🕯️ EL ANTES — El camino que no existe
El autobús olía a lluvia y a perfume barato. Íbamos al recital. Eso creíamos. Nuestras túnicas blancas crujían al movernos, las zapatillas de raso apretadas en las manos, el cabello recogido con cintas que pronto se mancharían de tierra. Éramos cinco niñas, todas de doce años, todas con el mismo vestido, la misma ilusión, el mismo futuro que creíamos brillante.
Nadie nos avisó que el camino no era el nuestro. El conductor no se giró. No habló. Sus manos aferraban el volante con tanta fuerza que los nudos de los dedos se veían blancos como huesos. Giró hacia la entrada del bosque —un portón de ramas entrelazadas que parecía cerrarse tras de nosotros— y el mundo que conocimos terminó ahí.
—Señor, no es por aquí —dije, mi voz diminuta, ahogada por el zumbido del motor.
No respondió. Los árboles se alzaban más altos que cualquier edificio, sus copas entrelazadas hasta borrar el cielo. La luz se apagó de golpe, como si alguien hubiera soplado una vela. El aire se volvió espeso, frío, con un olor a hojas podridas y algo más: humedad vieja, silencio pesado, el sabor metálico de la tierra que lleva mucho tiempo esperando. Y debajo de todo eso… una presencia. No era solo un lugar. Era algo que respiraba. Algo que nos miraba desde la oscuridad con mil ojos invisibles.
El autobús frenó de golpe. Nadie habló. Nadie se movió. La puerta se abrió hacia la oscuridad, lenta, como una boca que se abre para tragar.
—Bajen —susurró el bosque. No fue una voz. Fue el viento entre las ramas, el crujir de la madera, el latido de algo que dormía bajo la tierra y ahora despertaba.
Bajamos. Una por una. Nadie nos obligó. Nadie nos empujó. Pero algo nos jalaba desde el estómago, algo que nos conocía los nombres antes de que nosotras las supiéramos. Cuando la puerta se cerró detrás de nosotras, el autobús no se fue. Simplemente… dejó de existir. No había rastro de ruedas, ni de huellas, ni de camino de vuelta. Solo árboles. Y al frente, él.
El roble. No era solo un árbol. Era una montaña de madera viva, su tronco tan ancho que no se veía el final, sus raíces saliendo de la tierra como extremidades gigantescas, retorciéndose, abriéndose en huecos oscuros que respiraban. No proyectaba sombra —él era la sombra. Una presencia tan antigua, tan hambrienta, que sentías su peso sobre el pecho antes de verlo. Su corteza no era madera: era piel arrugada, oscura, que parecía palpitar. Y entre las hojas, vi algo que me heló la sangre: cinco hoyos, perfectamente alineados, del tamaño justo para cuerpos pequeños.
—¿Qué es esto? —susurré, y mis palabras se quedaron pegadas en la garganta.
Las otras cuatro no respondieron. Caminaban hacia el árbol como hipnotizadas, sus túnicas blancas brillando en la penumbra como fantasmas que aún no saben que lo son.
—Espera —grité—, ¡tenemos que irnos! ¡Alguien nos estará buscando!
Corrí hacia el camino. Corrí con todas mis fuerzas, pero mis piernas pesaban como si fueran de plomo. Cada paso era arrastrar toneladas. Mis extremidades no respondían, se sentían llenas de tierra, lentas, torpes, como si el aire mismo me las sujetara. Abrí la boca para gritar, para pedir ayuda, para que alguien, cualquiera, me oyera… y nada salió. Nada más que un susurro débil, roto, que se perdió antes de llegar a mis propios oídos. Grité con todo el alma y mi voz murió en la garganta, ahogada, invisible, como si la oscuridad misma me tapara la boca. Las ramas se cerraron delante de mí, formando un muro impasible. Toqué la madera y estaba caliente. Viva. Y me empujó hacia atrás, suave pero firme, como una mano que te devuelve a la cama cuando intentas escapar.
Caí de rodillas sobre la tierra blanda. Estaba húmeda. Al levantar la mano, vi que no era agua. Era savia negra, pegajosa, que manchó mi túnica blanca para siempre.
—No intentes escapar —me dijo la segunda niña, acercándose lentamente—. Él ya te olió. Ya te eligió.
—¿Quién? —temblé, todo mi cuerpo convulsionando con un frío que no era del aire, sino de los huesos—. ¿Quién nos eligió?
—El que nos sostiene —respondieron las cuatro al unísono, señalando el árbol—. El que nos da forma. El que nos guarda.
Las raíces empezaron a moverse. No con viento. Se retorcían solas, abriéndose paso por la tierra, creando huecos más profundos, más oscuros. Y desde dentro del árbol, escuché un sonido que nunca podré olvidar: el latido lento, pesado, de un corazón gigante, bombeando algo que no era sangre, algo espeso y oscuro que llenaba el bosque de un zumbido sordo, como mil voces susurrando al mismo tiempo. No era un árbol. Era un ser antiguo, un alma devoradora que había estado ahí antes que el mundo, esperando. Y ahora nos tenía.
—Acostémonos —dijo la tercera, y su tono era dulce, como el de una madre que invita a dormir—. Es hora de descansar.
—No —me eché hacia atrás, arrastrándome por la tierra sucia, mis manos pesadas, torpes, como si el suelo me jalara hacia abajo con cada movimiento. Volví a intentar gritar, a gritar con todo lo que tenía, y de nuevo solo salió un soplo débil, sin fuerza, ahogado por el silencio que el árbol imponía sobre todo—, ¡no! ¡Yo no quiero! ¡Yo quiero irme a casa!
La cuarta niña se acercó. Me tomó la mano. Sus dedos eran helados, duros como madera.
—Tú ya estás en casa —susurró al oído—. Siempre has estado aquí. Solo que te habías olvidado.
Las raíces se cerraron sobre mis tobillos. No dolió. Fue peor: fue una presión suave, ineludible, que me jaló hacia abajo, hacia la tierra, hacia la oscuridad. Las otras cuatro se acostaron en sus hoyos, sonriendo, con los ojos abiertos, mirando al cielo que ya no verían. Y cuando la tierra las cubrió, no gritaron. No lucharon. Simplemente… dejaron de estar.
Yo luché. Intenté correr, mis piernas pesaban toneladas. Intenté gritar, y mi voz se quedó atrapada en la garganta como un susurro roto. Rasgué la tierra con manos que no respondían como debían, lentas, pesadas, ajenas. Grité hasta que sentí la garganta sangrar y nadie lo oyó salvo él. El árbol lo sentía todo. Se alimentaba de mi pánico. Pero era más fuerte. Me cubrió con hojas y raíces y tierra, poco a poco, despacio, para que lo sintiera todo. Y en la oscuridad, mientras la tierra pesaba sobre mi pecho, escuché la voz de todas ellas, susurrando desde la madera, desde la tierra, desde dentro de mí, mezclada con ese latido gigante y hambriento:
Duerme. Descansa. No dolerá. Y cuando alguien vuelva a soñar este bosque… tú serás la que reciba.


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