I. Una muerte inconveniente
Abro los ojos con la cadencia resignada de quien no tiene prisa por volver a la realidad, las voces de la televisión taladrándome los oídos.
Mierda. He vuelto a dejármela encendida.
Me incorporo en el sofá despacio, pasándome una mano torpemente por la cara mientras las evidencias de la resaca de anoche caen rodando por el suelo, las latas acumulándose bajo la mesa de centro.
Sí, ha sido una noche larga. ¿Y qué más da?
La luz del día que se cuela a través de las cortinas me molesta. Pero no tanto como saber que fuera está soleado. Para días en los que prefiero recrearme en mi propia miseria, me inclino por los días plomizos.
Los días grises no exigen nada de ti.
El cielo parece tan poco dispuesto a colaborar como tú. Todo adquiere ese velo mediocre y apagado, y nadie espera que salgas de casa para disfrutarlo.
Un día soleado, en cambio, es el recordatorio perfecto de que el mundo sigue funcionando exactamente como lo dejaste. Sin importarle una mierda que hayas decidido dejarlo atrás.
Necesito un café.
Una protesta perezosa trepa por mi garganta cuando hago amago de levantarme. Pateo sin darme cuenta una de las latas vacías con el pie y me prometo que la recogeré después mientras dejo que mis pasos me guíen hacia la pequeña cocina en la que he sobrevivido el último mes a base de pizzas congeladas.
Tengo tres mensajes nuevos en el contestador de esta mañana. No necesito consultar el número para saber quién es.
Mamá...
Dejo que su voz llene la cocina mientras pongo la cafetera en el fuego, recojo un poco la encimera y busco una bolsa para poner algo de orden en el salón.
Mientras finjo ser una adulta funcional imagino que la tengo delante, con el cabello ligeramente encanecido recogido en un moño despeinado, los ojos alegres y cansados tras las gafas, y esos labios que se arrugan ligeramente cuando está preocupada.
— Cariño, soy mamá. Solo llamaba para saber cómo estás.
Bien. Estupendamente. Viviendo a base de pizza, café y decisiones cuestionables.
— Mañana comemos en casa de la abuela. Luego no me digas que se te había olvidado.
Se me había olvidado.
Por supuesto que se me había olvidado.
Corro las cortinas y parpadeo varias veces cuando la luz me golpea de bruces en la cara. El contestador comienza a reproducir el siguiente mensaje.
— Cariño, no te enfades conmigo, pero he hablado con tu padre. Está de acuerdo conmigo en que deberías salir más de casa...
Traición.
Recojo los currículums que hay desperdigados en la mesa del salón y los tiro a la papelera antes de retirar el café del fuego.
— He pensado que podrías acompañarme a las clases de zumba. Siempre te ha gustado bailar.
¿Y ser el nuevo tema de conversación de tus amigas las marujas? Antes me pego un tiro con la P220 de papá...
— Llámame cuando puedas...
En el último mensaje puedo reconocer la preocupación en su voz.
— Cielo, siento llamar otra vez, supongo que estarás durmiendo.
Busco en el armario mi taza de confianza. La que tiene la mancha imborrable de pintalabios en el borde. Esa que es aburridamente blanca y barata, pero que lleva tantos años conmigo que ha adquirido esa clase de valor absurdo que tienen las cosas que sobreviven a esas etapas asquerosas de la vida.
— He pasado por la oficina de correos y me he cruzado con...
Apago el contestador antes incluso de que pueda meditar el gesto, sin dejarla acabar. No necesito escucharlo. Soy plenamente consciente de los veinte metros que separan la oficina de correos de la comisaría. No me interesa saber a quién se ha cruzado. No en esa zona.
Joder, mamá...
Pero no puedo enfadarme con ella. Ella no tiene la culpa de que mi vida entera haya dado un giro de ciento ochenta grados.
Doy un sorbo al café. Está amargo. Menos que yo, y eso me consuela.
Bajo la mirada hacia la papelera, donde uno de los currículums arrugados muestra una foto de mi cara. Sonriente. Ilusionada. Con ganas de comerme el mundo.
Ingenua.
Refreno el impulso de rescatarlo. Total, no necesito leerlo para saber lo que pone.
Natalia Kurosawa. Graduada en periodismo. Especializada en investigación. Competente. Trabajadora. Tres años de experiencia en Kousei Media Group, uno de los grupos editoriales más prestigiosos de Japón.
