LA BODA SIN NOVIO
El día de su boda, Isabella Richards descubrió que una persona podía sentirse completamente sola incluso estando rodeada de gente.
A través de la ventana, el otoño se extendía sobre los jardines de la mansión. Las hojas rojizas danzaban con la brisa y los pájaros cantaban como si aquel fuera un día perfecto.
Quizás lo era.
Para cualquiera menos para ella.
Isabella bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas sobre el regazo.
Dentro de unas horas sería la esposa del hombre más temido de todo el Imperio Nohork.
Leonard.
El Emperador del Hades.
Y lo peor de todo era que jamás lo había visto.
Una de las sirvientas terminó de ajustar el último broche de su vestido y retrocedió para contemplarla.
—Mi lady... está preciosa.
Isabella levantó la mirada hacia el espejo.
El vestido pertenecía a su madre.
Lo había guardado durante años como uno de los pocos recuerdos que aún conservaba de ella. Era demasiado ajustado en algunas partes y no terminaba de sentarle como debería, pero Isabella se había negado a utilizar otro.
No quería que todo lo que quedaba de su madre desapareciera también aquel día.
Rozó suavemente la tela.
—Gracias.
La sonrisa que intentó ofrecerle a la sirvienta apenas consiguió aparecer.
La joven volvió a mirar su reflejo.
Una muchacha de ojos azules, cabello castaño cobrizo y un rostro que muchos habían considerado extraordinariamente hermoso.
Pero Isabella no veía nada de eso.
Solo veía a una joven que estaba a punto de ser entregada a un desconocido.
A un hombre del que se contaban historias capaces de hacer temblar hasta al más valiente.
Decían que Leonard no tenía piedad.
Que había derramado tanta sangre en el campo de batalla que sus enemigos habían comenzado a llamarlo demonio.
Que podía matar a un hombre con una sola mirada.
Que no confiaba en nadie.
Que no amaba a nadie.
Y que, cuando entraba en una habitación, el silencio se apoderaba de ella.
El Emperador del Hades.
Ese era el hombre con quien iba a casarse.
Isabella cerró los ojos.
—Quizás ni siquiera venga...
La esperanza escapó de sus labios en un susurro.
Quizás Leonard se arrepentiría.
Quizás encontraría alguna razón para cancelar aquella absurda unión.
Quizás...
—Mi lady, el carruaje la espera.
La voz de la sirvienta destruyó sus esperanzas.
Isabella respiró profundamente.
No tenía elección.
Nunca la había tenido.
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Todo había comenzado unas semanas atrás.
Después de la muerte de su madre, Isabella había quedado completamente a merced del Barón Blancksford.
Su padrastro.
El único familiar que le quedaba.
O, al menos, eso era lo que Isabella había querido creer.
El barón había perdido prácticamente toda su fortuna. Sus tierras estaban hipotecadas, sus deudas se acumulaban y lo único que aún conservaba era un título nobiliario que ya no valía tanto como antes.
Pero todavía tenía una solución.
Isabella.
Durante semanas había recibido propuestas de matrimonio para su hijastra.
Nobles arruinados.
Hombres mucho mayores que ella.
Hombres que estaban dispuestos a aceptar un matrimonio con una joven noble si, a cambio, podían obtener el título de barón.
Pero ninguna propuesta satisfacía al barón.
Hasta aquella tarde.
El sonido de unos caballos deteniéndose frente a la mansión llamó su atención.
Poco después, varios soldados vestidos con el uniforme imperial entraron en su despacho.
El barón se puso de pie de inmediato.
—¿Qué significa esto?
Uno de los soldados hizo una reverencia y colocó una carta sellada sobre el escritorio.
—Traemos un mensaje del Emperador.
El barón palideció.
Romper el sello imperial era algo que incluso los nobles más poderosos hacían con cuidado.
Cuando terminó de leer la carta, sus ojos se detuvieron sobre los baúles que los soldados habían llevado consigo.
—¿Qué hay dentro?
