Capítulo 1
Los Palomares del Parque Robledal.
José María Moreno.
© 2025 José María Moreno.
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Este es un trabajo de ficción. Cualquier semejanza con personas reales, vivas omuertas, es pura coincidencia.
“La vida siempre ofrece otra oportunidad, y se llama ‘mañana’.”
Capítulo 1.
Edificio Brisas del Robledal.
A las cinco de la mañana, el lunes todavía no había comenzado.
A esa hora la ciudad parecía contener la respiración. Desde el quinto piso del Edificio Brisas del Robledal, yo alcanzaba a distinguir, detrás de los edificios vecinos, la silueta oscura de los árboles. Todavía no amanecía, pero la noche ya había empezado a retroceder.
.Él abrió los ojos antes de que sonara el despertador.
Lo hacía casi todos los días.
A veces pensaba que, después de tantos años, su cuerpo había terminado por aprender la hora mejor que cualquier reloj. Permaneció unos segundos mirando el techo y luego se incorporó con cuidado. Yo seguí acostada, medio dormida, mientras lo escuchaba caminar hacia el baño.
Había cosas que él hacía con una precisión que me enternecía.
Dejaba la bata en el mismo lugar. Afeitaba primero un lado del rostro y luego el otro. Se duchaba sin hacer ruido. Después iba al estudio y encendía el computador.
Yo conocía el sonido de aquella puerta al cerrarse.
También conocía el silencio que venía después.
Durante muchos años había creído que las mañanas eran el comienzo del día. Con el tiempo descubrí que, para nosotros, eran más bien una forma de comprobar que el día seguía allí.
Él escribía.
Yo dormía un poco más.
Y durante un rato cada uno habitaba su propio silencio.
Cuando finalmente me levanté, el cielo empezaba a aclarar detrás de las ventanas. Me vestí con ropa cómoda, recogí el cabello y fui hasta la cocina.
Antes de salir, preparé la bolsa.
Arroz, avena, maíz triturado y un poco de lentejas.
La cerré con cuidado.
No era gran cosa, pero sabía que para ellas lo sería.
En el estudio encontré a mi esposo frente a la pantalla. Tenía los anteojos puestos y una expresión de concentración que yo conocía muy bien. Sobre la mesa había una taza de café que seguramente llevaba allí demasiado tiempo.
—¿Ya estás lista? —preguntó sin apartar los ojos del computador.
—Ya.
Entonces miró la bolsa que llevaba en la mano.
—¿Otra vez?
—Otra vez.
Sonrió mientras terminaba.
—Pensé que hoy iban a tener que arreglárselas solas.
—No les va a gustar la idea.
—¿Y desde cuándo tienes que consultarles sus planes?
—Desde que descubrí que tienen mejor memoria que nosotros.
Esta vez sí levantó la mirada.
—¿Y eso cómo lo sabes?
Me encogí de hombros.
—Porque siempre aparecen.
Él cerró el computador.
—Algún día van a terminar esperándote en la puerta.
—Ojalá, y lo digo en serio.
Se levantó y se acercó a mí.
—Te estás convirtiendo en San Francisca.
—¿San Francisca?
—La patrona de todos los animales abandonados.
Le di un pequeño golpe con la bolsa.
—No exageres.
—Tuvimos tres perros.
—Y fueron buenos perros.
—También alimentabas a los gatos de la calle.
—Porque tenían hambre.
—Ahora alimentas a las palomas.
—Porque también tienen hambre.
Me miró unos segundos. Luego sonrió.
—No hay manera de discutir contigo.
—Eso dices porque nunca has tenido buenos argumentos.
Se rió, me gustaba escucharlo reír.
Con los años uno aprende que ciertas cosas pequeñas terminan siendo más valiosas que las grandes. Una risa al comienzo de la mañana. Una taza de café caliente. Una mano que busca la otra al cruzar una calle.
Él tomó las llaves.
—Vamos, Santa Francisca.
Salimos del apartamento.
Mientras esperábamos el ascensor, miré la bolsa.
—Creo que hoy necesitaré más maíz.
—¿Por qué?
—Ayer vi algunas que no conocía.
Él giró la cabeza.
—¿Palomas nuevas?
—Eso parece.
—¿Y cómo sabes que son nuevas?
—Una termina conociéndolas.
No respondió.
El ascensor llegó y entramos.
Mientras descendíamos, observé nuestros reflejos en las puertas metálicas. Éramos dos personas mayores, con ropa deportiva y bolsas de comida para unos animales que, hasta hacía poco, ni siquiera sabíamos distinguir.
Pensé que la vida tenía maneras curiosas de cambiar nuestras costumbres.
Primero habían sido los perros.
Después los gatos.
Luego las plantas.
Ahora las palomas.
Quizá cuidar fuera una de esas cosas que no se aprenden, sino que se van acumulando.
Las puertas se abrieron en el primer piso.
Afuera, el aire era fresco.
La ciudad apenas empezaba a desperezarse.
Caminamos por la acera en dirección al parque.
Él avanzaba a mi lado con las manos libres. Yo llevaba la bolsa contra el cuerpo. Habíamos hecho aquel recorrido tantas veces que nuestros pasos parecían conocerlo sin necesidad de nosotros.
A veces hablábamos.
Otras veces no.
Después de tantos años juntos, el silencio había dejado de ser una ausencia de palabras. Era otra forma de conversar.
Aquella mañana hablamos de las palomas.
—No deberías darles tanto —dijo él.
—¿Por qué?
—Porque se acostumbran.
—¿Y?
—Después te esperan.
Seguí caminando.
—Tal vez eso no sea tan malo.
Él no respondió.
Sonreí, a veces sabía que había ganado una discusión cuando él decidía no continuarla.
Unos minutos después apareció la verja del Parque .Robledal.
Los árboles se elevaban detrás de ella como una masa oscura contra el cielo que empezaba a ponerse azul. Una brisa leve movía las hojas de las ramas más altas. Todavía no había corredores ni niños ni vendedores. El parque pertenecía por unos minutos a quienes llegábamos antes que el ruido.
Entonces las vi.
Varias palomas estaban reunidas en una rama cercana.
No bajaron.
No huyeron.
Simplemente nos observaron.
Me detuve.
Él dio un par de pasos antes de advertir que yo ya no caminaba.
—¿Qué pasa?
Señalé hacia los árboles.
—Son ellas.
Miró hacia allí.
—¿Las de ayer?
—Algunas.
Apreté la bolsa contra mi cuerpo.
Una de las palomas inclinó ligeramente la cabeza.
No sé por qué tuve la impresión de que me estaba reconociendo.
Tal vez era solo imaginación.
A nuestra edad, uno aprende a no confiar demasiado en las primeras impresiones. Pero tampoco aprende a ignorarlas por completo.
Volví a caminar.
Él me siguió.
Entramos al parque mientras el sol comenzaba a insinuarse detrás de los edificios.
Todavía no sabía sus nombres.
Ni sabía que aquellas aves tenían sus propias costumbres, sus propias disputas y sus propias maneras de recordar.
Para mí eran simplemente las palomas del parque.
Y yo era solamente una mujer que cada mañana llevaba un poco de comida para ellas.
Eso creía.
Al menos, aquel lunes a las cinco de la mañana, todavía lo creía.
Capítulo 2.
El Parque Robledal.
El Parque Robledal había nacido con una de esas ambiciones que suelen tener las ciudades cuando quieren demostrar que también saben conservar lo que alguna vez estuvo a punto de desaparecer.
Treinta hectáreas de bosque seco tropical quedaron atrapadas entre edificios nuevos, avenidas y proyectos residenciales. Desde lejos, el parque parecía una isla verde rodeada poco a poco por una ciudad que crecía a su alrededor.
A mí siempre me había gustado esa contradicción.
Los edificios eran altos, rectos, recién pintados. El bosque, en cambio, parecía no tener ninguna prisa. Sus árboles crecían torcidos, sus ramas buscaban el cielo por caminos imprevisibles y, aun en los meses más secos, alguna forma de vida encontraba la manera de permanecer.
Los hombres habían trazado senderos entre los árboles, puesto bancas, instalado luces y construido espacios para hacer ejercicio, practicar deportes o simplemente sentarse a mirar.
Habían ordenado el bosque sin conseguir del todo que dejara de ser bosque.
Eso me parecía bien.
El parque tenía una pista de BMX, otra para patinaje y un gimnasio al aire libre. También había un pequeño teatro y una plaza de comidas que, al caer la tarde, se llenaba de voces, música y olores.
Pero lo que más me gustaba era el sendero que rodeaba la laguna.
Seis kilómetros de camino que nunca parecían querer llegar directamente a ninguna parte.
A veces caminábamos por allí durante la mañana.
En otros días lo hacíamos al final de la tarde, cuando el calor comenzaba a ceder y la luz se filtraba entre las ramas con una suavidad que hacía olvidar por un momento el ruido de la ciudad.
En el centro de la laguna había una fuente.
