Capítulo 2 los viejos amigos
Heiwa no Kizu
Capítulo 2. Los viejos amigos
Mi nombre es Renji Hayakawa.
Durante muchos años trabajé la tierra.
Pero antes de eso, serví al imperio.
Y mucho antes de eso, fui amigo de Haruto.
Lo conocí cuando los dos éramos jóvenes, en China. En aquel entonces ninguno imaginaba que terminaríamos viviendo al otro lado del mar, cultivando la tierra y tratando de olvidar cosas que preferíamos no recordar.
Aquella mañana estaba sembrando arroz.
El sol apenas comenzaba a levantarse y el suelo todavía estaba húmedo. Me dolía la espalda, pero ya estaba acostumbrado.
Tomé algunas semillas y las dejé caer sobre la tierra.
—Crezcan rápido —murmuré—. No pienso morirme de hambre por culpa de ustedes.
Me reí solo.
Cuando terminé una parte del campo, decidí visitar a Haruto.
Llevaba varios días sin verlo.
Caminé por el camino de tierra hasta su casa.
Antes de llegar escuché algo.
Fush.
El sonido de una espada cortando el aire.
Fush.
Volvió a escucharse.
Suspiré.
—Ese viejo...
Abrí la puerta sin llamar.
Haruto estaba en el patio.
Lo observé durante unos segundos.
Aunque los años habían pasado, seguía siendo un hombre difícil de ignorar. Era alto y de hombros anchos. Su cabello, antes completamente negro, ahora estaba cubierto de mechones grises. Tenía varias arrugas alrededor de los ojos y una cicatriz atravesándole la ceja derecha.
Sus ojos seguían siendo oscuros.
Serios.
Pero yo conocía demasiado bien aquella mirada.
Cuando sonreía, todavía podía ver al joven que había conocido en China.
En sus manos estaba Kurotsuki.
La sostenía frente a él, con la punta dirigida hacia el centro de su enemigo imaginario.
—¿Otra vez entrenando?
No respondió.
Dio un paso.
La espada descendió.
Un corte limpio.
Volvió a levantarla.
—Haruto.
Nada.
—Haruto.
Otra vez.
—¡Haruto!
Se detuvo.
—¿Qué?
—Te vas a matar antes de que pueda hacerlo la vejez.
Me miró.
—Todavía puedo sostener una espada.
—Eso no significa que debas hacerlo.
—Tú sigues trabajando desde antes del amanecer.
—Yo cultivo arroz. Tú intentas matar árboles.
Miré el tronco que tenía frente a él.
—Y ese árbol parece estar ganando.
Haruto soltó una carcajada.
—Sigues hablando demasiado.
—Y tú sigues entrenando demasiado.
Se sentó.
Yo hice lo mismo.
Durante unos segundos no dijimos nada.
Era extraño.
Podían pasar años, pero cuando estábamos juntos todo parecía volver a ser como antes.
—¿Cómo está el campo? —preguntó.
—Bien.
—¿Y la cosecha?
—Si el clima ayuda, tendremos suficiente.
—Eso es bueno.
Miré alrededor.
Las casas de Heiwa podían verse desde allí.
Pensé en lo mucho que había cambiado aquel lugar.
Cuando llegamos, no había nada.
Solo campo.
Tierra.
Un camino.
Algunas personas.
Haruto y yo ayudamos a construir las primeras casas.
La gente comenzó a llegar.
Algunos buscaban un lugar donde vivir.
Otros venían desde China.
Después de la crisis política, muchas personas abandonaron sus hogares y cruzaron hacia Japón.
Heiwa creció con ellos.
Primero fue una pequeña aldea.
Después se convirtió en un lugar conocido.
Y finalmente fue reconocida como ciudad.
—¿Recuerdas cuando dijiste que esto algún día sería una ciudad? —pregunté.
Haruto sonrió.
—Tú dijiste que estaba loco.
—Porque estabas loco.
—Y aun así tenía razón.
—Eso fue suerte.
—Claro.
Nos reímos.
Entonces recordé algo.
—Éramos buenos en aquella época.
Haruto me miró.
—Éramos jóvenes.
—También.
Recordé nuestros entrenamientos.
Los dos practicando con espadas.
Yo cayendo.
Haruto riéndose.
Después él cayendo.
Yo riéndome.
Entrenábamos porque queríamos proteger el lugar que estábamos construyendo.
No sabíamos de dónde vendría el peligro.
Solo sabíamos que algún día podía llegar.