El soldado no respondió.
El barón abrió uno.
Y sonrió.
Oro.
Había suficiente dinero dentro para pagar una parte considerable de sus deudas.
Abrió el segundo.
Más oro.
El tercero estaba lleno de joyas.
El barón soltó una carcajada.
Ahora entendía.
El Emperador del Hades quería a su hijastra.
No le importaba por qué.
No le importaba qué clase de vida tendría Isabella.
Ni siquiera se molestó en preguntarle si estaba de acuerdo.
—Acepto.
La palabra salió de sus labios con una facilidad que, años después, Isabella aún recordaría con amargura.
El matrimonio quedó acordado.
Tres días después.
Sin cortejo.
Sin enamoramiento.
Sin posibilidad de negarse.
Isabella no era una novia.
Era el precio que el barón había decidido cobrar para salvarse de la ruina.
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—Mi lady.
La voz del mayordomo la devolvió al presente.
Isabella salió de la mansión y se encontró frente al carruaje imperial.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Este era el momento.
Subió al carruaje.
Mientras avanzaban hacia el templo, mantuvo las manos juntas sobre su vestido.
Quizás el Emperador no fuera tan cruel como decían.
Quizás los rumores habían sido exagerados.
Quizás...
Cuando el carruaje se detuvo, Isabella sintió que el corazón se le iba a salir del pecho.
El mayordomo abrió la puerta.
—Hemos llegado, mi lady.
Isabella descendió.
Frente a ella se alzaba el templo.
Respiró profundamente y comenzó a caminar.
Cada paso parecía acercarla más al final de la vida que conocía.
Pero cuando abrió las puertas del templo...
Se detuvo.
No había invitados.
No había músicos.
No había familiares.
No había Emperador.
Solo estaban el sacerdote, su padrastro y un hombre de cabello gris que permanecía de pie junto al altar.
Isabella frunció el ceño.
¿Quién era aquel hombre?
No podía ser Leonard.
El Emperador era joven.
Según los rumores, no había cumplido los treinta.
Aquel hombre parecía tener casi sesenta años.
Una pequeña esperanza nació dentro de ella.
Quizás Leonard había cancelado la boda.
Quizás...
—Mi lady —dijo el hombre—. Permítame presentarme. Soy el mayordomo personal del Emperador.
La esperanza murió.
—¿Dónde está él?
El hombre guardó silencio durante unos segundos.
—Su Majestad no ha podido asistir.
Isabella sintió un extraño vacío en el pecho.
—¿No ha podido asistir?
—Tiene asuntos importantes que atender.
Ella lo miró incrédula.
¿Asuntos importantes?
¿El día de su propia boda?
—Entiendo...
No lo entendía.
Pero no iba a discutir.
El sacerdote carraspeó.
—Si están todos de acuerdo, podemos comenzar.
Isabella miró hacia las puertas del templo una última vez.
Esperó.
Un minuto.
Dos.
Nada.
Finalmente bajó la mirada.
Aquello era absurdo.
Iba a casarse con un hombre que ni siquiera se había dignado a presentarse.
Tomó la pluma.
Firmó.
Una vez.
Isabella Richards.
La tinta terminó de secarse.
Y con aquella firma, su libertad terminó.
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El viaje hasta el palacio imperial transcurrió en silencio.
Cuando finalmente llegaron, el sol comenzaba a desaparecer detrás de las montañas.
Isabella descendió del carruaje.
Por primera vez en todo el día, algo consiguió distraerla.
El palacio era impresionante.
Torres enormes se elevaban hacia el cielo y los jardines parecían sacados de un cuento.
—Es hermoso...
El mayordomo sonrió.
—Me alegra que le guste. A partir de hoy, este será su hogar.
Isabella observó los alrededores.
Entonces reparó en un segundo palacio.
Era más pequeño que el principal, pero estaba rodeado de jardines llenos de flores.
—¿Y aquel?
—El Palacio de la Emperatriz.
Isabella se quedó mirándolo.