Durante el día no tenía nada de extraordinario. Por la noche, en cambio, las luces convertían el agua en otra cosa. Los chorros subían y caían acompañados por música, y durante unos minutos las personas que se encontraban alrededor dejaban de mirar sus teléfonos para mirar hacia arriba.
Los niños corrían.
Las parejas tomaban fotografías.
Los vendedores esperaban que terminara el espectáculo.
Después cada quien regresaba a su casa.
El parque, no.
El parque permanecía.
Quizá por eso siempre había pensado que los lugares también tienen memoria.
Nuestro sendero se dividía en cierto punto.
Uno de los caminos continuaba alrededor de la laguna. El otro se internaba un poco más entre los árboles, rodeaba un claro y volvía a encontrarse con el principal unos minutos después.
Preferíamos el segundo.
Era más tranquilo.
A esas horas casi nadie lo utilizaba.
Había bancas junto al camino, algunas mirando hacia la laguna y otras hacia el claro. Por las mañanas todavía conservaban el rocío de la noche y, sobre la madera, solían quedar pequeñas hojas que el viento había dejado allí.
Mientras caminábamos, el parque despertaba poco a poco.
Primero se escuchaban los insectos.
Después alguna ardilla cruzaba entre las ramas.
Los lagartos desaparecían bajo las raíces al advertir nuestros pasos.
Y arriba, mucho antes de que nosotros estuviéramos completamente despiertos, las aves ya llevaban varias horas ocupadas con sus asuntos.
El claro aparecía después de la bifurcación.
Era redondo, abierto al cielo y rodeado de árboles. Allí habían construido seis palomares de madera.
Los niños los llamaban casitas.
A mí siempre me habían parecido pequeños edificios.
Cada uno tenía tres compartimentos y cada compartimento una entrada circular. Dieciocho espacios en total, suficientes para que las palomas encontraran refugio de la lluvia, del sol y de aquellas noches en que la ciudad parecía demasiado grande.
Al principio pensé que eran solamente eso.
Refugios.
Con el tiempo entendí que para ellas significaban mucho más.
Había palomas que regresaban siempre al mismo lugar. Otras parecían conocer cada rama, cada techo y cada rincón del parque. Algunas no toleraban que una desconocida se acercara demasiado.
Y estaban las que llegaban de vez en cuando.
Las observaba desde las bancas.
Nunca dejaba de sorprenderme la facilidad con que podían reconocerse.
Nosotros necesitábamos nombres, documentos, direcciones.
Ellas parecían arreglárselas con una mirada.
Con un vuelo.
Con un sonido.
El parque tenía fronteras que nosotros no podíamos ver.
No había cercas.
No había letreros.
Pero las palomas sabían dónde comenzaba el territorio de unas y terminaba el de otras.
También sabían quién podía acercarse y quién debía mantenerse lejos.
Yo había aprendido a respetar esas cosas.
Tal vez porque, después de tantos años trabajando con telas, había descubierto que incluso los materiales tienen memoria. Una prenda conserva el movimiento de quien la usa. Una tela guarda la forma de un cuerpo. Un lugar, pensé alguna vez, debe hacer algo parecido con quienes lo habitan.
Las palomas habían vivido allí mucho antes de que yo empezara a fijarme en ellas.
Y seguramente seguirían allí cuando nosotros ya no estuviéramos.
Eso era algo que nunca me había gustado pensar demasiado.
Prefería llevarles comida.
Quizá cuidar a otros también era una manera de no pensar en el tiempo.
Aquellas seis pequeñas construcciones de madera habían terminado convirtiéndose en el hogar de una colonia.
Yo no sabía cuántas palomas la componían.
Tampoco conocía sus nombres.
Solo distinguía a algunas.
La que tenía una mancha oscura junto al ojo.
La que caminaba cojeando.
La que siempre esperaba a que las demás comenzaran a comer antes de acercarse.
Y una que, sin saber por qué, había empezado a llamar mi atención.
Todavía no sabía cómo llamarla.
Ni sabía que ella ya había aprendido a reconocerme.
Para nosotros, aquellos palomares eran apenas una parte más del paisaje.
Para ellas eran otra cosa.
Allí nacían, allí se refugiaban, allí aprendían a reconocer el peligro.
Y allí, supongo, también aprendían a recordar.
Aquella mañana, cuando llegamos al claro, una paloma estaba posada sobre el techo del cuarto palomar.
Permanecía inmóvil.
Miraba hacia la laguna.
Después hacia los edificios.
Finalmente volvió la cabeza hacia el sendero.
Yo aún estaba lejos.
Pero la paloma me vio.
Me detuve un instante.
Ella inclinó la cabeza.
No sé qué vio.
Tal vez solamente una mujer acercándose con una bolsa de tela.
Tal vez reconoció el paso.
Tal vez reconoció la bolsa.
O quizá fui yo quien quiso creer que me había reconocido.
Continué caminando.
Ella no se movió.
A veces, cuando uno observa con suficiente atención, tiene la impresión de que los animales saben cosas que nosotros apenas comenzamos a sospechar.
Aquella mañana no sabía todavía qué significaba aquella mirada.
Solo sabía que, de alguna manera, parecía estar esperándome.
Capítulo 3.
Colonia del Parque Robledal.
Yo despertaba antes que los demás.
No necesitaba que amaneciera. Había aprendido a reconocer ese instante en que la noche comenzaba a perder fuerza y el bosque dejaba de ser una sola sombra. Primero cambiaba el color del cielo; después, algunas hojas adquirían contornos; finalmente, aparecían los primeros sonidos.
Me gustaba ese momento.
Una colonia que despertaba sin saber qué ocurría a su alrededor comenzaba el día en desventaja.
Salí del nido y volé hasta el techo del palomar central.
Desde allí podía verlo todo.
Los seis palomares, las ramas donde dormían los jóvenes, el claro, el sendero, la laguna y los árboles que marcaban los límites de nuestro territorio.
Nada parecía fuera de lugar.
Eso era bueno.
Siempre he pensado que el orden no consiste en que nada ocurra, sino en saber qué hacer cuando ocurre.
Lancé un gorjeo breve, esperé.
Nadie salió.
Volví a llamar, esta vez con una nota más grave.
Entonces comenzaron a aparecer las primeras cabezas.
Los adultos fueron los primeros, después llegaron los jóvenes, algunos todavía con las plumas desordenadas y esa dificultad que parecen tener para comprender que una convocatoria no es una invitación a seguir durmiendo.
Los observé sin decir nada.
Al poco rato apareció Tau-Be.
—Llegas tarde —le dije.
—No.
—La reunión empezó hace rato.
Miró alrededor.
—Entonces llegué justo a tiempo para terminarla.
Algunas palomas soltaron pequeños gorjeos.
Estuve a punto de sonreír.
—¿Dónde estabas?
—Despertando a los vigilantes.
—¿Qué ocurrió?
—Una discusión.
—¿Sobre qué?
—La rama del mango.
Cerré los ojos un instante.
Hay problemas que requieren una reunión del Consejo y otros que, sencillamente, nacen porque demasiadas palomas quieren dormir sobre la misma rama.
—¿Y quién ganó?
—No pregunté.
—¿Por qué?
Tau-Be inclinó la cabeza.
—Yo tampoco quería saberlo.
Esta vez fueron más los gorjeos.
Esperé a que se calmaran.
—Comencemos.
La primera parte de la reunión era siempre la misma.
Vigilancia.
Tau-Be distribuyó los turnos. Dos palomas cubrirían el borde de la laguna. Otras vigilarían el interior del bosque. Una pareja permanecería cerca de los palomares y otra observaría el sendero.
No era una tarea que despertara entusiasmo.
Tampoco era una tarea que pudiera dejarse para después.
Mi padre me enseñó eso mucho antes de que yo supiera lo que significaba dirigir una colonia.
Una colonia no está protegida porque tenga buenos escondites. Está protegida porque alguien permanece atento mientras los demás pueden descansar.
Nunca olvidé aquella enseñanza.
—Nadie vuela solo hacia el bosque —dije.
Uno de los jóvenes levantó una pata.
—Ayer fui solo.
—Lo sé.
—No pasó nada.
—También lo sé.
—Entonces...
—Entonces ayer tuviste suerte.
El joven bajó la cabeza.
Miré a los demás.
—La suerte sirve para contar historias. No para organizar una colonia.
Tau-Be asintió.
—Eso mismo le dije ayer.
Lo miré con atención.
—¿Y qué te respondió?
—Que yo también tuve suerte cuando llegué tarde a la reunión.
Algunas palomas soltaron gorjeos.
Esta vez sí sonreí.
Tau-Be tenía esa costumbre. Podía obedecerme y, al mismo tiempo, recordarme que yo no siempre tenía razón. Quizá por eso confiaba en él.
La tensión desapareció.
Durante unos momentos solo se escucharon alas y voces.
Entonces recordé algo.
—Las competencias se acercan.
El claro cambió de inmediato.
Los jóvenes levantaron la cabeza.
Algunos se miraron entre sí.
No era un asunto menor.
