LIBRO I: LOS ORÍGENES Capítulo I: El principio
LIBRO I: LOS ORÍGENES
Toda historia comienza con un principio.
Pero esta no comenzó con un mundo.
No comenzó con una estrella.
Ni siquiera comenzó con la existencia.
Comenzó con alguien que observaba la nada.
No había oscuridad, porque incluso la oscuridad necesitaba existir para poder ser percibida.
No había luz.
No había espacio.
No había tiempo.
No había mundos, dimensiones, estrellas ni vida.
No había absolutamente nada.
Y, en medio de aquella ausencia absoluta, existía una única presencia.
El número uno.
Permanecía allí.
Solo.
Observando aquello que no tenía nada que observar.
Podía crear.
Podía destruir.
Podía hacer cualquier cosa.
Pero no quería gobernar.
No quería encargarse de cada pequeño acontecimiento de una existencia.
Quería algo diferente.
Quería crear un mundo y observar qué ocurriría con él.
No sabía qué sucedería.
Y precisamente por eso decidió hacerlo.
Sin embargo, había algo que no quería hacer.
No quería guiar aquello que crearía.
No quería convertirse en su gobernante.
Así que, de su propia voluntad, surgió una nueva existencia.
Una figura apareció ante él.
Era la primera de aquellas creaciones.
La llamaron Gimmi, la Diosa Original.
Gimmi abrió los ojos.
Desde el instante de su nacimiento sabía quién era el número uno.
Sabía qué era.
Y sabía cuál era su función.
No necesitó que él se la explicara.
Había nacido con aquel propósito.
Guiar a los Elementos Originales.
El número uno no tuvo que darle instrucciones.
Simplemente le había concedido aquella responsabilidad.
Y después volvió a observar.
Entonces comenzó algo que cambiaría aquella nada para siempre.
Los Elementos Originales comenzaron a aparecer.
Uno.
Después otro.
Y otro.
Y otro más.
No existía un número limitado para aquello que podía convertirse en un fundamento.
Todo aquello que necesitara una base para existir podía tener su propio Elemento Original.
La creación.
La vida.
La realidad.
El tiempo.
La muerte.
La luz.
La oscuridad.
Las emociones.
Y muchos otros.
Cada uno apareció con su propia naturaleza.
Con su propio fundamento.
Con su propia autoridad sobre aquello que representaba.
Gimmi comenzó inmediatamente a guiarlos.
No tenía que enseñarles quiénes eran.
Ellos lo sabían.
Pero necesitaban comprender cuándo debían actuar y cómo desplegar aquello que representaban.
Así comenzó la primera gran obra.
El Elemento Original de la Creación recibió la guía necesaria.
Y creó un plano.
Al principio no había nada dentro de él.
Era simplemente un espacio vacío.
Un lugar donde algún día podrían existir mundos.
Estrellas.
Planetas.
Vida.
Todo aquello que todavía no existía.
El espacio comenzó a crecer.
Y entonces aparecieron las primeras estrellas.
Jóvenes.
Brillantes.
Extendidas por aquella inmensidad.
Después comenzaron a aparecer los planetas.
Uno tras otro.
El universo comenzaba a tomar forma.
Pero un universo lleno de mundos todavía estaba vacío.
Necesitaba algo más.
Necesitaba vida.
El Elemento Original de la Vida comenzó entonces a cumplir su función.
Y la vida apareció.
Pero no era la vida que existiría en eras posteriores.
Las primeras criaturas eran humanoides.
Sus cuerpos estaban formados por una luminosidad relacionada con su naturaleza.
No tenían rostros.
No tenían ojos.
No tenían bocas.
Eran figuras simples, extrañas y primitivas.
Algunas incluso tenían formas deformes, casi monstruosas.
Pero estaban vivas.
Y comenzaron a cambiar.
Poco a poco.
Generación tras generación.
Las criaturas comenzaron a reunirse.
A formar pequeños grupos.
Después aldeas.
Después comunidades.
Y finalmente comenzaron a aparecer las primeras civilizaciones.
Mientras aquello ocurría, otros fundamentos también comenzaban a manifestarse dentro del universo.
Los dioses aparecían cuando una función necesitaba ser guiada.
No existía una lista predeterminada de dioses.
Cuando algo requería una voluntad propia que lo dirigiera, un dios podía nacer.
Así nació el primero.
El Dios del Espacio.
Su nacimiento ocurrió por voluntad de aquello que necesitaba ser guiado.
Y cuando abrió los ojos, ya conocía su función.
No tuvo que aprenderla.
No tuvo que preguntarla.
Su propósito estaba dentro de él.
Debía encargarse de que el espacio pudiera desarrollarse.
De que las estrellas nacieran.
De que los planetas ocuparan su lugar.
De que aquella inmensidad pudiera continuar creciendo.
Y comenzó a hacerlo.
Pero la creación todavía era joven.
