PRECEDENTE
En el desolado paisaje la grama quemada. A la vista, lo único verde era el frondoso árbol: EL ÁRBOL DE LA VIDA.
A sus pies, cinco tumbas recién cerradas. Cinco cruces improvisadas con escombros de la catedral.
Exhausto, el padre Francisco estaba sin sotana, en camisa con las mangas recogidas arriba del codo. Las manos le sangraban. Había cavado las cinco él solo. Limpió el sudor de su frente. Lo rojizo de sus mejillas destacaba en su piel pálida.
No supo qué rezar. No recordaba el segundo apellido de uno de ellos y eso le dolió más que las ampollas.
El cielo tenía un tinte escarlata cargado de nubes grises. Ese paisaje le metía desesperanza en el pecho.
Con el rabillo del ojo captó algo. Como acto reflejo su avatar apareció — un ángel traslúcido con atuendo de guerrero romano, espada y escudo — y lanzó una estocada al aire. Un chillido rompió el silencio y una figura demoníaca huyó despavorida entre las sombras.
A unos pasos, alrededor del árbol, estaba Baltazar. Fornido, arrodillado ante sor Marcelle.
Ella dormía sobre un improvisado colchón hecho de las sotanas de los difuntos. Encima, a manera de manta, las sotanas de él y la de Francisco. Baltazar también se veía exhausto, las ojeras le pesaban.
— Deberías descansar, Francisco — dijo sin voltear.
— Yo haré guardia — contestó Francisco acercándose —. Creo que el más agotado es usted, Baltazar. Salvarle la vida a sor Marcelle parece haberle terminado toda su energía.
— Si es preciso entregar la vida por uno de mis compañeros, con todo gusto lo hiciera...
— Al menos esta vez no ha sido necesario.
El regordete padre sonrió y tomó asiento, no sin antes inspeccionar el bello rostro de sor Marcelle que dormía. Francisco resintió sus rodillas.
— Déjame a mí hacer guardia. Los demonios que aún pululan por aquí tienen mucho tiempo encerrados y no tienen la habilidad de viajar a otro lado. Creo poder con cualquiera de ellos. Descanse.
No había terminado de hablar cuando, de entre las sombras, una enorme silueta negra los hizo ponerse en pie y en guardia. El avatar de Francisco, escudo por delante y la estrella de David iluminada en el piso bajo los pies de Baltazar. Lanzó su filo por delante y tras un gruñido, Francisco vio cómo unas fauces negras habían detenido la estocada.
— ¡Carlos!
Gritó y su avatar se difuminó en el aire. El cadejo negro bajó a su tamaño y tras él estaba el corcel negro azabache con Roberto aún montado y Carlos bajando al tocar el piso.
— Vaya bienvenida la que me da, padre Francisco.
— Veo que has recuperado a tus cachorros...
— Así es... estoy completo — dijo mientras acariciaba sus anillos.
Se acercó y le dio un abrazo. El padre Francisco contempló que los perros estaban etéreos, con comportamiento de perros normales siguiendo a su amo. El blanco a la derecha y el negro a la izquierda. Tras una ligera inspección, el blanco dio tres vueltas en el mismo sitio y se echó. El negro movía sus orejas en alerta y caminaba junto a Carlos.
Roberto cubría su rostro con la pañoleta. Eso hacía que sus ojos perdieran el iris y mostraran los globos oculares totalmente en blanco; de igual forma lo hacía el caballo, considerablemente más grande que un caballo normal. El jinete desmontó, hizo sonar sus espuelas al bajar, retiró la pañoleta de su cara. Su expresión fue de aflicción al ver a sor Marcelle con una sotana por manta. Se acercó a ella casi ceremonialmente, como si un movimiento brusco provocara una corriente de aire suficiente para hacerle daño.
El bello rostro de ella reposaba, aun así se miraba herida. No era necesario que hablara, era evidente que aun en ese estado sufría.
— Si fuera posible quitarle su dolor y sufrir yo...
Baltazar, que lo veía con cierta desconfianza, habló:
— Ella vivirá...
Roberto lo miró al rostro como queriendo saber si lo dijo por optimismo o porque así sería.
— ¿Usted la salvó?
— Mi don puede ser usado de muchas maneras y lo he ocupado para que ella no muera.
— ¿Volverá a desplegar sus alas?
— Eso no lo sé, según entiendo nunca antes se las habían arrancado. Jamás había recibido tal daño.
— Ese maldito... la tomó como si fuera una muñeca de trapo...
— Necesitamos llevarla a otro lugar... ¿puede ella viajar?