Despedida por...
¿Qué?
Todavía no sé qué palabra poner ahí.
Insuficiente.
Inconveniente.
Obstinada.
Problemática.
Nah, supongo que para una carta de despido era más elegante dejarlo en un ambiguo “finalización de la relación laboral por decisión de la empresa”.
Hijos de puta...
Qué manera más cobarde de decir “ya no te queremos por aquí“.
Ni siquiera se molestaron en justificar los motivos del rechazo de mi investigación.
Tres meses de trabajo a la basura. Cientos de horas revisando movimientos bancarios, registros mercantiles, llamadas, fotografías, contactos en agendas y declaraciones de fuentes que habían arriesgado bastante más que su puesto de trabajo para hablar conmigo.
El director lo había llamado “conexiones circunstanciales”.
Circunstanciales tus revolcones con la zorra de la secretaria, gilipollas.
Doy otro sorbo al café en un vano intento de deshacer el nudo que se me ha formado en la garganta, impotente.
Ese caso tenía todas las papeletas para convertirse en un éxito para mi carrera. Peces gordos, negocios turbios, corrupción... Ese cóctel morboso y sucio que hubiera vuelto loco a la prensa y enganchado a todo el país.
“La caída de Ícaro”, lo había llamado papá antes de que mi madre le propinara un pequeño latigazo a modo de advertencia con el trapo de la cocina.
Y probablemente tenía razón. Quizás había intentado volar demasiado alto.
Quizás el caso me había venido demasiado grande.
— La investigación continúa abierta y, según fuentes policiales, no se descarta que...
Levanto la cabeza hacia la tele, donde el noticiario lleva tiempo actualizando sobre las novedades referentes a la trama de Kenzo Arakawa. El tipo al que la policía lleva siguiendo la pista casi tanto tiempo como yo.
Magnate. Empresario. Filántropo frente a las cámaras. Presunto depredador de menores tras ellas.
Muerto.
¿Muerto?
Parpadeo.
¿Qué coño? No me jodas...
Una fotografía de Arakawa ocupa casi todo el encuadre de la pantalla.
Un hombre de sesenta y pocos años, perfectamente afeitado, traje oscuro a medida, cabello gris peinado hacia atrás. Esboza una de esas sonrisas que parecen haber sido ensayadas frente al espejo hasta conseguir transmitir exactamente lo que se propone.
He visto esa maldita cara demasiadas veces. En revistas, galas, fotografías junto a políticos, inauguraciones, eventos benéficos...
Me acerco despacio hacia la televisión, con el café olvidado en la mano y la resaca aplacada por el impacto de la noticia.
— Ha sido encontrado muerto durante la madrugada de este martes en su residencia de Minato...
El presentador sigue hablando mientras aparecen imágenes del edificio donde residía Arakawa, rodeado de periodistas y agentes uniformados.
Algo se me hiela en el estómago.
Estaban a punto de cogerlo. ¿Qué mierda ha pasado?
—La víctima presentaba tres heridas de bala en el pecho— continúa el presentador—. Las autoridades no han confirmado todavía el móvil del crimen. Fuentes cercanas a la investigación apuntan a que podría tratarse de un ajuste de cuentas relacionado con las actividades empresariales del magnate.
¿Un ajuste de cuentas? ¿En su residencia ultravigilada? ¿Con quién? ¿Con la criada? Me están vacilando...
Dejo escapar una risa seca y doy un sorbo al café tibio.
Claro. Por supuesto.
Un ajuste de cuentas. Es la frase más cómoda y limpia que puede usarse cuando se pretende cerrar una carpeta.
Varias imágenes van apareciendo consecutivamente en la pantalla. Una fundación. Un hotel. Una constructora. Una cadena de restaurantes. Y algunas de las empresas pantalla con las que blanqueaba los ingresos procedentes del verdadero negocio que sustentaba toda su fortuna.
Otra imagen muestra al magnate saliendo de un hotel acompañado de Shuuji Kuroda, uno de sus hombres de confianza y encargado de la contabilidad de algunas de sus empresas. Era bajo, delgado, tenía los pómulos marcados y, por lo que me habían confirmado varias de mis fuentes, tenía la costumbre de buscar la compañía de mujeres bastante más jóvenes que él.
