༺𝟎1༻
Otra vez corría para esconderme de él. No era propio ni decente nada de lo que hacíamos.
Las ramas impactaron contra mi cara y mis pies estaban tan lastimados por las piedras que no podía dar un paso más.
Pronto llegué a una hermosa cascada. Miles de mariposas azules volaban por todos lados. En otras circunstancias, hubiera sido un lugar perfecto para descansar, pero ahora solo podía oler la sangre de mis pies destrozados y sentir ese peligro que se acercaba.
Me detuve para recuperar el aire por un momento, tiempo suficiente para que él me alcanzara.
Le grité que se fuera, que me dejara tranquila, aunque mi cuerpo pedía otra cosa. Sus ojos azules rogaban que lo dejara continuar. No pude resistirme a su tacto y un escalofrío me estremeció entera cuando sus labios llegaron a mi cuello.
Fue brusco, como siempre. Me lanzó al suelo y rasgó mi vestido de un tirón. Lo atraje de nuevo a mí y enredé mis dedos en su cabello. Un gruñido salió de su boca y, cuando pensé que por fin me haría suya, sacó un cuchillo y lo enterró en mi corazón.
—No regreses —dijo él. Su voz era grave y revolvió mi estómago—. No podré contenerme la próxima vez.
Todo se fue haciendo cada vez más borroso, hasta que desperté y me caí de la silla.
—¡Myrto! ¡Que no se quemen las tartas!
Limpié la baba de mi mejilla y vi a todos lados de la cocina para comprobar que nadie me había visto dormir. Mi cara ardía y una enorme vergüenza me recorría entera. Sentí mi entrepierna extraña y decidí olvidarlo. Una joven decente no tenía esos sueños. Una joven decente tendría que estar ya casada a mi edad, no fantaseando con un hombre del bosque al que no conocía.
Suspiré e inexplicablemente, me fijé mucho tiempo en la ventana.
De nuevo esos ojos azules me observaban entre los árboles. La sensación que recorría mi cuerpo era una mezcla de miedo y admiración.
Era la tercera vez en el día que lo descubría viéndome.
El cosquilleo en mis manos solo se intensificaba conforme iba corriendo la cortina para apreciarlo mejor.
Cada día, alguien devoraba la comida y en especial las tartas de fresa que yo dejaba entre las raíces de ese inmenso roble. Pero nunca se quedaba lo suficiente cuando yo me acercaba y se escabullía entre la maleza. Tenía una ligera sospecha de que se trataba del hombre de mis sueños. Eran los mismos ojos...
—¡Myrto! ¡Deja de mirar como una idiota a la ventana! —La tía Camille me dio un golpe en la cabeza con su abanico—. ¡Saca las tartas ya antes de que se quemen!
Me pasó empujando con el abundante relleno que tenía en la parte trasera de su vestido, por lo que tuve que sostenerme del marco de la ventana. Al alzar la vista, aquellos ojos ya no estaban.
—¡Mamá! ¿Y mi collar de perlas amarillas? —gritó Vera sin entrar a la cocina.
Forcé una sonrisa. Mi prima llevaba puesto un vestido de mi madre.
Según las palabras de la tía Camille, solo ella era digna de usar esos bellos vestidos. Pero mamá los había dejado para mí y siempre llegaba un sabor amargo a mi boca al comprender que jamás podría usarlos.
—Ponte otro y ya —respondió mi tía—. ¡Myrto, las tartas! ¿En qué idioma quieres que te hable?
Me apresuré a sacar las últimas tartas del horno, para después colocarlas con mucho cuidado en las cestas correspondientes. Sin que nadie me viera, robé la que parecía más apetitosa y me la comí en tres bocados. Le había agregado al relleno unas gotas del vino de la familia, tal y como la tía Camille me había ordenado. Y vaya que combinaba de maravilla con las fresas y la canela.
—¡Rápido, Myrto! Vamos tarde.
No. No. No. ¿Ya era tarde?
—Tía Camille, ¿me puedo ir a cambiar ya? —pregunté sin verla a los ojos.
—¿Y se puede saber para qué quieres cambiarte de ropa?
