La sombra sobre cristal
El aire dentro del apartamento del octavo piso sabía a metal viejo y pánico contenido.
Sabrina permanecía inmóvil frente al ventanal de la sala, con los dedos apretados contra el marco de aluminio frío. Allá afuera, el horizonte de la ciudad no se estaba oscureciendo por la noche; se estaba tiñendo de un tono purpúreo, denso y enfermo, como una herida abierta en el tejido mismo del cielo.
—Siete minutos —murmuró Leo desde la mesa de centro, rodeado de cables sueltos, dos monitores portátiles y una maraña de discos duros—. Las estaciones de control ambiental del norte dejaron de emitir señal hace exactamente siete minutos. No hay caída de red por satélite, no hay bloqueo gubernamental. La señal simplemente se cortó porque los servidores en la superficie se están derritiendo.
—No digas eso enfrente de los demás, Leo —pidió Sofía en un susurro urgente, ajustando con manos temblorosas los cierres de dos mochilas de emergencias en el suelo. Su rostro, normalmente sereno, estaba pálido—. Ya estamos lo suficientemente al límite.
En la esquina opuesta de la habitación, Mateo probaba la presión de un pequeño tanque de oxígeno medicinal usando un manómetro analógico. El chasquido rítmico del metal contra el metal era el único sonido constante en la sala, rompiendo la atronadora falta de ruido que venía desde las calles. Las avenidas, habitualmente colapsadas por el tráfico rugiente de la tarde, estaban paralizadas en un silencio sepulcral. Los coches permanecían abandonados con las puertas abiertas y los motores encendidos.
—El silencio es lo que me está matando —dijo Valeria, desplegando un mapa topográfico sobre la mesa, sobreponiendo con un marcador rojo las altitudes de la sierra cercana—. Hace una hora la gente gritaba en las avenidas. Ahora no hay nadie. ¿A dónde se fue todo el mundo?
—A ninguna parte —respondió Aron, apareciendo desde el pasillo trasero con un hacha de bombero en la mano y el rostro sudoroso—. Quedaron atrapados en los niveles inferiores. La niebla cae, no sube. Por eso las calles se vaciaron primero.
Aron caminó hasta situarse al lado de Sabrina. Ella no se giró, pero sintió la calidez de su presencia, un ancla frágil en medio del colapso que se avecinaba. Cuando él le tocó suavemente el hombro, Sabrina notó que el brazo de Aron estaba tenso como un cable de acero.
—Sabrina —dijo él en voz baja, inclinándose para que solo ella pudiera escucharlo—. El filtro de la entrada principal no va a aguantar si la presión barométrica sigue subiendo a este ritmo. El aire allá afuera se está volviendo denso. Casi líquido.
—Lo sé —contestó ella, fijando la mirada en la calle abajo.
Fue entonces cuando lo vio.
En la acera opuesta, la niebla morada no se desplazaba como el humo común. Se arrastraba por el suelo con la pesadez de una marea de aceite oscuro. Tocó el cuerpo de un perro que yacía inmóvil junto a una patrulla de policía abandonada. En cuestión de tres segundos, la piel del animal no se corrompió ni se quemó: comenzó a cristalizarse, adoptando una textura rígida de color violáceo mientras pequeñas espículas brillaban bajo la luz de las farolas.
De pronto, un crujido sordo sacudió las paredes del edificio. No venía del suelo, sino del aire mismo. Un zumbido agudo, vibrante y metálico, comenzó a resonar directamente dentro de sus cabezas, haciendo que a Mateo se le cayera el manómetro de las manos y que Sofía se ahogara en un ahogado grito de dolor.
—¡El pulso! —gritó Leo, sujetándose la cabeza mientras los monitores a su alrededor estallaban en una lluvia de chispas azules—. ¡Está saturando la atmósfera!
—¡Sellos ahora! —ordenó Sabrina, sobreponiéndose al dolor punzante detrás de sus ojos y tomando el primer rollo de cinta industrial—. ¡Aron, ayuda a Mateo con la puerta! ¡Valeria, cubre los respiraderos del baño! ¡Nadie toca la ventana!
El cristal del ventanal comenzó a vibrar con una intensidad aterradora. Pequeñas grietas, con forma de telaraña, empezaron a extenderse desde la esquina superior. Del otro lado del vidrio, la marea violeta ya había alcanzado el octavo piso, pegándose al cristal como miles de parásitos hambrientos que buscaban la menor rendija para entrar.




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