Llevábamos tiempo preparándonos.
Yo no había olvidado nuestro último resultado.
Tampoco ellos.
La Plaza de los Mártires había ganado.
Por poco.
Pero había ganado.
Todavía recordaba el regreso de nuestros competidores. Las alas cansadas, los gorjeos apagados. La manera en que algunos evitaban mirarme.
Y recordaba, sobre todo, aquella frase que había escuchado mientras la otra colonia celebraba:
El bosque no siempre sabe competir con la ciudad.
Había pasado tiempo.
La frase seguía allí.
Quizá por eso me había esforzado tanto en preparar a To-Lux y So-Mol.
—Participaremos este año —dije—. Y competiremos contra las mejores colonias de la región.
Tau-Be no dijo nada.
No era necesario.
—To-Lux y So-Mol necesitan más entrenamiento. Y una alimentación especial.
Tau-Be me miró.
—Ya tienen una buena alimentación.
—Pueden tener una mejor.
—¿Para ganar?
Sostuve su mirada.
—Para estar preparados.
Tau-Be guardó silencio unos segundos.
—Eso no fue lo que pregunté.
Algunas cabezas se volvieron hacia nosotros.
No me incomodé, con Tau-Be era mejor responder que fingir que no había escuchado.
—Para ganar —admití finalmente.
Asintió satisfecho.
—Entonces será para ganar.
No hubo reproche en su voz.
Tampoco aprobación.
Solo esa sinceridad suya que a veces resultaba incómoda.
La reunión terminó poco después.
Las palomas se dispersaron. Algunas volaron hacia los árboles; otras comenzaron a buscar alimento. Los jóvenes se persiguieron alrededor de los palomares hasta que un adulto les recordó, con un picotazo, que el día apenas comenzaba.
Yo permanecí sobre el palomar.
Entonces escuché la señal del vigilante.
Tres notas rápidas.
Una pausa, dos más.
No era alarma.
Era anuncio.
—¡La Benefactora!
La noticia atravesó la colonia con una rapidez que ninguna orden podía igualar.
Miré hacia el sendero.
Allí venían.
La mujer llevaba su bolsa de tela.
El hombre caminaba junto a ella.
Los dos avanzaban con la tranquilidad de quienes habían recorrido aquel camino demasiadas veces para necesitar mirarlo.
La mujer levantó la cabeza.
Nos vio, sonrió.
Después hizo algo que todavía me resultaba extraño.
Gorjeó, era una imitación imperfecta, demasiado suave y demasiado lenta para confundirse con una llamada verdadera.
Pero nosotros la entendíamos.
Yo también.
La mujer se agachó y abrió la bolsa.
El olor de los granos llegó antes que la comida.
Arroz, avena, lentejas, maíz triturado.
Los distribuyó sobre el suelo formando pequeñas líneas, dejando espacio entre unas y otras.
No era la primera vez que lo hacía.
Había aprendido.
Eso me llamaba la atención.
Los humanos suelen necesitar muchas oportunidades para aprender algo que nosotros entendemos después de observarlo unas pocas veces.
Descendí con las demás.
Picoteé un grano.
Después otro.
Mientras comía, observé a la mujer.
Los humanos acostumbraban caminar mirando hacia delante.
Ella miraba hacia abajo.
No al suelo.
A nosotros.
Sabía esperar.
No intentaba tocarnos.
No levantaba los brazos.
No hacía movimientos bruscos.
Y regresaba.
Siempre regresaba.
Eso era lo que más importaba.
Cuando terminó de repartir la comida, se sentó en una banca junto al hombre.
Continué observándola.
—¿Qué miras? —preguntó Tau-Be, que había aterrizado cerca.
—A ella, Tau-Be.
—Eso ya lo veo.
—Quiero saber por qué viene.
Tau-Be picoteó un grano.
—Porque nos alimenta.
—Eso ya lo sé.
—Entonces no sé qué más quieres saber.
No respondí.
La mujer permanecía sentada, hablando con su compañero.
Por momentos volvía la mirada hacia nosotros.
No parecía esperar nada.
Y quizá eso era lo que más me desconcertaba.
No pedía.
No reclamaba.
No parecía querer recibir nada a cambio.
—Los humanos no suelen hacer cosas sin motivo —dije.
Tau-Be levantó la cabeza.
—Nosotros tampoco.
Lo miré, curioso.
—¿Qué quieres decir?
—Que quizá ella simplemente nos quiere.
La respuesta me pareció demasiado sencilla.
Y, precisamente por eso, incómoda.
Los humanos eran difíciles de entender. Algunos destruían nuestros árboles; otros nos espantaban; otros parecían no reparar siquiera en nuestra existencia.
Y aquella mujer venía cada día para alimentarnos.
Quizá Tau-Be tenía razón.
O quizá no.
Miré otra vez a la mujer.
Había algo en ella que me resultaba familiar.
No su rostro.
No su voz.
Era otra cosa.
Una manera de estar allí.
Como si aquel lugar también le perteneciera un poco.
Aparté la mirada.
Hacía mucho tiempo que había aprendido a desconfiar de las cosas que no podía explicar.
Tal vez por eso recordé entonces otro tiempo.
Antes de los edificios.
Antes de la laguna.
Antes de los senderos y de las luces.
El bosque había sido distinto.
Yo había nacido allí.
También mi padre.
Y antes de mi padre, otros.
Durante generaciones habíamos vivido entre aquellos árboles sin necesitar más territorio que el que podían recorrer nuestras alas.
Después llegaron las máquinas.
El ruido.
Los hombres.
Los árboles que desaparecieron.
Algunos abandonaron el lugar.
Otros se quedaron.
Yo fui uno de los que se marcharon.
Recuerdo a mi padre observándome antes de partir.
—Busca tu propio lugar.
Nada más.
Ni una despedida.
Ni un consejo.
Durante años intenté decidir qué había querido decir realmente.
A veces pensaba que había sido una muestra de confianza.
Otras, un desafío.
Quizá ambas cosas.
Encontré este lugar.
Organicé la colonia.
Establecí reglas.
Aprendí que las reglas podían evitar muchas disputas, aunque nunca todas.
Aprendí también que una colonia necesitaba algo más que alimento y refugio.
Necesitaba orden.
Y yo sabía imponerlo.
Eso era lo que pensaba.
O, tal vez, lo que necesitaba pensar.
Había ocasiones en que me preguntaba qué habría visto mi padre si pudiera observarme desde alguna rama.
¿Habría considerado que había encontrado mi propio lugar?
No lo sabía.
Pero me gustaba imaginar que sí.
—Yo-Mar.
La voz de Tau-Be me devolvió al claro.
—¿Sí?
—La estás siguiendo con la mirada.
La mujer comenzaba a levantarse.
—Quiero saber dónde vive.
Tau-Be tardó un instante en responder.
—¿Para qué?
No contesté.
La Benefactora guardó la bolsa.
El hombre se puso de pie.
Los dos comenzaron a alejarse por el sendero.
—No lo sé —dije finalmente.
Tau-Be me miró.
—Entonces quizá no deberías seguirlos.
Abrí las alas.
—Quizá, y volé.
Escuché a Tau-Be detrás de mí.
—Eso tampoco fue una respuesta.
No me detuve.
No sabía exactamente qué buscaba.
Solo sabía que aquella mujer había entrado poco a poco en la vida de nuestra colonia sin pedir permiso, sin imponer nada y sin pronunciar una sola palabra que nosotros pudiéramos comprender.
Y eso, para mí, era razón suficiente para querer saber más.
Capítulo 4.
Colonia de La Plaza de los Mártires.
El ruido nunca terminaba en la Plaza de los Mártires.
Yo había aprendido a dormir con él, pero nunca a ignorarlo.
Comenzaba antes del amanecer y continuaba mucho después de que la mayoría de las palomas buscara refugio en los tejados y cornisas. Motores, voces, bocinas, pasos, música. El golpe de las puertas de los automóviles. El rugido de las motocicletas.
Y, por encima de todo, aquel rumor permanente de una ciudad que parecía incapaz de quedarse quieta.
Conocía cada uno de esos sonidos.
También conocía sus consecuencias.
Cuando una paloma se acostumbraba demasiado al ruido, dejaba de escuchar otras cosas.
El vuelo de un halcón.
El movimiento sigiloso de un gato.
El silbido particular de una persona que se acercaba demasiado.
El crujido de una bolsa.
Por eso permanecía despierto.
Desde la cornisa de uno de los edificios que rodeaban la plaza observaba la colonia.
Era grande.
Demasiado grande.
Cientos de palomas ocupaban los techos, las cornisas, los balcones, los monumentos y cualquier superficie que permitiera sostenerse sin caer.
Algunas dormían agrupadas.
Otras disputaban un lugar.
Las más jóvenes perseguían restos de comida entre los visitantes.
Dos machos se peleaban junto a una estatua.
Un grupo entero levantó el vuelo cuando un niño corrió hacia ellos.
Los observé.
No me gustaba aquello.
