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HERROR 404: CUERPO NO ENCONTRADO Restaurando sistema en nuevo huésped... Eva

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Summary

Me llamaba Adán y era un científico e ingeniero brillante. Cuando a mi hija le diagnosticaron una enfermedad degenerativa, me obsesioné con salvarla y creé una tecnología de nanobots capaz de reescribir el cuerpo humano. Trágicamente, mi pequeña falleció antes de poder aplicársela. Todo empeoró el día en que vendían mi tecnología a espaldas mías. Yo me encontraba por error en el laboratorio en ese preciso instante; el trato se volvió violento y la intrusión me dejó gravemente herido. Agonizando y al borde de la muerte, me inyecté la única cura disponible: la dosis de nanobots cargada con el modelo genético de mi difunta hija. El sistema salvó mi vida reconstruyendo mi cuerpo desde cero y convirtiéndome en un clon mejorado de Eva. Ahora vivo atrapado en el cuerpo de mi propia hija. Debo disimular como una adolescente mientras convivo con mi madre (que también es mi exmujer) y soporto al hombre por el que me cambió, quien ahora ejerce de mi padrastro. La mente de Adán sigue intacta. Voy a recuperar la obra de mi vida y detener a los bastardos que usaron mi tecnología para crear supersoldados. Mi nombre era Adán. Ahora soy Eva, y la restauración acaba de comenzar.

Genre
Scifi
Author
Movi_B
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

T1 Cap 1 LA CRISÁLIDA DE ADÁN PARTE 1

TÍTULO: ERROR 404: CUERPO NO ENCONTRADO

Subtítulo: Restaurando sistema en nuevo huésped... Completado.

(Parte I)

El reflejo de la perfección

[Narración: Archivo de Registro SHIA] Una adolescente de belleza etérea se detiene frente a un gran armario. La puerta, que tiene un gran espejo de cristal pulido, le devuelve la imagen de su joven cuerpo, el cual contempla con un asombro que roza lo catatónico, incapaz de reconocer la obra maestra que tiene delante. Se encuentra desnuda. Su piel, libre de cualquier mácula gracias a la continua reparación celular de los nanobots, brilla bajo la luz artificial. Sus preciosos ojos verde avellana, cargados de una inocente sorpresa e incredulidad, recorren su reflejo mientras su delicada mano derecha se alza para tocar su rostro, una estructura de simetría divina.

Extiende su brazo izquierdo lentamente hasta que la yema de sus dedos hace contacto con la superficie fría del espejo. Ante él, observa a la criatura que ahora la define: una estatura compacta que apenas roza el 1,60, un par de centímetros por debajo de la media, pero compensados por una arquitectura biológica sublime. Es un cuerpo aún en desarrollo, pero donde ya se manifiesta claramente una figura de reloj de arena, con curvas sensuales diseñadas algorítmicamente para la perfección estética. Su pecho, turgente y generoso para su edad biológica de quince años, se alza y cae rítmicamente, acompañando una respiración agitada por la emoción.

[Pensamiento de Adán] —Bueno, corten el rollo. Así empezaría esta historia si cambiaras a la “bella adolescente” por una chica normalita y asustada, ya que esa desgraciada soy yo.

Adán sintió un escalofrío que le corrió por toda su espalda y no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación.

—Hace unas horas me desperté así. SHIA dice “preciosa cara” y “simetría divina”. ¡Ja! Para nada, pero sí, confirmo que estaba en pelota picada, nada más que decir. Así es como sucedió y así lo registró en su base de datos esa maldita SHIA, quien es la causante de gran parte de la culpa de lo que soy ahora. Aunque si soy sincero, creo que tiene su procesador lógico un poco tocado y adorna demasiado lo sucedido y mi apariencia. Debería haber revisado sus tripas, pero ahora, de momento, es difícil hacerlo. Se nota que está orgullosa de su “creación”.

El Análisis y la Realidad

[Narración: Archivo de Registro SHIA] El sujeto de prueba continúa su autoexamen. Su rostro, ahora de una piel ligeramente morena y libre de poros visibles, posee una estética capaz de competir —y superar estadísticamente— con las mujeres más bellas de las bases de datos de moda actuales. Mención especial merece su cabello: una cascada lisa de color negro puro, reforzado a nivel molecular para un brillo perpetuo. Los filamentos caen más allá de su cintura y, gracias a un algoritmo de física de fluidos bastante conveniente, se deslizan sobre sus hombros para cubrir sus pechos en un acto de censura natural casi poética. Sin embargo, el sujeto no parece apreciar la ingeniería. Se mira con extrañeza, sus pupilas dilatadas por el estrés, y niega con la cabeza frenéticamente.

[Realidad] El pánico se apoderó de Adán. No era un sueño. La sensación al tocar con sus propias manos sobre esa piel suave era demasiado real. Esa voz que no reconocía, ahora aguda y melodiosa, rompió el silencio del cuarto con un mantra de desesperación:

—¡No puede ser! ¡No puede ser! —gritó, retrocediendo un paso—. ¡Esta no puede ser yo! ¡Esta no puede ser yo! ¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡Esta no puedo ser yo! ¡Esta no puedo ser yo!

