Capitulo 1
La carreta avanzaba lentamente por la avenida principal de la ciudad élfica de Elyndor, haciendo crujir sus ruedas de madera sobre las losas blancas.
El sonido de los cascos resonaba entre los inmensos arcos de piedra, mientras las banderas azules y doradas ondeaban suavemente sobre las torres, como si aquella ciudad hubiera sido construida para no conocer jamás la oscuridad.
Pero aquel día, algo rompía la perfección del lugar.
Una jaula de hierro, montada sobre la carreta, atravesaba lentamente la multitud.
Dentro estaba él...
Aquel hombre permanecía sentado, encorvado ligeramente hacia delante, con las muñecas sujetas y los brazos descansando sobre sus rodillas.
Su cuerpo era esbelto y fibroso, marcado por años de supervivencia más que por el entrenamiento de un guerrero de arena.
No tenía la musculatura exagerada de los héroes de las leyendas; cada línea de su cuerpo parecía hecha para resistir, correr y sobrevivir.
Su piel estaba cubierta de tatuajes extraños para todos,oscuros,espirales, nudos entrelazados y símbolos antiguos recorrían sus hombros, brazos, pecho y antebrazos, formando una especie de armadura dibujada sobre su piel.
Su cabello largo, oscuro y completamente descuidado caía en mechones desordenados alrededor de su rostro.
Y su barba era aún más salvaje.
Frondosa, espesa y desigual, le cubría buena parte de las mejillas y la mandíbula.
Algunos mechones se habían escapado hacia su cuello, mezclándose con el cabello.
No parecía haberse afeitado ni cuidado en mucho tiempo, después de todo habían pasado unos meses desde que lo capturaron en su tierra natal y había sido un prisionero desde entonces.
Aquella barba, junto con las cicatrices de su rostro y su mirada feroz, hacía que pareciera más una criatura salida de los bosques que un hombre llevado ante la civilización.
Entonces una niña élfica se acercó unos pasos,s madre la sujetó inmediatamente del brazo.
Aquel extraño hombre giró lentamente la cabeza,sojos se encontraron.
Durante un instante, toda la ciudad pareció desaparecer,el hombre entrecerró los ojos y enseñó los dientes.
No fue una sonrisa,fue un gruñido silencioso.
Sus labios se levantaron apenas, dejando al descubierto los colmillos y los dientes apretados mientras una expresión amenazante cruzaba su rostro.
La niña retrocedió instintivamente y se escondió detrás de su madre,un murmullo recorrió la multitud.
Los elfos lo observaban desde todas partes: comerciantes detenidos en sus puestos, soldados junto a las columnas, ancianos desde los balcones y jóvenes que se asomaban entre los demás para contemplar al extraño prisionero.
Algunos lo miraban con miedo,otros con desprecio y unos pocos, especialmente los más jóvenes, lo observaban con una curiosidad casi fascinada.
La ciudad era hermosa, ordenada y luminosa. Torres blancas se elevaban hasta perderse entre las nubes; puentes ornamentados conectaban edificios cubiertos de enredaderas; fuentes cristalinas reflejaban el cielo azul.
Y en medio de todo aquello estaba él: un hombre salvaje, tatuado, despeinado y encadenado detrás de unas barras de hierro.
El hombre volvió lentamente la mirada hacia el camino que tenía delante.
No bajó la cabeza,no pidió clemencia,no parecía derrotado, él solo se dedicó a guardar silencio con un rostro serio mientras observaba aquella ciudad y a sus habitantes.
Mientras la carreta continuaba avanzando, sus dedos se cerraron alrededor de una de las barras de hierro.
El metal crujió ligeramente bajo la presión.
Entonces volvió a mirar a la multitud y enseñó los dientes una segunda vez.
Esta vez, nadie se acercó,la ciudad élfica continuó observándolo en silencio mientras la carreta se alejaba por la avenida.
Y, aunque todos lo veían como un prisionero...
en la mirada del bárbaro había algo que decía que aquella historia todavía no había terminado.