— Sí puede... pero que descanse. Cuando despierte, por sí sola tendrá fuerzas para montar en tu caballo...
— Un ángel montando un caballo del infierno... — musitó Roberto.
Por entre la sotana se dejaba ver la blanca mano de sor Marcelle. Roberto dudó, miró a Baltazar y este, como si supiera cuál era su intención, le dio un gesto de aprobación con la vista. La oscura mano de Roberto tomó la mano delicada de sor Marcelle, que hasta ese momento no daba señales de movimiento más que respirar. El actual justo juez sintió cómo ella correspondía palma a palma el sujetarse. Él sonrió y ella, ahora sí, pareció descansar.
Tanto el padre Francisco como Carlos habían visto la escena. Caminaron juntos buscando un lugar alrededor de sor Marcelle y tomaron asiento. El cadejo negro se echó junto a Carlos.
— Pensé que iría directamente por Marcus... — comentó el padre Francisco en tono suave.
— Le expliqué a Roberto que eso sería una locura... ambos vimos lo fuerte que es... necesitamos un plan, pero primero los anillos...
— ¿Quién los tenía? Supe que los habían robado...
— Los tenía Sofía... no sé cómo los obtuvo, no se lo pregunté...
— ¿La viste? ¿Ella está bien?
— Sí, está bien... ella quería venir con nosotros, pero esto es peligroso. Además el medio de transporte es algo incómodo con dos, no me imagino con tres — afirmaba Carlos viendo el negro corcel.
— Es mejor que ella esté a salvo...
— Pues... está con una bruja... que creo que no es buena pieza, pero Sofía dijo que quería aprender de ella.
— ¿Hablaste mucho con ella? — preguntó Francisco.
Carlos no respondió. Fue Roberto el que entró en la conversación.
— Carlos es un simple... Sofía iría a cualquier lado que él le dijera, se nota de lejos que esos ojos amarillos sienten algo por Carlos...
Carlos entrecerró los ojos.
— No sé lo que has visto pero sin duda no es así...
Baltazar rio.
— Ja, ja, ja, ja.
— ¿De qué te ríes? — preguntó Roberto.
— El apocalipsis ha empezado y ustedes tienen una conversación de adolescentes — contestó el fornido padre.
Todos guardaron silencio. El tono fuerte de la voz de Baltazar hizo que sor Marcelle se inquietara, sin despertarse, se movió acomodándose sobre sí en el improvisado lecho. Tras un silencio incómodo, todos se rieron y lo único que se escuchó fue al cadejo rascarse. El blanco estaba cerca de las patas del caballo y los veía a todos con recelo e indiferencia.
— ¿Cómo se mata a un demonio como ese? — preguntó Carlos con total serenidad.
— No se puede matar a un demonio y menos a ese... — respondió Baltazar.
— Pero sí vencerlo — intervino el padre Francisco.
— ¿Cómo? — preguntó Roberto bastante interesado.
— Antes el padre Daniel lo hizo.
— ¿Te dijo cómo lo hizo?
— Todos lo sabemos — agregó Baltazar.
— Yo no lo sé — volvió a intervenir Roberto.
— Cuéntanos — le propuso Carlos a Baltazar.
— ¿Tienes tiempo? — preguntó Baltazar acomodándose en el piso.
— Tenemos... — dijo Roberto.
Baltazar juntó sus manos sobre su regazo, meditando qué palabras usar. Cuando concibió la idea dijo en forma pausada:
— Marcus hoy por hoy tiene un cuerpo humano. Antes era solo un demonio, pero a principios del siglo XIX, su ambición de querer este plano, y aún no tenía la llave, le obligó a nacer aquí...
— ¿Nacer? — preguntó Carlos.
— Sí. Hijo de Carmen Gutiérrez de Durango, pero no hijo de su esposo, sino de su propio hermano. El incesto es una forma de profanar algo tan bello como la vida...
— ¿Cómo hizo eso?
— Él fue creado en el Edén y cuando se desterró al hombre, Marcus heredó ese lugar con todo y sin nada. Me explico, la abundancia desapareció y con el hombre se fueron todos los animales, las plantas desaparecieron y solo quedaron dos árboles.
— El del conocimiento y la vida... — dijo el padre Francisco.
— ¿Dónde está el otro árbol?
— Está aquí... pero el hombre comió de él y se dio cuenta que estaba desnudo... y dejó de verlo. Marcus se aburrió de estar solo y buscó la manera de ir a la tierra. Lo hizo muchas veces en su forma de demonio, pero un demonio en la tierra solo es un espíritu. Así que comió del árbol de la vida y consiguió un cuerpo humano. Su fuerza incrementó como humano, pero como espíritu disminuyó. Él quiere tener ambas cosas al máximo...