Había pasado años intentando convertir aquella multitud en una colonia.
Había establecido turnos.
Ordenado rutas.
Creado señales.
Castigado a quienes no cumplían.
Había hecho todo lo que estaba a mi alcance.
Y, sin embargo, cada mañana encontraba el mismo desorden.
A veces me preguntaba si realmente era posible gobernar a tantos.
No me gustaba esa pregunta.
Se parecía demasiado a una derrota.
Escuché el batir de unas alas detrás de mí, no me volví.
—¿Eres tú, Sur-Fe?
—Sí, Ta-Lama.
—¿Qué noticias me traes?
Sur-Fe aterrizó a mi lado.
Permaneció en silencio un instante, lo miré.
—Si vas a decirme que son buenas y malas al mismo tiempo, ahórratelo.
Parpadeó.
—Algunas nos favorecen.
—¿Y las otras?
—No tanto.
Cerré los ojos.
—Entonces habla.
Sur-Fe miró hacia la plaza.
—He estado observando la colonia del Parque Robledal.
No dije nada.
—Es pequeña.
—Eso ya lo sé.
—Pero está bien organizada.
Volví la mirada hacia él.
—¿Organizada?
—Sí. Bastante organizada.
—¿Cuántas palomas tienen?
—Son pocas.
—¿Y eso te parece una ventaja?
—En este caso, sí.
—Tienen vigilancia permanente. Los turnos están definidos. Los miembros conocen las señales. Los jóvenes reciben entrenamiento. No vi ninguna pelea seria durante los días que estuve observando.
Solté una risa seca.
—Entonces no son una colonia.
Sur-Fe no respondió.
—¿Qué más?
—Están bien alimentados.
Dejé de mirar la plaza.
—¿Por qué?
—Una humana los alimenta casi todos los días.
—¿Todos los días?
—Casi siempre.
Guardé silencio.
No me gustaba aquella información.
No porque la mujer alimentara a las palomas.
Porque significaba que aquella pequeña colonia tenía algo que nosotros necesitábamos.
—¿Y los palomares?
—Dieciocho nidos.
—¿Ocupados?
—Todos.
Sentí que algo se tensaba dentro de mí.
No había necesitado aquella información.
Pero ahora la tenía.
—¿Y su jefe?
Sur-Fe dudó.
—Yo-Mar.
El nombre quedó entre nosotros.
Yo lo conocía.
No personalmente.
Pero lo conocía.
En los últimos meses había comenzado a escucharlo con demasiada frecuencia.
—¿Es competente?
—Sí.
—¿Popular?
—Bastante.
—¿Ambicioso?
Sur-Fe me miró.
—No lo sé.
Sonreí apenas.
—Todos los líderes son ambiciosos.
—Quizá él no.
Lo miré con inquietud.
—Eso sería todavía peor.
Sur-Fe guardó silencio.
Volví a mirar la plaza.
Durante tres años habíamos dominado las competencias regionales.
Tres años.
Velocidad.
Larga distancia.
Tres años en los que el nombre de La Plaza de los Mártires había aparecido en los informes del Consejo.
Tres años en los que yo había conseguido algo que no era fácil conseguir en una colonia como la nuestra: que nos tomaran en serio.
Había aprendido a aprovechar cada triunfo.
Cada resultado.
Cada informe.
Cada palabra pronunciada por un miembro del Consejo.
Sabía que el poder no se obtenía solamente gobernando bien una colonia.
También había que conseguir que los demás lo reconocieran.
Y durante tres años nos habían reconocido.
Hasta que apareció Robledal.
El año anterior había ganado la competencia de larga distancia.
Una colonia pequeña.
Joven, ordenada.
Y dirigida por un tal Yo-Mar.
Desde entonces, su nombre aparecía cada vez con más frecuencia.
Lo había escuchado en las reuniones.
Lo había visto en las listas.
Había observado cómo algunos miembros del Consejo comenzaban a mencionarlo cuando hablaban de liderazgo.
Eso era lo que más me molestaba.
No que Yo-Mar hubiera ganado.
Que empezaran a verlo.
Yo había trabajado demasiado para conseguir que me vieran a mí.
—¿Podemos tomar la colonia? —pregunté.
Sur-Fe me miró.
—No sin consecuencias.
—No pregunté eso.
—No sería sencillo.
—¿Por qué?
—Porque están preparados. Una invasión provocaría una confrontación. El Consejo Regente no aprobaría una acción de ese tipo.
Golpeé suavemente el borde de la cornisa con una pata.
—El Consejo.
Pronuncié la palabra con una mezcla de respeto y fastidio.
—Siempre el Consejo.
Sur-Fe no respondió.
—Entonces, ¿qué es lo favorable?
—Podemos entrar sin invadir.
—Explícate.
—Una pareja.
—¿De aquí?
—Sí.
—¿Para qué?
Sur-Fe inclinó la cabeza.
—Para observar. Para conocer sus rutinas. Sus turnos. Sus puntos débiles. Sus relaciones internas.
—¿Y?
Bajó un poco la voz.
—Si encontramos la manera de dividirlos, no necesitaremos enfrentarlos.
Me quedé quieto.
Una corriente de aire atravesó la plaza.
Las palomas levantaron algunas plumas y volvieron a acomodarse.
—Continúa.
—Hay una pareja que podría hacerlo.
No pregunté quién.
Ya estaba pensando.
Durante un momento dejé de escuchar el ruido de la ciudad.
Pensé en los dieciocho nidos.
En los árboles.
En el alimento.
En aquella mujer.
Pensé en mis palomas.
Las miré desde arriba.
Una joven revoloteó alrededor de un bote de basura. Encontró un pedazo de pan. Antes de que pudiera comerlo, otra se lo arrebató.
Aparté la mirada.
Ese era nuestro problema.
No había suficientes árboles.
No había suficiente agua.
No había suficiente alimento.
La ciudad había crecido alrededor de nosotros como una trampa.
Los humanos hablaban de limpieza.
De conservación.
De control de la población.
Y algunos habían comenzado a discutir abiertamente la posibilidad de esterilizarnos.
Había escuchado aquella palabra.
No me gustaba.
No porque temiera por mí.
Me aterraba imaginar la plaza vacía.
Los tejados sin alas.
Los nidos desapareciendo uno después de otro.
La colonia que había gobernado reducida a unas pocas aves que ya no podrían dejar descendencia.
A veces, durante la noche, me preguntaba si todos aquellos años intentando convertir aquella multitud en una colonia no habían terminado llevándonos precisamente hacia aquello que quería evitar.
Una colonia sin espacio.
Sin alimento.
Sin futuro.
El pensamiento me duró poco.
Lo aparté.
Los líderes no pueden permitirse demasiadas dudas.
Al menos eso me había repetido durante años.
—Quiero mudarnos al Robledal —dije.
Sur-Fe no pareció sorprendido.
—Lo imaginé.
—Tiene alimento.
—Sí.
—Tiene refugios.
—Dieciocho.
—Y muchos árboles.
Volví a mirar la plaza.
—Y nosotros tenemos demasiadas palomas.
Sur-Fe guardó silencio.
—No es una mudanza sencilla —dijo finalmente.
—Nada de lo que importa lo es.
La frase salió con más dureza de la que pretendía.
Sur-Fe me observó.
Bajé la mirada.
Por un instante debí parecerle cansado.
Y lo estaba.
Había pasado demasiados años sosteniendo aquella colonia.
No quería abandonarla.
No quería verla morir lentamente.
Pero tampoco quería perder lo que había construido.
Levanté nuevamente la cabeza.
—Además, está la competencia.
Sur-Fe comprendió.
—Yo-Mar.
—Si, Yo-Mar.
Pronuncié su nombre lentamente.
—Si continúa creciendo su prestigio, el Consejo comenzará a considerarlo para la próxima vacante.
—Es posible.
—No.Es probable.
Se hizo un silencio.
—Y si lo consideran —continué—, mi posición cambia.
—Usted todavía tiene una buena reputación.
Sonreí ante su elogio.
—La reputación es una cosa extraña, Sur-Fe. Tarda años en construirse y una sola mala decisión puede convertirla en alimento para los demás.
—Entonces quiere desacreditarlo.
—Quiero conocerlo.
Sur-Fe sonrió ligeramente.
—Eso no es exactamente lo que acaba de decir.
—Necesito saber qué clase de líder es.
—¿Y si es honesto?
Miré hacia la plaza.
—Todos parecen honestos hasta que encuentran algo que desean.
Sur-Fe no respondió.
Yo tampoco.
Porque sabía que aquella frase podía aplicarse a cualquiera.
Incluso a mí.
Volví la mirada hacia el cielo.
—Hay leyes que el Consejo considera intocables.
—Sí.
—Una de ellas es el celibato de los líderes.
Sur-Fe entendió.
Su expresión cambió.
—¿Quiere que una pareja...?
—Sí.
—Eso es provocación.
—Lo sé.
El viento pasó entre nosotros.
Bajé la voz.
—No necesito que hagan daño a nadie.
