War Of Arcane Thrones: Todo Debe Arder by WMS at Inkitt
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War Of Arcane Thrones: Todo debe arder

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Summary

Horrorizado por la purga del pueblo de Ursh, Jayet se cuestiona si su actos y su propósito son tan justos como su fe dicta. ¿Los santos también manchas sus manos con la sangre de inocentes?

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1
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n/a
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18+

Chapter 1 Todo debe arder

La fogata crepitaba con una calma que no pertenecía a aquel lugar, el fuego lamiendo la leña con una delicadeza casi hipócrita, como si intentara convencer a los vivos de que también podía ser tibio, que podía consolar. Jayet lo miraba sin verlo, los ojos dorados fijos en las llamas, pero la mirada puesta en otra parte.

Estaba sentado sobre una piedra plana, los codos apoyados en las rodillas, el cuerpo encorvado como si el peso de la armadura de cuero y escamas fuera demasiado para sus hombros. No era así.

Como Suplicante, su deber era otro: ser una espada ágil que fuera lo que sus superiores no podían ser. Pero ahora se sentía incluso más pesado que aquellos guerreros.

Alzó las manos lentamente.

El cuero de los guantes estaba rígido, oscurecido en las palmas y entre los dedos. Sangre seca. No la suya. La sangre de una mujer que lo había mirado con los ojos abiertos, con la boca abierta, con su hija escondida detrás de su espalda.

Jayet apartó la vista, pero no pudo apartar las imágenes. Estaban dentro de él, pegadas al reverso de los párpados, esperando a que parpadeara para volver a mostrarse. El golpe de su espada, rápido, tan rápido que ni siquiera recordaba haberlo decidido. El grito chillón de la niña, el silencio después.

Luego vino el pasillo, el rincón oscuro, las lágrimas, los temblores, el miedo, el arrepentimiento, la sensación de fracaso, su espalda contra la pared de adobe, las rodillas contra el pecho, los dedos apretando la empuñadura como si aquel trozo de metal pudiera devolverle la certeza que había perdido.

No la devolvió.

A lo lejos, el pueblo del Pinar de Ursh ardía. Las llamas se alzaban contra el cielo nocturno, devorando techos y ventanas, escupiendo brasas al viento. El humo ascendía en columnas negras y espesas, y de vez en cuando un resplandor anaranjado coincidía con los himnos devocionales que entonaban los demás Suplicantes en el campamento.

Jayet no sentía orgullo. Solo un asco hondo, físico, que le subía por la garganta como bilis al verlos tan exaltados mientras comían, compartiendo pan duro de harina negra y té de kor de las cantimploras. Jayet apenas había comido o bebido. No tenía estómago para eso ahora.

Se preguntó si ellos también los habían oído. Si también los oían ahora gritar dentro de sus cabezas, si de verdad creían que aquello era justo, que era santo, que era necesario.

Se llevó una mano al pecho, sobre el colgante de oro que llevaba al cuello. Una copa de la que emergía un fénix. Se lo había dado su madre al partir de la capital. Le había dicho que el Sol lo protegería, que la fe lo haría fuerte, que volvería convertido en un guerrero digno.

No se sentía digno ahora. Se sentía un monstruo, como los que le habían dicho que iba a erradicar.

El cielo comenzó a escupir hollín negro, denso y lento. A Jayet le recordó al kor, a las mañanas en la dorada Aethern'Rha, cuando su madre lo despertaba antes del alba y juntos recorrían techos y calles recogiendo la dorada ceniza en cestos de mimbre.

Recordaba cómo los llevaban a los sacerdotes en los templos y cómo estos los bendecían. Cómo ella le acariciaba el cabello y le decía que el Sol los amaba.

Ahora el hollín le manchaba la armadura, se mezclaba con la sangre seca de los guantes, y Jayet solo sentía un vacío amargo. Aquella ceniza no era renovación, y sabía muy bien que nada de lo que había hecho esa noche servía a un fin mejor que no fuera el asesinato y la destrucción.

El sonido de unas pisadas pesadas lo sacó de sus pensamientos. Jayet no se levantó. No giró la cabeza. Llevaba horas esperando aquel momento, que sabía, llegaría a su debido tiempo.