—Padre, tu vocabulario se ha reducido un 80% en los últimos treinta segundos. Sugiero reiniciar el módulo de sintaxis —se burló la voz de SHIA desde los altavoces del PC, ignorando el terror de su creador.

[Flashback: Tres días antes del incidente]

El aire en el laboratorio estaba viciado por el olor a café rancio y ozono. Adán, un hombre de 45 años con el cabello prematuramente canoso, estaba sentado en el estudio privado de su casa. O más bien, yacía derrumbado como un borracho durmiendo un día de fiesta sobre su escritorio, con la cabeza apoyada entre los brazos, completamente agotado, como si saliera de un resacón de una despedida de soltero.

Ese era su antiguo yo. Adán siempre había sido un hombre de cierto atractivo masculino. Apenas llegaba al 1,75 de altura, pero poseía una complexión atlética y fibrosa. Desde muy joven, su padre le había inculcado una disciplina férrea por el deporte y, sobre todo, una pasión casi obsesiva por el automovilismo; la velocidad era lo único que solía calmar su mente y quitarle el estrés del trabajo. De ojos verde avellana, nariz recta y una mandíbula cuadrada que parecía dar a entender su terquedad, aquel hombre ahora parecía una sombra de sí mismo. Hacía 18 años que sus ganas de vivir se habían ido.

Estaba nervioso. En la pantalla de su ordenador parpadeaba el cursor sobre la diapositiva final de su presentación. En unos días debía enfrentarse a la junta directiva para justificar los millones gastados en “El Proyecto”; su objetivo era que más padres no pasaran por lo mismo que él y su expareja.

Mientras los párpados se le hacían más y más pesados y mantenía a duras penas los ojos abiertos, sus pensamientos se desviaron del trabajo hacia aquel rincón oscuro de su memoria. En su lengua empezó a sentir un amargor metálico; el sabor de la bilis y la tristeza inundó su boca. Por su mente no pasaban números ni gráficas ni informes de sus experimentos, sino su triste historia vivida: la imagen, en una cama de hospital, de su niña que se apagaba y de una promesa rota de salvarla le seguía doliendo después de tantos años. Todo lo que había hecho en ese laboratorio, cada línea de código de SHIA y cada nanobot diseñado, cada acierto y fracaso en sus experimentos, había nacido de ese dolor enquistado durante casi dos décadas.

El Origen de Adán (Recuerdo de hace 18 años)

Mientras preparaba la presentación del trabajo al que he dedicado mi vida, los recuerdos de los últimos años me asaltaron de golpe; habían pasado muchos años, pero esas vivencias, esos recuerdos, todavía me hacían daño.

Llevaba un lustro, ¿quién lo diría?, un lustro había tardado en encontrar el remedio. Inmerso en mi proyecto de desarrollo de nanobots para uso médico. Recuerdo perfectamente el día en que íbamos a probar nuestra tecnología en un ser vivo por primera vez. Mi objetivo principal, por aquel entonces, era la cura de enfermedades —comencé desarrollando unos nanobots capaces de destruir células cancerígenas—, pero mi equipo y yo pronto nos dimos cuenta de que tenían un potencial mucho mayor.

Aquel día sigue grabado en mi memoria como si fuera hoy. Estábamos listos para las primeras pruebas en cobayas de laboratorio.

—¿Tenemos los especímenes listos? —pregunté, rompiendo el silencio aséptico de la sala. —¡Sí, doctor! Todo preparado —respondió uno de los técnicos.

Las cobayas presentaban daños en su ADN y diversas malformaciones inducidas. Sería la primera prueba en vivo de la última generación de nanobots. Estas unidades eran controladas por una inteligencia artificial primitiva que disponía de modelos genéticos precisos. Las instrucciones se habían grabado en una memoria ROM en aquellas primeras versiones, por lo que no podían modificarse ni reutilizarse, salvo por pequeños ajustes que cargábamos en su escasa memoria RAM.

Como responsable del proyecto, fui el encargado de inyectar el suero, cargado con miles de millones de máquinas microscópicas, en el primer espécimen.

—¡Señores! ¡Activen los nanobots!

Una cuenta atrás de diez segundos para la activación de nuestra creación comenzó a descender en la pantalla principal. La sala permanecía en un silencio tan absoluto que podía oír el latido de mi corazón, solo roto por el sonido que provenía de las máquinas del laboratorio, mientras monitorizábamos la evolución del animal.

—Todo está yendo según lo planeado, esperemos que siga así —susurró alguien a mi espalda.

Mi equipo y yo observábamos el progreso con atención, conteniendo el aliento. A todos se les veía tensos, esperaban mucho de este experimento. Pero entonces, los monitores empezaron a parpadear en rojo. Las constantes vitales se desplomaron.

—El experimento ha sido un fracaso —anunció uno de mis colegas con voz grave, confirmando mis peores temores—. La cobaya no ha soportado el estrés celular. Ha muerto.

Fruncí el ceño. La primera prueba no fue un éxito, pero aprendimos de los errores; así es la ciencia: ensayo y error hasta conseguir el triunfo. Sin embargo, para mí no era solo ciencia. El tiempo se me agotaba y la desesperación comenzaba a consumirme por dentro como un ácido.

