Chapter 1
Oscuridad.
Amiga íntima.
Condena perpetua.
En medio de este encierro ha sido mi única compañía, al igual que las voces inmundas que ocupan mi mente todo el día. Los murmullos siguen; el castigo de revivir cada segundo de aquella noche en bucle. Por más que pase el tiempo, ese estigma de asesina continuará sobre mis hombros hasta el final de mi vida.
Sin embargo, no me arrepiento de nada.
Haberme manchado las manos de su sangre fue un éxtasis indescriptible. Rompí las cadenas que rodeaban mi cuello, destruí al demonio que alguna vez amé para que al final él, incluso muerto, fuese la víctima y yo... terminé en este calabozo, condenada por una decisión irreversible.
No estaba dispuesta a ser un número más en un índice de homicidios por feminicidios, una víctima olvidada por el sistema.
Nadie supo el infierno que tuve que pasar para que tomara la decisión de acabar con su vida. No obtuve consuelo, ni una pizca de piedad por parte del juez, solo un juicio absurdo. En todo caso, ya no me importa lo que se piense de mí; soy lo que soy, blindada por el poder de luchar contra cualquiera.
Todos tenemos un límite, yo crucé el mío.
Ya no hay lágrimas ni gritos, solo una determinación férrea de no volverme a dejar pisotear por nadie y mucho menos por alguien que me ofrezca un paraíso de ensueño.
Dejo escapar una última carcajada en medio de esta celda fría que hace eco contra las paredes carentes de color. Hay quienes piensan que he perdido la cordura; lo cierto es que nunca soltaré mi sentido del humor tan macabro.
El silencio regresa a este hueco asqueroso donde la redención no se atreve a entrar. Aquí todo lo que cruza el umbral se pudre.
Es el molesto chirrido de las barras, ese lamento de metal oxidado que se arrastra sobre el riel, lo que rompe el silencio con violencia. Levanto la cabeza con una lentitud dramática y dibujo una amplia sonrisa en mis labios rotos.
Después de seis años de condena, por fin me dejarán ir.
-Soler, es hora de irse -anuncia una voz profunda que en un principio me hacía temblar.
Berta Ordóñez aparece en mi campo de visión con ese semblante duro que siempre la ha caracterizado. Cuando el demonio descendió del Cielo, tomó la forma de esa odiosa guardia: capaz de repartir golpes e insultos sin piedad. La peor escoria de esta pútrida cárcel. Lo que más odio de ella es esa jodida mirada de superioridad.
Su deseo más oscuro siempre fue que yo muriera en ese cuarto de castigo al que muchas veces me envió.
-Es una pena que mi estancia en este lugar haya llegado a su fin. Te echaré tanto de menos -menciono con un toque sutil de sarcasmo-. Espero que tú también a mí. -Le guiño un ojo-. Solo espero que encuentres pronto a quien joderle la vida, porque yo tengo mejores cosas que hacer allí afuera.
Pongo los pies sobre el suelo, muevo los hombros adelante y hacia atrás para soltar toda la tensión que llevo acumulada. Me levanto con elegancia para ir hacia ella. Su imponente figura abarca todo el espacio como una muralla de concreto; sus ojos oscuros caen sobre mí, fríos, afilados, peligrosos. A pesar de la diferencia de alturas, jamás me permití agacharle la cabeza.
No volvería a hacerlo.
Compartimos miradas en un juego de egos que nunca tuvo final. Pero no es momento para perder el tiempo con una mujer como ella, así que me aparto de su lado hacia la salida de mi habitación temporal. Camino por el pasillo principal pisando fuerte, sin esposas, sin el peso del metal apresando las muñecas ni la sombra de un guardia respirándome en la nuca.
En cuanto avanzo, varias compañeras sueltan chiflidos y gritos de euforia. El orgullo no me cabe en el cuerpo, así que sonrío y me despido con un gesto de mano, como una celebridad.