Una luz y un calor tan intenso como el de la fogata se detuvieron a su espalda. Un sonido metálico se posó junto a su cuello, y con él, otro calor aún más abrasador.

—No has comido ni bebido. Si no estás en penitencia, estás faltando a su gratitud, Suplicante Jayet.

Jayet sintió la voz como el crepitar de la leña frente a él. Observó la hoja dorada que esperaba al lado de su cuello, inmóvil, paciente.

—No es penitencia, ni ofensa, Preta'Rhayet Korvash —dijo, y su propia voz le supo a hollín—. No me siento digno de su generosidad.

Un crujido lento vino desde el sol a su espalda. La armadura del Preta'Rhayet se asentó con un quejido metálico, y Jayet sintió el calor aumentar.

—¿Nunca has derramado sangre, Suplicante?

Jayet se tensó. Sus puños se cerraron con fuerza sobre las rodillas, y el cuero de los guantes volvió a crujir. Por un instante, la imagen de la mujer volvió a aparecer.

—Ya no soy solo una voz más en los coros de Aethern'Rha —respondió, con ira—. He derramado sangre… pero…

Se interrumpió. Tragó saliva. Las palabras se le atascaron en la garganta, como si el solo hecho de pronunciarlas fuera a hacerlas más reales.

—¿Por qué te ocultaste? —insistió Korvash, sin moverse, sin apartar la hoja—. No somos estos herejes. Ni los otros. No nos ocultamos.

La pregunta cayó sobre Jayet como una losa. Cerró los ojos un instante. Luego los abrió y miró al frente, hacia la fogata, hacia las llamas que seguían lamiendo la madera con la misma falsa ternura de antes.

—Me escondí porque vi lo que hice —dijo al fin—. Porque no vi a un hereje. Vi a una madre. Vi a una hija. Vi a hombres con hoces y palos, no con espadas. Y los matamos igual. Los quemamos igual. Como si fueran bestias.

Su pecho subió y bajó con fuerza. Su boca sabía a humo ahora, amarga, lanzando las palabras como algo que ya no podía contener.

—Yo creía que esto era distinto. Que éramos distintos.

Jayet pensó que quizás aquella espada le reclamaría ahora que se había desahogado, pero el golpe nunca llegó.

—¿Viste en ellos a tu familia, Suplicante?

Jayet guardó silencio. Solo quería que el pesar en su mente pasara y con él sus actos.

—Distingue entre lo puro y lo que debe arder, Suplicante. Viste a una madre. Yo a una maestra que enseñaría a su cría a odiar lo que representamos. Viste a campesinos. Yo vi a quienes dan de comer a los monstruos de la noche. No somos distintos de ellos, Suplicante. Somos mejores.

Jayet apretó los dientes.

—¡ERAN SOLO HOMBRES, MUJERES Y NIÑOS! ¡NO VI NINGÚN MONSTRUO DE LA NOCHE! Solo… solo vi miedo en sus ojos.

Korvash guardó silencio un instante. Luego, con la misma lentitud con que se movía su cuerpo calcinado, retiró la espada del cuello de Jayet y la envainó con un chasquido seco.

—Levántate, Suplicante. Acompáñame.

Jayet obedeció. Sus piernas entumecidas protestaron al incorporarse, y por un momento el mundo se balanceó ante sus ojos. Korvash no lo esperó. Echó a andar hacia la linde del campamento, y Jayet lo siguió unos segundos después.

---

El Preta'Rhayet era enorme. Su título podía traducirse como "Paladín Solar" en idiomas menos sagrados que el kaijariano, pero igual de exactos para describir la figura dorada que iluminaba el bosque.

Cada zancada suya equivalía a dos de Jayet, y aun así no era rápido. Su andar era pesado; las placas doradas de su armadura rechinaban con el movimiento, un quejido metálico que se repetía como un rezo monótono, acompañado por el crujido seco de su cuerpo calcinado bajo las juntas del metal.

Jayet caminaba detrás, observando.

