Capitulo 1
El sonido de la alarma rompió el silencio de la habitación a las seis en punto. Park Jimin abrió los ojos lentamente, mirando el techo por unos segundos antes de suspirar. No había nada diferente en ese día, nada que lo hiciera levantarse con emoción. Era simplemente otro día más en su vida tranquila, monótona y silenciosa.
—Jimin, levántate, se te hará tarde —escuchó la voz de su madre desde la cocina.
Se incorporó con pereza y caminó hacia el baño, todavía medio dormido. Al mirarse en el espejo, su reflejo le devolvió lo de siempre: un rostro suave, facciones delicadas y un cuerpo que muchas veces llamaba la atención sin que él lo quisiera. No era algo que le gustara pensar, pero tampoco podía ignorarlo, sobre todo cuando las personas siempre señalaban lo mismo.
No era popular, pero tampoco un completo invisible. La gente lo conocía, sí, pero no por quien era realmente, sino por lo que aparentaba. Nunca entendió por qué no tenía amigos, aunque en el fondo sabía que tampoco hacía esfuerzo por tenerlos. Simplemente… no era lo suyo.
Cuando salió del baño, el olor a comida lo recibió.
Su madre, Park Sunhee, ya estaba preparando el desayuno como todas las mañanas, con esa calma que parecía no romperse nunca. Jimin se sentó sin decir mucho, observándola en silencio, mientras el sonido de unos pasos apresurados anunciaba la llegada de su hermano menor.
—¡Hyung! —gritó Park Hoseok, entrando con la mochila mal cerrada y el uniforme algo desordenado.
Jimin lo miró de arriba abajo con una ceja alzada. —Vas tarde otra vez.
Hoseok frunció el ceño de inmediato. —¡No es cierto!
—Sí lo es.
—¡Mamá
Sunhee soltó una pequeña risa mientras servía la comida. El ambiente era cálido, sencillo, casi perfecto, pero Jimin no era alguien que se detuviera a apreciarlo demasiado. Para él, era solo parte de la rutina.
—Hoy es tu último año de primaria, ¿verdad? —preguntó Jimin, mirando a su hermano.
—¡Sí! —respondió emocionado—. Luego seré grande como tú.
Jimin soltó un leve suspiro. —No lo recomiendo.
Su madre negó con la cabeza, sonriendo suavemente ante la respuesta, mientras Hoseok hacía un pequeño puchero. A pesar de todo, ese momento era tranquilo, y por un instante, todo parecía estar en su lugar.
Después de terminar, Jimin tomó su mochila y se dirigió a la puerta. —Cuídense —dijo sin mucho énfasis.
—Tú también, cariño —respondió Sunhee.
Hoseok lo abrazó rápidamente antes de salir corriendo. Jimin cerró la puerta detrás de él y el silencio volvió a envolverlo. Afuera, el ambiente se sentía extraño, aunque no lo suficiente como para alarmarlo del todo.
Caminó por la calle con las manos en los bolsillos, observando a su alrededor sin prestar demasiada atención. Había más policías de lo normal, patrullas en varias esquinas y, más adelante, militares. Su expresión cambió ligeramente al verlos, desviando la mirada casi de inmediato.
Los odiaba.
No necesitaba pensar demasiado en eso. Para él, eran los responsables de la desaparición de su padre. Se lo llevaron cuando tenía diez años y nunca regresó. Dijeron que era trabajo en el extranjero, pero Jimin nunca creyó en esa versión. Aun así, decidió no profundizar en ello; era más fácil fingir que no le importaba.
Mientras seguía caminando, notó que las personas hablaban en voz baja, como si compartieran un secreto incómodo. Algunos miraban sus teléfonos con preocupación, otros caminaban más rápido de lo normal. Palabras sueltas llegaban a sus oídos: virus, rumores, otra vez. Jimin frunció ligeramente el ceño, pero no se detuvo.
Siempre había rumores.
Desde hace años
Nada nuevo.
Se colocó los audífonos y dejó que el mundo desapareciera a su alrededor. No tenía interés en lo que pasaba fuera de su pequeña rutina. Nunca lo tuvo.
La universidad apareció frente a él, imponente y familiar. Era su último año, algo que muchos consideraban impresionante por su edad. Con apenas dieciocho años ya estaba a punto de terminar, pero para Jimin eso tampoco significaba mucho. Ser inteligente no era algo especial en su vida, simplemente era parte de quien era.
Entró al campus sin mirar a nadie, como siempre, caminando directo por los pasillos sin intención de socializar. Sin embargo, no todos lo ignoraban.
—Oye...
Jimin no respondió y siguió caminando.
—¡Oye, tú!
Se detuvo con un suspiro leve y giró apenas la cabeza. Un chico lo miraba con una sonrisa burlona, como si ya supiera cómo terminaría esa conversación.
—¿Eres gay?
Jimin lo miró sin expresión alguna. Esa pregunta ya no le sorprendía, ni siquiera le molestaba como antes. Era simplemente repetitiva.
—No —respondió con calma.
El chico soltó una risa. —Pues lo pareces.
Pero mientras avanzaba por el pasillo, algo le recorrió el cuerpo. No era miedo, ni frío… era una sensación extraña, incómoda, como si algo no estuviera en su lugar.
Se detuvo por un segundo y miró a su alrededor.
Todo seguía igual.
Estudiantes caminando. Voces. Risas. Normalidad.
Demasiada normalidad.
Jimin frunció levemente el ceño, pero no dijo nada. Ajustó la correa de su mochila y continuó su camino, ignorando esa sensación que no sabía explicar.