Por su parte los soldados élficos desfilaban en perfecto orden, dando un espectáculo visual para todos los ciudadanos y al frente de ellos se encontraba el capitán de dicha compañía y expedición.
Pero poco a poco el desfile fue llegando a su final y se fueron dirigiendo hacia la prisión real, un edificio fuertemente vigilado el cual se encontraba dentro de los muros de la ciudad.
Al llegar muchos de los guardias reaccionaron igual igual o más sorprendido hacia los ciudadanos al ver a su nuevo prisionero, el cual fue rodeado por varias de las lanzas de los soldados y fue llevado a su nuevo hogar provisional, una de las peores celdas del lugar.
El prisionero aún esposado fue arrojado a dicha celda por uno de los soldados y varios de ellos se acercaron para patearlo y golpearlo.
Al menos así fue hasta allá el capitán hizo su aparición, dedicándole una mirada de superioridad al prisionero y cerrando personalmente la celda.
Uno de los guardias desde la prisión ser trataba ninguna mujer elfa con una horrible cicatriz en su rostro.
Dicha mujer se arrodilló inmediatamente frente al capitán antes de hablar, por su parte este y todos los demás elfos la miraban con cierto desdén.
—Capitán Thalion si no es muy irrespetuoso quisiera saber...¿Quien es este prisionero?—
Preguntó la mujer haciendo la pregunta que todos los guardias de aquel lugar habían querido hacer pero nadie se había atrevido.
—entiendo que tengas curiosidad, como todos tus compañeros al fin y al cabo, por haber tenido la iniciativa de preguntar te lo diré aunque realmente tampoco es que haya motivos para ocultarlo.—
Dijo este dejando salir una pequeña sonrisa acompañada con un suspiro alegre, solo para tomarse un momento y observar mejor a la mujer.
—tú debes de ser...Elara ¿No? Es una pena con esa actitud y belleza habrías sido una excelente esposa si no estuvieras marcada con esa horrible cicatriz—
Dijo el capitán haciendo que la mujer agachase la cabeza por la humillación y la vergüenza.
— como sea, este hombre es uno de esos salvajes de los que seguramente todos habéis oído hablar, nada más llegar fuimos recibidos con hostilidad por los nativos, nos enfrentamos a ellos en múltiples batallas y escaramuzas,en una de ellas logramos capturarlo...
Por supuesto desconocemos su nombre y si puede hablar nuestro idioma, derrotamos a su tribu si, pero se llevaron a muchos de los nuestros antes de caer...
Y el en especial a segado muchas almas élficas, así que todos sabéis lo que hacemos con enemigos así...
Por lo que para vuestra suerte no tendréis que vigilarlos por mucho tiempo, el rey quiere que su ejecución sea efectiva dentro de un par de días así que todo aquel que tenga curiosidad por verlo será mejor que lo haga cuanto antes—
Explicó Thalion a todos los guardias curiosos que observaban desde la distancia, antes de mostrarle una última sonrisa triunfal al prisionero y marcharse de allí junto con sus hombres.
El prisionero entonces se dio cuenta de algo extraño al ver a los elfos, la mayoría de los hombres por no decir casi todos llevaban en su oreja derecha unos extraños pendientes hechos de cristal.
Por supuesto Elara no llevaba ninguno.
Había quien llevaba solo uno o algunos podían llevar 3 o hasta 4,, ese detalle llamó la atención del prisionero pero no era momento para preguntar.
Pero este simplemente se limitaba a resistir los abusos y guardar silencio, sin dejar en ningún momento de observar a sus captores.
Durante la noche del primer día, Elara entró en su celda con algo de comida.
No era más que un pequeño plato de sopa, un vaso de madera con algo de agua y un trozo de pan, por muy asqueroso o mal sabor que tuviera el prisionero rápidamente se lanzó a devorarlo y en apenas unos minutos lo había terminado todo.
—toma...—
Susurró la mujer sacando de uno de sus bolsillos otro pedazo de pan mucho más apetecible que el que le había dado en un inicio, el prisionero con algo de sangre en su rostro por las palizas rápidamente lo devoro.