Sur-Fe me miró como si aquella aclaración le resultara inesperada.
—Solo necesito saber hasta dónde llega Yo-Mar.
—¿Y si se niegan?
Miré nuevamente hacia la plaza.
Centenares de palomas ocupaban aquel espacio.
Unas sobre otras.
Sin orden.
Sin refugios suficientes.
Sin saber qué futuro les esperaba.
—Entonces busca a quienes tengan algo que perder.
Sur-Fe asintió lentamente.
—Buscaré a la pareja.
—No busques obediencia.
—¿Qué debo buscar?
Tardé unos segundos en responder.
—Inteligencia.
Sur-Fe abrió las alas.
Antes de que partiera, lo detuve.
—Sur-Fe, aun no.
Se volvió.
—No quiero una guerra.Quiero un lugar para mi colonia.
No añadí nada más.
Sur-Fe voló.
Lo observé hasta que desapareció entre los edificios.
Después permanecí solo sobre la cornisa.
Abajo, la plaza seguía haciendo ruido.
Una paloma vieja aterrizó cerca de mí.
Era una de las primeras que había conocido cuando todavía éramos pocos.
Me miró.
Yo la miré.
Por un instante pensé que quería decirme algo.
No lo hizo.
Levantó el vuelo.
Seguí su trayectoria hasta que desapareció entre los edificios.
Entonces cerré los ojos.
Había tomado una decisión.
Todavía no sabía cuánto tendría que perder para conseguir aquello que decía querer proteger.
Y quizá ese era el problema.
Que, poco a poco, había comenzado a confundir ambas cosas.
Capítulo 5.
Colonia del Parque Robledal.
A finales de marzo, el bosque comenzó a cambiar.
Las lluvias llegaban de repente.
Una mañana el cielo amanecía despejado y, antes del mediodía, una cortina de agua descendía sobre los árboles con tanta fuerza que obligaba a las palomas a refugiarse bajo los aleros de los palomares.
Después escampaba.
El agua quedaba suspendida en las hojas.
Los troncos recuperaban su color.
El suelo despedía un olor profundo y húmedo.
Y el bosque parecía respirar mejor.
A nosotros también nos había llegado una época de abundancia.
Era la temporada de apareamiento.
Desde temprano, los palomares se llenaban de arrullos. Los machos desplegaban las alas. Las hembras elegían. Algunas parejas se perseguían de rama en rama y otras desaparecían durante horas dentro de los nidos.
Los jóvenes observaban desde los techos con una mezcla de curiosidad y desconcierto.
Yo toleraba aquel alboroto.
Una colonia que escucha nacer nuevas parejas no tiene que preocuparse todavía por su desaparición.
Pero había algo que no encajaba.
La Benefactora había cambiado.
Al principio fue casi imperceptible.
Llegaba a la misma hora.
Traía la misma bolsa.
Esparcía los mismos granos.
Se sentaba en la misma banca.
Pero ya no miraba a las palomas de la misma manera.
Antes sonreía.
Ahora miraba alrededor.
Antes permanecía largo rato observándonos comer.
Ahora parecía contar el tiempo.
Algunas mañanas hablaba poco con su compañero. Otras, después de sentarse, se quedaba mirando hacia el sendero como si esperara que alguien apareciera.
No sabía por qué había empezado a fijarme en aquello.
Quizá porque había decidido seguirla unos días atrás.
Quizá porque ya reconocía sus pasos antes de verla.
O quizá porque, sin darme cuenta, había comenzado a sentir que aquello que le ocurría también tenía algo que ver conmigo.
Una mañana la mujer se sentó en la banca y permaneció con las manos entrelazadas.
Su compañero dijo algo.
Ella negó con la cabeza.
Después miró hacia los palomares.
Yo estaba en una rama cercana.
Nuestros ojos se encontraron.
La mujer sonrió.
Pero la sonrisa llegó tarde, lo noté.
No sé por qué lo noté, pero lo hice.
Ladeé la cabeza.
Ella levantó una mano.
—Hola, preciosa.
No sabía qué significaba aquella palabra.
Pero reconocía el tono.
Era parecido al que algunas palomas utilizaban cuando llamaban a sus crías.
El hombre se levantó.
La mujer también.
Antes de marcharse, volvió a mirar hacia el palomar.
Aquella vez no sonreía.
No fue una mirada de despedida.
Fue una mirada de preocupación.
Permanecí inmóvil hasta que la pareja desapareció por el sendero.
—¿Qué miras?
Era Tau-Be.
—A La Benefactora.
Miró hacia el camino.
—¿Qué tiene?
—No lo sé.
—Entonces no tiene nada.
Lo miré pensativo.
—Antes estaba contenta.
Tau-Be soltó un pequeño gorjeo.
—Los humanos también tienen días malos.
—Ella no tenía días malos.
Tau-Be me observó durante unos segundos.
—La conoces demasiado.
No respondí.
La frase me molestó.
Quizá porque había algo de verdad en ella.
Me volví hacia el bosque.
—Tenemos entrenamiento.
—Sí.
—To-Lux y So-Mol deben estar listos.
—Lo estarán.
—Quiero ganar.
Tau-Be suspiró.
—Ya lo has dicho.
Lo miré resuelto.
—Entonces no tendré que repetirlo.
Se alejó.
No había querido discutir.
Yo sabía que no lo había convencido.
Pero tampoco quería discutir con él.
No ese día.
No mientras aquella mirada de la mujer siguiera en mi cabeza.
To-Lux y So-Mol me esperaban en el bosque.
Subimos, descendimos.
Cruzamos claros.
Nos internamos entre los árboles.
Volvimos a elevarnos.
No entrenábamos solamente las alas.
También buscábamos alimento.
Larvas, gusanos, pequeños insectos.
Todo aquello que pudiera fortalecer sus músculos antes de la competencia.
To-Lux era el más rápido.
So-Mol tenía mayor resistencia.
Yo conocía sus virtudes.
También sus defectos.
—Otra vez.
To-Lux abrió las alas.
So-Mol lo siguió.
Los observé alejarse.
Había algo casi infantil en la satisfacción que sentía al verlos volar.
Aquellos dos representaban el futuro de la colonia.
Y yo quería demostrar que el bosque podía vencer a la ciudad.
No solo por ellos.
No solo por la colonia.
También por mí.
La idea apareció con tanta claridad que dejé de batir las alas durante un instante.
Descendí unos centímetros antes de corregir el vuelo.
No me gustó lo que acababa de pensar.
Me había repetido muchas veces que las competencias servían para medir la fortaleza de una colonia.
Pero quizá también servían para medir a su jefe.
La idea me acompañó durante el resto del entrenamiento.
No estaba seguro de cuál de las dos cosas me importaba más.
Cuando regresamos, el sol comenzaba a caer.
Tau-Be me esperaba.
—Yo-Mar.
—¿Qué sucede?
—Una pareja solicitó formalmente unirse a la colonia.
Dejé de arreglarme una pluma.
—¿Los nuevos?
—Sí.
—¿Aceptaron las normas?
—Todas, Yo-Mar.
—Entonces ponlos en la lista de espera.
Tau-Be dudó.
—¿No quieres conocerlos?
—A mi regreso.
—¿Cuándo será?
Miré hacia el bosque.
—Pronto.
—Podrían empezar a construir un nido.
—Que lo hagan.
—Podrían acercarse demasiado a los palomares.
—¿Hay alguna razón para desconfiar?
Tau-Be tardó en responder.
—No.
Era cierto.
No tenía una razón.
Solo una sensación.
Y las sensaciones, por insistentes que fueran, no podían convertirse en leyes.
—Entonces vigílalos —dije.
Tau-Be asintió.
—Lo haré.
Extendí las alas.
Pero antes de partir miré hacia la entrada del parque.
La Benefactora había pasado aquella mañana.
No había sonreído.
Y por alguna razón que no podía explicar, aquello me preocupaba.
Al día siguiente volví a verla.
La mujer llegó acompañada de su compañero.
Traía la misma bolsa.
Caminó hasta el claro.
La reconocí antes de que levantara la cabeza.
Las palomas descendieron.
Yo también.
Ella comenzó a repartir el alimento.
Arroz, avena, lentejas, maíz triturado.
Los granos caían sobre el suelo y las palomas se apresuraban a recogerlos.
Yo, en cambio, me quedé observándola.
La mujer no parecía estar allí.
Quiero decir: su cuerpo estaba en el parque, pero su atención parecía encontrarse en otro lugar.
Se sentó en la banca.
El hombre dijo algo.
Ella respondió.
No pude entender las palabras.
Pero entendí el tono.
Era triste.
Me acerqué un poco más.
La mujer levantó la cabeza.
Me vio, sonrió.
Otra vez aquella sonrisa tardía.
—Hola, preciosa.
La palabra volvió a sonar.
Esta vez me produjo algo extraño.
No sabía qué.
Solo sabía que quería acercarme.
Di un salto corto.
Después otro.
La mujer extendió lentamente una mano.
Me detuve.