—Nunca pensé que terminaríamos así —dije.
Haruto bajó la mirada.
—Así está bien.
—Sí.
Miré los campos.
—Tenemos paz.
Haruto observó Heiwa.
—Por eso se llama así.
Paz.
Durante un momento me sentí joven otra vez.
Pero entonces Haruto habló.
—Renji.
—¿Sí?
—Eso ya pasó.
Entendí lo que quería decir.
No quería hablar de China.
No quería recordar la huida.
No quería hablar de aquella noche.
—Está bien.
Me levanté.
—Te dejaré entrenar, viejo.
—Mañana volveré a entrenar.
—Y yo volveré a decirte que descanses.
—Entonces estaremos empatados.
Sonreí.
Me di la vuelta.
Di unos pasos.
Y entonces escuché algo.
Clac.
Me detuve.
Clac.
Un sonido pesado.
Metal contra metal.
Una armadura.
Giré.
Un samurái caminaba por el camino.
Llevaba una armadura completa.
Pero fue el emblema de su pecho lo que me hizo detenerme.
El emblema imperial.
Sentí que el cuerpo se me congelaba.
Después vi las dos katanas.
Y la máscara.
Lo reconocí.
No podía ser otro.
Era el mismo hombre.
El mismo que habíamos visto en China.
El mismo que nos obligó a huir.
El mismo hombre que llevaba dos espadas aquella noche.
Mi mano buscó instintivamente mi propia espada.
—Haruto...
Él se levantó.
El samurái se detuvo frente a nosotros.
—¿Dónde está uno de los siete sellos?
No podía decirle la verdad.
Ni siquiera sabía cuánto conocía.
—No sé de qué hablas.
El hombre me miró.
—Mientes.
Sentí que mi corazón comenzaba a acelerarse.
Entonces señalé hacia el santuario.
—Está allí.
El hombre giró la cabeza.
—¿En el santuario?
—Sí.
Esperaba que se marchara.
Esperaba ganar unos segundos.
Pero cometí un error.
Creí que tendría tiempo de sacar mi espada.
No lo tuve.
El primer golpe me hizo retroceder.
Sentí un ardor en el costado.
Caí de rodillas.
Intenté sacar mi espada.
El segundo ataque me derribó.
La tierra golpeó mi rostro.
No podía respirar.
El hombre se acercó.
—Sigues siendo débil.
Levanté la mirada.
—Tú...
La máscara permaneció inmóvil.
—Sí.
Lo recordaba.
—Eras tú...
—Aquella noche.
Apreté los dientes.
—¿Por qué regresaste?
—Por lo mismo que vine entonces.
Miró hacia la casa de Haruto.
—Uno de los siete sellos.
No dijo más.
Se alejó.
Yo intenté levantarme.
No pude.
Tenía que advertirle a Haruto.
Tenía que hacerlo.
Me arrastré.
Uno.
Dos metros.
La casa estaba cerca.
Pero antes de llegar, todo se volvió negro.
Cuando desperté, había fuego por todas partes.
Gritos.
Madera cayendo.
El cielo cubierto de humo.
Intenté moverme.
No pude.
Entonces vi a Aoi.
Estaba cerca de mí.
El muchacho que tantas veces había visto regresar del campo.
El mismo al que, en más de una ocasión, le había preguntado:
—Aoi, ¿algún día te irás a China?
Y él siempre respondía lo mismo.
—No sé.
Nunca decía que sí.
Nunca decía que no.
Solo decía:
—No sé.
Quizás ni siquiera él sabía qué quería.
Intenté hablar.
—Aoi...
No sé si me escuchó.
Después todo ocurrió demasiado rápido.
El fuego.
Los gritos.
Haruto.
La máscara.
Y Aoi corriendo hacia el santuario.
No pude verlo todo.
Mi cuerpo no me dejó.
Solo pude arrastrarme hasta mi casa.
Después perdí el conocimiento.
Cuando desperté otra vez, habían pasado varios días.
Estaba vivo.
Aoi había conseguido ayudarme y los demás habían logrado atender mis heridas.
Pero Haruto no estaba.
No necesité que nadie me lo explicara.
Mi amigo había muerto.
Durante los días siguientes, Heiwa necesitó que alguien tomara el lugar de Haruto.
Había que organizar los alimentos.
Repartir lo que quedaba.
Reconstruir las casas.
Ayudar a las familias.
Así que lo hice.
No porque quisiera.