Elara sonrió pero no tardó mucho en marcharse, ya que uno de sus compañeros se acercaba hacia la celda a comprobar que todo fuera bien.
Por la mañana siguiente un guardia lo despertó arrojándole un cubo de agua fría y después golpeándolo un par de veces con ese cubo.
—¡vamos despierta maldita basura, tienes que aprovechar los pocos días de vida que te quedan!—
Dijo el guardia solo para terminar escupiéndole en la cara, por supuesto Elara lo había observado todo.
—tu, llena este cubo de agua otra vez y rápido —
Le dijo el guardia a la propia Elara, ahí está agachó la cabeza y asintió.
Esa misma noche ocurrió lo mismo, Elara le dio un trozo de pan extra al prisionero, pero esta vez fue un poco más allá y con un pequeño pañuelo secó la sangre de su frente antes de marcharse.
El tercer día el magullado prisionero se encontraba tirado en el suelo, nuevamente un guardia fue a despertarlo arrojándole el cubo de agua helada, pero esta vez no hubo movimiento.
—¡Oye despierta de una maldita vez!—
Gritó el guardia arrojándole el cubo haciendo que el sonido del metal chocando con el cuerpo del prisionero resonase por toda la celda.
—mierda... Espero que no esté muerto, la ejecución está provista para mañana...—
Dijo el guardia tragando saliva y acercándose a él para comprobar si de verdad estaba muerto.
Cuando este estuvo lo suficientemente cerca el prisionero se abalanzó sobre él, tirándolo al suelo tras un fuerte empujón.
—¡Ughh!—
Fue lo último que pudo decir el guardián antes de que el prisionero le pisase la cabeza varias veces hasta dejarlo noqueado.
El tiempo corría en su contra así que busco lo más rápido que pudo las llaves de sus cadenas y se liberó, con la adrenalina por las nubes le quitó el guardia su daga y espada.
Solo para entonces al salir corriendo de su celda, el pasillo era oscuro y apenas estaba iluminado por unas velas por lo que sabiendo que no debería combatir utilizó dicha oscuridad para ocultarse de los guardias que patrullaban, por suerte para él los preparativos para su futura ejecución tenían a la mayoría de los guardias de la prisión ocupados.
Era cuestión de tiempo que alguien descubriera que se había fugado por lo que continuó avanzando por los intrincados pasillos de aquella cárcel.
Obviamente al no conocer el lugar estaba andando a ciegas hasta que en uno de aquellos pasillos se topó con una puerta de madera, la cual tenía una pequeña abertura por la que se podía ver el interior.
—¿Una salida?—
Pensó dándose el lujo de observar por aquel pequeño agujero, solo para ver como uno de los guardias estaba tomando a Elara por el mentón apretándolo con demasiada fuerza.
—¿¡Crees que no sé lo que has hecho!? ¿¡Que se supone que crees que haces mostrando piedad por ese prisionero!?—
Decía el elfo mientras clavaba sus guanteletes metálicos en la cara de la mujer.
—¡Le das de comer y lo limpias a nuestras espaldas! ¿¡Creías que nadie se iba a dar cuenta!? —
Dijo lanzándola contra la mesa de madera que tenían enfrente.
—sin duda que tu bello rostro haya quedado marcado de enloquecido, no haberte podido casar te ha hecho caer tan bajo...—
Aquellas palabras del elfo hicieron que los ojos de elhara comenzaran a ponerse brillosos, estaba al borde del llanto y parecía que aquella no era la primera vez que sufría este tipo de tratos.
—en fin ya hablaremos de tu castigo, ahora vuelve a tu puesto—
Dijo el elfo llevándose una mano a la cabeza y suspirando más molesto que decepcionado.
El prisionero sabía que debía hacer algo por lo que tomó aliento y abrió la puerta de golpe.
—¿¡Pero qué demonios!?—
Dijo el elfo igual de sorprendido que Elara.
—¿¡Tú!?—
Dijo esta vez la elfa.