Su corazón dio un pequeño vuelco.
¿El Palacio de la Emperatriz?
Era extraño.
El Emperador ni siquiera había asistido a su boda, pero ya existía un lugar preparado para su esposa.
Quizás aquello significaba que sí esperaba recibirla.
O quizás no.
Entraron al palacio principal.
El mayordomo la condujo hasta una habitación enorme.
Isabella se quedó inmóvil.
Era hermosa.
Y completamente fría.
Las paredes estaban decoradas en tonos negros y grises. No había flores. No había colores cálidos. No había nada que hiciera sentir aquel lugar como un hogar.
—¿Esta será mi habitación?
—Sí, mi lady.
Isabella miró a su alrededor.
—Es un poco... sombría.
El mayordomo sonrió con incomodidad.
—Me temo que Su Majestad tiene gustos particulares.
Ella suspiró.
Al menos había algo que ya sabía sobre su esposo.
Era un hombre con gustos terribles.
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Poco después, varias sirvientas entraron en la habitación para ayudarla.
Mientras le quitaban el vestido, Isabella finalmente hizo la pregunta que llevaba horas rondando por su cabeza.
—¿Dónde está el Emperador?
Las sirvientas se miraron.
—Su Majestad no está en el palacio —respondió una de ellas.
—¿Saben dónde está?
Silencio.
—No, mi lady.
Isabella bajó la mirada.
Claro.
¿Por qué iban a saberlo?
Entonces una de las sirvientas abrió el armario.
Su expresión cambió.
—Mi lady...
—¿Qué ocurre?
—¿Dónde está su equipaje?
Isabella parpadeó.
—No traje equipaje.
Las sirvientas la miraron horrorizadas.
—¿Nada?
—Solo mi vestido.
Una de ellas abrió nuevamente el armario.
Vacío.
Completamente vacío.
Isabella suspiró.
—No importa.
—Pero, mi lady...
—¿Podrían buscar alguna túnica del Emperador?
Las sirvientas se miraron entre ellas.
—¿Una túnica de Su Majestad?
—Sí.
—Pero...
—No puedo quedarme en ropa interior.
Finalmente, una de ellas se armó de valor y entró en la habitación del Emperador.
Después de varios minutos, regresó con una túnica negra bordada con hilo dorado.
—Es la más pequeña que encontramos.
Isabella la tomó.
—Gracias.
Se la colocó.
La prenda le llegaba hasta las rodillas y era lo suficientemente gruesa para cubrirla.
Por primera vez desde que había llegado al palacio, Isabella sintió algo parecido a tranquilidad.
Pidió que soltaran su cabello.
Cuando las sirvientas retiraron los adornos, su larga cabellera castaño cobriza cayó sobre su espalda.
—Mi lady, su cabello es precioso.
Isabella sonrió débilmente.
Su madre solía decirle lo mismo.
Durante un instante pudo imaginar sus manos peinándola.
La sonrisa desapareció.
—Gracias.
Una de las sirvientas hizo una reverencia.
—¿Desea algo más?
Isabella pensó unos segundos.
—Sí. ¿Podrían traerme algo de fruta?
—Por supuesto.
Cuando las sirvientas salieron, Isabella se sentó junto a la ventana.
La noche había caído sobre Nohork.
Observó la oscuridad.
Había perdido a su padre.
Había perdido a su madre.
Había sido entregada por su padrastro.
Se había casado con un hombre al que no conocía.
Y ahora estaba sola en su palacio.
Sin esposo.
Sin familia.
Sin nadie.
Isabella abrazó sus rodillas.
Quizás aquella sería su vida a partir de ese momento.
Una vida junto a un hombre que ni siquiera había considerado importante presentarse el día de su boda.
Sin embargo, mientras contemplaba la oscuridad, Isabella no podía saber que aquella noche estaba a punto de cambiarlo todo.
Porque el hombre que había ignorado su propia boda...
estaba a punto de regresar al palacio.








