Prólogo: Mirando hacia atras
Me llamo Gab, tengo 18 años y, contra todos los pronósticos de las historias adolescentes, sigo estando totalmente soltero. Una tarde cualquiera, mientras el ruido del día se apagaba y miraba el techo de mi habitación, me atrapó de repente el recuerdo de mi época de primaria. Es curioso cómo la memoria viaja hacia atrás para revisar los primeros tropiezos románticos, cuando el concepto del afecto era apenas un terreno desconocido y lleno de torpezas.
Mi debut en esas lides tuvo un nombre propio: Juana. En ese entonces la lógica no existía y la insistencia me parecía una estrategia completamente válida. No me conformé con un intento tímido; me le declaré tres veces completas, acumulando un récord impecable de tres rechazos consecutivos. La última de esas tentativas ocurrió a través de la pantalla de WhatsApp, donde un mensaje seco dejó claro que la terquedad infantil no era suficiente para cambiar el curso de las cosas.
Dos años después de aquella derrota en tres actos, un cambio de sección trajo consigo un aire distinto al salón de clases. Y con ese nuevo grupo llegó aquella chica de ojos verdes muy marcados y un cabello rizado lleno de vida, acompañada por una simpatía natural que hacía muy fácil hablar con ella. Pasábamos tanto tiempo conversando que las sombras del pasado se fueron borrando sin que me diera cuenta. Para mí, cada charla en los recesos era un lugar seguro donde la inocencia volvió a florecer.
El problema vino cuando quise pasar a la acción durante un viaje familiar a un sitio turístico. En un puesto de artesanías vi una pulsera de cuero donde grababan nombres al momento y, llevado por la emoción, pedí que escribieran el suyo. De vuelta en la escuela, convencido de estar ejecutando un plan romántico y misterioso, aproveché un descuido para deslizar la pulsera dentro de su mochila. La estrategia colapsó en segundos. Ella abrió el bolso, sacó el detalle, lo levantó en el aire frente a quien estuviera cerca y preguntó en voz alta: «¿De quién es esto?». El pánico me congeló; en lugar de explicarle que era un regalo para ella, la vergüenza me trabó la lengua, atiné a decir un ridículo «es mío», le quité la pulsera y me fui huyendo con la cara ardiendo. Para cerrar con broche de oro aquella etapa, tiempo después me enteré de que mientras yo planeaba entregas secretas, a ella quien realmente le gustaba era mi amigo.