El prisionero aprovechando que el guardia no tenía su casco protegiéndole se abalanzó contra él rápidamente, lo tomó de uno de sus brazos para evitar que tomase su espada y con todas las fuerzas que tenía le dio un fuerte puñetazo en el rostro.
Haciendo que él elfo se tambalease, sabía que aquel aquel golpe con la fuerza que tenía actualmente no sería suficiente por lo que desenvainó su espada aprovechando el tambaleo del enemigo.
Con el mango de su arma le vio un golpe seco en uno de los lados de su cabeza haciendo que este cayera al suelo sangrando.
—¿¡Que has hecho!?—
Gritaba horrorizada Elara, aún sin poder creerse lo que acababa de ver frente a sus ojos.
Pero no había tiempo el prisionero envainó su espada y tomó del brazo a la elfa comenzando a correr junto a ella.
La elfa dudaba pero una parte de ella quería salir de allí también, así que se dejó llevar.
Todo era perfecto hasta que un sonido de trompeta fastidió los planes, era la alarma.
Elara los había perfectamente así que esta vez fue ella quien tomó de la mano al prisionero y se lo llevó a uno de las salas donde almacenaban todo tipo de materiales.
—quizás esto no te guste pero es la única forma de salir de aquí—
Dijo la mujer mostrándole una camisa y unos pantalones de tela arapientos, los cuales habían pertenecido a un preso anterior, de hecho aún estaba manchados de sangre pero al ser de manga larga cubrían a la perfección sus tatuajes.
Elara también le mostró un saco de patas vacío, indicándole medias de movimientos que se lo tenía que poner en la cabeza.
—si quieres salir de aquí te voy a tapar la cabeza con esto—
Para sorpresa de la elfa el hombre asintió rápidamente, agachando la cabeza para que la mujer le pusiera el saco, obviamente esta le quitó todas las armas y se las guardó ella misma.
Así elfa rápidamente le vistió y le coloco unas cadenas en sus manos, llevándoselo a ciegas por la prisión como siempre prisionero más.
Los guardias corrían de un lado a otro pasando a su lado sin que nadie se diera cuenta de quién era aquel hombre que Elara estaba transportando.
—¡Elara ese salvaje ha escapado, si lo ves avísanos inmediatamente y será mejor que seas de utilidad esta vez!—
Dijo uno de los guardias mientras pasaba corriendo a su lado.
—¡Por supuesto informaré inmediatamente!—
Respondió ella mientras salía de la prisión con el hombre, todos los guardias apenas recaían en la existencia de aquel preso, de todas formas sí Elara era quien lo estaba transportando no sería nadie del que deban preocuparse, al menos eso es lo que pensaban.
Una vez fuera Elara tomó uno de los caballos que estaban descansando en las cuadras de la prisión, montó al prisionero en detrás de ella y cabalgó velozmente por la ciudad.
Algunos de los habitantes simplemente volteaban a ver con una mirada curiosa, pensando que se trataba de un simple traslado de presos, ya que después de todo al ir desprovisto de seguridad no sería nadie importante quizás un simple ratero o malhechor local.
Siguiendo con su viaje la mujer atravesó las puertas de la ciudad sin oposición pues los guardias ya la conocían y la dejaron pasar sin problema, ajenos por supuesto a la fuga.
Elara cabalgó hasta y llegar a un frondoso bosque que se alzaba a varios kilómetros de la ciudad, el caballo estaba exhausto por lo que debían descansar.
— mierda eso ha sido muy impulsivo...¡Vas a vivir el resto de tu vida como una maldita fugitiva Elara!—
Se decía así misma la elfa a punto de auto golpearse la cabeza contra el tronco de un árbol, solo para entonces recaer en su acompañante.
La elfa tragó saliva y se preparó mentalmente para tomar la decisión de liberarlo.
La mujer le quitó sus cadenas y el saco de patatas de la cabeza, el hombre por supuesto no la atacó y simplemente la observó con una sonrisa.
Elara se sentó con su espalda en una de aquellos árboles suspirando y llevándose las manos a la cabeza.
—¿Que demonios voy a hacer ahora?—








