Aún 18 by Jossy at Inkitt
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Aún 18

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Summary

¿Y si pudieras volver al momento en que todo empezó a salir mal? Jane, de 27 años, está convencida de que desperdició su vida por las decisiones que tomó y las oportunidades que dejó pasar en su época universitaria. Cuando recibe la imposible oportunidad de regresar a los 18 años, cree que por fin podrá cambiarlo todo. Pero pronto descubrirá que cambiar su vida requiere mucho más que cambiar sus decisiones: tendrá que enfrentarse a aquella versión de sí misma que durante años la mantuvo escondida. Y descubrirá que una segunda oportunidad también puede poner en su camino a alguien que nunca llegó a conocer realmente.

Genre
Young Adult
Author
Jossy
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1 — El Deseo

Su cuerpo yacía sobre la cama. Hacía días… más bien, meses, quizá demasiado tiempo, desde la última vez que había podido levantarse y llevar una rutina normal. La sola idea de salir de la cama le resultaba increíblemente pesada. Se sentía aislada, sin esperanza.

¿Qué cambiaría de todos modos?, se preguntaba Jane. Era una interrogante que se había convertido en su compañera habitual, una presencia constante en medio de la soledad que parecía arrasar con su vida.

¿Cuántos currículums más debía enviar? O, mejor dicho, ¿cuántas entrevistas más debía rechazar?

Tenía que ser honesta consigo misma: el problema no era enviar hojas de vida a todas las ofertas que aparecieran. Su problema iba mucho más allá. Era la entrevista.

Aunque, si seguía analizándolo, quizá la entrevista tampoco era realmente el problema. Podía prepararse, memorizar respuestas, practicar frente al espejo… Entonces, ¿qué era?

Sus nervios. Su inseguridad.

Cada vez que intentaba dar un paso más, terminaba regresando al mismo lugar, porque simplemente era difícil confiar en sí misma.

Jane se preguntaba constantemente cómo había terminado así: sin trabajo, sin una vida social activa y sin una meta clara. Lo había intentado una y otra vez, pero siempre terminaba en el mismo lugar. Incluso después de conseguir aquel empleo en atención al cliente, que durante tanto tiempo había considerado su zona de confort, descubrió que sus miedos nunca habían desaparecido. Solo había aprendido a vivir con ellos.

Ni siquiera ella comprendía cómo había conseguido aquel empleo ni cómo había logrado resistir tanto tiempo. Parecía que sobrevivir le había mostrado una versión de sí misma que nunca pensó que existiría.

Pero ahora que todo había vuelto a estar en calma, Jane volvía a sentirse como antes.

Suspiró con desgano y se incorporó despacio. Tomó su teléfono, su amigo y compañero fiel de todos los días.

Tecleó nombres en su buscador de Instagram, letras que ya eran familiares por las innumerables veces que las había buscado. Revisó varios perfiles conocidos y siempre encontraba lo mismo: personas haciendo su vida, trabajando, viajando o simplemente siendo felices.

Suspiró pesadamente mientras, una vez más, veía como otros continuaban su vida como si nada, mientras ella solo parecía estar esperando que algo cambiara. Porque sí, esperaba que algo mágicamente cambiara. En el fondo sabía que era una tontería, pero sus esfuerzos se habían agotado y solo le quedaba eso... esperar.

No había ningún mensaje en su WhatsApp. El creciente vacío en los chats comenzaba a incomodarla. Su única amiga, quien la había apoyado durante toda aquella época difícil, finalmente había conseguido un trabajo, y eso empezaba a justificar la ausencia de mensajes.

Hola, Dani, espero que te esté yendo bien en tu trabajo. Avísame si necesitas algo. ❤️

Jane lo había escrito hacía más de ocho horas. Ciertamente, aquello no le molestaba en lo absoluto. Se alegraba por su amiga y por lo lejos que estaba llegando gracias a su esfuerzo. No podía estar más orgullosa, incluso si eso significaba estar aún más sola. .

—¡Jane! —una voz inundó el ambiente.

La joven se sobresaltó al escucharla. Haber estado inmersa en sus pensamientos había provocado que olvidara la existencia de su madre por un momento. Se levantó a toda prisa de la cama, de donde su cuerpo no había salido en toda la tarde. Trató de arreglarse rápidamente lo mejor que pudo y se miró al espejo. Sus ojos lucían apagados, pero, como siempre, una sonrisa debía solucionarlo todo, incluso si no mostraba su verdadero estado de ánimo.

—¿Dónde estabas, hija? —preguntó su madre una vez que Jane estuvo en la sala.

—Estaba enviando currículums —mintió.

Hacía días que Jane había dejado de enviarlos.

Su madre le dio una mirada y una sonrisa cálida, demostrándole que todo estaría bien y que pronto llegaría algo. Era una madre comprensiva. Pero incluso la persona más empática podía llegar a cansarse.

