AQUELLA NOCHE
La primera noche del año escolar siempre era extraña en el internado.
Había demasiado ruido para ser tan tarde.
Puertas cerrándose, estudiantes hablando en los pasillos, risas que llegaban desde otras habitaciones y profesores caminando de un lado a otro intentando conseguir que todos estuvieran en sus camas.
Pero Adrián Hurvichg no tenía ganas de escuchar a nadie.
Estaba sentado en el borde de su cama, todavía con parte del uniforme puesto, mirando fijamente su celular.
Había tenido un día horrible.
No quería hablar con nadie.
Su compañero de habitación estaba conversando con otros estudiantes en el pasillo, así que Adrián aprovechó el momento para cerrar la puerta y quedarse solo.
Se levantó y caminó hasta la ventana.
Desde el segundo piso podía ver parte del patio del internado. Las luces exteriores iluminaban algunos sectores, pero había zonas completamente oscuras.
Entonces escuchó una voz.
—¿Dónde está...?
Adrián frunció el ceño.
Alguien estaba abajo.
No alcanzaba a distinguir quién era.
—¿Puedes dejar de hacer ruido? —gritó Adrián desde la ventana.
La persona de abajo levantó la cabeza.
—¿Qué?
Adrián estaba demasiado molesto para pensar.
—Que dejes de joder.
Silencio.
La persona de abajo parecía intentar descubrir quién le había hablado.
—¿Me estás hablando a mí?
—¿A quién más?
—Baja y dímelo en la cara.
Adrián soltó una pequeña risa de incredulidad.
—¿En serio?
—Sí. Baja.
Adrián abrió la ventana un poco más.
—¿Y tú quién eres para mandarme?
—Baja.
—Qué pesado.
—¿Vas a bajar o no?
Adrián estaba convencido de que aquel chico solamente estaba buscando una pelea.
Y quizá precisamente porque había tenido un día horrible, decidió aceptar.
—Ya voy.
Cerró la ventana.
Salió de la habitación y comenzó a bajar las escaleras.
No sabía quién era.
Tampoco le importaba demasiado.
Solo quería decirle unas cuantas cosas y volver a su habitación.
Cuando llegó al primer piso, salió al patio.
La persona seguía allí.
Ahora podía distinguirlo mejor.
Era un chico de cabello corto, vestido con un pantalón de pijama y una camiseta oscura.
Estaba parado con los brazos cruzados.
Adrián se acercó.
—¿Tú eres el que estaba haciendo ruido?
—¿Yo?
—Sí.
El chico soltó una risa corta.
—Tú fuiste el que empezó a insultar desde arriba.
—Porque pensé que estabas haciendo ruido.
—Pues pensaste mal.
Adrián lo observó por unos segundos.
No lo reconocía.
Y el otro tampoco parecía reconocerlo.
Era de noche, había poca luz y ninguno había prestado atención realmente al rostro del otro.
—Bueno, ya está —dijo Adrián—. Me voy.
El chico dio un paso hacia él.
—No. Espera.
Adrián se giró.
—¿Ahora qué?
—Bajaste hasta aquí para insultarme y ¿ahora te vas?
—Sí.
—¿Así de fácil?
—¿Qué quieres que haga?
El chico sonrió, aunque parecía seguir molesto.
—Por lo menos dime tu nombre.
Adrián lo miró con desconfianza.
—¿Para qué?
—Para saber a quién estoy discutiéndole.
Adrián terminó sonriendo.
—Adrián.
—¿Adrián qué?
—Solo Adrián.
—Bueno, “solo Adrián”. Soy Giann.
Adrián levantó ligeramente las cejas.
—Nunca te he visto.
—Yo tampoco a ti.
—Entonces estamos empatados.
Giann soltó una pequeña carcajada.
Por primera vez desde que había bajado, Adrián dejó de estar molesto.
—¿En qué habitación estás? —preguntó Giann.
—No te voy a decir.
—¿Por qué?