No porque tuviera miedo.
Porque no sabía qué quería hacer.
Ella tampoco avanzó.
Después bajó la mano.
—Está bien —dijo.
No entendí las palabras.
Pero sí la tranquilidad de su voz.
Permanecí allí unos segundos.
Luego volé hacia una rama.
Desde allí la observé.
El hombre se acercó a ella.
Le dijo algo.
La mujer bajó la cabeza.
Y entonces comprendí algo que no necesitaba conocer el lenguaje humano para entender.
No estaba bien.
No sabía qué le ocurría.
Pero no estaba bien.
Esa tarde encontré a Tau-Be cerca de los palomares.
—La Benefactora está preocupada —le dije.
Me miró.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—Entonces seguimos sin saber nada.
—Hoy fue diferente.
Tau-Be inclinó la cabeza.
—¿Cómo así?
—Parecía triste.
—¿Y eso qué significa?
—No lo sé.
—Entonces tampoco significa nada.
Lo miré con cierta molestia.
—¿Siempre tienes que encontrar una explicación para todo?
—No. Pero tú sí.
No respondí.
Tau-Be tenía esa manera de decir las cosas que hacía difícil saber si estaba contradiciéndome o simplemente intentando que pensara mejor.
Quizá ambas.
—Hay algo que le ocurre —dije.
—Puede ser.
—Y quiero saber qué es.
—¿Por qué?
La pregunta me tomó desprevenido.
Miré hacia el sendero.
—Porque viene todos los días.
Tau-Be no dijo nada.
Yo tampoco.
Quizá esa no era la verdadera respuesta.
Mientras hablábamos, vi a la nueva pareja.
Estaban en una rama apartada de los palomares.
Habían llegado cuatro días antes.
Se habían presentado correctamente.
No habían ocupado ningún nido.
Habían esperado.
Aceptado las normas.
No protestaron por la lista de espera.
No discutieron la obligación de vigilancia.
No preguntaron cuánto tendrían que esperar.
Eso era extraño.
Las palomas que querían entrar en una colonia siempre tenían preguntas.
Aquellas dos no parecían tener ninguna.
Habían elegido una rama apartada y comenzado a construir allí un pequeño refugio.
Trabajaban poco.
Observaban mucho.
Vi que uno de ellos levantaba la cabeza.
Nos miró.
Después siguió mirando hacia los palomares.
Tau-Be también los había visto, lo supe por la forma en que guardó silencio.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Nada, Yo-Mar.
—Los estás observando.
—Sí.
—¿Por qué?
Tau-Be tardó en responder.
—Porque observo a todos los que llegan.
Era una respuesta razonable.
No insistí.
A veces el silencio de Tau-Be decía más que sus palabras.
Al día siguiente tuve que volver al bosque con To-Lux y So-Mol.
Los entrenamientos eran cada vez más exigentes.
Subían, descendían.
Cruzaban claros.
Volvían a elevarse.
Yo marcaba los tiempos.
Corregía sus movimientos.
Les indicaba cuándo conservar fuerzas y cuándo acelerar.
To-Lux quería demostrar que era el más rápido.
So-Mol no quería quedarse atrás.
Yo quería que ambos estuvieran preparados.
No podía permitir que volviéramos a perder.
Mientras volábamos, pensé en la Plaza de los Mártires.
Pensé en aquella frase que había escuchado después de nuestra derrota.
El bosque no siempre sabe competir con la ciudad.
No quería volver a escucharla.
Esta vez no.
Regresamos cuando el sol comenzaba a caer.
Tau-Be estaba esperándome.
—Yo-Mar.
—¿Qué sucede?
Miró hacia la rama donde se encontraba la nueva pareja.
—Preguntaron por ti.
—¿Qué querían?
—Saber cuándo regresarías.
Fruncí el ceño.
—¿Y para qué?
—No lo dijeron.
Miré hacia ellos.
La pareja fingió estar ocupada.
Uno de ellos picoteaba el suelo.
El otro acomodaba unas ramas.
—¿Cuándo te preguntaron?
—Esta mañana.
—¿Algo más?
—Querían saber cuándo volverías del bosque.
Los observé.
—¿Les dijiste?
—Que no lo sabía.
—Bien hecho, Tau-Be.
Tau-Be permaneció a mi lado.
—Yo-Mar.
—¿Sí?
—No me gustan.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—Entonces estamos iguales.
—No exactamente.
Lo miré con mayor atención.
—¿Qué quieres decir?
—Tú no sabes por qué te preocupa La Benefactora.
Miró hacia la nueva pareja.
—Yo no sé por qué me preocupan ellos.
No respondí.
Por primera vez comprendí que quizá nuestras dos preocupaciones podían no ser independientes.
Miré hacia el sendero.
La Benefactora no había regresado esa tarde.
Y no sabía por qué su ausencia me inquietaba.
Extendí las alas.
—Vigílalos, Tau-Be.
Tau-Be asintió.
—Lo haré.
Me elevé.
El bosque quedó debajo.
Los palomares se hicieron pequeños.
Mientras me alejaba, miré una última vez hacia la rama de la nueva pareja.
Los dos permanecían inmóviles.
No hablaban.
No necesitaban hacerlo.
Habían esperado varios días.
Ya conocían los horarios.
Sabían quién vigilaba.
Sabían qué nidos estaban ocupados.
Sabían cuándo salía yo.
Y ahora sabían algo más.
El jefe de la colonia se marcharía.
Seguí volando.
No podía saber lo que ocurriría mientras estuviera lejos.
Tampoco podía imaginar que aquellas dos palomas no habían llegado al Robledal buscando solamente un lugar donde vivir.
Ellos sí lo sabían.
Y esperaron hasta que desaparecí entre los árboles.
Entonces comenzaron a moverse.
Capítulo 6.
El Valle Venturoso.
Las palomas habían descubierto, con el paso de las generaciones, que vivir juntas era una forma de complicarse la vida.
Al principio todo había sido sencillo.
Un árbol para dormir.
Un lugar donde encontrar agua.
Algo que comer antes de que oscureciera.
Pero las palomas se multiplicaron, ocuparon nuevos territorios y comenzaron a necesitar aquello que ningún árbol podía ofrecer por sí solo: reglas.
Así nacieron las colonias.
Y con ellas llegaron las fronteras, los turnos, las disputas, los acuerdos y las leyes.
Con el tiempo, aquel mundo terminó dividido en cinco regiones: Norte, Oriente, Sur y Occidente, alrededor de un territorio que no pertenecía propiamente a ninguna de ellas.
Era el Valle Venturoso.
Allí no vivían colonias, vivían las leyes.
El valle estaba protegido por dos grandes sistemas montañosos. Al norte y al occidente se levantaba la Sierra Norteña; al sur y al oriente, las Montañas Orientales.
Entre ambas cordilleras se extendía una tierra fértil, atravesada por el Río Tu-Di, que nacía entre las montañas y avanzaba hacia el océano como una cinta de agua que nunca olvidaba su camino.
Las palomas habían elegido aquel lugar para levantar el centro de su gobierno.
Quizá porque era difícil llegar hasta allí.
Quizá porque un territorio que no pertenecía a ninguna colonia podía pertenecer a todas.
En el corazón del valle estaba el Centro Administrativo y, dentro de él, el Consejo Regente.
Cinco consejeros.
Cinco voces.
Cinco votos.
Cada uno representaba una región y defendía los intereses de las colonias que había dejado atrás.
El quinto representaba al propio Valle Venturoso, territorio común y, precisamente por eso, territorio de nadie.
El Consejo legislaba, administraba y decidía sobre aquello que podía afectar a todas las palomas.
Y para vigilar que las leyes no terminaran convirtiéndose en aquello que sus gobernantes quisieran que fueran, existía el Fiscal.
Era elegido por el propio Consejo.
También ejercía como secretario.
Por eso escuchaba más de lo que hablaba.
Y recordaba más de lo que a muchos les convenía.
Lejos del valle, cada colonia tenía una estructura más sencilla.
Un jefe, un asistente.
El primero dirigía.
El segundo ayudaba, advertía y ocupaba su lugar cuando era necesario.
Pero el verdadero vínculo entre las colonias y el Consejo se renovaba cada año.
Los jefes debían viajar hasta el Valle Venturoso para presentar sus informes.
Allí se comparaban resultados, se evaluaban gestiones y se decidía quién había hecho méritos suficientes para ser tenido en cuenta.
Algunos regresaban con instrucciones.
Otros con reconocimientos.
Y unos pocos regresaban con algo que podía cambiarles la vida: Una nominación, una posibilidad, un lugar en el Consejo.
Yo quería contarme dentro de esos pocos.
El Río Tu-Di era la ruta más segura hacia el valle.
Por eso, tres días antes de la reunión anual, emprendí el viaje acompañado de To-Lux y So-Mol.
Cada uno llevaba una pequeña bolsa con las provisiones necesarias.
Volar durante horas deja poco espacio para las conversaciones.
Además, yo llevaba demasiado tiempo pensando en lo que encontraría al llegar.
