EL FINAL
ELLE
No voy a endulzar esto. No tiene caso.
Estoy muriendo.
No es una confesión que me gustaría decir, y sé que no es algo con lo que deba comenzar ahora mismo.
Pero es todo lo que queda.
Estoy muriendo.
Cáncer. ¿Acaso no es una palabra horrible?La odio. Odio todo lo que tiene que ver con ella. Odio el trasfondo que conlleva. Una palabra que ha jodido todo mi futuro.
Nunca pensé que me sucedería así. Pero vamos, ¿quién piensa que algo como eso le sucederá? Ni en mis sueños más locos pensé en ello.
Todo comenzó en mi cumpleaños. Lo recuerdo perfectamente: el enorme susto que me llevé y el miedo que invadió mi mente. Cómo mi corazón comenzó a traicionarme. El sudor en las manos.
Cada poro de mi cuerpo reaccionó; un miedo irracional se instaló debajo de mi piel.
Nunca desapareció.
El día había terminado con un bonito pastel de cumpleaños, unos cuantos regalos y abrazos incómodos que deseaba no recibir. Había insistido en que no quería una fiesta; lo decía cada año y, como cada año, fui ignorada.
No es algo con mi cumpleaños, es solo que odio que todos me noten demasiado, que se acerquen demasiado, que esperen que tenga una sonrisa radiante todo el tiempo.
Si pudiera ir por el mundo siendo invisible, todo habría sido más fácil.
El cumpleaños se alargó y, cuando finalmente me vi en mi recámara con mi soledad, respiré aliviada.
Alivio que duró poco.
Mientras me desvestía, preparándome para pasar una hora perdiendo el tiempo en las redes sociales y finalmente dormir, noté un bulto en mi pecho derecho, grande y redondo. Desconocía cuánto tiempo había estado ahí.
Un bulto en mi pecho.
Y eso fue todo.
Fui al médico.
Me dio los resultados.
Me dio el diagnóstico.
Dijo todas las alternativas.
Las posibilidades.
Pocas.
Casi nulas.
Tenía un año.
¿Qué haces con un año?
Las siguientes semanas fueron las más duras que pude haber tenido. Había decidido no decir nada.
¿Qué se dice en estos casos?
Cuando intentaba hablar del tema, todo lo que mi cerebro arrojaba era:
“Vas a hacerlos sufrir.”
Solo eso.
Eso era lo más duro de todo el asunto.El veneno impidiéndome hablar. Bilis en mi garganta ahogándome.
Sentía cómo las palabras quemaban mi garganta y se negaban a salir.
Los días pasaban y simplemente no podía decir nada.
Me ahogaba con cada intento.
Sentí paz cuando dejé de intentarlo.
Era mejor así.
Mejor que arrastrarlos conmigo por todo esto cuando no había nada que hacer.
Mi familia seguía ahí, al alcance de mi mano, viviendo con normalidad.
Mi madre seguía regañándome por dejar vasos en mi habitación. Seguía preguntándome qué quería comer. Seguía viendo sus novelas por las tardes como si el mundo fuera a continuar eternamente.
Y yo la miraba.
Miraba sus ojos felices, furiosos a veces y, sobre todo, jodidamente vivos.
No podía hacerle eso. No podía sentarla frente a mí y decirle que iba a ver morir a su hija.
Porque después de eso todo cambiaría.
Cada comida, cada momento que compartíamos y cada conversación que tendríamos. Cuando soltara el veneno sobre ellos, sería imposible que se deshicieran de él.
Simplemente no podía hacerlo.
Todo quedaría contaminado.
Así que callé.
Era una espera corta.
Aunque algunos días se sintiera eterna.
Sabía que eventualmente llegaría el momento de decirlo, cuando mi cuerpo comenzara a traicionarme de verdad, cuando el dolor fuera demasiado evidente para ocultarlo, cuando ya no pudiera fingir que solo estaba cansada.
Hasta entonces... me concentré en las cosas que sí podía hacer.
Fui al banco. Saqué mis ahorros. Cerré cuentas.
Descubrí que morirse implica muchísimo papeleo.
Una cantidad absurda de trámites para algo que ocurre todos los días.