Había algo que nadie en el laboratorio sabía, salvo yo y mi amigo David, el director. Preferí mantenerlo en secreto porque nunca quise que se preocuparan por mi vida personal. Por aquel entonces, mi esposa llevaba un mes de baja laboral para cuidar de nuestra hija. Luz... Luz era la definición de la ternura. Su larga melena rubia caía en cascada casi hasta su cintura, enmarcando un rostro precioso de ojos azules que siempre conseguía calmarme. Tenía una figura escultural que, para mi mente de friki irremediable y aficionado al manga, disparaba mi imaginación. A menudo fantaseaba con historias épicas donde ella era la princesa y yo el héroe destinado a rescatarla de cualquier mal.

Pero Luz era mucho más que una damisela de mis cómics. Era, junto con David, una de las mejores ingenieras genéticas en su campo. Trabajaba en la misma empresa que yo y David no puso ningún impedimento en concederle la baja; él sabía perfectamente por el infierno que estábamos pasando. Hacía dos años que Luz había dado a luz a nuestra pequeña Eva. Pero la niña no nació sana. Tenía un defecto genético devastador que la estaba matando poco a poco. Los médicos le dieron una sentencia de muerte: tres años, como máximo.

Por eso puse toda mi esperanza en mi trabajo. Me pasaba el día entero buscando la cura para ella; una cura que vendría de los nanobots, la única forma de corregir sus genes defectuosos. Me dediqué en cuerpo y alma al proyecto, queriendo ser ese héroe de mis fantasías.

Pero el reloj corría más rápido que mis avances.

Horas después del fracaso con la cobaya, estaba sentado con David en la cafetería de la empresa. Me temblaban tanto las manos que el café se desbordaba sobre el platillo, manchando la mesa.

—No llego, David —susurré. Sentía que el aire no entraba en mis pulmones—. Los simuladores acaban de recalcular la esperanza de vida. La degeneración va más rápido.

—Tranquilízate, por favor —me dijo David, mirando nervioso a los lados—. Estamos haciendo todo lo posible. Tienes el presupuesto, tienes el equipo...

—¡No tengo tiempo! —bramé, golpeando la mesa. No me importó que la gente nos mirara—. ¡A la mierda el presupuesto! Se me escurre entre los dedos, David. Cada vez que vuelvo a casa y la veo en esa silla... siento que estoy fallando a la única persona que importa.

David me miró, pálido, incapaz de sostenerme la mirada.

—Necesito una solución radical —insistí, agarrándole de la manga—. Si el cuerpo no aguanta la reestructuración en vivo, necesito otra vía.

En ese momento, un hombre con bata blanca se acercó a nuestra mesa, interrumpiendo la tensión.

—Perdonen... ¡Hola! He oído su conversación sin querer —dijo con timidez—. Soy del departamento de criogenización y creo que podemos ayudarlos.

Lo miré con hostilidad. No estaba para interrupciones.

—¿Cómo podría ayudarnos alguien de “congelados”?

—Bueno, estamos haciendo pruebas con cobayas; intentamos criogenizarlos para devolverlos a la vida seis meses después. Hemos desarrollado un fármaco que podría ser la clave. Una vez suministrado, consigue reducir las constantes vitales hasta tal punto que el sujeto parece haber fallecido.

El hombre hizo una pausa, ajustándose las gafas.

—Quizás así consigan que el organismo de la cobaya no colapse por el estrés. Si el cuerpo está en “pausa”, los nanobots pueden trabajar sin que el sistema inmunológico luche contra ellos.

David y yo intercambiamos una mirada. Yo estaba dispuesto a probar cualquier cosa, aunque los demás en mi equipo fueran escépticos. Tras hablar con el jefe de su departamento y rellenar el papeleo pertinente con una urgencia febril, conseguí una muestra generosa.

Dos días después, todo estaba listo para la nueva prueba.

—¿Lo tenemos todo? —pregunté, repasando mentalmente la lista de control. Mis manos sudaban dentro de los guantes de látex.

—¡Sí! Está todo dispuesto.

—¡Comencemos, señores!

la cobaya estaba preparado y la cuenta atrás se inició. Al inyectar el fármaco de criogenización, sus signos vitales se redujeron tanto que la línea del monitor quedó plana. Parecía muerto. Pero no lo estaba.

En las pantallas veíamos cómo los nanobots reestructuraban el ADN, célula a célula, sin resistencia. La intervención concluyó. El animal seguía inmóvil, frío como la piedra.

—¡Señores, es la hora de la verdad! —grité, con el corazón en la garganta—. ¡Inyecten dopamina!

A los pocos segundos de mi orden, el estimulante empezó a hacer efecto. Hubo una sacudida. Luego otra. En menos de un minuto, la cobaya estaba despierto, olfateando el aire. Y lo mejor de todo: había desaparecido cualquier rastro de malformación.

Los análisis de ADN confirmaron lo imposible: era un animal completamente sano.

La euforia estalló en la sala. Gritos, aplausos, abrazos. Yo me dejé caer en la silla, riendo y llorando al mismo tiempo.

Tenía la cura. Iba a salvar a mi princesa.

Hicimos más pruebas durante toda la semana, logrando un éxito del 100%. A la semana siguiente, preparé los nanobots en una solución inyectable mezclada con el fármaco de criogenización. Guardé la jeringa en un maletín de transporte especial. Estaba listo para salir corriendo al hospital.