Las primeras formas de vida apenas estaban descubriendo lo que significaba existir.
Entonces intervino otro fundamento.
La magia.
El Elemento Original de la Magia observó aquel pequeño universo.
Para él, aquella existencia todavía podía ser más bella.
Podía desarrollarse mucho más rápido.
Entonces utilizó su propio fundamento y lo introdujo en aquella creación.
La magia comenzó a integrarse en las primeras formas de vida.
Las criaturas comenzaron a sentirla.
A utilizarla.
A descubrir sus posibilidades.
Al principio levantaban pequeñas cantidades de agua.
Después podían hacer que la naturaleza respondiera a su voluntad.
Podían hacer crecer árboles enormes.
Podían alterar aquello que las rodeaba.
Y poco a poco descubrieron que prácticamente cualquier cosa que imaginaran podía convertirse en una posibilidad.
La magia les había dado libertad.
Una libertad que todavía no tenían la madurez para comprender.
Para ellos, aquello era fascinante.
Era un juego.
Y comenzaron a experimentar.
Algunos descubrieron que podían utilizar la energía que existía fuera de sus planetas.
Incluso podían alcanzar la energía de las estrellas.
Los soles.
Aquellas criaturas podían percibirlos y manipular parte de la energía que emitían.
Y aquello cambió todo.
La vida continuó extendiéndose.
El Elemento Original de la Vida no se detenía.
Una vida daba paso a otra.
Después aparecía otra.
Y otra más.
Planetas enteros recibieron habitantes.
En algunos sistemas solares, casi todos sus mundos podían sostener vida.
En uno de ellos, de diez planetas, nueve podían albergarla.
Las pequeñas civilizaciones comenzaron a crecer.
Pero también comenzaron a encontrarse.
Los habitantes de un mundo podían percibir otros planetas.
Podían observar otras formas de vida.
Y podían llegar hasta ellas.
No necesitaban construir naves.
No necesitaban recorrer el vacío.
Si deseaban encontrarse en otro planeta, podían simplemente hacerlo.
Miraban hacia un mundo lejano.
Lo deseaban.
Y aparecían allí.
Al principio aquello parecía maravilloso.
Hasta que aparecieron las fronteras.
Los habitantes de los planetas no recibían con agrado a quienes aparecían en sus mundos.
No eran iguales.
Eran diferentes.
Y muchos comenzaron a considerarlos inferiores o peligrosos.
Los primeros ataques comenzaron.
Los visitantes se defendían.
Los habitantes del planeta también.
Cada grupo creía ser superior al otro.
Cuando alguien moría, la disputa no terminaba.
El planeta de donde provenía aquel ser respondía.
Después el otro planeta respondía nuevamente.
Una muerte provocaba otra.
Y aquella otra provocaba muchas más.
Las pequeñas disputas comenzaron a transformarse en guerras.
Las civilizaciones comenzaron a dividirse.
Aparecieron grupos que consideraban que quienes poseían menos poder no eran importantes.
La fuerza empezó a convertirse en una medida de valor.
Los líderes surgieron.
Pero el liderazgo tampoco permanecía estable.
Alguien podía dirigir un grupo.
Otro podía considerarlo débil.
Entonces lo atacaba.
Lo derrotaba.
Y ocupaba su lugar.
Después aparecía alguien todavía más fuerte.
Y el ciclo comenzaba nuevamente.
Así surgieron las primeras estructuras de poder.
Mientras tanto, las criaturas seguían descubriendo nuevas posibilidades.
Algunas desarrollaban capacidades particulares.
Otras descubrían métodos completamente nuevos.
No existía un límite claro para lo que podían intentar.
Eran jóvenes.
Su universo también era joven.
Y sus poderes habían crecido mucho más rápido que su comprensión.
Entonces descubrieron algo que parecía todavía más poderoso que cualquier magia que hubieran utilizado antes.
Los soles.
Comenzaron a absorber su energía.
No poco a poco.
No con precaución.
Lo hacían de manera abrupta.
Tomaban cantidades enormes de aquella energía sin comprender qué estaban alterando.
Y utilizaban aquella fuerza para combatir.
Los planetas jóvenes comenzaron a sufrir.
Sus estructuras todavía eran inestables.
Las enormes cantidades de magia utilizadas durante los enfrentamientos podían provocar desastres.
El suelo temblaba.
Las placas tectónicas podían desplazarse.
La naturaleza podía quedar completamente alterada.
Pero ellos todavía no entendían el peligro.
Eran, en esencia, seres recién nacidos jugando con poderes que no comprendían.
Y mientras todo aquello ocurría, los Elementos Originales observaban.
No intervenían.
También ellos eran jóvenes.
Todavía estaban aprendiendo qué significaba realmente cumplir con sus fundamentos.
El Elemento Original de la Vida continuaba creando.
Todavía no comprendía la magnitud de aquello que estaba haciendo.