Busqué funerarias, comparé urnas, pensé en que solo quería que me cremaran y tiraran mis restos en un bosque o en el océano. No me importaba. Solo no quería que hubiera un lugar para mí encerrado. Al menos en la muerte quería ser libre. Ser parte de todo, volver a la fuente inicial.
Polvo somos y toda esa mierda.
Qué cosa tan ridícula: elegir el recipiente donde van a guardar lo que quede de ti, porque tenía que comprarla. ¿Sabías que es un requisito? No puedes simplemente deshacerte de lascenizasasí como así; tienes que comprar una jodida urna.
Así que usé un par de tardes en ver esas pequeñas cosas.Elegí la más sencilla; total, la usaría poco tiempo.
También cambié de nombre algunas pocas cosas que tenía.
Nada impresionante.
No poseía mucho.
Se lo dejé todo a mi mamá.
Sentía que era quien más lo merecía. Porque era la persona que más me había dado en toda mi vida.
Comencé a organizar mis finanzas como si estuviera planeando unas vacaciones largas.
Calculé gastos médicos. Hice cuentas. Revisé cuánto dinero quedaría disponible después de mi muerte. Quería asegurarme de que ella pudiera vivir tranquila algunos años, sin trabajar demasiado.
Un retiro feliz. O algo parecido. Una compensación miserable por el dolor que sabía que iba a dejarle.
Y mientras hacía todo eso, mientras firmaba papeles, cancelaba cuentas y revisaba contratos, me mantenía ocupada.Era una buena manera de no pensar demasiado en lo que me estaba pasando.
Como una protagonista idiota de novela barata.
Obstinada.
Dramática.
Y cagada de miedo.
Podrías pensar que era valiente por querer atravesar todo eso sola.
No lo era.
Era una cobarde.
Una cobarde que prefería fingir normalidad porque no podía soportar mirar de frente su propia realidad. Mientras nadie lo supiera, yo podía seguir siendo yo.
Una persona sana.
Una mujer cualquiera siguiendo con su vida.
Las conversaciones seguirían iguales. Las miradas serían normales. No habría silencios incómodos cada vez que entrara a una habitación.
Odiaba imaginar eso.
Que comenzaran a tratarme distinto. Que me hablaran más suave. Que me observaran con esa compasión insoportable reservada para los moribundos.
No quería convertirme en “la enferma”.
Así que fingía.
Y lo peor era que funcionaba.
Porque, fuera del bulto en mi pecho, no había nada más.
No sentía dolor. No me veía enferma. No estaba conectada a máquinas ni perdiendo el cabello.
Parecía perfectamente viva.
Al principio me tocaba el pecho todo el tiempo, de forma obsesiva, como si necesitara comprobar que seguía ahí. Que no había sido imaginación mía. Que no me había inventado toda aquella pesadilla. Que solo había estado soñando y que, cuando despertara, todo volvería a la normalidad.
A veces incluso esperaba tocarme y descubrir que había desaparecido.
Como en esas películas horribles donde alguien despierta sobresaltado y descubre que todo fue un sueño.
Por supuesto, nunca pasó.
Así que dejé de hacerlo.
Mírame.
Engañando a todos y engañándome también a mí misma.
Y entonces comencé a pensar en todas las cosas que había dejado para después.
Porque siempre había “tiempo”.
Qué idea tan estúpida.
La vida entera funciona alrededor de esa mentira.
Después lo hago.
Después voy.
Después llamo.
Después me atrevo.
Como si “después” estuviera garantizado.
Hice una lista de cosas que quería hacer antes de morir.
No era una lista demasiado larga.
Nunca fui una persona particularmente ambiciosa.
Gasté la absurda cantidad de ochenta mil pesos en un viaje a Japón. Me debatí días enteros antes de comprar los boletos. Pensaba en mi mamá todo el tiempo, en el dinero, en lo irresponsable que era gastar tanto sabiendo lo que venía. Era dinero que podía dejarle a ella.
Y, aun así...
Quería hacerlo tanto que terminé tomando una mochila y largándome.
Todavía tenía un margen de tiempo en el que mi cuerpo seguía obedeciéndome.
Quería aprovecharlo.
Me aventé de un paracaídas.
Casi vomité del miedo.
También me acosté con un desconocido. Había olvidado el sexo. Había olvidado lo mucho que extrañaba sentir el calor de otro cuerpo cerca del mío.
