Capítulo 1 La Noche en que Desapareció
La noche había caído sobre Chimalhuacán mucho antes de que el reloj marcara las diez.
Las calles estaban húmedas por una lluvia breve que había llegado sin avisar. El agua corría por las orillas de las banquetas arrastrando basura, tierra y pequeñas hojas que se acumulaban junto a las coladeras. Los puestos que todavía permanecían abiertos comenzaban a recoger sus mercancías mientras, a unas calles de distancia, los últimos pasajeros bajaban de las combis.
Era una noche cualquiera.
O al menos eso parecía.
Daniel caminaba deprisa.
Tenía diecinueve años y llevaba la capucha de su sudadera puesta, aunque no hacía demasiado frío. Miraba constantemente hacia atrás.
La primera vez lo hizo por instinto.
La segunda, porque había escuchado pasos.
La tercera, porque estaba seguro de que alguien lo seguía.
Se detuvo frente a una tienda cerrada.
Los pasos también se detuvieron.
Daniel tragó saliva.
Sacó su teléfono del bolsillo y miró la pantalla.
9:47 p. m.
Tenía tres llamadas perdidas.
Todas del mismo número.
Número desconocido.
Abrió WhatsApp y buscó una conversación que había eliminado esa misma tarde. Sabía que no encontraría nada. Aun así, volvió a buscar.
Nada.
Entonces recibió un mensaje.
No llegues a tu casa.
Daniel sintió que el estómago se le cerraba.
Miró alrededor.
La calle estaba prácticamente vacía.
Un perro ladró detrás de una reja.
Una televisión sonaba en alguna casa.
Un automóvil pasó lentamente y desapareció en la siguiente esquina.
El teléfono vibró otra vez.
Ya sabemos dónde estás.
Daniel comenzó a caminar.
Esta vez no miró hacia atrás.
Apretó el teléfono con fuerza y tomó una calle diferente a la que utilizaba todos los días. No sabía exactamente a dónde ir. Solo sabía que no podía regresar a casa.
Había descubierto algo.
Algo que no debía haber descubierto.
Y desde aquella tarde, alguien había intentado convencerlo de guardar silencio.
Primero fueron las llamadas.
Después los mensajes.
Luego apareció aquel automóvil gris estacionado frente a su escuela.
Daniel había pensado en acudir a la policía.
Incluso había escrito un mensaje para su madre.
Pero nunca llegó a enviarlo.
Al llegar a una esquina, el teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era una fotografía.
Daniel abrió el archivo.
Era él.
La fotografía había sido tomada esa misma noche.
Desde atrás.
En la misma calle donde se encontraba.
El teléfono casi se le cayó de las manos.
Retrocedió un paso.
Entonces escuchó una voz.
—Daniel.
Se quedó inmóvil.
La voz había salido de detrás de él.
No quiso voltear.
—No corras —dijo la voz—. Solo queremos hablar.
Daniel cerró los ojos durante un instante.
Después corrió.
Corrió sin saber hacia dónde.
Escuchó que alguien gritaba detrás de él.
Luego un automóvil aceleró.
Daniel dobló la esquina.
Unos segundos después, las luces de un vehículo iluminaron la calle.
Y después…
Nada.
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A las 6:18 de la mañana, una mujer encontró la mochila.
Estaba tirada junto a un terreno baldío.
Dentro había una libreta, dos cuadernos de la escuela, unos audífonos y una fotografía familiar.
No había teléfono.
No había cartera.
No había rastro de Daniel.
La mujer llamó a la policía.
La primera patrulla llegó veinte minutos después.
Uno de los oficiales observó el contenido de la mochila y preguntó:
—¿Alguien sabe de quién es?
La mujer negó con la cabeza.
—No, oficial. Yo nunca lo había visto.
El policía sacó una pequeña bolsa de evidencia y comenzó a guardar las pertenencias.
Entonces encontró la fotografía.
La tomó por una esquina.
En ella aparecía Daniel junto a su madre y su hermana menor.
En la parte posterior había algo escrito a mano.
Una sola frase.
“Si me pasa algo, busquen el nombre que está en la libreta.”
El oficial levantó la mirada.
—¿Qué libreta?
Su compañero señaló hacia una de las bolsas.
—Esa.
El policía la abrió.
Era una libreta negra.
La primera página estaba vacía.
La segunda también.
La tercera tenía únicamente una lista de nombres.
Siete.
Todos tachados.
Excepto uno.
El policía leyó el nombre.
Después volvió a mirar la fotografía.
Su expresión cambió.
—Llama a la comandancia.
—¿Por qué?
El oficial cerró la libreta.
—Porque esto ya no parece una desaparición.
Miró nuevamente hacia el terreno baldío.
—Parece que alguien quería que encontráramos la mochila.
Y, por primera vez aquella mañana, ninguno de los dos volvió a hablar.








