Capítulo 1 — El último día
La nieve comenzó a caer aquella mañana.
Los primeros copos descendieron lentamente sobre los tejados de la ciudad, cubriendo las calles con una fina capa blanca. Desde la ventana de su habitación, Elyan Lionverith observaba el paisaje mientras sostenía entre sus manos una taza de té que ya se había enfriado.
Era una mañana tranquila. Demasiado tranquila.
La mansión Lionverith se encontraba en una de las zonas más antiguas de la capital, rodeada de jardines y enormes árboles que durante generaciones habían pertenecido a su familia. A esa hora, los sirvientes ya habían comenzado con sus labores y desde los pisos inferiores llegaba el sonido de los platos y las conversaciones.
Elyan apoyó una mano sobre el cristal.
—Qué frío…
—Entonces deja de estar junto a la ventana.
Elyan se giró al escuchar la voz de su madre. Ella estaba apoyada contra el marco de la puerta, observándolo con una expresión divertida.
—No tengo frío.
—Llevas media hora ahí.
—Estaba pensando.
—Eso es peor.
Elyan soltó una pequeña risa.
—¿Por qué?
—Porque cuando piensas demasiado terminas haciendo alguna tontería.
—Eso solo ocurrió una vez.
Su madre levantó una ceja.
—¿Una vez?
Elyan evitó su mirada.
—Dos.
—Fueron cinco.
—Mamá…
Ella comenzó a reír.
Aquella clase de conversaciones eran habituales entre ellos. Elyan podía pasar horas discutiendo con su madre por las cosas más insignificantes y, aunque jamás lo admitiría, disfrutaba de cada una de ellas.
Su madre se acercó y acomodó algunos mechones de su cabello plateado detrás de su oreja.
—Tu padre quiere verte.
La sonrisa de Elyan desapareció lentamente.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Hice algo?
—No que yo sepa.
—Eso no me tranquiliza.
—A mí tampoco.
Elyan dejó la taza sobre la mesa y se levantó.
—¿Sabes qué quiere?
Su madre negó con la cabeza.
—Solo dijo que necesitaba hablar contigo.
Elyan suspiró.
—Entonces probablemente sea algo importante.
—Eso parece.
Antes de salir, tomó una pequeña fruta de la bandeja que estaba sobre la mesa.
Su madre lo observó.
—Esa era para mí.
Elyan se detuvo.
—Podemos compartirla.
—Ya le diste un mordisco.
—Entonces tú tienes la otra mitad.
—Elyan.
Él sonrió inocentemente.
—¿Sí?
—Ve con tu padre.
—Sí, señora.
Elyan salió de la habitación antes de que ella pudiera responder.
Durante unos segundos, su madre permaneció allí, observando la puerta cerrada.
Su sonrisa desapareció.
Había algo que no le había contado.
Algo que tanto ella como su esposo habían intentado mantener oculto durante años.
Y aquella mañana ambos sabían que quizá ya no podrían hacerlo.
El despacho de su padre se encontraba en el ala más antigua de la mansión.
Elyan llamó antes de entrar.
—Pasa.
Abrió la puerta.
Su padre estaba de pie frente a uno de los enormes ventanales. Tenía las manos detrás de la espalda y contemplaba la ciudad cubierta de nieve.
—¿Querías verme?
El hombre se giró.
—Cierra la puerta.
Elyan obedeció.
El tono de su padre era diferente.
No parecía enfadado.
Parecía preocupado.
Elyan se sentó frente al escritorio mientras su padre permanecía de pie.
—¿Qué ocurre?
Su padre tardó unos segundos en responder.
—Quiero hablar contigo sobre nuestra familia.
Elyan inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Sobre qué parte?
—Sobre todo.
Aquella respuesta hizo que Elyan dejara de sonreír.
Su padre se acercó al escritorio.
—¿Recuerdas las historias que te contábamos cuando eras pequeño?
—¿Las historias sobre nuestros antepasados?
—Sí.
—Recuerdo algunas.
—Nuestra familia ha protegido ciertas cosas durante generaciones.
Elyan frunció el ceño.
—¿Qué cosas?
Su padre abrió uno de los cajones del escritorio y sacó un pequeño libro antiguo. La cubierta estaba desgastada y tenía el símbolo de la familia Lionverith grabado en el centro.
Lo colocó frente a Elyan.
—Hay personas que llevan mucho tiempo buscando información sobre nuestro linaje.
—¿Por qué?
—Porque creen que nuestra familia posee algo que podría cambiar el equilibrio del mundo.
Elyan permaneció en silencio.
—¿Qué podría tener nuestra familia que sea tan importante?
Su padre lo miró.
—Eso es precisamente lo que quiero que comprendas.
Elyan sintió una extraña inquietud.
—¿Estoy en peligro?
Su padre no respondió inmediatamente.
Finalmente, dijo:
—Puede que pronto lo estés.
El joven se quedó inmóvil.
—¿Qué significa eso?
—Significa que, a partir de ahora, debes tener cuidado con las personas en las que confías.
—Siempre me dices eso.
—Esta vez lo digo en serio.
Su padre se sentó frente a él.
Por primera vez, Elyan pudo ver claramente el cansancio en su rostro.