Y sé que quizá puedas juzgarme por eso.
Adelante.
No tiene nada de malo hacerlo.
Pero, honestamente...
Solo fue sexo.
Ni siquiera fue extraordinario.
Y tampoco tenía que preocuparme por las consecuencias.
Qué gracioso.
Y pensé en Sam.
Carajo, cómo pensé en él.
No había hablado con él en cinco años, y no es que quisiera hacerlo ahora. Sobre todo, no quería hablar con él. Pero deseaba verlo una vez. Solo una vez más.
No me importaba si fuera solo un vistazo fugaz y lejano. No me importaba siquiera verlo con su esposa o, quizás, con hijos. No iba a hacer nada. Tan solo era el persistente deseo de ver sus ojos una última vez.
Ya no tendría oportunidad de verlo en el futuro.
No lo veré nunca más.
No lo volveré a ver nunca.
¿Puedes siquiera dimensionarlo?
Moriré y todo acabará.
De alguna manera, la idea me rompe el corazón, porque lo extrañaba tanto que era un dolor físico. El pecho se me apachurraba, la garganta se me cerraba y el cerebro se me nublaba.
Nunca más.
Me sabía su número de memoria. Sabía dónde estaba y también sabía que se había casado.
¿Qué iba yo a hacer después de tantos años?
No había nada para nosotros, y pronto nada quedaría de mí.
No tenía caso pasar por todo ello solo para hacerme sentir más miserable de lo que ya me sentía.
Pero pensaba en Sam.
Todo el tiempo.
Resistiéndome a llamarlo, a pedirle que viniera a mí, que me diera un último abrazo. Que sus brazos me consolaran una última vez. Sentir la calidez de su cuerpo abrazando el mío.
Era un deseo tan grande que me odiaba por tenerlo, por ser una maldita idiota que añoraba a un hombre que me había dejado atrás.
No podía hacerle esto.
Y, sobre todo, no podía yo pasar por ello.
Cuando pasaron los meses, comencé a ver los cambios en mi apetito y, sobre todo, en mi fuerza. No es que fuera precisamente la persona más eficiente, pero dormía más de lo necesario y me cansaba al subir las escaleras. Cualquier esfuerzo, por mínimo que fuera, me dejaba sin aliento.
Era el momento.
Mi madre estaba sentada en el comedor, viendo esos videos que solo una madre puede ver: recetas y hierbas mágicas que curan todos los males.
Puse delante de ella un fólder con documentos.
—Necesito hablar contigo —comencé.
Levantó la vista. La última mirada de normalidad que me dedicaría.
Tragué saliva por los nervios.
Se veía graciosa. Siempre lo he pensado. Con esos ojos pequeños y esos grandes anteojos que solo usaba cuando veía el celular o necesitaba leer algo. Ojos pequeños que se hacían más grandes a través de los lentes.
—¿Estás bien? —preguntó mientras se le borraba la sonrisa, quizá por la seriedad de mi cara.
—No. Necesito que me escuches hasta el final y no quiero que me hagas ninguna pregunta.
—Está bien.
Cada palabra pronunciada con cuidado y pulcritud.
—Aquí están todos los documentos que necesitas.
Abrí el fólder y le pasé el primer documento.
—Esta es una cuenta en el banco que abrí a tu nombre. Puse ahí todo el dinero que tengo, más este en efectivo por cualquier contratiempo que tengas. Estoy segura de que cualquier persona en el banco podrá ayudarte si lo necesitas. No olvides que necesitas llevar una identificación para realizar cualquier trámite. No uses la tarjeta, pero mantenla guardada. No se la des a nadie, porque no sabes qué uso podrían darle. No vayas sola al banco; que te acompañe mi tía.
Ella echó un vistazo al documento.Estaba segura de que no sabía nada de lo que tenía escrito ahí.Pero había escrito instrucciones por si acaso no entendía todo. Esperaba que no se me hubiera pasado nada.
—Esta es la factura del coche. No olvides que se tiene que pagar cada año, preferentemente en abril, para que te hagan un descuento. Lo va a seguir trabajando Juan. Era un taxi.Así que te va a dar ese dinero cada semana.Tienes que guardar dinero para las reparaciones y, al principio de cada mes, tienes que pagar el seguro. De todo lo demás se encarga él; te va a ir diciendo qué es lo que tienes que hacer. Tiene otros seis años de vida y puedes pedir una extensión si le das mantenimiento. No lo olvides.
