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EL EX DE MI HERMANO ES MI PROMETIDO

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Summary

Liam es solo un beta adoptado a la sombra de su hermano omega. Cuando lo obligan a suplantarlo en un matrimonio arreglado, cree que su vida ha terminado. Su esposo resulta ser Adrián Duarte: millonario, enigma y el ex amante de su hermano. Él descubre el engaño desde el primer minuto, pero en lugar de cancelarlo todo, decide quedarse con el beta intruso. Sin celo, sin feromonas y con un matrimonio basado en mentiras, Liam descubrirá que alejarse de la mirada posesiva de Adrián es una batalla perdida. #Omegaverse #BoyxBoy #EnigmaXBeta #DarkRomance #MatrimonioForzado #BL

Genre
Lgbtq
Author
YARP.
Status
Ongoing
Chapters
17
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1:

_Un sustituto en las sombras_

—Padre, es totalmente injusto que me obligues a casarme con ese enigma —protestó Javier, cruzándose de brazos con indignación

—. Dicen que los enigmas son fríos y dominantes. ¡No pienso aceptarlo!


—Javier, no hay otra opción —respondió mi padre con tono severo

—. Si no cumples con el compromiso, la familia estará en serios problemas financieros.


—¡Que se case Liam! —soltó Javier sin dudarlo un segundo.


Mi padre frunció el ceño, desconcertado.

—Pero Liam es solo un beta...


—¡No me importa! —gritó Javier, al borde del drama—. Se casa él o me mato aquí mismo.


El señor Pérez suspiró derrotado, cedió ante el chantaje y llamó a la empleada de la casa.

—Marta, ve a buscar a Liam.


—En seguida, señor.


Estaba en mi habitación cuando escuché a la nana Marta tocar la puerta para avisarme que mi padre me necesitaba en la sala.

Soy el hijo adoptivo. La familia Pérez me acogió hace años, cuando creían haber perdido a su primogénito. Sin embargo, en cuanto encontraron a Javier, pasé a ser el invisible de la casa. Él es un preciado omega recesivo; yo, un simple e insignificante beta.

Bajé las escaleras despacio, preguntándome qué querrían de mí esta vez.


—¿Me llamaba, padre? —pregunté al llegar al último escalón

.

—Liam, te vas a casar con el heredero de la familia Duarte —sentenció sin dar rodeos.


—¿Qué? Pero... ellos esperaban a Javier. Los Duarte buscan perpetuar su linaje y yo solo soy un beta.


—Te pasarás por tu hermano —intervino mi padre, entregándome un pequeño frasco de cristal—. Cuando estés con él, usa este perfume.


—Padre, esto es una locura...


—No te preocupes, hermano —interrumpió Javier con una sonrisa burlona—. Ese perfume imita el aroma de mis feromonas. Nadie notará la diferencia.


Apreté los puños, pero terminé bajando la mirada, sabiendo que no tenía voz ni voto en esta casa.


—Está bien.


El día de la boda fue una farsa silenciosa. El novio ni siquiera se presentó a la ceremonia civil; solo envió a sus abogados para firmar los documentos. No fue hasta bien entrada la noche cuando finalmente apareció en la residencia Duarte.

Yo lo esperaba en la penumbra de la habitación principal, con el corazón latiéndome a mil por hora. Antes de que llegara, me había aplicado el perfume que me dio Javier, temblando por el miedo a ser descubierto.


Pero lo que jamás imaginé fue descubrir la identidad de mi nuevo esposo. El hombre que cruzó la puerta era Adrián Duarte, el hijo menor de la familia... y el mismo exnovio con el que Javier salía en secreto durante su época universitaria.


—¿Dónde está Javier? —demandó Adrián con voz firme nada más entrar.

Lo miré fijamente, dominado por el pánico. Sin saber qué más hacer, me dejé caer de rodillas frente a él.


—L-lo siento... Él no quiso llevar a cabo este matrimonio. Yo... yo vine en su lugar.


Esperaba un grito, un insulto o incluso un golpe, pero no ocurrió nada de eso. Adrián me observó en silencio durante unos segundos largos y tensos. Luego, se inclinó y me tomó suavemente de los brazos para ayudarme a poner de pie.


—Está bien, ya entendí —dijo con una calma helada.


—Javier... él no sabía que tú eras el heredero de los Duarte —murmuré, intentando justificar la situación.


Adrián me fulminó con la mirada, helándome la sangre.


—No me importa Javier . Y dime... ¿es verdad que eres un beta?


Asentí en silencio, incapaz de sostenerle la mirada.