—¿Bajaste el pollo que te pedí? —preguntó su madre de repente, recordando lo que le había pedido por llamada hacía unas horas.

Rayos.

Jane lo había olvidado por completo. Había estado demasiado sumergida en su mente y en sus problemas; el bendito pollo jamás pasó por su cabeza una vez que su mamá había terminado la llamada.

Bajó la mirada, avergonzada. Su madre esperaba una respuesta. Después de llegar cansada del trabajo, esperaba que su hija hiciera lo que le pedía.

—Lo siento, mamá. Lo olvidé —respondió después de unos segundos, apenada.

Había perdido la cuenta de las veces que se disculpaba por olvidar algo.

Sin saber qué decir, la mujer de mediana edad la miró durante unos segundos sin expresión alguna. Amaba a su hija, pero tampoco le agradaba la idea de que, mientras ella trabajaba duro, Jane solo se quedara en casa sin cumplir siquiera con las actividades básicas.

—Jane, sé que puedes estar abrumada mientras encuentras trabajo. Pero no puedes responder simplemente con un “lo siento”. Todos tenemos responsabilidades que cumplir —la regañó con suavidad.

Esas palabras calaron profundamente en ella. Y era cierto. Todos tenían responsabilidades y cosas con las cuales lidiar. No era justo que solo se concentrara en sus problemas mientras los demás también tenían sus propias luchas.

Se sentía cada vez más como una carga, como alguien sin rumbo fijo, y el tiempo se estaba acabando; un tiempo que no parecía querer ser amable con ella.

El resto de la tarde, Jane se había ofrecido a terminar la cena, lavar los trastes y hacer todo lo que hiciera falta para que su madre pudiera descansar sin problemas. Aunque ella jamás se lo hubiera mencionado, Jane sentía que hacer los mandados de la casa no era suficiente, que no importaba lo que hiciera; al final del día, siempre tendría más valor alguien que trabajaba y aportaba en casa.

El recuerdo de aquella mujer con esperanza en los ojos, feliz de que su hija finalmente estudiaría una carrera y podría descansar de trabajar tanto, siempre terminaba por derrumbarla. Se sentía tan mal consigo misma por no haber cumplido con algo tan importante. Solo se tenían la una a la otra, y Jane no podía imaginar una vida en la que su madre continuara cansada e infeliz.

Después de terminar el quehacer y con el paso de las horas, Jane se dispuso a tomar aire en el balcón de su segundo piso, donde vivía junto a su madre. La oscuridad de la noche, junto al relajante soplido del viento, la envolvían en un maravilloso estado de calma. Pasar horas sentada en el balcón, ya fuera pensando o simplemente disfrutando del paisaje, se había convertido en uno de sus pasatiempos favoritos.

Tomó su celular y lo revisó mientras el viento chocaba suavemente contra su cabello. En la pantalla aparecía solo una notificación de Pinterest, indicándole que tenía buen gusto y sugiriéndole algunos temas. Rió por lo bajo, aunque en el fondo sentía cierta melancolía.

Se preguntó qué estaría haciendo Dani, si ya habría regresado a casa, si la estaría pasando bien, si ya habría conocido nuevas amistades... Ese último pensamiento resultaba doloroso ante el miedo de no sentirse necesaria. Pero había cosas que las personas no podían controlar.

Le costaba reconocerlo, pero sentía remordimiento por la tranquilidad que había experimentado tiempo atrás al saber que no estaba sola y que su amiga la acompañaba durante aquellos momentos de desempleo. Pero esa despreocupación había desaparecido junto con el nuevo empleo de Dani.

Aunque estaba feliz por su amiga y por aquella enorme sonrisa que seguramente tendría, no podía ignorar la espinita de presión al ver que todos avanzaban y ella no.

Habían pasado varios minutos desde que Jane se había entregado a la calma del paisaje y a la tranquilidad de la noche. Pequeños destellos comenzaron a aparecer en el oscuro cielo. Su parte favorita había llegado; no siempre podía disfrutar de las estrellas, por lo que se sentía afortunada. Junto con la llegada de aquellos luceros, Jane sonrió ampliamente y recordó todas las veces que había pedido, en su desesperación, tener una nueva oportunidad para hacer las cosas bien, tomar esas oportunidades que había desperdiciado y convertirse en aquello que la sociedad esperaba de ella: alguien útil, que confiara en su trabajo.

—Solo quiero cambiar las cosas —pidió.

Sabía que lo que estaba pidiendo era un disparate tremendo y que vivía en un mundo de fantasías a sus 27 años, pero, ciertamente, muy dentro de su alma solo deseaba que aquello fuera posible. Cerró los ojos mientras lo anhelaba con tanta fuerza, como si de esa forma pudiera hacerlo realidad.