Señalé la siguiente hoja que había grapado.
—Aquí está el número de la contadora. Ya lo he guardado en tu teléfono. Paga sus honorarios cada bimestre y tienes que pagar los impuestos. No lo olvides, antes del día treinta y uno de cada mes. No vayas al banco el sábado porque no van a poder atenderte. Si olvidas pagarlo, solo tienes que pedirle a la contadora que genere uno nuevo, pero te va a cobrar ese extra.
Ella tomó el siguiente documento.
—No olvides que tienes que pagar el predial. Hazlo al principio del año. Es el mejor momento para hacerlo.
Eso ella lo sabía. Era quien me había enseñado todo esto.
—Aquí está mi seguro de vida. Lo vas a poder cobrar después.
—Elle... —me llamó, alarmada.
Pero la detuve con la mano. No quería parar porque estaba segura de que no iba a poder continuar si comenzaba con eso.
—Espero que puedas hacerte cargo de todo esto.Y hay suficiente dinero para que puedas mudarte con tu mamá, como siempre has querido. Te pido de favor que te lleves a papá. Sé que quizá no se lleven muy bien, pero haz el esfuerzo. Te va a necesitar. Mi hermano va a estar bien. Tiene a su familia y tiene que aprender a dejar de depender de ti en todo.Suelta las riendas y él va a tomar su camino.No todo es tu responsabilidad.
Tomé aire.
—No vendas la casa.Es el único patrimonio que queda y espero que finalmente puedas hacer el testamento que siempre has postergado.No les digas del dinero. No lo derroches. Te va a durar unos cuantos años si vives con modestia.
Suspiré para tomar aire.
—He organizado mis cosas. No te aferres a ellas y tira o vende todo lo que quede.
Sentí el nudo en la garganta, segura de que todo esto me estaba sobrepasando.
—Tengo cáncer, mamá. Fase terminal.
Ella levantó la mirada, alarmada.
Carajo.
Si me mira así, me tiraré en sus brazos y lloraré.
Y no lo haré.
He jurado que no lo haré.
—Respondiendo a las preguntas que tienes en la mente: no hay nada que se pueda hacer. Ya me lo han dicho. Es cáncer en el pecho. No tengo mucho tiempo y espero que no me agobies con preguntas que, de hecho, no quiero que me hagas.
Me levanté y, cuando estaba por irme, solo tenía una cosa que agregar.
—Te amo. Sé que no lo digo con frecuencia, pero lo hago. Eres la mejor persona que he conocido y la mejor madre que pude tener. Si pudiera elegir, te elegiría en todas las vidas.
Eres maravillosa.
Me fui.
Siendo una perra cruel.
Pero ya estaba llorando camino a mi cuarto.
No deseaba que me viera así.
Sé que he dormido más de lo que debería cuando despierto y ya pasó más de medio día. Mi madre me ha dejado dormir, supongo que por consideración.
Me siento fatal, como si hubiera cometido un pecado tan grande que tuviera que cubrirme con las sábanas para ocultarlo. Me rehúso a salir de la cama y enfrentar mi realidad, porque este solo es el primer paso. Tendré que contárselo también al resto de mi familia, solo a los que más me importan, y ver sus rostros y escuchar todo lo que tengan que decirme.
Me alimento con unas galletas que he tenido en mi bolsa desde los inicios de los tiempos. Blandas y sin mucho sabor. Pero, de alguna manera, siguen siendo comestibles.
Químicos.
¿Qué más puede ser?
Me conformo con ellas porque me brindan un poco más de tranquilidad antes de enfrentarme a la tormenta.
Cuando ha pasado el tiempo suficiente para poder bajar y he calmado mis pensamientos y mi corazón, decido enfrentarlos.
La cocina está silenciosa, como si todos se hubieran tomado un descanso de la música y la televisión.
Un silencio sepulcral.
—Siéntate, te sirvo de comer —dice mi madre con una voz tranquila, serena.
Me sorprende.
Y, al mismo tiempo, me brinda paz.
Ha hecho mi comida favorita: un pozole rojo increíblemente delicioso, acompañado de un refresco con hielos. Me doy cuenta de que es un intento de animarme, porque mi madre odia que tome refresco.
