que quise mantener mi orgullo, pero el frío ya me estaba calando los huesos, así que tomé la chaqueta sin dudarlo. Él estalló en risas de inmediato. Apenas me la acomodé, le propiné un puñetazo en el hombro; por supuesto que no le hizo ni cosquillas, pero me sirvió de desahogo.

Él es Evren: mi hermano irritante, popular y extrovertido... Ah, y por si fuera poco, también es mi hermano gemelo.

—¡Chicos! —Una voz femenina rompe nuestro momento. Ambos giramos el rostro al mismo tiempo.

Una mujer alta, de cabello castaño impecablemente peinado y vestida con un abrigo elegante, se acerca a nosotros a paso apresurado. Lleva una gran sonrisa dibujada en el rostro y sus ojos brillan con una emoción que me resulta ajena.

—Agh, por poco se me olvida que estar aquí tiene un precio —susurra Evren a mi lado.

Lo miro de inmediato. Su postura relajada ha desaparecido por completo; ahora mantiene la mirada fija en la mujer, pero a diferencia del entusiasmo de ella, los ojos de mi hermano están cargados de un aburrimiento calculado... y algo de rencor contenido. Pensaba responderle o preguntarle a qué se refería, pero la castaña reduce la distancia final y nos interrumpe.

—Chicos, me alegra tanto que hayan llegado bien —dice al detenerse frente a nosotros, con una sonrisa que parece extenderse por toda su cara—. ¿Cómo estuvo el viaje?

—Largo, tía —responde Evren con voz seca, sin devolverle la sonrisa ni un milímetro.

Mi tía Jessica parpadea, desconcertada por una fracción de segundo, antes de reajustar su expresión perfecta y dirigir sus ojos hacia mí.

—El vuelo desde Canadá siempre es pesado, lo entiendo —agrega ella, intentando suavizar la tensión en el aire—. Pero lo importante es que ya están en Suiza. Las colinas, el pueblo, la academia... les va a encantar. Es un lugar sumamente tranquilo, se que se acostumbraran muy rápido.

Tranquilo. Esa palabra resonó en mi cabeza con un eco extraño. Miré a mi alrededor: el paisaje parecía sacado de una postal de ensueño, rodeado de montañas imponentes y pinos espesos cubiertos por una niebla baja. Sin embargo, había algo en el ambiente, una pesadez silenciosa que me erizaba los vellos de la nuca.

Desde la estación de autobuses se alcanza a contemplar un fragmento del pueblo. Las casas que se extienden por esta zona son pequeñas, pintorescas y parecen sacadas de un cuento de faldas alpinas, con sus estructuras de madera oscura y techos a dos aguas perfectamente conservados. A simple vista, las montañas se erigen imponentes en el horizonte, colosales y majestuosas, mientras una niebla densa y fría desciende sobre los pinos e inunda todo a su paso.

Es sencillamente precioso.

Sin embargo, el silencio del lugar es casi absoluto, roto solo por el murmullo lejano del viento entre los árboles. No se ven niños jugando ni residentes paseando; el pueblo parece congelado en el tiempo, envuelto en una calma tan pulcra que resulta abrumadora.

Observo cómo las luces amarillas de unas cuantas farolas empiezan a encenderse entre la bruma, recortando las siluetas del camino pedregoso que se adentra hacia las colinas. Es un entorno hermoso, sí, pero con esa clase de belleza solitaria que te hace cuestionar qué tan lejos estás realmente de la civilización.

—La camioneta de la academia nos espera en el estacionamiento para llevarlos —continuó mi tia, haciendo una seña hacia un vehículo negro de cristales oscuros estacionado a unos metros—. Bienvenidos a Saint Jude, chicos. Su nueva vida empieza hoy.

Evren rodó los ojos disimuladamente mientras tomaba su maleta, pero yo me quedé un segundo inmóvil, observando el camino de tierra que se internaba en el denso bosque.

