Capitulo1—EL CERO ALA IZQUIERDA
La última fila, junto al ventanal oxidado que solo abría un palmo, era el reino de los invisibles. El aire olía a polvo de tiza húmeda y al sudor rancio de las sudaderas deportivas acumuladas en los casilleros.
Kira Yamamoto clavó la punta del lápiz en la madera carcomida del pupitre, una y otra vez, hasta que la mina estalló con un chasquido seco. Al frente, el profesor de literatura explicaba algo sobre la decadencia del imperio romano, pero su voz sonaba como un zumbido lejano, filtrado a través del agua. A su alrededor, el mundo escolar avanzaba con una naturalidad insultante. Murmullos cómplices, risas ahogadas por las mangas de los suéteres, codazos y llamadas a media voz. Nadie cruzó una sola mirada con él. Para sus compañeros, Kira no era más que una silueta desdibujada, un mueble viejo que la administración había olvidado retirar.
—Yamamoto. ¿Alguna opinión sobre las reformas de Diocleciano? —la voz del profesor cortó el aula de golpe.
Cinco cabezas se giraron perezosamente hacia el fondo. Kira sintió cómo el calor le subía de inmediato a las orejas, secándole la garganta. Tragó saliva, los dedos apretados con tanta fuerza bajo la mesa que los nudillos se le volvieron blancos.
—No... no lo sé, profesor —murmuró, con la voz ahogada y temblorosa.
Un par de risitas sofocadas estallaron en la tercera fila. El profesor suspiró con fastidio, agitando la mano en señal de desdén antes de desviar la vista hacia alguien más útil. La vergüenza se instaló en el pecho de Kira como un peso de plomo, fría y punzante. Cero. Eres completamente inútil.
DE CAMINO A SU CASA
El trayecto de vuelta a casa fue una caminata en cámara lenta bajo un cielo de plomo que amenazaba con descargar una tormenta sucia. Cuando Kira giró el pomo de la puerta principal, el olor familiar y nauseabundo lo golpeó de inmediato: cerveza barata, humedad y colillas de cigarro apagadas en platos sucios.
La sala estaba a oscuras. Las botellas vacías de sake y cerveza formaban una pequeña pirámide junto al sofá. Su madre no estaba; nunca estaba a esa hora, perdida en turnos interminables o en cualquier lugar que le permitiera no mirar las cuatro paredes de su propio hogar.
—¿Se puede saber a qué horas llegas, parásito de mierda? —la voz ronca y arrastrada cortó el silencio desde la penumbra de la cocina.
Kira ni siquiera tuvo tiempo de quitarse los zapatos. Hiroshi Yamamoto apareció en el umbral, con la camisa arrugada, los ojos inyectados en sangre y el aliento apestando a alcohol puro.
—El... el tráfico... —balbució Kira, dando un paso involuntario hacia atrás.
—¿Tráfico? ¿A mí con mentiras? —El golpe no vino de frente, sino con el revés de la mano pesada, directo a la mejilla.
La fuerza lo desequilibró. Kira cayó de rodillas sobre el suelo de linóleo frío, sintiendo el sabor metálico de la sangre en el paladar. Antes de que pudiera incorporarse, una patada sorda impactó contra sus costillas, seguida de un manotazo en la nuca que lo empujó contra el mueble del teléfono.
—¡Inútil! ¡No sirves para absolutamente nada! ¡Igual que tu madre! —gritaba el hombre, escupiendo saliva mientras descargaba toda su frustración acumulada contra el único blanco disponible.
Kira no suplicó. Nunca lo hacía. Aprendió desde pequeño que los ruegos solo aceleraban los golpes. Apretó los dientes con tanta fuerza que sintió crujir su propia mandíbula, tragándose las lágrimas de rabia pura que amenazaban con desbordarse.
Cuando los pasos pesados de su padre finalmente se alejaron hacia el pasillo y el portazo de la habitación contigua confirmó que se habíais derrumbado en la cama, Kira se levantó a gatas.
Corrió por el pasillo, se metió a su cuarto y echó el cerrojo con un clic seco.
La habitación era un cubículo claustrofóbico. Al estar a solas, el dique se rompió. Las lágrimas, calientes y furiosas, comenzaron a surcar sus mejillas, pero no eran de tristeza; eran de un odio tan denso que le quemaba las entrañas.
—¡Maldita sea! ¡Maldita sea! —gritó en un susurro rasposo, arrojando con toda su fuerza la lámpara de noche contra la pared. El plástico estalló en mil pedazos.
Tomó una pila de cuadernos viejos y los lanzó contra el espejo del armario, haciéndolo trizas. Cayó de rodillas sobre los vidrios rotos, sin importarle que las astillas le mordieran la piel, y golpeó el suelo con los puños una, dos, diez veces, hasta que los nudillos se le abrieron y el dolor físico se mezcló con la rabia incontrolable.
Nadie lo veía. Nadie lo escuchaba. Era un cero a la izquierda para el mundo, un saco de boxeo para su padre, un fantasma para los demás. Pero mientras respiraba con dificultad entre los escombros de su propia habitación, con las manos sangrando y los ojos fijos en la oscuridad, una extraña y helada quietud comenzó a reemplazar al llanto. Su respiración se calmó. Una sonrisa torcida, casi imperceptible, se dibujó en sus labios temblorosos.
Que sigan ignorándome, pensó con una frialdad que lo asustó hasta a él mismo. Pronto van a saber quién soy