Introducción
Julio, 2024.
El cielo ennegrecido le prometía una tormenta. Si aspiraba podía percibir el aroma de su nuevo hogar, entre árboles, barrancos y niebla, la frescura del ambiente la envolvía e incluso los truenos amenazantes formaban parte de su sinfonía de nueva paz.
Una notificación tras otra.
Dinero a su cuenta, solicitudes a sus mensajes.
Eso podía ver por el rabillo del ojo, en la pantalla de su teléfono que marcaba la ruta.
A veces, Luisa se preguntaba si aquellos extraños ávidos de sus servicios la imaginaban como persona o si en aquellas mentes era más una suerte de entidad. Si era ella, acaso, su Dios. Y como él, se dio el lujo de ignorar las plegarias.
La primera construcción que se cruzó en su camino fue un gran arco de piedra y un letrero que evocaba la caligrafía antigua:
"Bienvenidos a San Elias del Brumal."
Continuó según las indicaciones del teléfono y después de un largo rato llegó a su nueva casa, la lluvia ya se había desatado y lamentó tener que descender de su vehículo para abrir el portón.
Cuando finalmente estuvo dentro de su hogar lo miró con desgano, la vieja pintura verde menta, los techos de tirol y unos cuantos lugares para resanar. Exhaló, había sido apremiante la mudanza y no quedaba más que dejar los detalles estéticos para después. Estaba segura de que eventualmente sería un lugar adecuado.
El teléfono continuaba sonando. ¿Podían acaso vivir sin ella? Por supuesto que no. Se dejó caer en el sofá, sobre la sábana polvorienta que lo cubría y abrió las notificaciones. Pedidos. Siempre había sabido que ninguno de sus compradores era el farol más brillante de sus calle, igualmente rodó los ojos y reenvió su anuncio de temporal retiro de la ardua labor de hacerles contenido. Que entendieran, que recordaran, que entrara en su mente hambrienta de más de eso que sólo ella les podía proveer.
Después silenció el aparato, dedicándose a descubrir sus muebles y pasarles un trapo húmedo para limpiarlos, empezando en su sala de estar y finalizando en su recámara en la segunda planta, colocando sábanas nuevas y un pesado edredón violeta. Desde su ventanal podía ver las casas vecinas, a su izquierda, una propiedad inhabitada, con un manzano descuidado y una pérgola de madera obviamente podrida; a la derecha una completamente diferente, pintada de blanco, a media altura tenía una gruesa cenefa de mosaicos de talavera y su techo era de tejas grises, el patio, una colección de diversas plantas, zarzamora, fresas, un ciruelo cuyos frutos comenzaban a caer y una pastura densa, en la esquina, la casa de un perro.
Maldijo. Nunca le habían gustado los animales, menos los perros y era recíproco, dichos animales parecían detectar su perversidad, le ladraban y mostraban los dientes a la menor provocación. Siempre podía envenenar al perro si la fastidiaba con su escándalo, sólo el tiempo decidiría.
Una notificación más hizo vibrar su teléfono. No era un mensaje, era una noticia. Un disturbio en la Ciudad de México, madres, padres y más multitud enardecida reclamaba la liberación de una renombrada criminal, decorosamente apodada «La Garavito mexicana». Su colega, Sabina, siempre le había parecido una bestia sin ingenio y sofisticación. No, Luisa no podía permitirse sentirse agrupada con alguien de ese tipo, menos cuando aquella ya había sido descubierta y ella, a ella no le pondrían las manos ni las esposas jamás. Si la descubrían, tendrían que matarla también. Tendría el triunfo o la muerte.
San Elías no era la gran cosa, después de la lluvia, el pueblo aun parecía encapsulado en gris y nubes de tormenta. Formado por seis colonias y tan pequeño que a menudo el resto del Estado de México se olvidaba de su existencia. En Izcalli del Sol, grandes edificios de estilo colonial, el primer intento de la civilización por establecerse en aquella tierra y gran cantidad de los mismos, propiedad de la última heredera de la familia Bichara, la misma que le había vendido a Luisa su nueva casa, en sobreprecio además. Pero fuera de las bellezas arquitectónicas del centro y las preciosas casas más modernas de la parte montañosa, no había más que ver o hacer, un cine y un supermercado, algunos hospitales y múltiples iglesias, nada parecido a la Ciudad de México o siquiera a Toluca. Pueblo, rascuache y bicicletero.
La cafetería donde se encontraba era un mal intento de elegancia, mesas de barata madera comprimida y candelabros de metal corriente, con menús de piel sintética y papel amarillento; las personas eran igualmente ordinarias, pieles claras, oscuras y medias navegando las calles connombres de personalidades británicas. Lo único que agradecía era el aire fresco en su rostro y el verdadero café en su mano, la paz era importante también pero no dejaba de sentir que el aburrimiento la destruiría.
Entonces lo vió. Un hombre, de los más feos que había tenido el disgusto de ver pero esta era la segunda ocasión en la que su repugnante ser se ponía frente a ella, la primera vez fue con una fotografía de sus vergüenzas y su hermosa hija pequeña, un dulce ángel de cabello castaño y ojos oscuros, ella si valía la pena pero él era el camino.
Lo observó, había ganado kilos desde la foto que le permitió la entrada a Cíbola —su ciudad virtual de tesoros y ángeles, su ciudad de perversiones—, y también había empezado a arrugarse en el borde de los ojos y el cuello, vestía un traje oscuro de tela que brillaba mugrienta en las mangas y rodillas, holgado en los hombros y ajustado en el estómago, patético. De su bolsillo extrajo el teléfono, estaba segura de que podría encontrar su usuario pero primero le tomó desde lejos, una fotografía, distraído con el café y recibo en la mano, luego se levantó, alejándose del lugar, sin demasiado cuidado. Cuando llegó al parque frente a la iglesia se dedicó a la búsqueda, deslizando en su pantalla, foto tras foto, usuario ridículo tras otro.
Luisa tenía el propio: Señorita Q.
Se encontró finalmente con él, algo patético, su cara, un miembro pequeño en comparación a lo que había visto, su INE y la pequeña princesa. Tenía que admitirlo, había tomado inspiración de un foro coreano, tener su información evitaba infiltrados y posible dinero ilimitado al extorsionar a los involucrados de ser necesario y en el momento, sonrió ampliamente agradecida con la Luisa de veinte años y muerta del aburrimiento que había comenzado todo.
Escribió un mensaje y lo borró. Se dijo que no podía permitirse ser estúpida, primero un teléfono nuevo, luego, meses enteros de diversión, ahora ese hombre era suyo para atormentar.








