Prólogo
El suspiro de la muerte estaba presente en todas partes: desde el pequeño capullo que estaba a punto de florecer hasta las hojas que caían de un árbol en otoño. Los pasos apresurados sobre los adoquines desgastados por el paso interminable de carruajes se escuchaban abrumadores. Cientos de personas se dirigían a la plaza principal, donde, en un patíbulo, se encontraba una mujer. Sus ojos estaban cerrados; no decía nada, ni siquiera se atrevía a mirar al público que la observaba con miradas atentas.
―¿Ejecución? ―dijo alguien desde una ventana.
Las voces parecían saltar de ventana en ventana. Las puertas se abrieron de una forma brusca y la gente se unió a la estampida que se arremolinaba frente al patíbulo. Allí estaba la Santa Inquisición. Un hombre vestido con una túnica negra lucía sobre su pecho una gran cruz blanca bordada en la gruesa tela. Paseó durante unos segundos frente a la mujer y se ajustó el bonete antes de girarse al público, que se mantenía en silencio esperando la sentencia.
―¡Veréis la palabra de Dios proclamada por manos de sus fieles! ―exclamó, haciendo una leve pausa para que el público contuviera la respiración con lo que estaba por ocurrir―. ¡Ante vuestros ojos, confirmad la presencia del diablo! ―rugió dándose la vuelta hacia la mujer.
Ella, que estaba postrada en el suelo, se mantenía inquieta. Su cuerpo estaba dominado por el miedo y temblaba incontrolablemente. Sus ojos se abrieron al sentir que alguien le daba una patada en la espalda y que la hizo caer hacia adelante. La gente gritó al ver sus ojos, que estaban inyectados en sangre por los golpes que había recibido. La mujer veía borroso por las lágrimas que empezaron a caer y empezó a negar de forma desmesurada.
―¡Mirad a la maligna mujer! ―vociferó señalando el rostro de la joven―. ¡Que sus lágrimas no os engañen!
La gente se sentía extasiada con lo que estaban presenciando. El rostro de la joven era hermoso, sus mejillas estaban enrojecidas y sus labios se mantenían rojos. Su rostro estaba intacto de cualquier golpe que le hubieran propinado. El cuerpo de la joven se veía saludable a la vista de todos y su ropa era un vestido. Era la primera vez que a un sentenciado le veían el rostro, no llevaba sobre su cabeza ningún velo negro. El vestido, que parecía ser más una túnica, era de lino rústico. Habían intentado conseguir el lino más claro, sin embargo, era de un color grisáceo.
―Por favor, yo no hice nada ―empezó a murmurar.
La voz de la mujer se perdía en la constante bulla que hacía el gentío al escuchar al hombre. A tal punto de que parecía que aquello parecía un teatro ambulante organizado. Pero la ropa de aquel hombre solo confirmaba que era un Inquisidor, detrás de él se encontraba el obispo y a su lado un arzobispo.
―¡El agua consagrada por la gracia de Dios, será líquido liberador de impurezas! ―clamó recibiendo del oficial un cuenco de plata―, ¡Nos protege del mal! ¡Del diablo! ―anunció a la vez que el oficial le retiraba el bonete y él ponía el cuenco sobre su cabeza.
Se detuvo con una mirada llena de satisfacción y volcó el agua sobre él, su ropaje se humedeció de inmediato, el cabello se pegó a la frente. La cruz de su túnica permaneció intacta y el color blanco parecía relucir más bajo la mirada atenta del público. Ahora nadie entendía qué pretendía hacer. El oficial volvió a colocarle el bonete y le tendió otro cuenco de plata. El Inquisidor se dirigió hacia la mujer, ella retrocedió aterrorizada, recordando lo que le habían hecho antes de llegar allí.
Sus ojos le dolían y su visión era borrosa, la sangre en su retina se debía a aquel hombre. Quien le había aplastado los ojos con sus propias manos. Él le había dicho que ella era débil, y que se había dejado seducir del diablo. Pero la joven ni siquiera sabía qué había hecho, su sentencia ni siquiera la había escuchado. Solo recordaba haberse negado hasta el final.
―¡Mirad ante vuestros ojos! ¡La encarnación del maligno! ―vociferó mientras volcaba el agua sobre la cabeza de la joven.
El agua al hacer contacto con el cabello de la joven cambió de densidad, no solo se hizo más espesa, sino que estaba caliente. El silencio inundó el lugar, fue tan escalofriante, que ella misma miró su ropa y presenció cómo se fue tiñendo de un rojo vibrante como el de la sangre. Ante los ojos del público, el agua consagrada de Dios se había convertido en sangre. Era la mayor herejía que habían observado sus crédulos ojos. La joven quedó paralizada, ahora entendía a qué se debía la demostración que estaba haciendo el Inquisidor. Su rostro estaba cubierto de sangre y el olor a hierro era asfixiante.
―La rea Elena Viloria, acusada por brujería ―se dirigió hacia el público dando su sentencia con voz neutral, ahogando el fanatismo que lo había dominado―. Por negar el hábito de reconciliación. Y no querer reconciliarse con la Santa Madre Iglesia. La rea Elena Viloria, queda relajada al brazo secular para que reciba el castigo pertinente.
El Inquisidor no tuvo que explicar lo que había pasado, con solo presenciar la sangre en la ropa de la joven era un claro indicio de que ella era una bruja. La turba empezó a gritar que la llevaran a la hoguera. La joven, más horrorizada que cualquiera de los que estaban allí, no comprendía por qué estaba sucediendo eso. Ella era inocente, no había siquiera hablado con un ser maligno, ella no había practicado brujería, no había hechizado a nadie, ni siquiera hacía adivinación. Allí mismo y en la presencia de todos, los oficiales a cargo la sujetaron y la amarraron. Su muerte ya estaba preestablecida, ellos ya sabían que el agua se convertiría en sangre, todo era una confabulación contra ella.
―¡No soy bruja! ―gritó ella con enojo mientras intenta huir de las manos de los oficiales.
Ella era una mujer débil, se lo habían repetido varias veces en el interrogatorio cuando la acusaron por primera vez. Allí, bajo la presión de dos oficiales, no podía librarse de ellos. Su desespero fue tan aparatoso que llegó un tercer oficial para sostener sus piernas. Ella estaba decidida a huir, pero los hombres la doblegaron y fue ahí cuando entendió la debilidad que tanto le enmarcaron. La amarraron a un poste con cadenas y tiraron paja a sus pies.
Elena ya no estaba asustada, su ira iba en aumento. En incontables veces intentó liberarse de las cadenas, pero sus intentos eran fallidos. Un oficial se hizo frente a ella y dejó caer brea sobre su cabeza, el líquido espeso le cubrió los ojos y le impidió que pudiera respirar durante unos largos segundos. Tosió al ahogarse con la brea, el amargo sabor le hizo entrar en un estado de euforia incontrolable y siguió sacudiéndose mientras gritaba: «Son blasfemias, ustedes son culpables de mi muerte».
Ella siguió gritando lo mismo una y otra vez, hasta que sus gritos agonizantes llegaron por las enormes llamas que se alzaron sobre ella. El dolor en su voz era latente, gritó hasta que sus pulmones se ahogaron con el humo y su voz se perdió en el crepitar de su propia piel. Las cenizas fueron el último suspiro que la muerte liberó ese día, cobrando el alma de un inocente.
Elena Viloria no era una bruja.



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