— Yo aún no entiendo cómo nació... — dijo Roberto.
— Al ser un demonio, algo corrupto, tuvo que buscar la oportunidad de ser producto de algo igual de aborrecible a los ojos de Dios. Encontró en el incesto de Carmen y su hermano Armando la oportunidad y con solo comer del árbol de la vida, tuvo la oportunidad de llegar a la tierra dejando atrás mucha de su fuerza como demonio.
— ¿O sea que no tiene toda su fuerza?
— Como humano la tiene al máximo, pero le falta como demonio. Al nacer su fuerza queda en el Edén, aquí, y por eso lo derrotó Daniel...
— ¿Y cómo sería su fuerza si llegara a romper el sello?
— Eso no lo sabemos...
— ¿Qué hizo el padre Daniel para vencerlo?
— Atacó su parte humana... y cuando bajó su fuerza, lo encadenó. Mismas cadenas que él forjó para atrapar demonios y espíritus.
— Yo he visto esas cadenas — dijo Carlos.
— ¿Dónde? — preguntó el padre Francisco.
— Cuando hicieron el pacto donde atraparon a los cadejos. Ellos son espíritus, no se pueden encadenar, esa vez lo estaban y las tenía Marcus y su ayudante, el tal Salomón. También las usó conmigo no hace mucho cuando me pidió que lo ayudara.
— ¿Te pidió ayuda?
— Sí, lo mandé a la mierda...
— Bueno, pues el padre Daniel usó las mismas cadenas que Marcus forjó para detenerlo. El don del padre Daniel está en crear y mover en base a la fe. No hubo testigos en esa pelea, solo ellos dos... y al final lo encadenó en la prisión que el padre Daniel creó gracias a su fe.
— Yo no entiendo eso de atacó su lado humano... si pudiera explicarme padre — pidió Roberto.
— Pues apeló al amor que Marcus tenía a su madre...
— Su lado humano... — musitó Carlos.
— Así es... — contestó Baltazar.
Carlos se puso en pie, llevó la mano derecha a su barbilla.
— Necesitamos un plan, que no sea solo de mentarle la madre a Marcus — dijo Carlos.
— Él vendrá aquí... — poniéndose en pie Baltazar.
— ¿Cómo?
— Tiene la llave y quiere liberar toda su fuerza de demonio. Según hemos estudiado el sello es divino, pues es dar vida. Por lo tanto, es un sello de siete puntas. La manera de romper ese sello es tener como mínimo tres almas por punta, y quemarlas... El alma tiene que ser pura o devota a Dios. En el pasado, él usó almas de mujeres y niños, me imagino que ya las estará buscando...
— Primero debe curarse... quedó algo jodido — dijo Roberto.— Le cayó un rayo, le clavaron una lanza, y le descargué el revólver en el pecho. Por muy demonio que sea, sé que le hicimos más que cosquillas...
— Él no está solo — dijo Baltazar —. Tiene a Salomón y por lo menos a cinco soldados de él, pues deben ser seres vivos los que sostengan las almas.
— Salomón — musitó Carlos.
— No, pero igual lo voy a matar... ¿a ese sí se puede matar?
— Sí, solo que no es tarea sencilla, es muy bueno peleando — respondió Baltazar.
— Hay algo que tengo claro — dijo Carlos —. Necesitamos un plan y creo que lo tengo, pero necesito ayuda. Sé que cuento contigo Roberto y lo más seguro es que también con ustedes padres; podemos seguirlo, acosarlo, para saber su poder. La pequeña muestra que nos dio, no creo que sea todo lo que hace. Saber dónde está es sencillo, Roberto solo debe ponerse su sombrero y lo sabemos, así es como supimos dónde estaban los anillos. Necesitamos ser más, solo nosotros no podemos ganarle... ¿Quiénes de la orden de Matías están disponibles padre Francisco?
— Hasta donde sé Alexandrei, Oseas, Theodoro, Domingo, Adonay, Gabriel, cerca de 41 escuderos...
— ¿Esa es toda la orden de Matías? — se sorprendió Carlos.
— Somos un equipo de fuerzas especiales, tenemos dones que lamentablemente no son otorgados a todo el mundo... — respondió el padre Francisco.
— ¿Podemos reunirlos? — preguntó Carlos.
— Si volvemos a la tierra... — dijo Baltazar.
— Primero déjame llevarla a un lugar seguro, luego volveré con ustedes — agregó Roberto.
— Ve — dijo Carlos —. Mientras vas a ella, yo quiero ir a ver algo a las ruinas de la prisión...