No valía la pena pensar en cosas sin sentido.
No cuando tenía cosas más importantes en qué concentrarse.
Jimin caminó directo hacia el edificio principal, sacando su horario del bolsillo mientras avanzaba. Sus pasos eran tranquilos, medidos, como si ya conociera cada rincón del lugar sin necesidad de mirar. Era su último año, y además de las clases, tenía prácticas en el área médica de la universidad, algo que, curiosamente, era de las pocas cosas que realmente toleraba.
Al entrar, el ambiente cambió de inmediato. El olor a desinfectante llenó sus pulmones y el ruido del exterior quedó atrás. Dentro todo era más ordenado, más controlado. Personas caminaban de un lado a otro con rapidez, pero sin caos, cada quien concentrado en lo suyo.
Se colocó la bata mientras avanzaba por el pasillo y dejó su mochila en el área asignada. Revisó una bandeja con instrumentos, acomodándolos por costumbre aunque ya estuvieran en su lugar. No hablaba mucho, pero eso no le impedía hacer bien su trabajo.
—Buenos días —dijo una enfermera al pasar.
—Buenos días —respondió Jimin, sin dejar lo que hacía.
Tomó una carpeta y comenzó a revisar los registros del día. Nada fuera de lo normal: controles básicos, algunos pacientes con fiebre, chequeos generales. Todo parecía rutinario, incluso aburrido.
Hasta que escuchó movimiento en el pasillo.
Giró apenas la cabeza al ver cómo entraban a alguien en una camilla. Varias personas lo rodeaban, hablando en voz baja, con cierta prisa. No era algo raro, pero había algo… distinto.
La persona en la camilla se movía de forma extraña. No era un movimiento claro, más bien irregular, como pequeños espasmos que iban y venían.
Jimin observó unos segundos en silencio.
Frunció ligeramente el ceño.
Debe ser alguna enfermedad neurológica… pensó.
No era su primer caso extraño. En el área médica siempre aparecían cosas fuera de lo común, y él no era alguien que se impresionara fácilmente. Cerró la carpeta y desvió la mirada, restándole importancia.
No era asunto suyo.
Continuó con su trabajo, tomando notas, organizando materiales, ayudando en lo necesario. Las horas pasaron sin que ocurriera nada realmente relevante, aunque de vez en cuando ese mismo pensamiento volvía a su mente.
Los movimientos.
Pero lo ignoró.
Siempre lo hacía.
Cuando terminó su turno, el cansancio era leve, más mental que físico. Se quitó la bata, tomó su mochila y salió del edificio, dejando atrás el ambiente controlado al que ya estaba acostumbrado.
Apenas puso un pie afuera, su teléfono vibró.
Miró la pantalla.
Mamá.
Contestó sin pensarlo demasiado.
—¿Sí?
—Jimin, ¿dónde estás? —la voz de Sunhee sonaba diferente, más tensa de lo normal.
Él frunció levemente el ceño. —Saliendo de la universidad.
Hubo un pequeño silencio al otro lado.
—Regresa a casa lo más pronto posible.
—¿Por qué?
—Están diciendo en las noticias que algunas ciudades están en cuarentena… —su voz bajó un poco—. Que la gente no debe salir de casa, y que eviten estar afuera por la noche.
Jimin apretó ligeramente el teléfono.
—¿Cuarentena…?
—No sé bien qué está pasando, pero no me gusta. Solo ven a casa, ¿sí?
Jimin miró a su alrededor. Todo parecía normal… o al menos, eso intentaba parecer.
—Está bien. Ya voy.
Colgó
Por primera vez en el día… sintió algo cercano al nerviosismo.
No fuerte.
Pero suficiente.
Decidió pasar por el mercado antes de ir a casa. Si lo que decía su madre era cierto, lo mejor sería prevenir. No tardó mucho en llegar, pero desde afuera notó que algo no estaba del todo bien.
Había demasiada gente.
Y más de lo normal…
militares.
Jimin redujo un poco el paso al verlos. Su mirada se desvió casi de inmediato, como si evitarlos fuera automático. Nunca le gustaron, nunca lo harían.
Aun así, entró.
El ambiente era incómodo. Personas llenando carritos con prisa, estantes vaciándose poco a poco, murmullos por todos lados. Nadie parecía tranquilo.
Jimin tomó un carrito y comenzó a llenar lo necesario: comida enlatada, agua, cosas básicas que pudieran durar. No pensaba demasiado en ello, solo seguía una lógica simple.
Si iba a pasar algo… mejor estar preparado.
De vez en cuando, sentía la presencia de los militares cerca, observando, controlando. Eso lo ponía tenso, pero no lo suficiente como para detenerse.
Pagó lo más rápido posible y salió del lugar con varias bolsas en las manos.
El camino a casa se sintió más largo de lo normal.
Más silencioso.
Más… extraño.
Cuando finalmente llegó, abrió la puerta y entró sin decir nada. Su madre estaba en la sala, frente al televisor, y Hoseok a su lado, en silencio.
Eso ya era raro.
—Llegué —dijo Jimin, dejando las bolsas.
Sunhee lo miró de inmediato, claramente aliviada.
—Qué bueno…
Jimin siguió su mirada hacia la televisión.
Noticias.
Imágenes rápidas.
Personas corriendo.
Militares.
Calles bloqueadas.
No entendía del todo lo que pasaba… pero tampoco le gustaba.
Se quedó en silencio unos segundos.
Luego desvió la mirada.
—Voy a guardar esto —murmuró.
Como si todo pudiera seguir siendo normal.