—Porque eres raro.
—Tú bajaste de noche para discutir con un desconocido.
Adrián se quedó callado.
—Buen punto.
Giann volvió a reír.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Era extraño.
Habían bajado para discutir y ahora simplemente estaban allí hablando.
—¿Qué año estás? —preguntó Giann.
—Cuarto.
—¿Cuarto?
—Sí.
Giann sonrió.
—Entonces eres menor que yo.
Adrián levantó una ceja.
—¿Quinto?
—Quinto.
—Ah.
—¿Qué significa ese “ah”?
—Nada.
—Te cayó mal.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Adrián empezó a reír.
—Eres insoportable.
—Y tú insultas a personas que no conoces.
—Fue un error.
—Un error que casi termina en pelea.
—Pero no terminó.
Giann lo miró durante unos segundos.
—Todavía.
Adrián negó con la cabeza.
—Buenas noches, Giann.
—Buenas noches, Adrián.
Adrián comenzó a caminar hacia el edificio.
—¡Oye!
Se giró.
—¿Qué?
—Mañana quiero ver si eres igual de valiente cuando haya luz.
Adrián sonrió.
—Mañana vemos.
Y volvió a subir las escaleras.
Al día siguiente, el internado parecía otro lugar.
Con el sol de la mañana, cientos de estudiantes ocupaban los pasillos.
Adrián caminaba con Mateo Rivas, su mejor amigo, mientras hablaban sobre las clases.
—Te juro que si este año vuelve a tocarnos ese profesor, me cambio de salón —decía Mateo.
—No puedes cambiarte.
—Entonces me cambio de colegio.
—Tampoco puedes.
—Entonces me resigno.
Adrián se rio.
—Eso sí puedes.
Llegaron al comedor.
Había estudiantes de todos los años.
Adrián saludaba prácticamente a todo el mundo.
—¡Adrián!
—¡Qué tal!
—¡Oe, ven!
—Después voy.
Mateo lo miró.
—No entiendo cómo conoces a tanta gente.
—Porque soy famoso.
—Eres insoportable.
—Gracias.
Adrián tomó una bandeja.
Entonces escuchó una voz detrás de él.
—¿Tú?
Se giró.
Era Giann.
Esta vez podía verlo claramente.
Cabello corto.
Ojos café oscuro.
Uniforme impecable.
Y una expresión bastante segura.
Adrián tardó unos segundos en reconocerlo.
—Tú eres...
—El de anoche.
Mateo los miró a ambos.
—¿Se conocen?
Giann respondió antes que Adrián.
—Más o menos.
Adrián soltó una pequeña risa.
—Nos conocimos de la peor manera posible.
—Él me insultó —dijo Giann.
—Porque no sabía quién eras.
—Eso no lo hace mejor.
Mateo miró a Adrián.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Le gritó desde una ventana —explicó Giann.
Mateo comenzó a reír.
—¿Tú hiciste eso?
Adrián lo empujó ligeramente.
—Cállate.
Giann sonrió.
Por alguna razón, volver a verlo durante el día le resultó diferente.
La noche anterior había sido solamente un desconocido.
Ahora era un estudiante del mismo internado.
Y eso significaba que probablemente volverían a encontrarse.
Muchas veces.
—Nos vemos, Adrián —dijo Giann.
—Nos vemos.
Giann se marchó con algunos compañeros de quinto.
Adrián lo siguió con la mirada durante un instante.
Mateo lo notó.
—¿Qué?
Adrián volvió rápidamente la mirada.
—Nada.
—Lo estabas mirando.
—No.
—Sí.
—Come.
Mateo sonrió.
—Esto se va a poner interesante.
Adrián negó con la cabeza.
—No tienes idea.
Pero ninguno de los dos sabía que aquella discusión absurda de la noche anterior iba a convertirse en el comienzo de algo que ninguno de los dos había planeado.
Y mucho menos imaginaban cuánto iba a cambiar sus vidas.