El Elemento Original de la Magia observaba a sus criaturas utilizar aquello que les había concedido.
Para él, su fundamento estaba cumpliendo su propósito.
Les proporcionaba libertad.
Y ellos estaban utilizando esa libertad.
Gimmi observaba.
Guiaba cuando era necesario.
Pero tampoco intervenía en las decisiones de aquellas civilizaciones.
Y el número uno...
seguía observando.
No sentía preocupación.
No intentaba corregirlos.
No detenía sus guerras.
No impedía que utilizaran la energía de las estrellas.
Simplemente observaba.
La rivalidad entre los mundos continuó creciendo.
Ya no bastaba con demostrar quién era más fuerte dentro de una pequeña comunidad.
Los planetas competían.
Las especies competían.
Los líderes competían.
Y entre todos ellos comenzó a surgir una idea cada vez más peligrosa:
ser superiores a los demás.
En el planeta número diez, aquella ambición encontró un terreno especialmente fértil.
Sus habitantes comprendieron que, unidos, podían concentrar mucho más poder.
Así que comenzaron a reunirse.
Uno tras otro aportaron su magia.
Después comenzaron a absorber energía de su Sol.
Más.
Y más.
La energía se acumuló.
Los demás planetas podían verla desde la distancia.
Una concentración de poder cada vez mayor.
Los habitantes del planeta diez contemplaron aquella fuerza.
Y eligieron un objetivo.
El planeta número cuatro.
Liberaron todo.
La energía atravesó el espacio.
Y alcanzó aquel mundo.
El planeta cuatro fue destruido.
Su existencia terminó bajo aquella demostración de poder.
Los demás mundos contemplaron lo ocurrido.
Y comprendieron que aquellos seres podían destruir planetas enteros.
Pero el planeta diez no sería el último.
El planeta nueve también quiso demostrar su superioridad.
Sus habitantes observaron lo ocurrido y decidieron intentar algo semejante.
Utilizaron toda la magia que poseían.
Y buscaron la mayor fuente de energía que conocían.
Su Sol.
Comenzaron a absorberlo.
No comprendían lo que estaban haciendo.
Solo querían poder.
Más poder.
Hasta que la joven estrella dejó de soportar aquello.
Su equilibrio se quebró.
Y el Sol explotó.
Una supernova iluminó aquella región del universo.
El planeta nueve desapareció.
Y con él desapareció todo lo que se encontraba a su alrededor.
Los demás observaron.
Pero algunos no aprendieron.
Intentaron hacer lo mismo.
Otros buscaron absorber todavía más energía.
Las estrellas comenzaron a sufrir.
Los mundos comenzaron a caer.
Las guerras se extendieron.
Una destrucción provocaba otra.
Hasta que aquella pequeña creación comenzó a perder su estabilidad.
El universo que había nacido de la voluntad del Elemento Original de la Creación comenzó a colapsar.
Las estrellas.
Los planetas.
La energía.
La magia.
Todo comenzó a reunirse.
Todo aquello que había sido creado comenzó a regresar sobre sí mismo.
La estructura de aquel universo ya no podía sostenerse.
Y finalmente...
colapsó.
La pequeña esfera que los Elementos Originales habían observado durante tanto tiempo dejó de existir.
El primer universo había llegado a su final.
Los Elementos Originales quedaron estupefactos.
Habían visto aquella creación nacer desde la nada.
Habían visto aparecer sus primeras estrellas.
Habían contemplado surgir la vida.
Habían observado sus primeras civilizaciones.
Habían visto cómo aquellas criaturas descubrían la magia.
Cómo alcanzaban otros mundos.
Cómo construían sociedades.
Cómo comenzaban sus guerras.
Y también habían visto cómo todo aquello terminaba destruyéndose.
No intervinieron.
Nunca lo hicieron.
Solo habían observado.
Gimmi permaneció en silencio.
El Elemento Original de la Vida contempló el vacío que había quedado.
El Elemento Original de la Magia también observó.
Su fundamento había dado libertad a aquellas criaturas.
Y aquellas criaturas habían utilizado esa libertad hasta llevar su creación a su propio final.
Pero tampoco hubo intervención.
Y, apartado de todos ellos, estaba el número uno.
El mismo que había observado el comienzo.
Ahora observaba el final.
No dijo nada.
No hizo nada.
No intentó reconstruirlo.
Simplemente contempló el lugar donde alguna vez había existido aquel pequeño universo.
Había creado aquella existencia porque no quería gobernarla.
Quería observar qué ocurriría.
Y ahora lo sabía.
Había observado su principio.
Había observado su crecimiento.
Y había observado su final.
La primera creación había terminado.
Había durado aproximadamente diez mil años desde su formación hasta el comienzo de su colapso.
Y durante los siguientes dos mil años, aquella creación agonizó mientras su propia estructura se destruía poco a poco.
Después de doce mil años desde su nacimiento...
ya no quedó nada.


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