—Hay personas poderosas que están intentando conseguir algo que pertenece a nuestra familia. Y si descubren que tú estás involucrado…
Su padre se detuvo.
—¿Qué?
—Nada.
Elyan lo miró fijamente.
—Papá.
El hombre suspiró.
—Todavía no estás preparado para saberlo todo.
—¿Por qué todos me dicen eso?
—Porque quiero que tengas una vida normal.
—¿Y no puedo decidirlo yo?
Su padre sonrió con tristeza.
—Ojalá fuera tan sencillo.
Un golpe resonó en algún lugar de la mansión.
Ambos levantaron la mirada.
Después se escucharon pasos.
Muchos pasos.
El rostro de su padre cambió inmediatamente.
—Elyan.
—¿Qué ocurre?
—Ve con tu madre.
—Pero—
—Ahora.
La puerta del despacho se abrió antes de que Elyan pudiera responder.
Un sirviente apareció completamente pálido.
—Señor…
—¿Qué sucede?
El hombre tragó saliva.
—Hay soldados en la entrada.
El silencio llenó la habitación.
Su padre se levantó.
—¿Cuántos?
—Demasiados.
Elyan se puso de pie.
—¿Por qué hay soldados aquí?
Su padre no respondió.
El sirviente continuó:
—Dicen que vienen en nombre del Consejo.
Aquellas palabras parecieron cambiarlo todo.
El padre de Elyan caminó hacia la puerta.
—Llévalo con su madre.
—¡Papá!
—Hazlo.
—¡Quiero saber qué está pasando!
Su padre se detuvo y lo miró.
Durante unos segundos, ninguno dijo nada.
—Confía en mí.
Elyan no tuvo tiempo de responder.
Su padre salió.
El joven permaneció inmóvil.
Entonces escuchó el sonido de espadas siendo desenvainadas.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Cuando llegó al vestíbulo, encontró a su madre junto a la escalera.
Frente a ella había varios soldados.
Y detrás de ellos, un hombre vestido con una larga capa oscura.
—¿Qué significa esto? —preguntó el padre de Elyan.
El hombre levantó un documento.
—Por orden del Consejo, la familia Lionverith queda acusada de conspiración y traición contra la corona.
Elyan sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué…?
Su madre palideció.
—Eso es imposible.
—Las pruebas serán presentadas ante el Consejo.
—Entonces preséntelas —respondió el padre de Elyan—. No tienen derecho a entrar en mi casa y acusar a mi familia sin una investigación.
El hombre sonrió.
—Me temo que la investigación ya terminó.
Su padre dio un paso adelante.
—Esto no es una investigación.
—No.
El hombre miró hacia Elyan.
—Es una sentencia.
El joven sintió un escalofrío.
Su padre también lo había notado.
La mirada del hombre no estaba dirigida realmente hacia ellos.
Estaba dirigida hacia él.
—Elyan —susurró su madre.
El joven la miró.
Y entonces su padre gritó:
—¡Corre!
Todo ocurrió demasiado rápido.
Los soldados avanzaron.
Su madre tomó a Elyan del brazo y lo llevó hacia uno de los pasillos laterales.
—¡Mamá, espera! ¿Qué está pasando?
—No tenemos tiempo.
—¡Pero papá!
—¡Él sabe lo que está haciendo!
Elyan miró hacia atrás.
Su padre permanecía en el vestíbulo, enfrentándose a los soldados.
—¡No quiero irme!
Su madre se detuvo frente a una estantería.
Presionó un mecanismo oculto.
Una sección de la pared se abrió lentamente.
Detrás había un estrecho pasadizo.
Elyan la miró sin comprender.
—¿Qué es esto?
Su madre lo abrazó.
—Un camino para escapar.
—No.
—Elyan…
—No voy a dejarlos.
Ella apretó los brazos alrededor de él.
—Escúchame.
Su voz temblaba.
—No importa lo que digan. No importa lo que escuches después de hoy. Recuerda siempre quién eres.
Elyan comenzó a llorar.
—Quiero quedarme.
Su madre le acarició el cabello.
—Algún día entenderás por qué tuvimos que hacer esto.
—¿Cuándo volveré?
Ella cerró los ojos durante un instante.
—Cuando sea seguro.
—¿Y si no lo es?
Su madre sonrió con tristeza.
—Entonces tendrás que hacer que lo sea.
Un estruendo sacudió la mansión.
Ella lo empujó suavemente hacia el pasadizo.
—Vete.
—Mamá…
—Te quiero.
Elyan se quedó inmóvil.
Su madre lo miró una última vez.
—Vive.
La entrada comenzó a cerrarse.
Elyan extendió la mano.
—¡Mamá!
La puerta se cerró.
Y con ella quedó atrás todo lo que conocía.
Su hogar.
Su familia.
Su antigua vida.
Elyan corrió por el pasadizo sin saber hacia dónde lo llevaría.
Solo tenía una certeza.
No podía detenerse.
Porque mientras escapaba de la única casa que había conocido, todavía no sabía que aquella noche no solo perdería a su familia.
También comenzaría el camino que, algún día, lo llevaría hasta el hombre que cambiaría su destino para siempre.








