Introducción.
¿Qué siente Dios? Una divinidad quizás esté exenta de todos estos sentimientos terrenales que nos afectan a los humanos y nos hacen actuar de una forma u otra. Él, sin duda, como fuerza omnipresente, debe estar más allá de la comprensión. Un ser que es imparcial en sus decisiones, exento de errores y de ideas que nublan su juicio. Sí, ese debe ser Dios.
Pero... ¿Y si no?
¿Y si, quizás, solo quizás, exista la posibilidad de que sea tan humano como su creación, atormentado por el odio, el amor... la soledad? Un ser divino e inmortal que arrastra traumas y se traga con amargura todo lo que siente ante un mundo que él mismo creó, pero que es incapaz de comprenderlo.
Un ser capaz de crear lo que sea que esté en su imaginación: animales, bacterias, criaturas pensantes que lo adoran en distintas formas e idiomas. Crean guerras en su nombre, viven por él, matan por él. Le otorgan el crédito de todo lo maravilloso del mundo y también de lo horrendo.
Dios, que solo debe sentirse. Una existencia única e irrepetible con todo a su alcance, y nada que llene el vacío. Porque el dinero no importa, lo material tampoco ¿De qué le sirve a Dios? Y sin embargo colecciona creaciones en numerosas cantidades.
Ay, Dios, ¿Qué tan grande es el hueco en tu interior que debes crear sin parar? O es acaso una condena autoimpuesta, un deber que te fue asignado por tu propia mano. Y ahora no hay quien te detenga.
La gente muere, mata, desgarra, roba y maltrata. ¿Cómo Dios permite eso? preguntan, qué incautos.
Él creó todos los horrores del mundo con una gran conciencia y se deleita con cada desgracia.
Algo debe entretenerlo y, como a un niño pequeño, el morbo le atrae.
Y no hay nadie que lo detenga.








