Capítulo 1
—¡GEORGE! —gritó mi madre desde la sala.
—¡Cinco minutos más! —respondí mientras intentaba cerrar la maleta por tercera vez.
Solté un suspiro y me dejé caer sobre la maleta. Ya estaba cansado de pelear con ella para lograr cerrarla.
Mientras pensaba en lo curioso que podía ser el destino a veces.
Un día sales de clases pensando en qué vas a hacer durante el fin de semana y, al siguiente, estás empacando toda tu vida para irte a un internado.
La verdad, a muchas personas les molestaría pasar tanto tiempo lejos de casa.
A mí... no demasiado.
Casi nunca veo a mis padres, así que acostumbrarme no será tan difícil. No es que no vaya a extrañarlos; simplemente creo que sabré adaptarme rápido.
A quien sí voy a extrañar de verdad será a Sparky, mi perro.
A él sí lo voy a extrañar muchísimo.
Pero supongo que, antes de seguir hablando de eso, deberían saber por qué terminé haciendo una maleta para irme a un internado.
Y la respuesta es bastante ridícula.
Todo empezó por una simple foto.
Si, una foto.
Aunque esa historia puede esperar un poco más.
Porque, en este momento, si no bajo en menos de cinco minutos, mi madre probablemente subirá a buscarme... y estoy casi seguro de que será para terminar de meterme ella misma dentro de la maleta.
Salgo corriendo de la habitación con una mochila al hombro y una maleta mediana arrastrándose detrás de mí.
La verdad no llevaba demasiadas cosas. Imaginaba que el espacio para guardar mis pertenencias sería reducido. Aunque, si al llegar descubría que no era así, probablemente me daría algo.
¿Por qué?
Porque dejé casi todos mis libros.
Bueno, tampoco es como que tuviera muchos, solo unos treinta de romance LGBT, misterio y terror.
Antes de salir, camino hasta donde está Sparky.
Me agacho frente a él y comienzo a llenarlo de besos mientras siento que las lágrimas amenazan con escaparse.
—¡Ay, cuánto te voy a extrañar, cabezón!
Él solo me lame la cara y mueve la cola con entusiasmo.
Creo que pensaba que íbamos a salir a pasear.
Pobre.
Estaba a punto de ponerme a llorar cuando recordé que mi madre ya me había llamado.
Y, conociéndola, seguramente estaba a cinco segundos de entrar a buscarme para matarme por tardar tanto.
Un rato después finalmente salgo.
Mi padre ya estaba sentado al volante y mi madre ocupaba el asiento del copiloto. Ambos esperaban mi llegada en completo silencio.
Guardo la maleta en la parte trasera, subo al auto y saco mis audífonos.
No tenía muchas ganas de escuchar otra conversación sobre trabajo.
Era increíblemente aburrido.
En mi playlist empieza a sonar Spread Your Wings, de Queen.
Me recuesto sobre el asiento y disfruto del paisaje.
Poco a poco, las casas van desapareciendo hasta que solo quedan árboles que parecen extenderse para siempre. Es como si el bosque se tragara todo lo que encuentra a su paso, incluso la luz. Mientras avanzamos por la carretera, el aire se vuelve más frío y el ambiente, más tétrico. Los árboles son tan enormes que sus copas se arquean sobre el camino y se entrelazan unas con otras, formando un túnel oscuro que parece hacerse más profundo cuanto más avanzamos.
Curiosamente, no iba nervioso.
Al contrario.
Estaba emocionado por llegar al internado. Ni siquiera recordaba bien su nombre.
Era algo como...
Ever...
¿Everod?
No.
Definitivamente no me acordaba.
Pero eso no le quitaba emoción al asunto.
Las preguntas no dejaban de aparecer en mi cabeza.
¿Qué tan grande será? ¿Será como los internados de las películas adolescentes?
Y la que más se repetía...
¿Cómo será mi compañero de cuarto? Porque, así como son mis padres jamás me pagarían un cuarto solo para mí, son unos tacaños.
Solo esperaba que fuera alguien divertido.
Alguien con quien pudiera bromear...
Y hablar de BL.
Mientras seguía perdido en mis pensamientos, nos acercábamos cada vez más al internado.
¿Cómo lo sabía?
Fácil.
Los enormes muros de piedra ya podían verse entre los árboles.
Aunque, si soy sincero, lo que realmente me ponía los pelos de punta era otra cosa.
El internado estaba en medio del bosque.
Y no cualquier bosque.
Era uno que parecía no tener fin.
Perfecto.
Si un asesino me perseguía, nadie iba a escuchar mis gritos.
Sí.
Eso me daba un poquito de miedo.
Aunque, siendo honesto...
Lo que realmente me asustaba era darme cuenta de que ya faltaba muy poco para llegar.
Me quito los audífonos.
Todavía quedaban unos minutos de camino y, aunque fuera difícil, quería intentar hablar con mis padres.
No quería quedar en malos términos con ellos.
Después de todo, si se enojaban demasiado, quizá no vendrían a recogerme los fines de semana que pudiera salir.
Y eso era exactamente lo que no quería.
Porque significaría no volver a ver a Sparky.
—Así que... ¿no me van a extrañar? —pregunto con un tono ligeramente sarcástico para romper el silencio.
Sí.
Lo sé.
No fue la mejor pregunta.
Pero era la única que se me ocurrió.
La respuesta fue...
Nada.
Silencio.
Eso dolió un poco.
Pero preferí no darle muchas vueltas.
Volví a recostarme contra el asiento y seguí observando el camino.
Entonces mi madre habló.
—Esto es por tu bien y lo sabes, ¿verdad, cariño?
Hago un enorme esfuerzo por no rodar los ojos.
Solo asiento y fuerzo una pequeña sonrisa, sin apartar la vista del camino.
Ya estaba harto de escuchar esa frase.
Sé que lo que hice no estuvo bien.
Pero llegar al punto de enviarme a un internado me parecía exagerado.
Aunque, siendo sincero...
Eso no era lo que más me molestaba.
Lo que realmente dolía era sentir que les importaba mucho más su reputación que su propio hijo.
Unos diez minutos después estábamos detenidos frente al enorme portón del internado, esperando a que lo abrieran.
Mi cara debía de ser todo un espectáculo.
Era una mezcla bastante extraña entre emoción y confusión.
Con solo ver la entrada podía darse uno cuenta de que aquel lugar no era precisamente barato.
Tenía una vibra de internado sacado de una película de terror.
Y, honestamente...Eso me encantaba.
Los enormes muros de piedra parecían proteger el lugar de algo.
¿Pero de qué?
¿Animales salvajes? ¿Asesinos sueltos?
Sí.
Seguro era eso.
Escuchar el pesado sonido del portón al abrirse hizo que un escalofrío recorriera todo mi cuerpo.
Porque, una vez cruzáramos esa entrada...
Ya no habría marcha atrás.
A partir de ese momento, toda mi vida iba a cambiar.
Y no tenía idea de si sería para bien o para mal.
Solo esperaba dos cosas.
Hacer buenos amigos...
Y que mi compañero de cuarto no fuera un completo idiota.




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