La armadura de Korvash era una obra de los sacerdotes herreros del Rashen'Rha Akal. Cada placa estaba grabada con motivos sagrados: cálices de los que brotaban llamas, fénix con las alas extendidas, pergaminos con oraciones y promesas. El conjunto brillaba como si hubiera atrapado la luz del sol mismo y ahora la usara para iluminar el bosque a su alrededor.

Jayet alcanzaba a ver la piel de Korvash bajo la armadura: parecían más brasas de carbón que carne y hueso, y emitían un calor tenue. De vez en cuando el campeón movía un brazo y las fisuras se abrían un instante, dejando ver un rojo anaranjado, como ascuas enterradas bajo aquella piel oscura y calcinada.

Jayet apartó la mirada. No por asco, sino por considerarse indigno de apreciar la obra del 17mo.

Korvash se detuvo frente a un claro pequeño, donde la luz rojiza de la luna se filtraba entre las copas.

—Observa el suelo —dijo.

Jayet bajó la mirada. No vio nada distinto: tierra negra, hojas, alguna piedra blanca.

Korvash hincó una rodilla en la tierra. Con una lentitud ceremonial, deslizó los dedos enguantados en oro hasta un saquito que colgaba de su cinturón y extrajo un puñado de kor, que vertió sobre la tierra.

Luego, sin apartar la mirada del suelo, desenvainó su espada de Arcanita Ardiente. La hoja despertó al instante, envuelta en llamas doradas que danzaban con vida propia. Korvash clavó la hoja en las cenizas. Las llamas se extendieron por el kor, pero no como Jayet esperaba. No ardieron doradas, ni naranjas. Comenzaron a tornarse rojas, un rojo oscuro y enfermizo que ondulaba como un animal herido. Y luego, con un siseo húmedo, se apagaron, dejando tras de sí una columna de humo graso y espeso que ascendió en espiral y se disipó en la noche.

Jayet se quedó atónito.

—No entiendo —dijo, la voz apenas un susurro—. El kor no arde así. Nunca…

Korvash no respondió de inmediato. Se levantó con la misma lentitud de siempre, y su espada volvió a la vaina con un quejido metálico.

—Observa el cielo, Suplicante.

Jayet alzó los ojos. Y la vio.

Una luna roja, enorme, colgaba sobre el bosque como una herida abierta en el firmamento, tiñendo el mundo de un resplandor carmesí. La había visto cientos de veces, cada noche. Todos la habían visto. Todos la odiaban.

Un asco profundo le subió por la garganta, y antes de poder contenerse, sus labios se curvaron en una maldición silenciosa.

—Maldita seas —escupió entre dientes, sin apartar los ojos.

Korvash lo observó sin inmutarse.

—Como Kaijara es recipiente de la gracia del 17mo, estas tierras lo son de la corrupción de su patrón sanguinario. Todo lo que ves, todo lo que tocas, todo lo que respiras en este lugar está marcado por él.

Jayet negó con la cabeza.

—No entiendo. ¿Qué tiene que ver eso con un pueblo de civiles? Eran campesinos. Hombres y mujeres que solo vivían aquí por…

Un chirrido lejano rasgó el silencio del bosque, agudo, como el de una cuchilla arrastrada por la piedra. Jayet sintió que el vello de los brazos se le erizaba.

Korvash sonrió.

—Pretendía darte otro tipo de lección, Suplicante —dijo—. Pero el abominable 18vo ha decidido enseñarte personalmente por qué su pueblo merece la extinción con cada ápice de nuestro aliento.

Jayet desenvainó su espada, y el bosque se volvió muy, muy silencioso.

---

Jayet contuvo la respiración. Su espada temblaba levemente frente a él, el miedo aferrándose a sus manos. Frente a él, los árboles se alzaban como pilares negros bajo la luz rojiza de la luna, y entre ellos, algo se movía.

Primero fue un susurro en la maleza, luego un destello. Dos puntos rojos, pequeños, encendidos en la penumbra, que aparecían y desaparecían con una velocidad antinatural. Saltaba de una rama a otra, de un tronco a otro, sin hacer el más mínimo ruido. Solo el destello de sus ojos delataba su posición.

—¿Qué está diciendo? —preguntó Jayet temeroso.