Lo odia hasta la médula.
Como en silencio mientras la veo deambular por la cocina, acomodando utensilios y limpiando lo que ya está limpio.
Quisiera decir algo.
Pero, como ya sabrás, soy mala con las palabras.
—Nadie te molestará con preguntas, así como lo quieres —dice de espaldas—. Les he comentado a los demás, así que ya puedes dejar descansar esos hombros.
Me relajo.
—No verás a nadie por aquí, porque todos quieren un momento para asimilar lo que está pasando.
—¿Y tú?
—Bueno, yo quiero estar aquí. No hay otro lugar para mí.
El nudo en mi garganta vuelve.
No quiero ser la sentencia de mi madre. No quiero imponerle nada. Si de mí dependiera, me iría lejos, muy lejos, para ahorrarle todo este proceso.
¿Pero tengo otro lugar?
No.
Mi vida está aquí.
Siempre ha sido así.
Es como si todo fuera una escalera.
Una enfermedad escalonada.
Es increíble que, unos meses atrás, pudiera hacer cosas tan simples y darlas por hecho.
Me da rabia que esté muriendo y que mi dignidad se esté muriendo conmigo.
Termino en el hospital.
Cuando el dolor fue demasiado difícil de soportar, ya no salí.
Mi madre tampoco logró salir.
—Deberías ir a casa —pido, no por primera vez—. Descansa.
—¿Quién dice que estoy cansada? —responde con una sonrisa.
Solo tienes que ver sus ojos.
Agotados.
Rojos.
Solo tienes que ver su sonrisa.
Forzada.
Obligándose a ser fuerte.
Mi madre es extraordinaria. Siempre lo he pensado.
¿Yo?
Yo soy un desastre.
Avergonzada de todo, porque mi cuerpo me traiciona todo el tiempo. Necesito ayuda para llegar al baño o para ducharme. Me corté el cabello para dejar de preocuparme por lavarlo. Me gustaría decir que lo rapé por completo, pero el valor solo me llegó a los hombros. Además, pensé, me haría ver más enferma de lo que ya estoy.
Me queda un poco de vanidad.
Para conservar algo de ella.
Me alegra haber destinado parte del dinero para estos casos.
Medicamentos que comprar.
Suministros que reponer.
Podría pasar estos días en casa. Me lo dijeron y dejaron la opción abierta.
Pero mi madreleteme a los muertos casi tanto como a los fantasmas.
—Si tu padre muriera antes que yo en casa, la vendería de inmediato. No voy a vivir en un lugar donde alguien falleció.
Así que ya está.
Es una decisión tomada.
Me lo dijo antes de que todo esto pasara, pero no quiero obligarla a cuidarme y cometer el pecado de morir en su casa.
Hemos vivido ahí toda mi vida, así que perderla sería un golpe del que, estoy orgullosa, le puedo evitar.
Hace cinco años que sabía que todo con Sam se había ido al diablo.
No había que ser un genio para verlo. Habíamos perdido la comunicación todo ese tiempo y, por supuesto, estaba el hecho de que el muy desgraciado se había casado.
No me debía nada y, aun así, esperé todo ese tiempo para enterarme, por alguien más, de que ya no era mío.
Creí que, sabiéndolo así, las cosas serían más sencillas.
No hay mejor cierre para soltar a alguien que saber que se ha casado.
Es una tontería, ¿no?
Ingenuamente pensé que así sería más fácil.
¿Lo fue?
Un poco.
No me dolió mucho saber que se había casado. Casi lo estaba esperando. Todas las relaciones conducen a ese momento. Si no era con ella, encontraría a otra persona que le inspirara esos sentimientos.
Y él merecía esa vida.
Merecía encontrar a esa persona especial y que su vida continuara.
¿Me arrepentía de no ser yo?
Realmente no.
Bueno...
Tenemos que ser sinceros.
Un poco, sí.
Hubo un breve momento en que pensé que yo sería la chica con la que se casaría.
Una completa idiotez.
Pero estaba muy enamorada y, si él me hubiera pedido la luna, yo habría encontrado la forma de bajarla.
¿Qué importancia tenían el matrimonio y los hijos?
Ninguna.
Solo quería que él fuera feliz.