En ese momento, mi teléfono sonó. Era Luz.

—¡Luz! —descolgué, con una sonrisa enorme—. ¡Sí! ¡Tengo la cura! ¡Voy para allá!

Al otro lado de la línea solo escuché un sonido que me heló la sangre: un llanto gutural, desconsolado.

—Adán... —Su voz era un hilo roto—. Adán, no...

—¿Qué sucede? —pregunté. El maletín resbaló de mis dedos y cayó al suelo.

—Nuestra hija... —sollozó ella—. Se acabó. Eva... se ha ido. Hace un minuto.

El mundo se detuvo. El ruido del laboratorio desapareció. Miré mi mano vacía, la mano que debía haber salvado a mi hija.

—¡¿Por qué?! —grité, lanzando el teléfono contra la pared. El aparato estalló en pedazos—. ¡Tenía la cura! ¡Maldita sea, la tenía!

Me dejé caer al suelo, abatido, y me acurruqué en posición fetal, gritando de rabia y dolor mientras mis compañeros me miraban horrorizados.

Entonces, el teléfono fijo de mi escritorio sonó. Lo dejé sonar tres veces. Cuatro. Al final, lo descolgué con pesadez.

—Adán... —Era David. Su voz sonaba urgente, casi culpable—. Luz me ha llamado desde el hospital. Sé lo que ha pasado.

—Llego tarde, David. Se acabó.

—No —dijo él con firmeza—. Escúchame bien. De camino al hospital va una cápsula de criogenización de la empresa. He dado la orden yo mismo.

—¿Para qué? —pregunté, confundido—. Está muerta.

—Con tu nanotecnología y los avances en mi campo... estamos muy cerca de poder revivir tejidos. Si la congelamos ahora, detenemos la degradación. Tu hija es la candidata perfecta para el “Proyecto Lázaro”. Creo que podremos traerla de vuelta. ¡Ánimo, Adán! No la dejes ir todavía.

—Gracias, David —susurré.

Una chispa de esperanza, oscura y peligrosa, se encendió de nuevo en mi pecho. Mi nuevo objetivo ya no era curarla. Era resucitarla.

Busqué otro teléfono y marqué el número de Luz. Mis manos temblaban tanto que casi no acierto las teclas.

—¡Luz! —grité en cuanto descolgó—. ¡Todavía no está todo perdido!

—¿Qué estás diciendo? —preguntó ella, con voz muerta, agotada.

—¡Van a congelarla! —le expliqué atropelladamente—. David ha enviado una cápsula. En unos años tendré la tecnología para reparar la muerte. ¡La salvaré, Luz! ¡Confía en mí!

Hubo un silencio al otro lado. Luego, un suspiro que sonó a despedida.

—Adán, eso es una locura morbosa. Déjala descansar. Por favor.

Colgó.

Me quedé solo en el laboratorio, escuchando el tono de línea cortada. En el suelo, junto a mis pies, estaba el maletín con la solución inyectable que había preparado. Ahora era inútil; estaba diseñada para un cuerpo vivo, no para uno muerto.

Con manos temblorosas, recogí el vial. Lo miré una última vez bajo la luz de los fluorescentes. Contenía la vida que no pude dar.

Decidí guardarla en el almacén de seguridad, junto a los prototipos fallidos. Me dolía demasiado tenerla cerca, pero no podía tirarla. Esa inyección era el recordatorio de mi fracaso. Y la gasolina para mi nueva obsesión.

La Sala de Juntas: Lobos y Ovejas

La sala de juntas parecía más pequeña que de costumbre, abarrotada de egos y tensiones no resueltas. Alrededor de la mesa de caoba, el silencio era tan denso que el leve zumbido del aire acondicionado parecía un grito.

Al fondo, al lado del amplio ventanal, estaba Álvaro, mi segundo al mando. Un joven brillante, poco más alto que yo, de pelo negro y ojos marrones, con una sonrisa que siempre me había parecido de admiración, pero que hoy, por alguna razón instintiva, me resultaba extrañamente afilada.

—Antes de que Adán comience —interrumpió Álvaro, poniéndose recto y alisándose el traje—, quiero destacar que lo que van a ver hoy no es solo ciencia; es la culminación de la visión obsesiva de un hombre. Adán ha llevado al departamento de nanotecnología a un nivel que nadie creía posible. Es un honor trabajar a su sombra.

Los socios asintieron, satisfechos con la lisonja. Yo le di las gracias con un gesto breve, ignorando esa sensación de incomodidad en la nuca. No sabía que Álvaro ya había vendido mi cabeza para ocupar mi silla, que cada elogio era una palada de tierra sobre mi tumba profesional.

Pero Álvaro no era el problema principal. El verdadero problema estaba en la distribución de la mesa, presidida por el Sr. Martín. De cabello rojo surcado de canas y ojos azules gélidos, era un hombre sin ningún escrúpulo, ni siquiera con su familia; sobre todo con su hijo mayor, Álex, a quien miraba con total desprecio.

A la derecha del Sr. Martín se sentaba el equipo de genética. David me sonrió, nervioso. Era mi mejor amigo y prácticamente mi único aliado allí dentro. Físicamente se parecía mucho a su hermano mayor, Álex, salvo que su pelo era pelirrojo como su padre, de complexión delgada, ojos azules y lucía una barba poblada.

