Capítulo 1 — La paciente que nadie podía diagnosticar
A las seis y cuarenta y tres de la mañana, el Hospital San Gabriel ya estaba despierto.
Los pasillos estaban llenos de médicos caminando deprisa, enfermeras empujando carros y pacientes esperando ser llamados. Las máquinas emitían pitidos constantes y, desde alguna parte del edificio, alguien discutía porque la cafetería todavía no había abierto.
La doctora Valeria Montes caminaba por el pasillo con una libreta pequeña bajo el brazo.
Tenía veintinueve años y llevaba casi diez minutos intentando terminar un café que ya estaba frío.
—¿Sabes que existe una cosa llamada desayuno? —preguntó una voz detrás de ella.
Valeria ni siquiera tuvo que girarse.
—¿Sabes que existe una cosa llamada trabajar?
Daniel Reyes apareció a su lado con dos cafés.
—Precisamente. Por eso traje otro.
Valeria tomó el vaso.
—¿Y este sí está caliente?
—No.
—Entonces no aprendiste nada.
Daniel sonrió.
—Buenos días para ti también.
Valeria soltó una pequeña risa.
Con Daniel era fácil olvidarse por unos segundos de que trabajaban en un hospital.
Él era enfermero y su mejor amigo desde hacía años. Tenía la extraña habilidad de encontrar un comentario gracioso incluso en los momentos más agotadores.
—Tenemos una paciente nueva —dijo Daniel mientras caminaban—. Sala de observación tres.
—¿Qué tiene?
—Ese es el problema.
Valeria lo miró.
—¿No saben?
—Llevan dos días intentando averiguarlo.
Eso consiguió borrar la sonrisa de su rostro.
Cuando llegaron a la sala tres, Valeria abrió el expediente.
Elena Cruz.
Treinta y siete años.
Dolor recurrente, cansancio extremo, episodios de desorientación y varios resultados que no parecían coincidir entre sí.
Valeria pasó las páginas.
—¿Qué dicen las pruebas?
—Nada concluyente.
—¿Nada?
—Nada que explique todo.
Valeria entró.
Elena estaba sentada en la cama mirando por la ventana.
Parecía tranquila.
Demasiado tranquila.
—Buenos días, Elena. Soy la doctora Montes.
La mujer sonrió débilmente.
—¿Usted es la doctora que va a decirme que tampoco saben qué tengo?
Valeria se quedó un segundo en silencio.
—Voy a intentar algo mejor.
—¿Qué?
—No mentirle.
Elena sonrió.
—Me gusta usted.
Valeria se acercó y comenzó a hacer preguntas.
¿Cuándo empezaron los síntomas?
¿Había ocurrido algo diferente antes?
¿Había antecedentes familiares?
¿Había tomado algún medicamento recientemente?
Elena respondió a todo.
Nada parecía explicar el conjunto de síntomas.
Valeria revisó nuevamente los informes.
No tenía sentido.
Se acercó para tomarle el pulso.
Sus dedos tocaron la muñeca de Elena.
Y entonces ocurrió.
El mundo desapareció.
No hubo pasillo.
No hubo máquinas.
No hubo voces.
Solo oscuridad.
Valeria abrió los ojos, pero ya no estaba viendo la habitación.
Estaba viendo el interior de Elena.
No exactamente como una radiografía.
Era algo distinto.
Una figura humana transparente apareció frente a ella, atravesada por líneas luminosas.
Algunas zonas brillaban.
Otras estaban completamente oscuras.
Y había algo más.
Una especie de sombra recorría el cuerpo siguiendo un patrón que Valeria jamás había visto.
La sombra avanzó.
Valeria sintió un fuerte zumbido en los oídos.
Entonces vio una imagen.
Un reloj.
Las manecillas marcaban las 3:17.
Después apareció una puerta.
Una puerta blanca.
En ella había un número.
17.
La visión desapareció.
Valeria soltó la muñeca de Elena.
Retrocedió un paso.
—¿Doctora?
Valeria respiró profundamente.
—Estoy bien.
No estaba bien.
Miró sus manos.
No había nada extraño en ellas.
Elena la observaba.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Se puso pálida.
—Estoy un poco cansada.
Era mentira.
Valeria tomó nuevamente el expediente.
Pero ahora los números parecían moverse frente a sus ojos.
Volvió a mirar a Elena.
Nada.
Normal.
Solo una paciente enferma.
Se obligó a concentrarse.
—Voy a pedir otra prueba.
—¿Otra?
—Sí.
—¿Cree que encontrará algo?
Valeria dudó.
—Creo que hay algo que estamos pasando por alto.
Salió de la habitación.
Daniel estaba esperando afuera.
—¿Qué ocurrió?
—Nada.
—Valeria.
—De verdad.
Daniel levantó una ceja.
—Te conozco desde hace nueve años.
—Entonces sabes que cuando digo que no pasó nada...
—Pasó algo.
Valeria miró hacia la puerta de la habitación.
—No sé qué vi.
Daniel dejó de bromear.
—¿Viste algo?
Valeria abrió la boca.
No pudo responder.
Porque al otro lado del pasillo, una puerta acababa de cerrarse sola.
17.
Valeria sintió que el corazón le daba un golpe.
—Daniel...
—¿Qué?
Ella señaló la puerta.
—¿Esa habitación estaba abierta?
Daniel miró.
—No.
Valeria caminó lentamente hacia ella.
La puerta tenía polvo en el borde.
Parecía llevar muchísimo tiempo sin utilizarse.
Daniel comprobó el registro electrónico.
—No hay ningún paciente aquí.
Valeria acercó la mano al pomo.
Antes de tocarlo, escuchó algo.
Un golpe.
Toc.
Daniel la miró.
Otro.
Toc.
Valeria dejó de respirar.
El tercero llegó acompañado de un sonido casi imperceptible.
Como si alguien hubiera susurrado desde el otro lado.
—Valeria...
Ella retiró la mano.
Daniel se quedó completamente serio.
—¿Eso fue...?
—Sí.
Los dos retrocedieron.
Ninguno abrió la puerta.
Todavía.
Valeria regresó a la sala de observación intentando convencerse de que había sido una coincidencia.
Pero cuando volvió a mirar a Elena, algo había cambiado.
La paciente estaba dormida.
Sobre la mesa había una libreta que antes no estaba allí.
Valeria se acercó.
La abrió.
La primera página estaba vacía.
La segunda también.
En la tercera había una sola palabra escrita con tinta negra.
VESPERA.
Valeria sintió un escalofrío.
Ella conocía esa palabra.
O, al menos, creía conocerla.
La había visto durante aquella visión.
Pero había algo imposible.
La libreta no era de Elena.
Era de Valeria.
Y ella estaba completamente segura de que nunca había escrito esa palabra.
Cerró la libreta.
Al levantar la mirada, Elena seguía dormida.
Pero el reloj de la pared acababa de detenerse.
3:17.