Y lo es.
Ahora lo es.
Casi me alegro de que no fuera conmigo, porque entonces habría tenido que pasar por esto. Verme desgastarme.
Y no era algo que quisiera que viera.
Después de que terminamos varias veces, me di cuenta de que mi camino jamás conduciría a eso.
No sería yo.
E hice las paces con ello.
Mi amor no fue suficiente y el sentimiento quedó en el pasado.
Estaba harta de que nuestra relación nunca se definiera para mí.
Porque él siempre volvía.
Sin importar nada.
Sin importar cuánto tiempo pasara o cuántas relaciones tuviera entre medias.
Me sentía segura de que me amaba.
Tan segura que no me importó esperar a que se definiera...
Hasta que me importó.
Empecé a dudar.
A preguntarme si esto era amor.
¿Así debería sentirse?
¿Esta incertidumbre constante?
¿Esta duda eterna de si solo estaba siendo una ingenua?
Ese fue el comienzo.
El comienzo del declive de nuestra relación.
El doctor comenzó a subir la dosis de morfina cuando el dolor empezó a ser difícil de manejar.
—¿Tan mal se está poniendo? —pregunté con valentía.
Los doctores son seres a los que les resulta fácil hablar de la muerte. Ven a sus pacientes moribundos y les hablan con sinceridad.
La sinceridad era lo único que yo deseaba de este amable hombre, que me miró con ternura.
—Sí, Elle. Está peor.
—¿Semanas? —pregunté.
—Días —corrigió.
Me miró a los ojos con sinceridad. Por eso hice las preguntas cuando mi madre no estaba, porque, vamos, al menos podía soltar un suspiro cuando lo decía.
¿Era alivio?
¿Miedo?
Ambas cosas, si soy sincera.
Ya no tenía mucho que hacer.
Ahora todo lo que hacía era dormir y hablar con mi madre de mi infancia.
No tenía ninguna queja al respecto.
Tuve una infancia espectacular y recuerdos que lamentaba que se perdieran.
Pero eso es lo que tenía que pasar.
Uno no puede llevárselos.
Todo desaparece.
El cuerpo se apaga.
Y ahí acaba el asunto.
No podía quejarme.
Mis padres fueron amorosos y, si de algo estoy segura en esta vida, es de que fui amada por ellos.
Odiaba pensar que iba a hacerlos pasar por esto.
Mamá solía decir que lo peor para una madre era ver morir a sus hijos, y de verdad deseaba que no pasara por eso.
Pero ¿qué podía hacer yo?
No estaba en mis manos.
Sentía cómo me agarraban y me llevaban a un lugar del que cada vez me era más difícil volver.
Garras invisibles jalándome.
Tenía un nudo en la garganta que no me dejaba hablar.
Cualquier cosa que se me ocurría eran vulgaridades o peticiones ridículas y fuera de lugar.
Preguntas religiosas, cuando nunca he sido creyente.
O deseos imposibles.
Había vivido lo más fiel posible a mis ideas.
En esa parte estaba en paz.
No sentía que me faltara mucho por experimentar.
Aun así, unas cuantas cosas venían a mi mente ahora que estaba a un paso de dejar de existir.
Era extraño pensar que, en unos días, todo terminaría.
De ahí el nudo en la garganta.
Que me perdonen si la tristeza me desbordaba un poco.
Creo que, al menos, ese derecho lo tenía.
Mientras la morfina empezaba a recorrerme, uno de los pocos beneficios de esta mierda, pensé:
“Por favor... solo déjame verlo otra vez.”
Las súplicas eran inútiles.
Lo sé.
Es patético.
Pero muy dentro de mí estaba deseando poder verlo.
Que, al cerrar los ojos, pudiera recordar el color de su iris, la forma en que sonreía y se le iluminaban los ojos, el tono de su piel y la forma en que el vello abrazaba su barbilla.
Cuando pensaba en Sam, figuras al azar venían a mi mente.
Podía recordar su cabello.
O sus manos.
Una mirada.
Sus cejas.
Pero no todo junto.
Cuando intentaba traerlo todo al mismo tiempo, parecía que se derrumbaba como un castillo de naipes.
No sabía por qué me pasaba eso.
Y odiaba que mi mente me traicionara de esa manera.








