PRÓLOGO
El cuchillo rozó la tela de mi chaqueta exactamente donde las costillas se separan del diafragma. No hubo dolor todavía. Solo la certeza fría de que si hubiera sido dos centímetros más adentro, el acero habría perforado el hígado.
Giré el cuerpo antes de pensarlo. El protocolo se activa solo cuando el cerebro ya no tiene tiempo de deliberar. Mi codo golpeó la muñeca del hombre con el ángulo preciso que había memorizado en el polígono de Cisterna di Latina.
El arma cayó.
El sonido del metal contra el asfalto mojado se perdió bajo el monzón.
La lluvia de Seúl en agosto no es lluvia. Es un castigo vertical que empapa hasta el hueso y convierte cada calle en un espejo negro. Las luces de neón de Itaewon se reflejaban en el charco bajo mis zapatos como si alguien hubiera derramado pintura fluorescente sobre el suelo. El olor a tteokbokki frito, a gasolina y a humedad de alcantarilla se mezclaba en la garganta.
El hombre recuperó el equilibrio más rápido de lo que esperaba. Coreano. Treinta y tantos. Chaqueta negra barata que no disimulaba el entrenamiento. No era un ladrón de móvil. Los ladrones no llevan cuchillos de combate con filo en ambos lados.
—¿Quién te envió? —pregunté en coreano, con el acento neutral que me había costado dos años de práctica.
No contestó.
Intentó agarrarme del pelo.
Error.
El moño bajo estaba demasiado apretado para que cualquiera pudiera usarlo de asa.
Aproveché el impulso, me agaché y le clavé la rodilla en el plexo. El aire salió de sus pulmones con un sonido húmedo. Cayó de rodillas. Antes de que pudiera recuperarse, ya tenía el cuchillo en mi mano y la punta apoyada bajo su mandíbula.
La lluvia le corría por la cara. Me miró con los ojos entrecerrados, calculando si valía la pena el riesgo.
—Habla —insistí.
Escupió sangre y una mezcla de coreano e inglés roto.
—No… sé… quién eres.
Mentira.
Sabía exactamente quién era. O al menos sabía que yo no debía estar en ese callejón a las dos de la madrugada siguiendo a un intermediario de criptomonedas que operaba desde un bar de karaoke en la planta sótano.
Aflojé un milímetro la presión del cuchillo.
Suficiente para que creyera que tenía una oportunidad. Luego lo golpeé con la empuñadura en la sien. Cayó de lado, inconsciente.
No muerto.
Todavía no necesitaba cadáveres.
Me quedé de pie un segundo más, respirando por la nariz. El traje de lana italiana pesaba el doble. La camisa de seda se me pegaba a la piel.
Revisé los bolsillos del hombre.
Nada.
Ni identificación ni teléfono. Solo un paquete de cigarrillos mentolados y una llave de hotel de plástico.
Habitación 407 del Imperial Palace, Gangnam.
Guardé la llave.
El cuchillo lo arrojé a una alcantarilla. El sonido del metal desapareciendo bajo el agua me produjo una satisfacción pequeña y vergonzosa.
Salí del callejón caminando.
Correr podría atraer miradas no necesarias.
Itaewon a esa hora era un organismo vivo y enfermo. Soldados americanos de permiso, travestis con pelucas de colores, coreanos borrachos, turistas europeos que creían que el barrio era solo bares y kebabs.
Llegué al aparcamiento subterráneo donde había dejado el coche oficial. Un Alfa Romeo Giulia negro, discreto pero no demasiado. Abrí la puerta, me senté y cerré los ojos exactamente tres segundos.
Luego abrí la guantera y saqué el kit de emergencia: gasas, antiséptico, un cargador extra para la Beretta que llevaba en el tobillo y una pastilla de propranolol.
No la tomé porque el temblor de las manos era controlable.
El corte en la chaqueta era superficial.
La piel debajo apenas sangraba. Me limpié con una gasa, me puse una tirita y me abotoné de nuevo. El traje ya no tenía arreglo, pero el protocolo decía que uno nunca abandona la cobertura hasta estar en zona segura.
Arranqué el motor.
El limpiaparabrisas luchó contra el agua. Las luces de la ciudad se convirtieron en rayas borrosas.
Mientras el coche avanzaba por la autopista elevada, dejé que la mente trabajara.