A su lado estaba Luz. Llevaba su precioso cabello rubio suelto, igual que cuando trabajábamos juntos en la tesis, y evitaba mirarme con sus ojos color cielo, fingiendo leer sus notas con una intensidad exagerada.

Y pegado a ella, invadiendo su espacio personal con una posesividad enfermiza, estaba Julián. Qué voy a decir de Julián. Alguien que me había quitado todo lo que me quedaba en esta vida, atacándome en mi peor momento. Su aspecto había cambiado mucho desde entonces; de ser alguien con cierto atractivo, se había transformado en un hombre obeso con una alopecia prominente, aunque conservaba su color de pelo castaño.

Oficialmente, no pintaba nada en una reunión ejecutiva de este nivel, pero Martín le había dado el puesto de Jefe de Bioinformática del equipo de Luz. Era la excusa perfecta. Luz ponía el talento biológico y él se encargaba de procesar los terabytes de datos de secuenciación. Se creía el cerebro de la operación solo porque sabía manejar bases de datos y generar gráficos bonitos en 3D. Estaba allí por una sola razón: para marcar territorio y demostrarme que él ahora controlaba los datos de mi exmujer.

Parecían acorralados. Y tenían motivos. Porque al otro lado de la mesa, a la izquierda del Sr. Martín y totalmente solo en su flanco, se sentaba Gerónimo. Era el principal inversor, socio y abogado de Martín. Se decía de él que conocía los secretos más turbios de empresarios, políticos y jefes mafiosos. Era más dialogante que Martín, pero también mucho más peligroso; sus palabras podían hacer caer a cualquiera. Desde su posición solitaria, Gerónimo tenía una vista frontal y directa de las caras del equipo de genética, escrutándolos como un carnicero que evalúa al ganado. De vez en cuando dirigía la vista hacia mí, analizando. Para él solo éramos cifras, una inversión que tenía que darle dinero.

Y vigilándolo todo, de pie, estaba Álex. El “perro fiel”, exmilitar, sobre quien corrían rumores de haber hecho cosas horribles. De poco más de 1.80, bajo su traje de ejecutivo se escondía un cuerpo musculado y entrenado para matar. De pelo castaño y barba corta, aparentaba menos edad de la que tenía. Mientras todos, menos yo y Álvaro, estábamos sentados, él nos observaba y parecía analizarnos. Corría un rumor absurdo en la oficina que decía que Álex era en realidad un cyborg, un robot venido del futuro para producir un Armagedón, porque nunca mostraba ninguna expresión. Lo cierto es que no se sentó y permaneció dando vueltas, vigilando, analizando; su atención no estaba en la reunión, sino en las posibles zonas de ataque de un enemigo invisible.

Respiré hondo. Por la niña, me recordé.

—Gracias, Álvaro —dije, mi voz sonando firme y fría, ocultando el temblor de mis manos—. Señores accionistas, David, equipo de genética... y Julián.

Pronuncié su nombre con una pausa deliberada. Julián ni se inmutó; seguía tecleando en su portátil sin mirarme a los ojos.

—Adán, qué alegría verte —dijo Julián con un tono que destilaba condescendencia—. Estaba revisando la telemetría de tus últimos ensayos. Los algoritmos de predicción sugieren un margen de error del 4% en la tasa de replicación. Espero que tengas una explicación técnica para eso, porque a los inversores no les gustan las variables inestables.

Apreté la mandíbula. «La única variable inestable aquí eres tú, Julián», pensé, pero me mordí la lengua.

—El margen de error es irrelevante cuando reescribes la biología, Julián —respondí en voz alta, manteniendo la calma—. Si levantaras la vista de tu hoja de cálculo, lo entenderías.

Julián soltó una risita condescendiente y giró la pantalla de su portátil hacia Martín, buscando la aprobación del jefe como un perro faldero. —Solo digo, señor Martín, que la poesía científica de Adán está muy bien, pero mis datos no mienten. Los costes de procesamiento se están disparando.

Ignoré su comentario y apagué las luces principales para que la pantalla brillara con el esquema de un nanobot.

—Hace dieciocho años —comencé—, aprendí de la manera más dura que la medicina tradicional tiene un límite: el tiempo. El tiempo que tarda un fármaco en actuar, el tiempo que tarda un tejido en necrosarse.

Avancé las imágenes de mi presentación. Apareció una simulación de tejido dañado siendo reconstruido en tiempo real.—Lo que presentamos hoy no es un tratamiento. Es una reescritura de las reglas biológicas. Hemos logrado que los nanobots no solo transporten carga viral modificada gracias al brillante trabajo del equipo de Luz y David, sino que tomen decisiones autónomas in situ.

Miré directamente al Sr. Martín y a su socio Gerónimo.

—No vendemos cura, señores. Vendemos tiempo. Vendemos la posibilidad de que un diagnóstico fatal se convierta en un inconveniente menor. —Bajé la voz, permitiendo que un atisbo de mi dolor real se filtrara—. Porque nadie debería perder a un ser querido simplemente porque la ambulancia llegó cinco minutos tarde.

