Prólogo
Italia, años atrás
La lluvia había convertido la carretera en un espejo negro.
Viktor Sokolov conducía con una mano sobre el volante y la otra descansando cerca de la palanca de cambios. No había encendido la radio.
No esa noche.
Había algo en el silencio que le permitía pensar.
Y llevaba demasiado tiempo con algo en la cabeza.
Miró el reloj del tablero.
23:47.
Había salido de Rusia hacía dos días siguiendo una pista que, en principio, no debería haber significado nada.
Un movimiento de mercancía.
Un nombre que no reconocía.
Una cuenta que no coincidía.
Pero había aprendido algo desde muy joven:
En su mundo, las coincidencias no existían.
El teléfono vibró sobre el asiento del copiloto.
Un mensaje.
Confirmado.
Frunció el ceño.
No respondió.
Volvió a dejar el teléfono.
La carretera estaba prácticamente vacía.
Demasiado vacía.
Redució la velocidad.
Algo no estaba bien.
Miró por el retrovisor.
Nada.
Volvió a mirar.
Un solo auto todavía lejos.
Viktor aceleró ligeramente.
El otro vehículo hizo lo mismo.
Tomó una salida secundaria.
El auto seguía detrás de él.
Lo estaban siguiendo.
Viktor llevó la mano hacia el compartimento donde guardaba su arma.
No la sacó.
No todavía.
El teléfono volvió a vibrar.
Una llamada.
Desconocido.
—Vuelve.
—No.
Una pausa.
—Viktor.
—Encontré algo.
Silencio.
—¿Qué?
Viktor soltó una pequeña risa.
—Es demasiado tarde para ti.
Colgó.
Durante unos segundos solo se escuchó la lluvia golpeando el parabrisas.
Y luego…
Neumáticos perdiendo adherencia.
El coche derrapando.
Un golpe seco.
Metal contra metal.
Vidrio.
El mundo dando vueltas.
Silencio.
—Lo siento.
Fuego.