Y siento que eso fui: mi estadía en esta cárcel no pasó desapercibida.
Fui el ejemplo de una rebeldía incendiaria, el recordatorio viviente de que los barrotes solo encierran el cuerpo, pero no la voluntad. Una maldita desquiciada capaz de levantarme cuando las cosas no eran justas. Muchas me seguían; era una líder de la revolución. Y, claro, también tuve detractoras, como aquella pelirroja que en este instante me mira tras los barrotes con un odio que traspasa el metal.
Detengo mis pasos solo para gozarme este momento de gloria.
-La niña bonita por fin se va de casa, ¿eh? -suelta un siseo cargado de veneno puro-. Este infierno no será lo mismo sin ti. -Los dientes amarillos le asoman entre su sonrisa-. ¡Espero que te mueras allá afuera, que sufras mucho, ¡mucho! -advierte golpeando la barra con el puño.
Le contesto con un guiño y una sonrisa ladina. Sigo adelante, consciente de que ya no tendré que lidiar con basuras como ella.
En la oficina principal recibo mis pertenencias y firmo el acta de libertad con un trazo firme, sintiendo cómo cada letra me devuelve legalmente la existencia ante el Estado. A mi firma le agrego una carita feliz que provoca el ceño fruncido de la secretaria, pero no me importa.
Por fin me libero de ese horrible uniforme naranja descolorido que ni siquiera combinaba con el café de mis ojos. Al sentir mi propia ropa, siento cómo me abriga otra identidad, aunque no sea la misma que dejé antes de llegar aquí.
De camino a la salida, Berta me sigue de cerca, acariciando su arma de dotación como si pensara que haré algo contra ella. Su dedo pasa por el gatillo como quien sueña con dispararme entre los ojos.
Las pesadas puertas metálicas se abren frente a mí. Afuera me espera el paisaje soleado. La luz me golpea con fuerza, obligándome a entrecerrar los ojos mientras el olor a asfalto caliente y libertad me llena los pulmones por primera vez en seis años.
Doy dos pasos vacilantes, como si temiera lo que me espera afuera. Tomo una bocanada de aire y continúo... pero me detengo en seco.
Olvidé despedirme.
Giro sobre mi eje para encarar al demonio de piel pálida.
-Por fin te vas, ratita -dice antes de que abra la boca.
Siempre me llamó así desde que ingresé aquel catorce de diciembre. Yo, por mi parte, le tenía otro apodo: Tronchatoro. Una vez la llamé así y me respondió con un golpe tan certero en el estómago que me dolió hasta comer.
Paso una mano por mi cabello rojizo y lo sacudo como toda una diva.
-Disfrutaré cada día de mi libertad en tu nombre -canturreo. Meto las manos en los bolsillos de mis vaqueros-. Sin más que decir, me despido, Tronchatoro.
Inclino el cuerpo en una reverencia y le escupo en la cara. Berta limpia mi saliva con los dedos y me dedica una de sus peores miradas. Retomo mi camino, satisfecha por haber humillado a esa bola de músculo con tetas.
-¡Maldita perra! -exclama detrás de mí-. ¡Volverás aquí, te lo aseguro!
Estoy segura de que no. No volveré a tropezar con la misma piedra.
La brisa cálida del verano sacude mi cabello de forma teatral. La naturaleza me da la bienvenida a mi nueva vida. El mundo exterior se siente enorme, ruidoso y extrañamente brillante, distinto a lo que conocí antes de ser encerrada.
Justo allí está parqueado un auto rojo vibrante, demasiado extravagante para mi gusto, pero que sé a quién pertenece. La sensación de familiaridad me hace sonreír con alegría genuina.
La ventanilla baja, mostrando las pecas tan conocidas de mi querida hermana. Se me llenan los ojos de lágrimas al verla después de tanto tiempo. Ella aprieta los labios, conteniendo las suyas.
-Vamos a casa, Eva.
Fantástico. Por fin soy libre.


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