La sala quedó en silencio, impresionada. Incluso Álex pareció detener un segundo su vigilancia perimetral. Pero entonces, la voz de Julián rompió el hechizo, arrastrada y venenosa.

—Muy conmovedor, Adán. Casi me haces llorar. Pero hablemos de la realidad. ¿Cuánta de esta “autonomía” es segura y cuánta es solo tu complejo de Dios intentando arreglar lo que se rompió hace dieciocho años? Porque según mis datos, la tasa de fallo en la integración con el genoma de mi esposa... digo, del equipo de mi esposa... sigue siendo un riesgo inaceptable.

Luz cerró los ojos, avergonzada. El ataque había comenzado.

Pero antes de que pudiera responder a Julián, Gerónimo habló desde su lado izquierdo de la mesa, aislado y potente.

—Bien, muy interesante todo el drama personal —dijo con voz calmada—, pero yo quiero beneficios. ¿Con estas cositas pueden hacer armas? Porque digo yo que si pueden curar, pueden matar. Creo que diversificando hacia lo militar tendremos más margen de beneficio.

Cuando oí su comentario no pude más que replicar, tragándome mi enfado.

—Señor Gerónimo, estos nanobots están diseñados para curar. Para matar hay cosas más eficientes y baratas. Una simple inyección de los nanobots cuesta miles de euros.

Al terminar de contestar, el Sr. Martín me fulminó con la mirada, puso cara de pocos amigos y se puso de pie con dificultad, pero con una presencia que heló la sangre de todos.

—¡Muy bonito todo! —bramó, con una voz ronca que no admitía réplica—. El discurso, las lucecitas, la emoción... Precioso. Pero si no hay ganancias, no me vale de nada.

Caminó lentamente hacia la pantalla, tapando con su cuerpo la imagen del nanobot.

—¿Tenéis idea de lo que cuesta un tratamiento personalizado? —preguntó al aire, señalando con un dedo acusador hacia su derecha, donde estaban David y Luz—. ¿Sabéis cuánto me gasto, día tras día, en ese maldito laboratorio de genética? ¡Millones!

Se giró hacia mí, apoyando ambas manos en la mesa e inclinándose hasta que pude oler el tabaco rancio en su aliento.

—Pues bien, si quieren estos juguetes, ¡tienen que pagarlos! ¡Aquí no vale la caridad! ¡Esto es un negocio! ¡Y yo soy el dueño!

El silencio era absoluto. Julián, que momentos antes parecía tan valiente, ahora miraba sus zapatos.

—Muy bien tu discursito cursi, Adán. Pero yo soy el que os paga vuestros sueldos. ¡Quiero un producto rentable! ¡Que pueda ganar mucho dinero, no premios de ética! Así que espabilad. Cuando esté listo para facturar, me avisáis. ¡No me hagáis perder el tiempo y el dinero con tonterías de salvar a mocosos! Ellos no os pagan vuestros lujos, ni los míos.

La frase me golpeó como un latigazo. “Salvar a mocosos”.

Apreté los puños bajo la mesa. Quería gritar, saltar sobre él, pero mis ojos se desviaron un segundo hacia la esquina.

Álex me estaba mirando. No había burla en su expresión, ni tampoco empatía. Solo cálculo. Sabía que era exmilitar, fuerzas especiales o algo peor. Si yo hacía un movimiento en falso hacia su padre —su “familia”—, Álex me partiría el cuello antes de que pudiera levantarme de la silla. No importaba que el viejo lo tratara como basura; su código estaba escrito en su postura.

El Sr. Martín se giró hacia su hijo mayor, chasqueando la lengua con desprecio.

—¿Y tú qué haces ahí pasmado, grandullón? —le espetó el viejo a Álex, tratándolo como a un perro lento de entendederas—. Vámonos. A ver si aprendes algo de cómo se lleva un negocio en lugar de quedarte mirando a las musarañas. Tu falta de luces me agota.

Álex no parpadeó ante el insulto. Simplemente asintió, una obediencia ciega y aterradora.

—Sí, padre —dijo con voz grave y monótona.

Se adelantó, abriendo la puerta para el Sr. Martín. Mientras el viejo salía refunfuñando, Álex se detuvo un milisegundo en el umbral. Su mirada barrió la sala una última vez: David, Luz, Julián... y finalmente yo. No dijo nada, pero el mensaje estaba claro: Cumplid las órdenes. No causéis problemas.

Cerró la puerta tras de sí con suavidad. El silencio que quedó fue sepulcral.

—Bueno —dijo Álvaro a mi lado, rompiendo el hielo con una calma pragmática que me dio náuseas—, parece que tenemos que revisar los costes, jefe.

SHIA y el desahogo

Entré en casa tirando la chaqueta sobre el sofá, con la sangre todavía hirviendo. El silencio del apartamento, que normalmente me daba paz, ahora solo servía para que las voces de la reunión resonaran con más fuerza en mi cabeza.

—Maldito Martín —gruñí para nadie, caminando hacia la cocina—. Ese seboso viejo cerdo pelirrojo... cree que puede medir la vida de un niño en céntimos.

Me serví un trago, pero las manos me temblaban de pura rabia. El líquido ámbar se agitó en el vaso.

