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Mini Historias Tabu de las Alondras

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Summary

Cinco minihistorias entrelazadas exploran deseos prohibidos y secretos intensos. Personajes se entregan a impulsos oscuros, cruces de límites personales y placeres escondidos que desafían lo convencional. Cada relato abre una puerta a lo inconfesable, mezclando culpa, excitación y libertad en un viaje íntimo por lo que nadie se atreve a admitir en voz alta.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Las Hermanas - Parte 1

La casa olía a naftalina y a flores baratas que ya se estaban podridas. Rox llegó tarde al velorio, con el pelaje todavía húmedo de la lluvia y el olor a cigarrillo metido entre el cuello de la camisa negra. Tenía treinta y cuatro años y se notaba en la forma en que se movía: pesada, segura, como si el mundo tuviera que correrse para dejarla pasar. Mara estaba sentada en la primera fila, con las manos juntas sobre la panza suave y el vestido negro apretándole las tetas grandes hasta dejarles marcas rojas en la piel. Tenía treinta y un. Tres años menos. Siempre tres años menos.

Se miraron apenas. Un gesto de cabeza. Nada más. Había primos, tías que lloraban con el mismo pañuelo, el esposo de una prima que no sabía dónde poner los ojos. La madre estaba en el cajón, flaca, irreconocible. Rox se quedó parada al fondo, con los brazos cruzados, hasta que el último pariente se fue. Solo quedaron ellas dos y el silencio de la casa de la infancia.

—No pensé que vinieras —dijo Mara cuando cerraron la puerta.

—Tampoco yo.

Se quedaron en la cocina. Había una botella de vino abierto desde el mediodía y dos vasos sucios. Rox se sirvió sin preguntar. Mara la miró de reojo mientras se sacaba los zapatos. Los pies le dolían. El vestido le apretaba el pecho cada vez que respiraba hondo.

—Te dejaste el pelo largo —comentó Rox.

—Vos te cortaste el de la nuca.

—Para el laburo.

Callaron. Afuera llovía todavía. Adentro solo se escuchaba el reloj de la abuela, el mismo de siempre, el que atrasaba cinco minutos desde que eran pibas.

Mara fue la que habló primero del cuarto.

—Me voy a quedar acá esta noche. No tengo ganas de volver al depto.

Rox asintió. No dijo que ella también se iba a quedar. Simplemente subió la botella y las dos terminaron en el living, sentadas en el mismo sillón viejo donde de chicas veían dibujos animados. El alcohol fue haciendo lo suyo. Las lenguas se aflojaron. Hablaron de la madre, de lo mal que había envejecido, de lo poco que las había llamado en los últimos años. Después hablaron de ellas. De cómo se habían dejado de hablar después de esa pelea estúpida en el cumpleaños de los veinticinco de Rox.

—Me dijiste que era una gorda conformista —recordó Mara, sin bronca.

—Y vos me dijiste que era una amargada que se creía mejor porque se había ido a la capital.

Rox soltó una risa corta.

—Posta que éramos unas pelotudas.

Mara sonrió por primera vez en todo el día. Esa sonrisa le hundió un poco los cachetes y le hizo brillar los ojos oscuros. Rox la miró más de lo necesario. Se dio cuenta de que Mara tenía el mismo olor de siempre debajo del perfume barato: algo dulce, algo a piel caliente. Se levantó de golpe.

—Me voy a dormir.

El cuarto de las dos seguía igual. Dos camas de una plaza, una al lado de la otra, con las colchas que había tejido la abuela. Rox se sacó la camisa y se quedó en el corpiño negro, el mismo que le apretaba las tetas pesadas cada vez que se agachaba. Mara entró después, ya en remera y bombacha. Se metió en su cama sin decir nada.

Apagaron la luz.

Pasaron minutos. Rox escuchaba la respiración de la hermana. Pesada. Un poco agitada.

—Rox —susurró Mara.

—Qué.

—¿Te acordás cuando éramos chicas y nos daba miedo dormir solas?

—Sí.