Porque alguien tenía que hacerlo.
Y porque sabía que Haruto habría hecho lo mismo.
Cuando pude caminar correctamente, fui a buscar a Aoi.
Lo encontré sentado dentro de su casa.
Kurotsuki estaba junto a él.
Aoi la miraba sin tocarla.
Me senté frente a él.
—Aoi.
No respondió.
—Quiero preguntarte algo.
Me miró.
—¿Cuáles fueron las últimas palabras de tu abuelo?
Aoi bajó la mirada.
Me contó lo que Haruto le había dicho.
Que debía llegar al santuario.
Que no debía quedarse.
Que Kurotsuki era una reliquia.
Que debía seguir adelante.
Escuché en silencio.
Entonces saqué algo de mi ropa.
Una carta.
—Tu abuelo dejó esto.
Aoi levantó la mirada.
—¿Para mí?
Asentí.
—La encontré entre sus cosas.
Se la entregué.
Aoi la abrió.
Reconocí la letra de Haruto.
No leí por encima de su hombro.
Solo esperé.
Pasaron varios minutos.
Finalmente Aoi dobló la carta.
—Quiero aprender a usar la espada.
Miré Kurotsuki.
—¿Por qué?
—Porque no quiero volver a esconderme.
No dije nada durante unos segundos.
Recordé a Haruto.
Recordé cómo entrenábamos.
Recordé al hombre que había muerto protegiendo lo que había construido.
—Entonces empezaremos desde cero.
El entrenamiento comenzó al día siguiente.
No le enseñé a matar.
Le enseñé a sostener una espada.
Primero corregí sus pies.
—No cruces las piernas.
Aoi intentó corregirse.
—Relaja las rodillas.
Lo hizo.
—Ahora levanta la espada.
Aoi levantó Kurotsuki.
—Chūdan-no-kamae.
La punta quedó frente a mí.
—Bien.
Di un paso hacia él.
Aoi retrocedió demasiado.
—No.
—¿Qué hice?
—Retrocediste porque tuviste miedo.
—Claro que tuve miedo.
Sonreí.
—Eso está bien. Solo aprende a no dejar que el miedo mueva tus pies antes que tú.
Practicamos avanzar.
Retroceder.
Mantener la distancia.
Volver a la guardia.
Después comenzaron los cortes.
—Jōdan-no-kamae.
Aoi levantó la espada sobre su cabeza.
—Ahora baja.
La hoja descendió.
Demasiado amplia.
—Otra vez.
Lo intentó.
—No uses solamente los brazos.
Otra vez.
—Mejor.
Otra vez.
Los días pasaron.
Le enseñé cortes diagonales.
A controlar la espada después de cada golpe.
A mantener la mirada al frente.
A no cerrar los ojos.
No quería convertirlo en un gran espadachín.
Todavía no.
Solo quería que sobreviviera.
Pasaron algunas semanas.
Finalmente conseguí un barco.
No era grande.
Pero podía cruzar el mar.
A China.
Aoi estaba en el puerto.
Llevaba Kurotsuki a su lado y la carta de Haruto guardada entre sus cosas.
Me acerqué.
—¿Estás listo?
—No.
Sonreí.
—Buena respuesta.
Aoi miró el barco.
—¿Crees que encontraré las respuestas?
—No lo sé.
—¿Y si no encuentro nada?
Miré el mar.
—Entonces regresarás sabiendo que lo intentaste.
Aoi subió la pasarela.
Antes de entrar al barco se detuvo.
—Renji.
—¿Sí?
—Gracias.
Asentí.
—Ve.
El barco comenzó a alejarse.
Me quedé en el puerto observándolo.
Durante años había vivido pensando que nuestro pasado debía quedarse enterrado.
Pero ahora sabía que no era así.
Aoi iba hacia China.
Hacia el lugar donde todo había comenzado.
Quizás descubriría qué ocurrió realmente con su padre.
Quizás descubriría si la flor imperial existía.
Quizás encontraría respuestas sobre Haruto.
Y quizás algún día comprendería por qué aquel hombre había regresado después de tantos años.
Miré el barco hasta que se convirtió en una pequeña sombra sobre el mar.
—Cuídate, muchacho.
Luego me quedé solo.
Heiwa necesitaba reconstruirse.
Y yo tenía que hacerlo por él.
Por Haruto.
Por todos los que habíamos perdido.
Porque algunas promesas no terminan cuando alguien muere.
Solo cambian de manos.





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