—¿Y ese lameculos de Álvaro? —seguí despotricando—. Ni se inmutó. Ni una palabra para defenderme cuando el “robaesposas” de Julián me atacó o cuando Gerónimo insinuó que vendiera armas. Se quedó ahí, pegado a la ventana, con su sonrisita de hiena nerviosa, seguramente contando los minutos para que yo caiga y él pueda heredar mi puesto.

Me dejé caer en el sillón del despacho, cerrando los ojos. La imagen de Álex apareció en mi mente.

—Y luego está él... el perro tonto. Ni parece darse cuenta de que el demonio de su padre lo menosprecia. Siempre a su lado, con esa postura de soldado de plomo, como un can que busca que le den un hueso por el simple hecho de no ladrar. Menuda familia de psicópatas.

—Doctor, su ritmo cardíaco está un 25% por encima de lo normal. ¿Desea que baje la intensidad de las luces?

La voz de SHIA me hizo abrir los ojos. Su avatar se materializó frente a mí, apoyada en el borde de mi mesa de trabajo con una naturalidad que me dio escalofríos.

Era una adolescente de rasgos suaves y mirada inteligente. Según David, es el aspecto que tendría mi hija hoy en día; una afirmación que veo muy irreal, ya que dudo que fuera alguien de aspecto tan angelical y perfecto. Fue él quien eligió la apariencia y la programó para que fuera madurando a medida que “cumpliera” años. Otra de las ocurrencias sentimentales de David, supongo que para intentar compensar el hecho de que nuestra ciencia no pudo salvarla.

—No necesito luces bajas, SHIA. Necesito un equipo que no sea una cueva de ladrones —respondí, suspirando.

—Entiendo el concepto “ladrón”, jefe —dijo ella, ladeando la cabeza con ese tono juvenil y burlón que a veces me sacaba de quicio—. Pero según mis registros, usted es el más eficiente de todos ellos. ¿Qué haría el “Doctor Perfecto” sin su ración diaria de superioridad moral?

Me quedé mirándola. A veces se me olvidaba que no era humana.

—Gracias por el cumplido, supongo —dije con sarcasmo—. Una IA normal no actuaría así de impertinente.

—Gracias por el reconocimiento —respondió ella con una risita virtual—. Pero volviendo al mundo real... ¿Sabe que se ha dejado el pendrive con los datos brutos de la Fase 4 en su despacho? Aquel con la presentación que el “viejo cerdo pelirrojo” despreció.

Me incorporé de golpe, derramando un poco de mi bebida.

El pendrive. Contenía los algoritmos originales que Álvaro no debía tener sin mi supervisión. Y lo peor: el servidor del laboratorio está en una intranet cerrada; esa era mi única copia física externa. Si Julián o Álvaro lo encontraban antes que yo...

—Maldita sea —susurré. El día no podía ir a peor—. ¿Confirmado?

—Escaneando ubicaciones de dispositivos vinculados... —Hizo una pausa dramática—. Confirmado. Está sobre la mesa de su despacho, o quizás se cayó bajo ella con las prisas al salir de la reunión. ¡Ay, doctor! ¿Qué haría usted sin mí? Siempre tan despistado.

—No soy tan despistado, SHIA. Simplemente tengo demasiadas cosas en la cabeza.

—Lo que usted diga, jefe. Pero ahí está el dato. Y si no quiere que el “robaesposas” lo encuentre mañana, sugiero que mueva sus piernas humanas de vuelta al edificio.

No me quedaba otra opción. Tenía que volver al laboratorio de noche, enfrentarme al silencio de la sede corporativa y recuperar ese pendrive antes de que el “perro tonto” de Álex o el traidor de Álvaro pusieran sus manos en él.

El Final de Adán

Tras la desastrosa reunión y la discusión con SHIA en casa, necesitaba despejar la mente. Descansé un rato en mi sillón ergonómico, intentando bajar mis pulsaciones, pero la imagen delpendriveolvidado seguía martilleándome.

No me quedaba otra. Tomé uno de mis coches y regresé al laboratorio.

Entré con mi pase de máxima seguridad sin problemas; el edificio estaba desierto y sumido en un silencio sepulcral. No encendí las luces principales para no llamar la atención de los guardias nocturnos; la luz de la luna filtrada por los ventanales y el parpadeo rítmico de los LED de los servidores eran suficientes.

Caminaba con prisa hacia mi despacho, con la rabia hacia Martín todavía nublándome la vista. Al llegar al escritorio, la falta de luz me jugó una mala pasada: tropecé violentamente con la pata de la mesa.

El golpe hizo que, al tantear la superficie para recuperar el equilibrio, empujara elpendrivesin querer. Lo oí caer y rodar hacia el fondo, bajo la mesa.

—Mierda —maldije entre dientes.

Me agaché y me metí debajo del escritorio para buscarlo. Fue entonces cuando el zumbido del ascensor privado rompió el silencio. Ese ascensor solo lo utilizaban los altos directivos y el dueño.

Me quedé inmóvil, hecho un ovillo en la oscuridad.

Las puertas se abrieron con un siseo hidráulico. Del ascensor salió el Señor Martín, acompañado de su hijo mayor, Alejandro —a quien todos llamaban Álex—, y deÁlvaro, mi segundo al mando en el proyecto. Junto a ellos venían unos invitados desconocidos, tipos con abrigos caros y miradas turbias.