—¿Te acordás que nos abrazábamos?

Rox no contestó. Escuchó el ruido de las sábanas. Sintió el colchón hundirse a su lado. Mara se había pasado a su cama. Se pegó de espaldas, como antes. El culo gordo y suave contra la cadera de Rox. El olor de su pelo en la nariz.

Rox levantó el brazo y lo pasó por encima de la cintura de Mara. La panza le quedó bajo la pata, caliente, blanda. No dijeron nada más. Se quedaron así hasta que el sueño las ganó.

A la mañana siguiente el sol entraba por la ventana y Mara tenía la cara hundida en el pecho de Rox. Una de las tetas de Rox se le había escapado del corpiño y el pezón gordo y oscuro rozaba la mejilla de la hermana. Rox se despertó primero. No se movió. Miró el techo. Sintió el aliento de Mara contra la piel. Cuando Mara abrió los ojos, no se apartó de inmediato. Se quedó un segundo más, respirando contra ese pezón. Después se sentó de golpe, con la cara colorada.

—Perdón.

—No pasa nada.

Pero pasaba.

Esa noche volvieron a dormir juntas. Y la siguiente. Y la que le siguió. El velorio ya era recuerdo. Los parientes habían dejado de llamar. La casa era solo de ellas dos mientras resolvían los papeles de la herencia. Una noche, después de la tercera botella, Mara se dio vuelta en la cama y le puso la pata en el muslo a Rox. No dijo nada. Solo la dejó ahí. Rox la miró a los ojos en la penumbra. Después bajó la propia pata y se la puso encima, más arriba. Los dedos le rozaron el borde de la bombacha.

Mara tragó saliva.

—Rox…

—Decime que pare.

Mara no dijo nada. Solo abrió un poco las piernas.

Se tocaron como si tuvieran quince otra vez, pero con el peso de los años encima. Rox le metió la mano dentro de la bombacha y encontró el coño ya mojado, caliente, peludo. Mara jadeó contra su cuello. Le mordió el hombro cuando se corrió, calladita, como si todavía tuvieran miedo de que la madre escuchara desde el otro cuarto. Después se quedó temblando. Rox le sacó los dedos y se los limpió en la sábana. No se dijeron nada. Al día siguiente desayunaron en silencio y hablaron del escribano.

La tercera vez fue de día. Estaban ordenando el placard de la madre. Mara encontró una caja con fotos viejas. Las dos sentadas en el piso, con las piernas abiertas, mirando una donde aparecían abrazadas en la pileta, pibas, en bolas, riendo. Rox le sacó la foto de las manos y se la tiró. Después la agarró de la nuca y la besó. Fue un beso feo, con dientes, con gusto a café frío. Mara le clavó las uñas en los hombros. Terminaron en el piso del pasillo, con la ropa a medio sacar. Rox le chupó las tetas grandes y pesadas hasta dejarle los pezones hinchados y brillantes. Mara le frotó el coño contra el muslo. Cuando se corrió, dijo “hermana” en voz alta. Rox se quedó quieta un segundo. Después le abrió más las piernas y se lo devolvió con la boca, lenta, casi cruel, hasta que Mara lloró de verdad.

A partir de ahí ya no hubo vuelta.

Se cogen casi todas las noches. A veces de día. Una tarde Rox llegó del trabajo y encontró a Mara en la cocina, en remera nada más, cortando cebolla. Se le acercó por detrás, le levantó la remera y le agarró las tetas con las dos manos. Mara soltó el cuchillo. Se dejaron llevar contra la mesada. Rox la penetró con los dedos mientras le decía al oído todas las cosas que no se deberían decir. Que le gustaba cómo le pesaban las tetas. Que le gustaba que fuera su hermana. Que si alguien se enteraba les iban a escupir en la cara y igual se la iba a seguir cogiendo. Mara se corrió con la frente apoyada en el azulejo frío, gimiendo bajito.

Pero el afuera existe.