El intermediario se llamaba Kim Jae-seong. Oficialmente, un consultor de importaciones de componentes electrónicos. En realidad, el hombre que movía los wallets de criptomonedas que alimentaban una red de lavado norcoreana. Tres meses de análisis de blockchain me habían llevado hasta él. Cada transacción era un hilo. Cada hilo terminaba en el mismo lugar: un fondo opaco registrado en Singapur que, a su vez, recibía transferencias desde cuentas vinculadas a un general de la OTAN cuyo nombre todavía no tenía permiso para pronunciar ni en mis propios informes.
Mi superior en Roma, Massimo, me había dicho la semana anterior:
—No persigas al general todavía. Persigue el dinero. El dinero siempre es más estúpido que los hombres que lo mueven.
Massimo tenía razón.
El dinero no miente. Los hombres sí.
Llegué al hotel Imperial Palace a las dos y veintisiete. Dejé el coche dos calles más abajo y caminé bajo la lluvia con el abrigo abierto. El portero me miró con la expresión educada de quien ha visto de todo. Le mostré la llave de plástico que había sacado del hombre del callejón.
No preguntó nada.
En Gangnam, las preguntas innecesarias se pagan caras.
El ascensor olía a ambientador de jazmín barato y a dinero nuevo. Cuarto piso. La puerta 407 estaba entreabierta.
Eso no era normal. Kim Jae-seong era paranoico. Nunca dejaba puertas abiertas.
Saqué la Beretta del tobillo. El metal estaba frío contra la palma. Entré de lado, espalda contra la pared, arma baja pero lista.
La habitación estaba a oscuras excepto por la luz azulada que entraba por el ventanal. Seúl de noche se extendía ahí fuera como una placa de circuito impresa: millones de luces, orden aparente, caos real. En el suelo, junto a la cama king size, había un cuerpo.
Kim Jae-seong. Boca arriba. Un agujero limpio en la frente. La sangre ya se había coagulado en un charco oscuro que el aire acondicionado empezaba a secar. No llevaba más de veinte minutos muerto.
No toqué nada.
Me limité a observar.
El teléfono del muerto estaba en la mesilla, pantalla rota. Al lado, un portátil abierto. La pantalla mostraba una transferencia a medias. Cincuenta millones de dólares en USDT. Destino: una dirección de wallet que yo ya había marcado tres semanas atrás.
Alguien había llegado antes que yo.
Cerré el portátil con el dorso de la mano para no dejar huellas. Revisé el baño.
Nada.
El armario. Solo trajes baratos y una maleta con camisas planchadas. En el fondo del cajón de la mesilla encontré una tarjeta de visita doblada. Club Octagon. Gangnam. Hoy. 01:00. Una sola palabra escrita a mano en el reverso:
Confirmar.
La hora ya había pasado. Eran las dos y media.
Salí de la habitación sin tocar el cuerpo. Bajé por las escaleras de emergencia. El monzón seguía castigando la ciudad. Me metí en el coche y arranqué antes de que alguien decidiera comprobar el registro de cámaras del hotel.
Mientras conducía hacia el sur, hacia el barrio de los clubes, dejé que la rabia se acomodara en el estómago como una piedra caliente. Alguien había eliminado a mi único hilo tangible.
No era la CIA.
Ellos son más ruidosos.
No era el NIS surcoreano. Ellos habrían sellado la habitación. Quedaban dos opciones: los norcoreanos, o alguien dentro de la propia estructura de la OTAN que no quería que el rastro del dinero llegara demasiado lejos.
Aparqué tres manzanas más abajo del Octagon. Me arreglé el moño frente al espejo del parasol. El maquillaje había aguantado. El corte de la chaqueta se disimulaba si mantenía el abrigo cerrado. Me puse los auriculares de botón, aunque no hubiera nadie al otro lado de la línea. El simple hecho de llevarlos me devolvía la sensación de control.
El club era un monstruo de cristal y acero negro. La cola de gente guapa y aburrida se extendía bajo toldos transparentes.
Ignoré la cola.
Me acerqué al portero, un hombre de hombros imposibles, y le mostré la tarjeta de visita que había encontrado en la habitación del muerto. Él la miró, me miró a mí, y apartó la cinta roja sin decir palabra.
Dentro, el aire era una mezcla de perfume caro, sudor y humo de cigarrillos electrónicos con sabor a mango. La música no se oía: se sentía en las costillas. Luces estroboscópicas cortaban la pista de baile en fragmentos blancos y violetas. Gente hermosa fingiendo que no estaba vigilando a otra gente hermosa.