—Dice que nos arrancará la garganta —respondió Korvash con calma—. Y que beberá nuestra sangre antes de que toquemos el suelo.

Jayet sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Se colocó detrás del Preta'Rhayet, sintiendo el calor que irradiaba quemarle la nuca. La sombra volvió a moverse, más cerca esta vez, y Jayet pudo oír un susurro húmedo, como el de una lengua pasando por unos labios agrietados.

—¡Inténtalo, bestia aberrante! —gritó, con una furia que no sabía que tenía—. ¡Ven a por nosotros!

La sombra se detuvo. Los ojos rojos brillaron más intensamente entre las ramas.

—Mantén los ojos bien abiertos —advirtió Korvash—. Irá a por ti primero. Eres el más débil.

—No tengo miedo a la muerte —respondió Jayet, sin apartar la vista de la penumbra.

Korvash sonrió. Jayet no lo vio, pero lo sintió: el calor a su espalda aumentó de golpe, como si alguien hubiera avivado una hoguera con aceite de kor.

—Al suelo. Ahora.

Jayet se lanzó de bruces contra la tierra siguiendo la orden de Korvash.

—Solaromancia, Arcano Mayor: Castigo Radiante.

El Preta'Rhayet se irguió en toda su estatura. Su petición a los ángeles del 17mo fue aceptada, y de su cuerpo brotó una luz cegadora, un resplandor dorado que iluminó el bosque como si el sol hubiera nacido en plena noche. Las llamas envolvieron su armadura, se alzaron por sus hombros, se derramaron por sus brazos, convirtieron su silueta en una columna de fuego vivo. El calor era insoportable.

Jayet sintió cómo su espalda comenzaba a arder. La piel de los brazos se le enrojeció, y el cabello le chisporroteó como paja seca. Un grito de dolor se le atascó en la garganta.

—¡Apártate! —rugió la voz de Korvash, aunque sonó más a un trueno que a palabras—. ¡Aléjate!

Jayet obedeció. Arrastrándose primero, luego gateando, se alejó del gigante en llamas mientras el bosque se convertía en un horno a su alrededor. Las ramas crujían, las hojas chisporroteaban, y el aire mismo se retorcía con el calor. Y entonces, entre el resplandor, Jayet la vio.

Una figura oscura cayó al suelo desde los árboles.

Se estrelló contra la tierra con un quejido agudo, envuelta en humo. Jayet se puso en pie, jadeando, con la espada en una mano y el corazón martilleándole en el pecho. La criatura se retorcía en el suelo, cegada por la luz del conjuro y cubriéndose el rostro con unas garras largas y pálidas.

Jayet desenfundó su pistola y disparó.

Dos veces.

Las balas impactaron en la pierna de la bestia, arrancando un chillido que no era humano. La criatura se arrastró hacia atrás, escupiendo una saliva negra, con la piel pálida brillando a la luz del fuego. Jayet la vio entonces con claridad.

Era una mujer. O algo que alguna vez lo fue. Tenía la forma de una mujer, pero su piel era blanca como la cal, surcada por venas rojas y oscuras que latían bajo la superficie. Sus dedos terminaban en garras largas y curvas, y su boca, abierta de par en par, mostraba hileras de dientes como dagas. No tenía nariz, solo dos hendiduras que se ensanchaban al respirar. Y sus ojos… sus ojos eran dos pozos rojos, sin párpados, fijos en él.

Jayet disparó de nuevo, una y otra vez, vaciando el cargador. Algunas balas se incrustaron en su torso, otras se perdieron en la oscuridad. La bestia chilló, se retorció, y con una sacudida violenta se puso en pie sobre su pierna ilesa.

—¡Apunta a la pierna! —gritó Korvash—. ¡Incapacítala!

Jayet quiso responder, pero el arma ya estaba vacía. El percutor golpeó el aire con un clic seco.

Entonces, un gigante pasó corriendo a su lado.

Korvash avanzó envuelto en llamas, brillante y ardiente como un sol iracundo. Su armadura dorada relucía con un resplandor cegador, y las ramas de los árboles se encendían a su paso, como antorchas que se inclinaban ante él. Alzó la espada de Arcanita Ardiente, y esta estalló en llamas.