...

—La directora Wagner ha sido muy amable al permitirles llegar dos días después del inicio de clases. Normalmente son implacables con la puntualidad y el protocolo —comenta mi tía desde el asiento del copiloto, acomodándose el cabello mientras mira por el espejo retrovisor—. Supongo que está entusiasmada de tenerlos en esta generación; al fin y al cabo, sus padres tuvieron el promedio más alto de la suya.

Nuestro padre es de Suiza, nacido y criado aquí en Saint Jude, al igual que el resto de la dinastía familiar. Su única hermana es la tía Jessica. Nuestra madre, por otro lado, es rusa. Ambos, sofocados por las exigencias imposibles y las expectativas de sus respectivas familias, se conocieron entre los muros de la academia y se enamoraron de forma inevitable.

Al graduarse tomaron la decisión de huir y mudarse lejos, una afrenta que desató una tormenta de hostilidad familiar. A mi padre le costó dos años de distanciamiento antes de ser perdonado; a mi madre, le tomó muchísimo más.

De hecho, ella no restableció el contacto con su familia hasta hace tres años, justo cuando el divorcio de mi padre se hizo oficial.

—Un historial impecable que cargar sobre los hombros —murmura Evren a mi lado, inclinando la cabeza contra la ventanilla con una mueca fría—. Qué maravilloso.

—No se preocupen por la presión, chicos —añade la tía Jessica con ese tono meloso que intenta camuflar la tensión en el auto—. Saint Jude premia el talento y la disciplina. Si siguen las reglas y no se meten en problemas, les irá excelente.

Miro de reojo a mi hermano, quien solo rueda los ojos en respuesta. La mención de nuestros padres y de su pasado en la academia parece haber arrojado una sombra aún más densa sobre el trayecto. Mientras el vehículo avanza por el camino sinuoso, los árboles de pino a los lados se vuelven más tupidos, bloqueando la escasa luz del sol y sumergiéndonos en un penumbra casi penumbral.

Después de una hora insoportable e incomoda en el auto, finalmente, la camioneta reduce la velocidad al tomar una curva pronunciada. Frente a nosotros, emergiendo entre la niebla como un gigante de piedra y hierro, se alza el imponente portón de entrada a la academia Saint Jude.

Las pesadas rejas de hierro forjado, rematadas con lanzas afiladas y el blasón grabado de la academia, se abren con un gemido metálico que resuena en todo el valle. La camioneta avanza despacio sobre el camino de adoquines húmedos, y ante nosotros se despliega la inmensidad del complejo Saint Jude.

Es un majestuoso bastión de arquitectura gótica de piedra oscura, arcos ojivales y torres afiladas que parecen perforar la niebla. El campus está dividido en varios bloques imponentes: en el centro se alza el imponente edificio principal, un gigante de cuatro plantas dedicado exclusivamente a las aulas de clase, laboratorios, la gran biblioteca y los despachos administrativos.

A los costados se erigen los complejos de dormitorios: dos torres masivas a la izquierda para los hombres y dos a la derecha para las mujeres, con capacidad suficiente para albergar a los más de ochocientos estudiantes que habitan la academia. Cada habitación está diseñada para tres personas. Completa el perímetro un edificio independiente y más sobrio hacia la parte trasera, reservado para los casi doscientos empleados —entre profesores, personal de seguridad, servicio y mantenimiento— que viven y trabajan dentro del recinto.

El contraste entre la elegancia y la frialdad del lugar es inmediato; hay una belleza innegable en sus fachadas, pero también una opresión latente en el ambiente, como si el propio complejo contuviera el aliento.

—Impresionante, ¿verdad? —dice la tía Jessica, rompiendo el silencio del auto mientras el vehículo se detiene en la plaza central frente a las escalinatas de piedra del Edificio Principal.

—¿Por qué hemos tardado tanto? —pregunto mirando fijamente a mi tía, quien me devuelve la mirada a través del espejo retrovisor.