Qué asco.
Entonces aparece un nuevo rostro. Lo reconozco antes incluso de que aparezca el rótulo con su nombre. Me quedo inmóvil.
Joder, Haru...
El jodido inspector jefe Haruto Saito. Responsable de la investigación.
Por supuesto, tenía que ser él.
La cámara se acerca ligeramente mientras responde a las preguntas de la prensa. Se ha afeitado para la ocasión, pero tiene la piel algo irritada bajo la mandíbula. La sombra de una pequeña sonrisa cruza mi rostro.
Ha vuelto a olvidarse el aftershave.
Lo veo componer esa sonrisa cálida y educada que esboza cada vez que intenta ocultar su nerviosismo frente a las cámaras. No obstante, hay un brillo de entusiasmo en sus ojos almendrados. Uno que aparece cuando un giro de los acontecimientos llama su atención.
Lo conozco.
Dios, lo conozco demasiado bien.
Me quedo embobada frente a la pantalla mientras lo veo asentir frente a los periodistas, preguntándome en qué momento decidió que ese corte de pelo le quedaría bien.
Le queda muy bien.
— Bueno, todavía es demasiado pronto para establecer un móvil— responde con confianza. La pantalla no hace justicia a su voz—. Por ahora, nuestra principal hipótesis es que el asesinato puede estar relacionado con un ajuste de cuentas, pero no descartamos ninguna posibilidad.
Hago una mueca de asco y ruedo los ojos, impotente.
— Eso no te lo crees ni tú, chato— protesto.
Lo veo cambiar el peso de su cuerpo a la otra pierna mientras escucha la siguiente pregunta. Toma aire despacio a la par que cruza los brazos.
— Lo siento, todavía no puedo revelar detalles sobre los principales sospechosos— responde con esa sonrisa jodidamente perfecta.
— Todavía no puedo revelar detalles...— lo imito, molesta.
El sonido de unos golpes a mi puerta hace que de un respingo, sacándome de mi ensimismamiento. Carraspeo un instante, recomponiéndome, antes de dirigirme a la entrada.
Celia me mira de arriba abajo cuando abro, reparando en mi aspecto desaliñado. Va impecablemente vestida. Se nota que acaba de salir de la oficina.
Hace dos semanas que no nos vemos, y aunque sigue exactamente igual, puedo adivinar por la forma en que me observa que ella no piensa lo mismo de mí.
— Madre mía, Natalia...
Yo frunzo los labios en una expresión asqueada cuando usa mi nombre completo. Aunque supongo que no puedo culparla. Yo también me preocuparía si algún día la encontrara con pinta de no haberse duchado en días, los ojos marcados por las ojeras y la melena más enmarañada que el nido de una cigüeña.
— Hola a ti también.
Ella resopla y entra con la confianza de alguien que no necesita invitaciones. Deja el bolso en la encimera de la cocina y toma asiento en uno de los taburetes, cruzando las piernas.
— ¿Qué?— le espeto cuando noto que se me queda mirando más de la cuenta.
Odio cuando me tratan con condescendencia.
— Nada. Que no sé si darte un abrazo o llamar al servicio de limpieza.
Yo me encojo de hombros y compongo una media sonrisa, indiferente.
— Puedes hacer ambas cosas. En ese orden.
Celia me fulmina con la mirada, pero suaviza la expresión enseguida. Sé que no puede enfadarse conmigo mucho tiempo.
— ¿Café?
No espero a que conteste porque su respuesta siempre es “por supuesto”.
Le ofrezco una taza, la que tengo reservada exclusivamente para ella. La pija. La que tiene florecitas. No le pregunto cómo lo quiere porque sé perfectamente cómo le gusta.
— Tu madre me ha dicho que no le coges las llamadas... —murmura tras aceptar la taza, preocupada.
Yo arqueo una ceja mientras tomo asiento junto a ella.
— ¿Mi madre te llama para informarte de mis escaqueos?
— Tu madre me llama para informarme de todo.
Un breve silencio se hace entre nosotras y yo bajo la mirada hacia mi propia taza, pensativa y con un deje de culpabilidad.
Ella cambia de tema.
— Pensaba que no querías saber nada del caso...— menciona, señalando la televisión con un movimiento de cabeza.