La bestia chilló al verlo acercarse. Intentó correr, pero su pierna herida solo le permitió dar cortas zancadas hacia la espesura del bosque. Sus garras se clavaron en la tierra, arrastrándose, buscando escapar del cazador que ahora la perseguía.

Korvash tomó a la bestia por el cabello.

La criatura rugió con una furia salvaje y se giró con una rapidez que no correspondía a su cuerpo herido. Sus garras fueron un desenfreno de zarpazos dirigidos al abdomen del Preta'Rhayet. El metal dorado chilló al ser surcado, y fragmentos de armadura salieron despedidos en todas direcciones, girando en el aire como chispas atrapadas en un vendaval.

Lanzó un grito de rabia en su propia lengua llena de siseos y sílabas graves.

—¡Por mi familia!

El Preta'Rhayet respondió en aquella misma lengua. Su voz salió grave, áspera y extrañamente serena.

—Te enviaré con ellos...

Su hoja ardiente descendió en un arco perfecto, rápida y pesada como una guillotina. El filo encontró el cuello delgado de la bestia y lo atravesó con un siseo seco, dejando una herida incandescente donde antes había carne. La cabeza cayó al suelo con un golpe húmedo, rodando sobre la hojarasca.

Jayet llegó unos segundos después, jadeante, con la espada aún en alto. Se detuvo en seco.

El cuerpo decapitado se sacudió una vez, dos veces, y luego se desplomó hacia atrás. Y entonces ocurrió.

La piel pálida, las venas rojas, las garras, los dientes como dagas… todo comenzó a desvanecerse, dejando la piel pálida y delicada del cuerpo desnudo de una mujer.

Jayet sintió que el estómago se le subía a la garganta. No podía apartar los ojos. La criatura que había visto con sus propios ojos, espantosa y atroz, era ahora una mujer de rostro sereno, con el cabello extendido sobre la hierba como un abanico negro.

Los dedos acorazados de Korvash se cerraron sobre la cabeza caída. La levantó del suelo con una delicadeza inesperada y la giró para que Jayet pudiera verla bien.

Era un rostro hermoso. De pómulos altos, labios finos, nariz recta. Una mujer joven. Podría haber sido una esposa, una madre, una hermana.

—Esto no… no es posible… —balbuceó Jayet.

Korvash colocó la cabeza junto al cuerpo con la misma ceremonia con que se deposita una ofrenda sobre un altar.

—Lo es, Suplicante. Fuera de nuestro sagrado hogar, todo es posible. Monstruos que se ven como nosotros. Monstruos que no parecen una amenaza. Nunca sabemos qué está delante de nuestras espadas. Solo tenemos nuestra fe, nuestro dogma y la certeza inamovible de que todo debe arder.

Jayet seguía mirando el cuerpo sin cabeza, sin comprender, sin querer comprender.

—Yo... nosotros no podemos saber si todos son o no monstruos, Preta'Rhayet.

—No —respondió Korvash—. Pero el 17mo es generoso con su pueblo. Perdonará nuestros errores si nos arrepentimos y estamos dispuestos a enmendarlos.

Korvash hincó la rodilla junto al cuerpo. Extrajo un puñado de kor y lo vertió sobre el cadáver, cubriendo la piel desnuda con un manto de polvo dorado recitando una plegaria. Luego, con la misma lentitud ceremonial de siempre, clavó la espada de Arcanita Ardiente en el centro del pecho de la mujer.

Las llamas brotaron de inmediato, doradas, puras, vivas. Se extendieron por el cuerpo con una avidez antinatural, devorando la carne, los huesos.

—¿Y si no nos perdona?

Korvash se incorporó, mirando las cenizas que quedaban tras el paso de las llamas.

—Lo hará... siempre lo hace.

---

Notas del Autor:

Kor: cenizas doradas que abundan en el desierto de Kaijara. Tiene muchas utilidades y es visto como un elemento sagrado en su cultura.

Suplicante: Infantería básica del ejército del 17mo.

Preta'Rhayet o Paladín Solar: 9no escalón de la Jerarquía del 17mo Trono: El Ardiente Sol.

Aethern'Rha: Capital de Kaijara.

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