—Eso significa que no tienes ciclos de celo, ni expulsas feromonas, ni te pones caliente por instinto —comentó con crudeza.


Abrí los ojos de par en par, sorprendido por su franqueza.


—L-lo siento. Solo soy un simple beta.


Una sonrisa enigmática y calculadora se dibujó en los labios de Adrián. Me examinó despacio, de arriba abajo, como si estuviera evaluando un objeto fascinante.


—Qué interesante... —susurró—. Bueno, como hoy es nuestra noche de bodas, me encargaré de que la pases bien, mi esposa

.

—¿E-esposa?


Antes de que pudiera reaccionar, Adrián me sujetó del brazo y me impulsó sobre la amplia cama.


—E-espera... es mi primera vez —logré decir, intentando cubrirme.

Él sonrió con mayor devoción, desabrochándose el saco con lentitud.


—Eso lo hace aún mejor. Abre bien las piernas para tu esposo.

Sin darme tiempo a procesar sus palabras, me despojó de la ropa con una agilidad pasmosa, dejándome completamente expuesto. Abrumado por la vergüenza, cerré los ojos con fuerza.


—Mi amor, no cierres los ojos. Quiero que me mires —pidió suavemente.


—P-pero...


Adrián me sujetó firmemente de la cintura, pegando mi espalda a su pecho desnudo y caliente, antes de acomodarme sobre su regazo.


—Cariño... —susurró contra mi oído antes de morder con delicadeza el lóbulo de mi oreja.


Un gemido involuntario se me escapó de la garganta. Desplazó su mano lentamente por mi muslo mientras dejaba besos húmedos en la curva de mi cuello. El calor de su aliento enviaba descargas eléctricas por toda mi columna.


—Ah... Adrián...


—Me encantas, esposa —murmuró.


Me giró sobre el colchón y aplicó un lubricante frío en mi parte trasera. El contraste me hizo dar un brinco.


—N-no toques ahí...


—Hoy tienes que ser completamente mío —sentenció con autoridad.


Lo miré a los ojos y, sin pensarlo, la duda y el dolor me hicieron hablar de más:


—¿Acaso también lo hiciste así con Javier?


En cuanto las palabras salieron de mi boca, me arrepentí. Por un segundo pensé: ¿será que me está confundiendo con Javier por culpa del perfume de feromonas que llevo puesto?

Adrián arqueó una ceja, divertido.


—¿Estás celoso, mi amor?


—N-no... perdón, se me salió sin querer.


Adrián se inclinó y me apretó ambas mejillas con una mano, obligándome a mirarlo directamente a los ojos.


—No te preocupes. Eres el único que ha estado en mi cama —dijo con voz firme, antes de acercarse a mi cuello y añadir con tono serio—: Por cierto... cuando volvamos a estar juntos, no vuelvas a usar ese perfume. No me gusta cómo huele.


Mi corazón dio un vuelco. Él sabía perfectamente que no era Javier y, aún así, rechazaba el aroma de mi hermano.


—A-Adrián... por favor —supliqué con la voz temblorosa, sintiendo cómo el ambiente se volvía cada vez más denso—. Soy un beta... no me llenes de tus feromonas, es demasiado fuerte para mí.


Adrián soltó una sonrisa oscura, disfrutando de mi súplica. En lugar de hacer caso a mi petición, hizo exactamente lo contrario: liberó una oleada abrumadora de sus feromonas de Enigma, con un perfume denso, embriagador y dominante a jasmín puro, envolviendo cada rincón de la habitación y penetrando por mis poros. La intensidad de su presencia hizo que la cabeza me diera vueltas y que la piel se me erizara por completo.


—Te equivocas, mi esposa —murmuró rozando sus labios contra mi oreja, haciéndome temblar—. Quiero que huelas a mí. Quiero que todos sepan a quién le perteneces.


Sin añadir más, introdujo dos dedos en mi interior. El dolor inicial me sacó un jadeo ahogado.


—¡Ah! S-suave, Adrián...


Me observó con la mirada oscura por el deseo. Inclinándose, selló mis labios con un beso profundo y dominante mientras añadía un tercer dedo para prepararme. Poco después, se posicionó entre mis piernas y comenzó a empujar su miembro lentamente dentro de mí.


La sensación de plenitud me hizo gemir de placer y dolor a la vez.


—Cariño, tu interior es tan estrecho y cálido... —susurró, besando mi cuello mientras usaba su mano libre para pellizcar mis pezones, haciéndome arquear la espalda.


—A-Adrián... por favor, ve despacio...