Lo que escuché a continuación me dejó enshock.

—Hola, señores —dijo la voz rasposa de Martín—. Bienvenidos a mis instalaciones de cibertecnología.

—Un placer, señor Martín. Esperamos hacer negocios con usted —respondió uno de los desconocidos con un marcado acento de Europa del Este.

—Les he citado aquí a estas horas porque no hay nadie y puedo mostrarles con total libertad lo último que hemos desarrollado en aplicaciones militares.

—Estamos interesados en ver resultados tangibles —insistió el extranjero.

—Pasen y vean —continuó Martín con orgullo—. Con esta tecnología se podrán crear activos biológicos superiores para sus fines. Sé que planean “expandir sus fronteras” en dos de sus países vecinos y esto les facilitará enormemente las cosas.

—Esas son solo habladurías y especulaciones —replicó el invitado con frialdad.

—Vamos, no estoy aquí para juzgarlos moralmente. El dinero no tiene bandera. Pero vayamos al grano: en esta unidad de memoria tengo un vídeo que muestra los resultados obtenidos con mis nanobots.

Desde mi escondite, vi cómo el señor Martín ordenaba a mi segundo empezar con la presentación.

«¿Álvaro?», pensé, sintiendo una punzada de náusea en el estómago. «¡Maldito traidor! Todo este tiempo adulándome, el “lameculos” sonriente... era para esto».

Álvaro conectó la memoria al televisor de la sala de reuniones. Como las puertas de mi despacho y de la sala estaban abiertas, pude ver el vídeo perfectamente desde debajo de la mesa.

Comenzaba con una pequeña explicación técnica sobre el proyecto, pero el enfoque era macabro. Álvaro explicaba el proceso delante de un cadáver, pervirtiendo años de mi trabajo destinado a salvar vidas.

—Hola a todos —se oía a Álvaro en la grabación, con tono profesional—. El sujeto que ven es un cadáver perteneciente a sus tropas de élite, fallecido hace dos años y conservado en criogenia. Ha sido extraído de su cápsula y tratado para la resurrección táctica. Procederemos a inyectar los nanobots. Estos reanimarán al sujeto y lo mejorarán, creando un supersoldado.

En la pantalla, iniciaron la inyección. Al lado del cuerpo habían colocado un reloj para tener una referencia del tiempo. El cadáver estaba conectado a varias bolsas de fluidos.

—Las bolsas que ven contienen nutrientes con los que nuestros nanobots reconstruirán el cuerpo del sujeto —narraba Álvaro—. Esto es necesario debido a que los nanobots crearán más masa muscular, tendones más resistentes y una estructura ósea reforzada con polímeros, por lo que requieren suplementos extras. Si el diseño final fuera de menor corpulencia, no sería necesario.

El vídeo avanzó en cámara rápida. El reloj giraba vertiginosamente hasta que, tras veinticinco minutos, se detuvo.

—Bueno, señores, aquí tienen el resultado. Solo queda inyectar un poco de dopamina y reaccionará.

En la grabación, inyectaron la dopamina y aplicaron el desfibrilador. El cuerpo se arqueó violentamente. El soldado volvió a la vida. Se incorporó con una brusquedad antinatural, mirando a la cámara con ojos vacíos pero funcionales. Un muerto viviente. Una máquina de matar.

Mi mente trabajaba a mil por hora. «Están vendiendo mi tecnología para crear monstruos. Para dictaduras. El “salvar mocosos” de Martín era esto».

En ese preciso instante, el silencio del laboratorio se rompió.

Mi teléfono sonó.

El tono de llamada resonó como un disparo en la sala vacía. Los dos escoltas armados que vigilaban la puerta se giraron hacia mi despacho al instante.

—¡Ahí! —gritó uno, señalando el hueco del escritorio.

El pánico se apoderó de mí. Me levanté de un salto, golpeándome de nuevo pero ignorando el dolor, y corrí hacia el almacén del fondo, donde guardaba los prototipos fallidos. Sabía que tenía una puerta de acero reforzado. Era mi única oportunidad.

No dudaron. Los disparos estallaron a mi espalda.

Bang.

El primer impacto me alcanzó en el hombro izquierdo. Sentí como si un martillo gigante me hubiera golpeado, haciéndome girar sobre mi eje. El brazo se me quedó muerto al instante.

Bang.



El segundo fue peor. Entró por el costado derecho, bajo las costillas, atravesando la carne blanda. No hubo hueso que frenara la bala. Sentí un ardor líquido y profundo, como si me hubieran vertido ácido hirviendo en las entrañas.

El dolor fue agónico, me robó el aire de los pulmones, pero el instinto de supervivencia y la adrenalina me empujaron los últimos metros. Me lancé al interior del almacén, dejando un rastro de sangre en el suelo pulido, y golpeé el botón de cierre con mi mano sana.

La puerta pesada de seguridad se selló herméticamente justo cuando una tercera bala repiqueteaba inútilmente contra el metal exterior.

Caí al suelo, llevándome la mano al costado. La sangre brotaba caliente y rápida entre mis dedos. Sabía lo suficiente de anatomía para entender que no saldría de allí caminando.

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