Una noche salieron a comprar vino. En el chino del barrio las atendió un pibe joven que miró demasiado el escote de Mara. Rox le puso una pata en la cintura, posesiva, y el pibe bajó la vista. Cuando salieron, Mara se rio.

—Parecías mi novia.

—Callate.

En el auto se besaron con las luces apagadas. Una vecina pasó caminando al perro y los vio. Rox se separó de golpe. La vecina apuró el paso. Esa misma noche Rox la cogiò más fuerte que nunca, casi enojada, y le dejó marcas de dientes en el hombro. Después se arrepintió y se pasó una hora lamiéndole el pelo de la panza, pidiéndole perdón sin decir las palabras.

El mensaje anónimo llegó una semana después. Al celular de Mara. Una foto borrosa del auto y el texto: “Las vi. Asquerosas.”

Mara se puso blanca. Rox le sacó el teléfono de las manos, lo miró y lo tiró al sillón.

—Es la Claudia —dijo—. La ex. Tiene el mismo número de siempre.

—¿Qué hacemos?

—Nada.

Pero no fue nada. Mara empezó a tener pesadillas. Se despertaba sudada y se pegaba a Rox como si todavía tuviera diez años. Rox la abrazaba y le chupaba el cuello hasta calmarla. Una noche Mara le preguntó, con la voz chiquita:

—¿Vos pensás que estamos mal?

Rox se quedó callada mucho rato.

—Pienso que si dejo de cogerte me voy a volver loca.

Mara se rio contra su pecho, pero era una risa rota.

La cosa se puso peor cuando Claudia mandó el mismo mensaje a un grupo de primas. Empezaron a llegar llamadas. Una tía llorando. Un primo diciendo que eran unas degeneradas. Rox agarró el teléfono y les mandó a todos a la mierda. Después se fue a fumar al patio. Mara la encontró tirada en la silla de plástico, con la mirada perdida.

—Nos tenemos que ir —dijo Rox sin mirarla.

—¿Adónde?

—A cualquier lado. Lejos.

Esa noche se cogieron en el piso del living, con la tele prendida en un canal que no miraban. Fue lento. Rox le sostuvo la cara con las dos manos y la miró a los ojos mientras entraba y salía. Mara lloró todo el tiempo. No de tristeza. De otra cosa. De alivio. De terror. De amor podrido. Cuando se corrió, le clavó las uñas en la espalda a Rox y le dijo al oído:

—Hermana.

Rox se vino adentro, profunda, y se quedó ahí, sin salir, respirando contra su cuello.

Al día siguiente empezaron a empacar.

Vendieron lo que pudieron. Tiraron el resto. La casa de la infancia se quedó vacía, con el olor a naftalina y a sexo todavía pegado a las paredes. Se mudaron a un pueblo chico a seiscientos kilómetros, donde nadie sabía sus caras. Alquilaron una casa con patio y una habitación grande. Pusieron una sola cama. Matrimonial.

La primera noche en la casa nueva Rox la cogiò con las ventanas abiertas. Se escuchaban los grillos. Mara tenía las piernas abiertas, las tetas desparramadas hacia los costados, el pelaje de la panza brillante de sudor. Rox le chupaba un pezón mientras la penetraba despacio y le decía, una y otra vez, como una oración:

—Sos mi hermana. Sos mi hermana. Sos mi hermana.

Mara se corría cada vez que lo escuchaba. Al final se quedaron abrazadas, pesadas, con el olor a sexo llenando el cuarto. Afuera el pueblo dormía. Adentro, ellas dos seguían siendo exactamente lo mismo que habían sido desde el principio: dos osas gordas, unidas por sangre y por algo peor y más dulce que la sangre.

A la mañana siguiente Rox preparó café. Mara salió al patio en remera nada más, con las tetas libres y el pelo de la entrepierna todavía pegoteado. Se miraron. Se sonrieron. No dijeron “te amo”. No hizo falta. El peso de todo seguía ahí, entre el pecho y la panza, caliente, incómodo, vivo. Y ninguna de las dos tenía ganas de soltarlo.

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