Pasaron varios segundos hasta que abrió los ojos. Las estrellas empezaban a ser apagadas por una gran nube que se interponía entre ellas y Jane. Suspiró; su espectáculo había terminado. Sonrió con algo de tristeza porque añoraba tanto que aquellos astros pudieran cumplir sus deseos, tal y como lo indicaban las leyendas mágicas. Tal vez así la vida podría ser más fácil.

Miró la hora en su celular y supo que era tarde para seguir contemplando el cielo nocturno. Se dispuso a terminar su rutina de noche, ir a la cama y descansar. Solo así su mente podía parar, al menos por un lapso de tiempo.

El cantar de los pájaros y los rayos del sol, que se abrían paso por la ventana entreabierta hasta su rostro, fueron lo que despertó a Jane de su plácido estado de sueño. Se removió entre las sábanas y estiró los brazos mientras bostezaba, formando una gran O con su boca. Aún con los ojos cerrados, se sentó en el colchón y empezó a mover el cuello de lado a lado, estirándose con suavidad. Empezó a preguntarse desde cuándo su colchón se habia vuelto más cómodo.

Apretó los ojos por un instante. Entonces, finalmente, los abrió.

Con los ojos abiertos de par en par, su confusión creció cada vez más. Su habitación lucía completamente diferente. Paredes de color rosa suave, un espacio grande, pequeños muebles acogedores y una ventana con una vista maravillosa.

Jane no estaba en su habitación habitual. Estaba en la habitación de su antigua casa.

Saltó de la cama inmediatamente, llena de sorpresa y desconcierto.

Miró alrededor del dormitorio, presa del miedo, sin entender qué estaba pasando ni por qué había despertado en aquella habitación que había dejado atrás hacía años.

Sin saber qué hacer, su primer instinto fue pellizcarse el brazo. Quizá solo estaba soñando o teniendo uno de aquellos episodios de parálisis del sueño que la acompañaban de vez en cuando. Entonces solo tenía que apresurarse antes de que llegara ese momento en el que no pudiera moverse por completo.

Cuando tocó su brazo, su mirada bajó al mismo tiempo y entonces notó algo más que la dejó perpleja: su ropa era diferente a la que se había puesto la noche anterior. Y no solo eso, eran prendas que estaba segura de haber dejado de usar hacía mucho tiempo.

Cerró los ojos con fuerza, tratando de despertar de lo que estaba convencida de que solo era un mal sueño, pero no funcionó. Fue entonces cuando una voz detrás de la puerta la tranquilizó brevemente:

—¡Jane! Me voy al trabajo, el desayuno está listo.

Era la voz de su madre, dulce y tranquilizadora. Tal vez todo tenía una explicación y había cosas que estaba olvidando; después de todo, no era la primera vez.

Sintió unos golpecitos en la puerta de su habitación. No tenía idea de cómo reaccionar, así que solo esperó a que la puerta se abriera. Cuando finalmente lo hizo, lo siguiente que pudo divisar la dejó helada.

—Me voy, hija. Te dejé el desayuno.

Sí, era su madre, pero algo andaba mal.

Se veía mucho más joven.

—Espero que te vaya bien hoy en tu primer día en la universidad —sonrió ampliamente mientras asomaba la cabeza por la puerta blanca. Hacía años que Jane no veía esa sonrisa tan grande y genuina.

¿La... universidad? pensó al recordar lo que había dicho.

Jane no dijo absolutamente nada. Su madre frunció el ceño y la miró con inquietud.

—¿Estás bien? —preguntó con preocupación.

Sin quitarle la vista de encima, Jane asintió como si fuera un robot, muerta de miedo, sin poder creer lo que estaba pasando.

—¡Julia! —gritó alguien desde afuera mientras sonaba la bocina de un auto.

Su madre estuvo a punto de entrar, pero el sonido la detuvo en seco. Acto seguido, Jane retrocedió. Julia notó el extraño comportamiento de su hija, pero sabía que estaba tarde para ir al trabajo, así que optó por creer que solo estaba nerviosa por su primer día.

—Te noto extraña, cariño —le confesó con un tono de preocupación—. Si necesitas algo, llámame inmediatamente. Todo estará bien.

Le lanzó un beso al aire y cerró la puerta detrás de ella, abandonando el lugar.

Jane se quedó paralizada en medio de la habitación. No se había movido de allí desde que salió despavorida de la cama. Mientras notaba que empezaba a sudar frío, vio un espejo del otro lado del cuarto, grande y de cuerpo completo, con luces a los lados.

Tragó saliva y avanzó. Cada paso que daba parecía hacerle flaquear las piernas, pero continuó. Necesitaba una respuesta. Cuando estuvo frente al espejo, ya no tenía duda alguna. Su rostro se veía más delgado, junto con  sus facciones más suaves y firmes. Su cabello negro estaba más corto. Palideció.

No era Jane de 27 años.

Era la Jane que había dejado atrás.

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