No era la primera vez que viajaba al Valle Venturoso.
Pero cada viaje me producía la misma sensación.
Como si estuviera acercándome a un lugar que ya conocía antes de haberlo visto.
Al final de la primera jornada encontramos el río.
Descendimos hasta su curso y seguimos sus aguas.
Al segundo día llegamos al Gran Cañón.
Allí el viento cambiaba de humor sin avisar.
Una corriente podía elevarte y, al instante siguiente, arrojarte contra la pared de piedra.
Volamos bajo.
Muy cerca de las rocas.
Conocía el camino, pero nunca confiaba demasiado en él.
Mientras atravesábamos el cañón levanté la cabeza.
Más allá de las últimas montañas estaba el Valle Venturoso.
Pensé en él antes de verlo.
Y sonreí.
Cuando descendimos finalmente sobre el valle, el cansancio desapareció por un momento.
Frente a nosotros se extendía una inmensa franja de vegetación.
El río serpenteaba entre los árboles como si conociera todos los secretos de aquella tierra.
El aire era limpio.
Los frutos abundaban.
No había nidos amontonados unos sobre otros.
No había palomas disputándose una cornisa.
No había gritos.
Había espacio.
Había silencio.
Había orden.
Y eso era lo que más me impresionaba.
Miré el valle desde arriba.
—Algún día —dije.
To-Lux me miró.
—¿Qué?
—Nada, To-Lux.
No quería explicarlo.
Todavía no.
Seguí volando.
Pero el pensamiento continuó conmigo.
Algún día viviría allí.
No como visitante.
No como jefe de una colonia que llegaba a presentar un informe.
Como miembro del Consejo.
Durante años había trabajado para conseguirlo.
Había organizado nuestra colonia.
Había impuesto reglas.
Había enfrentado dificultades.
Había preparado competidores.
Había hecho todo lo que se esperaba de un buen jefe.
Pero, en el fondo, sabía que aquello no me bastaba.
Quería que mi trabajo fuera reconocido.
Quería que quienes se sentaban en el Consejo vieran algo más que números en mis informes.
Quería que vieran mérito.
Y quizá quería algo todavía más sencillo.
Quería que vieran mi nombre.
A la distancia apareció el Bosque de La Prosperidad.
Reduje el vuelo.
—Debemos detenernos.
So-Mol señaló hacia el Centro Administrativo.
—La reunión es mañana.
—Lo sé.
—Entonces llegaremos tarde.
Descendí entre los primeros árboles.
—Necesito recoger unas semillas.
To-Lux sonrió.
—Siempre tienes algo que hacer.
No respondí.
El Bosque de La Prosperidad estaba bajo protección del Consejo.
Entre sus árboles crecían frutos que alimentaban a buena parte de las colonias.
Pero ninguno tenía el valor del Fruto del Bien.
Sus semillas eran reservadas.
No podían distribuirse libremente.
Cada una tenía un destino.
Cada uso debía estar justificado.
Cada pérdida debía explicarse.
Me acerqué a uno de los árboles.
Busqué entre las ramas.
Encontré varias semillas maduras.
Las guardé en mi bolsa.
To-Lux me observó.
—¿Tienes autorización?
Levanté la cabeza.
—Soy el jefe de la colonia.
—No fue lo que pregunté.
Durante unos segundos solo escuchamos el agua del río.
Lo miré, después cerré la bolsa.
—Son para reponer el inventario.
To-Lux no insistió.
Pero tampoco apartó inmediatamente la mirada.
Conocíamos la ley.
Tomar semillas del Fruto del Bien sin autorización del Consejo constituía una falta grave.
Un jefe podía ser juzgado por ello.
Incluso si tenía buenas intenciones.
Incluso si nadie lo había visto.
Miré nuevamente la bolsa.
No pensaba utilizar las semillas para mí.
Nuestra colonia las necesitaba.
Eso era cierto.
Pero también era cierto que no tenía autorización para llevármelas.
Durante un instante pensé en devolverlas.
Después miré hacia el valle.
El Centro Administrativo aparecía a lo lejos.
Blanco, ordenado.
Casi irreal.
Sentí que mi futuro estaba allí.
Y aquella sensación terminó de convencerme.
—Vamos —dije.
Reanudamos el vuelo.
Llegamos al Centro Administrativo cuando comenzaba a oscurecer.
Los funcionarios nos recibieron sin ceremonia.
Cada colonia tenía asignado un nido para sus representantes. No eran grandes ni lujosos, pero estaban limpios y protegidos del viento.
Dejamos nuestras bolsas.
Después cenamos en silencio.
Al terminar, To-Lux y So-Mol se dirigieron hacia las pistas de entrenamiento.
Yo permanecí unos minutos junto al río.
La noche había comenzado a cubrir el valle.
Las primeras estrellas aparecían sobre el agua y parecían semillas luminosas flotando en la corriente.
Pensé en el informe que presentaría al día siguiente.
Hablaría de nuestra producción.
De las reservas.
De las medidas adoptadas.
De las dificultades.
De los resultados.
Pero sabía que el informe no sería lo único que escucharían.
El Consejo observaba.
Comparaba.
Recordaba.
Y yo quería que me recordara.
Llevé el pico hasta la bolsa.
Las semillas del Fruto del Bien estaban allí.
Por un instante pensé en dejarlas.
Todavía podía hacerlo.
Nadie me había visto tomarlas, podía regresar por la mañana, devolverlas al árbol y presentar mi informe con la tranquilidad de quien no había cometido ninguna falta.
Pero entonces recordé nuestra colonia.
Recordé sus necesidades.
Recordé el esfuerzo de aquellos meses.
Y después miré el Centro Administrativo.
Pensé en el Consejo.
Pensé en mi nombre.
La duda desapareció.
No había cometido una injusticia.
Eso me dije.
Solo había hecho lo necesario.
Y quizá esa sea una de las cosas más peligrosas que puede decirse una paloma cuando empieza a justificar una decisión.
Guardé silencio.
Después regresé a mi nido.
A la mañana siguiente presentaría mi informe ante el Consejo.
To-Lux y So-Mol competirían en las pistas.
Y yo tendría la oportunidad de acercarme un poco más a aquello que llevaba años deseando.
Todavía no sabía que, antes de abandonar el Valle Venturoso, una decisión tomada en aquel lugar comenzaría a cambiar mi destino.
Ni que una pequeña bolsa de semillas podía pesar más que todo lo que llevaba dentro de ella.
Capítulo 7.
El Informe.
El Centro Administrativo comenzó a llenarse antes de que el sol terminara de levantarse.
Había palomas que habían viajado durante días para llegar hasta allí, otras llevaban horas esperando. Algunas conversaban en pequeños grupos; otras permanecían solas, repasando mentalmente aquello que tendrían que decir.
Yo los observaba y pensaba que todos habíamos llegado con algo que no podía verse.
Nuestros resultados.
Nuestros errores.
Las decisiones que habíamos tomado durante el último año.
Y, sobre todo, aquello que cada uno esperaba encontrar al final de la evaluación.
Una buena puntuación podía abrir una puerta.
Una mala podía cerrarla durante años.
Me dirigí al vestíbulo norte.
Allí se reunían los jefes de las colonias de nuestra región antes de entrar en la sala del Consejo. Conocía a muchos de ellos. Había compartido reuniones, disputas y jornadas de trabajo con algunos.
Aquella mañana, sin embargo, parecían diferentes.
Más cuidadosos.
Más silenciosos.
Más parecidos entre sí.
Quizá porque todos sabíamos que, durante unos minutos, dejaríamos de ser jefes para convertirnos en candidatos a un juicio.
Una paloma se acercó.
—¿Estás preparado?
—Eso espero.
—No pareces nervioso.
—Lo estoy.
Soltó un pequeño gorjeo.
—Entonces lo escondes bien.
Sonreí y no respondí.
No quería que nadie supiera cuánto me importaba aquel momento.
Había trabajado demasiado tiempo para llegar hasta allí.
No esperaba que el Consejo me ofreciera un puesto.
Todavía no.
Primero tenía que conseguir algo más difícil: que mi nombre apareciera entre aquellos que merecían ser considerados.
Una buena gestión.
Buenos resultados.
Cumplimiento de las normas.
Crecimiento.
Administración de los recursos.
Resolución de conflictos.
Y, por supuesto, las competencias.
Todo terminaba convertido en números.
Puntos, posiciones.
Comparaciones.
Pero detrás de cada punto había un año entero de trabajo.
Y detrás de cada posición podía esconderse un futuro.
—Jefe Yo-Mar.
La voz de un funcionario me hizo levantar la cabeza.
Era mi turno.
Respiré lentamente.
Acomodé las plumas del pecho.
No lo necesitaba.
Lo hice de todos modos.
Atravesé la puerta.
La sala del Consejo era más pequeña de lo que parecía desde afuera.
Los cinco consejeros ocupaban sus lugares en una estructura semicircular.
Frente a ellos había un espacio vacío.
Mi espacio.