—Oh, bueno... la academia está sobre la cima de una montaña, pensé que lo sabían —responde con naturalidad.

Evren vuelve la mirada de inmediato y, tras observarme un segundo con evidente confusión, decide articular la pregunta que ambos tenemos en mente.

—¿Sobre una montaña? ¿Qué tan lejos estamos de tu casa? —inquire, inclinándose hacia adelante.

Mi tía gira sobre su asiento para mirarnos fijamente; su rostro refleja un desconcierto genuino.

—Pues... a una hora y media —responde con cautela—. ¿Sus padres no se lo dijeron? Es por eso que tendrán que dormir en la academia.

—¿Dormir aquí? ¿No podemos simplemente regresar a casa al terminar las clases? —cuestiono, sintiendo un nudo opresivo formándose en mi estómago.

Ella niega ligeramente con una mueca de disculpa.

—Pues no —agrega con cierta incomodidad—. En la base de la montaña hay personal de seguridad que se encarga de que ningún auto suba o baje después de las cinco de la tarde. Han ocurrido demasiados accidentes en las rutas del bosque y la directiva prefiere evitar riesgos.

—¿Así que pasaremos encerrados todos los días en la academia? —pregunta Evren con un fastidio que se podría notar a kilómetros de distancia.

—Los viernes hay un ajuste en el horario que les permite salir más temprano. El autobús de la academia se encarga de llevar a todos los estudiantes al pueblo y los trae de vuelta los lunes por la mañana —mi tía intenta añadir algo más, pero el vehículo se frena por completo.

El chófer desciende de inmediato para sacar nuestro equipaje del maletero. Mi tía abre su puerta tras él y a nosotros no nos queda más remedio que imitarla y pisar el suelo frío de la plaza central.

El aire a esta altura es considerablemente más helado y la niebla parece flotar a la altura de nuestros hombros, rodeando las colosales columnas del Edificio Principal. Mientras el chófer baja las maletas, alzo la vista hacia la imponente fachada de piedra oscura. La sensación de aislamiento es total; la norma de cerrar el acceso a la montaña a las cinco de la tarde no suena a una medida de protección, sino a una forma sutil de cortar cualquier vía de escape.

Justo frente a la entrada del Edificio Principal se encuentra una mujer alta, de cabello corto y oscuro, con una pequeña sonrisa que no termina de reflejarse en sus ojos. Debe ser la directora.

Subimos la escalinata en silencio y la mujer extiende su mano hacia nosotros para presentarse.

—Bienvenidos, chicos. Soy la directora Wagner —nos dice con amabilidad diplomática—. Me alegra que hayan podido llegar; es un honor tenerlos aquí con nosotros.

—¿Solo porque nuestros padres fueron los mejores de su generación? —pregunta Evren con un tono pretencioso. Veo de reojo cómo la tía Jessica le pellizca el brazo disimuladamente, pero él ni se inmuta.

La directora Wagner, por otro lado, deja escapar una risa breve y ensayada ante la actitud descarada de mi hermano, sin disimular la forma en que lo escanea de arriba abajo por una fracción de segundo.

—En efecto —responde, recuperando la postura—. Muchos de nuestros estudiantes son hijos de antiguos alumnos. Siempre es un privilegio recibirlos y, por supuesto, esperamos solo lo mejor de ellos —concluye dedicándome una sonrisa que me esfuerzo por devolver.

Evren... bueno, él simplemente sigue en su papel.

—Dejen que Alfred se encargue de su equipaje y vengan conmigo —añade la directora mientras le entrega al chófer un papel con un par de anotaciones—. La ventaja de que hayan llegado a esta hora es que podemos recorrer el edificio principal sin molestias. Siganme, por favor.

Los tres seguimos a la directora Wagner tras las puertas del edificio principal, y apenas se cerraron detras de nosotros supe que todo iba a ser diferente a partir de ese momento.


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