Mi mirada viaja un instante hacia la pantalla y una parte de mí agradece profundamente que la breve declaración de Haruto haya terminado. No soportaría que me sacara el tema.
— No quiero.
Me he currado mentiras mejores.
Mucho mejores.
Celia arquea una ceja con evidente sarcasmo.
Yo la fulmino con la mirada y ella alza las manos en señal de rendición, resignada, tragándose lo que fuese que iba a decir.
Otro silencio breve. Más pesado.
— ¿Has venido a por la caja?
Ella entristece el rostro. Sabe que me cuesta hablar del tema.
— Lo prometiste.
— Lo sé...
La verdad es que renunciar a mi trabajo de tres meses no me hace ni puta gracia. Y menos ahora que el caso ha dado un giro de ciento ochenta grados.
Sin embargo, soy lo suficientemente adulta como para saber que esto me está afectando demasiado. No gano nada quedándome en vela mientras reviso las anotaciones de una investigación en la que ya no pinto una mierda.
Celia me observa en silencio con una expresión amarga.
— Puedo venir otro día si quieres.
Niego con la cabeza.
— No. Mejor acabar con esto ya— me pongo en pie arrastrando el taburete y me dirijo al pequeño despacho en el que he evitado vanamente entrar en el último mes.
La caja sigue exactamente donde la dejé hace dos semanas. Tres meses de mi vida cuidadosamente guardados en esa mierda acartonada.
Hay algo dolorosamente irónico en que me haya costado menos deshacerme de los recuerdos de Haru que de la investigación.
Frunzo los labios y dejo escapar un suspiro resignado antes de llevarla ante Celia.
— Hay una copia de todo— no puedo evitar darle el informe completo—: mis notas, fuentes, registros, fotografías... Las entrevistas también.
Celia la toma como si fuera el Santo Grial del periodismo y yo no puedo evitar sonreír ante su dramatismo.
— Lo salvaguardaré con mi vida.
— Idiota— murmuro con una mezcla de agradecimiento y tristeza en el pecho.
Frunzo los labios un instante. Mi mirada baja a la caja, y de la caja a Celia.
— Venga, que te lo enseño todo.
Celia pone los ojos en blanco.
— Joder, Nat.
Finjo no escucharla y ella hace un acopio de paciencia para no mandarme a la mierda.
Por eso la quiero tanto.
Abro la caja y comienzo a sacar todo el material. Obvio la información que ya conoce y voy directa a las copias que extraje de las transferencias y las agendas de contacto. Lo revisamos juntas mientras le expongo mis conjeturas.
Ella, por su parte, frunce la nariz cuando escucha algo que no le cuadra demasiado, y no tarda en desmontar mis suposiciones con una lógica que siempre he envidiado en ella y que la convierte en una de las mejores periodistas que he conocido.
Celia no trabaja en el caso de Arakawa, pero conoce la investigación lo suficiente como para mantener una conversación competente sobre el tema.
Mientras ella revisa las últimas actualizaciones de la agenda de contactos que conseguí archivar del caso, yo ojeo las fotos que aún conservo del magnate y su círculo cercano. Algunas de ellas son las que han aparecido en el informativo de hoy. Otras son exclusivas que mis fuentes me han proporcionado.
Chasqueo la lengua.
Pagué una pasta por ellas y ahora solo son un recuerdo amargo de lo que era mi vida hace un mes.
Me detengo en la imagen en la que Arakawa y Kuroda salían de uno de sus coches para dirigirse a un hotel en el que solían reunirse con el resto de sus socios.
— El apellido Zerin se repite bastante— murmura Celia, pasando a la siguiente página.
— ¿Te suenan?
Ella niega con la cabeza.
Yo me encojo de hombros.
— Hay varias familias ricachonas vinculadas con los negocios turbios de Arakawa...— hago una pausa, volviendo a la imagen con resignación—. Pobre Kuroda— una sonrisa torcida, irónica—. Sin su jefe protegiéndole el culo le espera un largo proceso judicial...
Celia deja escapar una risa seca, sin humor.
— Eso será si lo encuentran...
Yo parpadeo un par de veces y cruzo miradas con ella. Por la forma en que esquiva mis ojos y aprieta los labios, doy por hecho que ella misma se acaba de dar cuenta de que se le ha escapado un dato que yo no debería saber.
— ¿Cómo que si lo encuentran...?