No pude evitarlo y me llevé a la boca otra tarta.
—Para ir al baile —dije con la boca llena.
Silencio total. Incluso Vera se asomó a la cocina.
—¿Perdiste la cabeza? No irás —sentenció mi tía—. Debes confórmate con que lleve tus tartas a un evento tan importante.
—Por favor —supliqué—. En ese baile se conocieron mamá y papá. Ahí está el árbol donde papá talló sus iniciales y quiero...
La tía Camille cerró su abanico en un golpe seco, indicando silencio. No presté atención a su amenaza y seguí hablando:
—He hecho todo lo que me has pedido. No dormí por hacer las doscientas tartas...
—No se trata de eso. —Me quitó de la mano la mitad de la tarta que todavía me quedaba y después apretó mis mejillas con fuerza para que escupiera el pedazo que estaba masticado—. Mírate nada más. No tienes modales, estás subida de peso, tienes la cara llena de granos y tu nariz... Comprende que solo te estoy ahorrando humillaciones.
—Pero se lo prometiste a mamá —dije y me limpié con una servilleta los restos de fresa que quedaron en mi cara.
—Irás cuando estés lista. Ahora termina de preparar las tartas y, por el amor de Dios, ya no comas más. Las fresas son de temporada y son exclusivas para el baile.
A este punto, las lágrimas ya empapaban mis mejillas sin control. No era buena conteniendo el llanto y esta vez no fue la excepción.
—Oh, Myrto, no llores. El próximo año irás. Tal vez, solo si logras desaparecer esa barriga de cerdito. —Vera se despidió con la mano y corrió para llegar a tiempo al carruaje.
Entre lágrimas seguí decorando los postres y cuando al fin terminé, escondí tres tartas en mi abrigo y salí para tomar aire.
Caminé directo al roble donde aquel misterioso ser siempre se escondía. Quizá con la esperanza de olvidar mi tristeza y encontrar un lugar donde poder comer sin sentir culpa.
Justo cuando iba a empujar la cerca que separaba la casa del bosque, escuché un silbido que conocía bien. Era nuestro código.
—¡Alfy! —grité y corrí para abrazar a mi amigo.
Siempre era bueno recibir sus visitas y más ahora que pretendía a mi prima. Solo rogaba para que Vera lo eligiera y así él fuera parte de mi familia.
—Hola, Myrto —dijo apenas mientras yo lo apretaba con fuerza.
Era tan delgado que prácticamente podía alzarlo por los aires sin dificultad.
—Iba a comer unas tartas allá afuera, ¿me acompañas?
Le mostré mi cesta y levanté un poco la manta para que el olor del pan y las tartas recién horneadas se mezclara con el aire.
—Lo siento. No podemos salir. Atacaron de nuevo. Creen que se trata de un animal salvaje.
No dije nada. Seis muertes en dos meses y todas eran muchachas hermosas sustraídas de sus casas, iglesias e incluso fiestas de té.
Me removí con miedo y volteé a ver de nuevo aquel árbol. Me negaba a creer que ese ser tuviera algo que ver.
***
Me despedí de Alfy y no tuve más remedio que regresar a casa. La tía Camille y Vera ya se habían ido. Como siempre, estaba sola. Me sentía excluida, así que hice lo que mejor sabía hacer: comer.
Devoré tres tartas y justo cuando iba por la cuarta, apareció Cristal, la doncella personal de Vera.
—¡Señorita! ¿No debería estar en la fiesta de la reina junto a sus tíos?
Le di una mirada para que dejara ese tono formal. Cristal era incluso menor que yo. Era muy amable y una de las pocas personas que no se burlaba de mi apariencia. Podía llamarla amiga.
—La tía Camille dijo lo de siempre, ya sabes. Que no debutaré en sociedad hasta que controle mi peso.
—¡Pero si usted tiene un peso saludable! —Me señaló completa—. ¡Es normal tener carne en los huesos!
Cristal siempre me regañaba. Decía que mi peso era saludable, que no debía hacerle caso a las exigencias de la sociedad.