No terminó de escucharme cuando se hundió por completo hasta el fondo, haciéndome soltar un grito que quedó ahogado contra su hombro.


De pronto, el teléfono celular de Adrián comenzó a vibrar con insistencia sobre la mesa de noche. Él soltó un gruñido de fastidio, se detuvo un segundo y alcanzó el aparato.


—No te muevas de aquí —me ordenó con voz ronca.

Salió de la cama dejándome completamente al descubierto. Se colocó un pantalón corto y abandonó la habitación para responder la llamada en el pasillo.


Me quedé boca abajo en medio de la cama, temblando por la intensidad del momento, sintiendo la piel sensible y el pulso acelerado. Pasaron unos minutos en los que intenté recuperar el aliento, escuchando solo el murmullo distante de su voz en el pasillo.


Cuando la puerta volvió a abrirse, Adrián entró en la habitación guardando el teléfono en su bolsillo. Se despojó de la prenda que llevaba y caminó despacio hacia la cama. Se deslizó sobre el colchón, apartó la sábana que me cubría a medias y se posicionó nuevamente sobre mí, pegando su torso caliente contra mi espalda descubierta.


—¿Pensaste que me había olvidado de ti? —susurró en mi nuca, sujetando mis caderas con firmeza para elevarlas ligeramente.


—A-Adrián..

.

Sin darme tiempo a responder, volvió a embestir desde atrás de un solo impulso, sacándome un gemido agudo que resonó en toda la habitación. Reanudó el ritmo con mayor fuerza y firmeza, sujetándome con posesividad mientras la embestida se volvía cada vez más intensa.


—Ah... cariño, me voy a correr... —advirtió con la respiración entrecortada.


—¡No lo hagas adentro! —supliqué entre jadeos.


—Tranquilo, estoy usando preservativo —respondió antes de dar un par de embestidas finales y liberarse dentro del látex.

Se dejó caer a mi lado, respirando agitadamente, con una sonrisa de satisfacción de oreja a oreja.


—Se nota a leguas que era tu primera vez, mi querida esposa.

Esa noche lo hicimos cinco veces más, hasta que el cuerpo me dejó de responder y caí rendido por el cansancio.

Al día siguiente, desperté de golpe al sentir unas manos frías recorriendo la parte baja de mi espalda y mis glúteos.


—¿Q-qué haces? —pregunté sobresaltado, intentando cubrirme.


—¿Ya despertaste, esposa? —dijo Adrián con tono tranquilo.

Giré el rostro para mirarlo. Tenía un frasco en la mano.


—Te estoy aplicando una pomada para aliviar la inflamación de anoche.


—No tienes que hacer eso, yo puedo hacerlo solo —le arrebaté el frasco de las manos.


Adrián hizo un gesto exagerado, poniendo cara de cachorro regañado por su dueño.


—Está bien, como digas.


A los pocos segundos, su expresión cambió a una sonrisa pícara.


—Tengo que ir a la empresa, pero puedo llevarte a la universidad si quieres.


—No —respondí tajante.


—¿Por qué no, esposa?


—No quiero que mi hermano ni nadie de la universidad me vea contigo —sentencié mientras intentaba ponerme de pie.


—Pero a mí no me importa lo que digan los demás.

Lo fulminé con la mirada.


—Si me acompañas o te apareces por allá, te juro que dormirás en el sofá durante los próximos tres meses.


Apenas me puse de pie para ir al baño, Adrián me sujetó del brazo y me jaló hacia su pecho en un abrazo firme.


—Está bien, no iré —cedió, aunque su mirada se volvió fría y dominante en un segundo—. Pero prométeme que te mantendrás alejado de cualquiera que intente coquetearte, o te juro que te tomaré ahí mismo, frente a todos.


—Está bien... —murmuré, zafándome de su agarre para encerrarme en el baño a ducharme.


Horas más tarde, bajé a la planta baja. Adrián me esperaba sentado en el comedor frente a una mesa llena de comida.


—Ven, esposa, vamos a desayunar juntos.


Miré la comida y luego lo miré a él.


—No tengo hambre. Se me hace tarde para la universidad.

Di media vuelta para dirigirme a la salida, pero él me sujetó del brazo con firmeza antes de que pudiera dar tres pasos.


—Si no comes, te va a dar anemia. Tienes que alimentarte bien después de anoche.


—No tengo la costumbre de desayunar —dije, soltándome de su agarre con frialdad.


Adrián se quedó en silencio, observándome marchar. Salí de la casa sin mirar atrás, con el cuerpo dolorido y la mente llena de dudas sobre lo que me deparaba el futuro al lado de aquel enigma.

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