Subí a la zona VIP sin que nadie me detuviera.
El traje italiano y la postura hacen el ochenta por ciento del trabajo.
El resto es no dudar.
Encontré la mesa que buscaba en el rincón más alejado, junto a un ventanal que daba a la avenida. Había tres hombres. Dos de ellos eran seguridad. El tercero era el contacto que Kim Jae-seong debía haber confirmado esa noche: un financiero de mediana edad con cara de haber dormido poco y bebido demasiado. Delante de él, una botella de whisky japonés casi vacía y un teléfono que no paraba de vibrar.
Me acerqué.
El financiero levantó la vista.
Sus ojos hicieron el cálculo habitual: mujer sola, traje caro, acento extranjero. Decidió que era inofensiva.
—¿Busca a alguien? —preguntó en inglés.
—Buscaba a Kim Jae-seong —respondí en el mismo idioma—. Parece que ha tenido un inconveniente.
El color desapareció de su cara. Uno de los guardias puso la mano dentro de la chaqueta. Yo sonreí lo justo para que entendieran que no estaba armada… o que sí lo estaba y no les importaba descubrirlo.
—No sé de qué habla —dijo el financiero.
—Claro que lo sabe. La transferencia de cincuenta millones se interrumpió a las dos y seis. Kim ya no puede confirmar nada. Así que ahora la confirmación depende de usted.
El hombre tragó saliva.
Miró a sus guardias. Ellos miraron hacia la pista de baile, evaluando rutas de escape. Yo evalué el ángulo de la mesa, la distancia hasta la barandilla del segundo piso y la cantidad de testigos que harían un escándalo si alguien sacaba un arma.
Entonces la vi.
Al otro lado de la zona VIP, sentada sola en una mesa baja, había una mujer. Rubia platino. Undercut desigual. Chaqueta de cuero negra que no pertenecía a ese club. Postura demasiado relajada para ser real. Las piernas abiertas con la insolencia de quien ha pasado demasiadas noches en bases militares. Miraba la sala como si estuviera contando salidas de emergencia.
No llevaba placa.
No necesitaba llevarla.
La forma en que sus ojos se movían del financiero a los guardias y luego a mí era un lenguaje que solo habla quien ha matado por trabajo.
Nuestros ojos se encontraron un segundo.
Ella sonrió de lado.
Yo no.
El financiero aprovechó mi distracción para levantarse. Uno de los guardias dio un paso hacia mí. En ese preciso instante la rubia se puso de pie con una fluidez que no tenía nada de casual. Caminó hacia nuestra mesa como si el club le perteneciera.
Se detuvo a dos metros.
El olor a pólvora vieja y sándalo barato llegó antes que su voz.
—Problemas, agregada cultural? —preguntó en inglés, con un deje tejano que raspaba.
No respondí de inmediato.
Si era CIA, estaba pisando mi operación. Si no era CIA, era algo peor.
El financiero aprovechó el momento y se escabulló entre la multitud con uno de los guardias. El otro se quedó, indeciso.
La rubia ni siquiera lo miró. Tenía los ojos grises fijos en mí.
—Señorita Sharpe —dije por fin, usando el apellido que había leído en un informe de cooperación interservicios seis meses atrás—. Su postura delata su oficio más que cualquier placa. Parece un soldado de juguete. Retírese de mi operación.
Ella soltó una risa corta, seca.
—Dios mío. Hablas como si te hubieras tragado un diccionario. ¿Y tú? Con ese culo apretado en esa falda pareces más escolta que espía. Vete a tomar un espresso, nena. Los adultos estamos trabajando.
El guardia que quedaba decidió que la conversación se había vuelto demasiado interesante. Dio un paso. Riley —porque ahora ya no había duda de que era Riley Anne Sharpe— movió la cabeza apenas un centímetro.
El guardia se detuvo.
La música cambió. Un bajo más profundo sacudió el suelo. La lluvia golpeaba el ventanal con fuerza renovada. Afuera, Seúl seguía brillando como si nada de esto estuviera ocurriendo.
Ninguna de las dos miró hacia donde había desaparecido el financiero.
Riley inclinó la cabeza, estudiándome.
—¿Vas a quedarte ahí mirándome con esa cara de superioridad romana, o vamos a hablar de por qué las dos estamos cazando al mismo muerto?
No contesté.
Todavía estaba decidiendo si dispararle o si dejar que el monzón se la tragara.