—Para el príncipe no. Sabes que él es quien pone los estándares. Él es quien sabe realmente qué es la belleza.
—Con todo respeto, es una completa tontería. Usted es una mujer muy bella, como todas, y lo sabe.
Sonreí sin creer nada de lo que había dicho y me fui en silencio a mi habitación.
Un poco de fresa cayó sobre mi pulsera y las florecitas amarillas quedaron rojas. Papá le había regalado esa pulsera a mamá bajo ese árbol en el jardín real.
No. No me quedaría en casa. Quería sentirme cerca de ellos, estar en el mismo lugar donde se enamoraron.
Una idea llegó a mi mente al recordar las cajas de vino del tío John y el carruaje donde las transportaban. Era un lugar perfecto para esconderme.
Iría a ese baile costara lo que costara.
***
—¿Te diste cuenta de que Eleonor no vino?
—¿Crees que se escapó con el noviecito suyo ese, el pobretón que ayuda a Lord Alfred?
—Puede ser, solo va a humillarla, ya lo verás.
Me escondí mejor entre los arbustos, intentando escuchar el mayor tiempo posible la conversación.
—¿Te imaginas que aparezca encinta?
—Emma, no vuelvas a mencionar algo tan... Indecente y menos frente a los Andersen. Para ellos, la pobre chica fue raptada.
Con el frío del miedo afectando mis dedos, me llevé a la boca el quinto postre que comía en la velada. ¿Por qué siempre los hacían tan pequeños? El sabor a limón era muy débil. Los de mamá sabían mil veces mejor. Quise sacar mi libreta para apuntar unas cuantas ideas para replicar el postre ya mejorado en casa. Sin embargo, la grasa de los pasteles me impidió sujetar bien la bandeja y esta se resbaló, alertando a las dos mujeres que giraron enseguida para ver quién espiaba su conversación.
Me quedé parada con una sonrisa incómoda plasmada en mi cara. La más joven murmuró un “ash” y la otra arrugó la nariz, como si algo oliera mal.
—¡Vaya, si es Myrto Campbell! —dijo la más vieja, que reconocí de inmediato como Lady Aurelia—. ¿Qué tal están tus tíos?
—Bien, señora, gracias por preguntar —dije y limpié los restos de mermelada en mi boca.
Me paré recta y aguanté la respiración, esperando que así me viera un poco más delgada.
—Ya veo. Según sé, ya cumpliste los dieciocho. A tus tíos les espera un arduo trabajo para conseguirte un buen marido.
Emma, la hija de lady Aurelia, ahogó una risa y me vio de pies a cabeza.
—Mamá, vámonos. Deja de asfixiar tanto a la pobre Myrto con cosas imposibles.
Ambas mujeres lanzaron una risita y se alejaron, tapando sus rostros con sus abanicos.
Enseguida, me llevé la mano a mi nariz, siendo consciente de que estaba torcida. Después toqué mi inexistente cintura, pasando por los rollitos de grasa que más llamaron la atención de las mujeres.
Un nudo se formó en mi garganta y alejé las lágrimas a parpadeos. Ya estaba acostumbrada a esas miradas de asco, pero en ocasiones, los comentarios eran demasiado hirientes.
Di unos pasos hacia atrás, dispuesta a correr al carruaje de mis tíos y meterme entre las cajas de vino. Pero como nada me salía bien, mis pies resbalaron por el suelo mojado y me sostuve de lo primero que encontré: la capa dorada de un hombre.
—Lo siento, señorita, no la he visto.
El hombre de la capa me ayudó a retomar el equilibrio y puso su mano derecha en mis pechos, una acción que definitivamente no era necesaria.
Las risas de sus acompañantes me regresaron a la realidad y me aparté enseguida. La vergüenza era tal que mi puño cerrado jamás impactó con su rostro por su atrevimiento. Quedé paralizada.
Este día no podía ser peor.
Ojos celestes, nariz perfecta, cabello rizado negro hasta los hombros.
Era idéntico a las pinturas que adornaban el castillo.
Era el mismo joven que robaba los suspiros de todas.
Era el príncipe Sean.


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