El Fiscal estaba sentado a un lado, con los registros abiertos delante de él.
No parecía interesado en nosotros.
Eso era precisamente lo que me inquietaba.
Había aprendido que algunas palomas observan levantando la cabeza.
Otras observan sin moverla.
El Fiscal pertenecía a las segundas.
El representante de la región Norte levantó la mirada.
—Yo-Mar, jefe de la colonia del Parque Robledal.
—Sí, señor.
—Puede comenzar.
Desplegué el informe.
Había ensayado su contenido tantas veces que ya conocía el orden de las cifras casi de memoria.
Comencé por la producción.
Después hablé de nuestras reservas.
Expliqué las mejoras introducidas durante el último ciclo.
Mencioné la reducción de conflictos internos.
El crecimiento de la población joven.
Los programas de entrenamiento.
Las medidas adoptadas para mejorar la administración de los recursos.
Hablaba con seguridad.
Al menos eso intentaba.
El consejero escuchaba.
A veces hacía una anotación.
Otras levantaba la mirada.
Yo aprendí rápidamente a distinguirlas.
Una anotación podía ser interés.
Una pregunta podía convertirse en un problema.
—Aquí señala un aumento en el consumo del Fruto del Bien —dijo finalmente.
Sentí una pequeña tensión en el pecho, no miré al Fiscal.
—Sí, señor.
—¿A qué se debe?
Había preparado aquella respuesta.
—A las necesidades extraordinarias de la colonia durante el último periodo.
El consejero volvió a mirar el documento.
—¿Extraordinarias?
—Tuvimos un incremento de la población joven y una reducción temporal de otras fuentes de alimento.
Pasó una página.
—¿Está debidamente registrado?
La respuesta salió demasiado rápido.
—Sí, señor.
Lo advertí en cuanto terminé de decirlo.
El Fiscal también.
Durante un instante, nadie habló.
Sentí el peso de aquel silencio.
Pensé en las semillas que había dejado en mi nido.
Pensé en el Bosque de La Prosperidad.
En el árbol.
En la bolsa.
En la mirada de To-Lux.
¿Tienes autorización?
El consejero pasó la página.
—Continúe.
Volví a respirar.
Y continué.
Hablé de la recuperación de los nidos.
De las zonas de descanso.
De los programas destinados a los jóvenes.
Hasta llegar a las competencias.
Entonces mi voz cambió.
No pude evitarlo.
—Nuestra colonia espera obtener una buena posición este año.
El consejero levantó la mirada.
—¿Espera?
Sonreí ligeramente.
—Confío en ellos.
Me sostuvo la mirada durante unos segundos.
—Eso no es lo mismo.
Bajé un poco la cabeza.
—No, señor.
Una de las consejeras intervino.
—¿Considera que su colonia está preparada para mejorar su posición?
—Sí.
—¿Por qué?
No tuve que pensarlo.
—Porque hemos aprendido de nuestros errores.
La consejera dejó de escribir.
—Todos dicen eso.
La miré y respondí.
—Nosotros intentamos demostrarlo.
El silencio volvió a ocupar la sala.
Esta vez no quise mirar al Fiscal.
Pero sentí su presencia.
El sonido de su escritura llegó hasta mí.
Una línea, otra.
Después dejó de escribir.
Finalmente, el consejero cerró mi informe.
—Puede retirarse.
Incliné la cabeza.
—Gracias.
Me di la vuelta.
Había llegado casi hasta la puerta cuando escuché su voz.
—Jefe Yo-Mar.
Me detuve.
—Sí, señor.
—Una última cosa.
Volví a mirarlo.
El consejero sostuvo mi mirada.
—Buen informe.
No era una felicitación.
Tampoco una promesa.
Pero fue suficiente.
—Gracias, señor, y salí.
El murmullo del vestíbulo volvió a recibirme.
Algunas palomas me miraron buscando una señal.
No dije nada.
Seguí caminando.
No quería mostrar satisfacción antes de conocer la puntuación.
Pero mientras descendía las escaleras del Centro Administrativo sentí algo nuevo.
Hasta ese momento había mirado el Consejo desde afuera.
Ahora, por primera vez, había imaginado cómo sería pertenecer a él.
No como visitante.
No como jefe de una colonia.
Como uno de aquellos cinco.
La idea me produjo una emoción que intenté contener.
No era solamente orgullo.
Era algo más peligroso: Deseo.
Las pistas de competencia comenzaban a llenarse.
Encontré a To-Lux y So-Mol entrenando.
Volaban sobre la pista, alternándose en las pruebas de velocidad y resistencia.
Me quedé observándolos.
Cada segundo contaba.
Cada distancia.
Cada posición.
Las competencias no eran juegos.
Podían convertirse en puntos.
Y los puntos podían acercarme al Consejo.
—¿Cómo salió? —preguntó So-Mol al aterrizar.
—Bien, So-Mol.
—¿Solo bien?
Sonreí y respondí.
—Lo suficiente.
To-Lux se acercó.
—Entonces tenemos trabajo.
Miré la pista.
—Sí.
Los dos volvieron a elevarse.
Los seguí con la mirada.
Durante unos minutos no pensé en el informe.
Ni en la puntuación.
Ni en el Consejo.
Solo observé a mis atletas.
Hasta que recordé la bolsa.
Las semillas del Fruto del Bien.
Mi mirada descendió hacia el Centro Administrativo.
Por alguna razón, el elogio del Consejero había perdido parte de su brillo.
Había cosas que podían convertirse en puntos.
Y había otras que podían convertirse en problemas.
Las semillas todavía estaban en mi nido.
Nadie las había descubierto.
Nadie me había preguntado por ellas.
Nadie, todavía.
Levanté la cabeza.
To-Lux y So-Mol volaban sobre la pista.
Los observé unos segundos más.
Después comprendí algo que no quise reconocer:
a veces, lo que más deseamos conseguir puede hacernos olvidar aquello que podríamos perder.
Y yo todavía no sabía cuál de las dos cosas pesaba más.
Capítulo 8.
Las Competencias.
Si las reuniones del Consejo eran el lugar donde las palomas hablaban de sus méritos, las competencias eran el lugar donde debían demostrarlos.
Yo siempre había pensado que allí se revelaba algo que ningún informe podía registrar.
El carácter.
La disciplina.
La capacidad de resistir cuando el cuerpo pedía detenerse y de continuar cuando la ventaja todavía no era suficiente.
Por eso esperaba aquellas jornadas con una mezcla extraña de orgullo y preocupación.
Orgullo por mis atletas, preocupación porque sabía que, durante unos minutos, todo lo que habíamos construido durante meses podía reducirse a un solo vuelo.
Había dos modalidades.
Velocidad y larga distancia.
La velocidad se disputaba sobre una pista rectangular de quinientos metros. Ganaba quien alcanzara primero el extremo opuesto.
La larga distancia era diferente. Dos mil metros durante la competencia regional y diez mil en el campeonato mundial. Allí la velocidad no bastaba. Había que conocer el propio cuerpo, conservar las fuerzas y esperar.
Las reglas eran sencillas.
Las consecuencias, no.
Cada colonia presentaba un atleta por modalidad. Primero se enfrentaban dentro de cada región y, después, los cuatro campeones regionales disputaban el campeonato mundial.
No había segundas oportunidades.
Un mal vuelo podía borrar meses de entrenamiento.
Y yo lo sabía.
Por eso, mientras permanecíamos en los camerinos, trataba de no demostrar mi inquietud.
El ruido del estadio llegaba hasta nosotros como una respiración enorme.
Miles de alas.
Gorjeos, silencios repentinos.
Gritos que subían y desaparecían.
To-Lux caminaba de un lado a otro.
So-Mol permanecía quieto.
—Deja de moverte —le dijo So-Mol.
—No estoy nervioso.
—Llevas diez minutos caminando.
To-Lux se detuvo.
—Estoy pensando.
So-Mol lo miró.
—Eso es peor.
Sonreí, los conocía bien.
Durante meses había observado cada entrenamiento, cada error, cada avance. Había aprendido cuándo So-Mol necesitaba contenerse y cuándo To-Lux debía dejar de pensar.
—Los dos están preparados —les dije.
No añadí nada.
No hacía falta.
Ellos sabían lo que esperaba.
Yo también sabía lo que estaba en juego.
Durante los tres años anteriores, las competencias de la región Norte habían terminado convertidas casi en una disputa entre dos colonias.
La Plaza de Los Mártires.
Y el Parque Robledal.
Los nombres aparecían juntos en las conversaciones, en las apuestas y en los comentarios de las gradas.
Aquella rivalidad ya era una costumbre.
Pero yo quería que dejara de serlo.
Quería que nuestra colonia fuera reconocida.
No solamente por sus cosechas.
No solamente por sus reservas.
No solamente por la disciplina de sus habitantes.
Quería que el nombre del Parque Robledal significara algo más.
Y sabía que aquel año podíamos conseguirlo.
Las rondas comenzaron.
Una tras otra.
Nuestros atletas avanzaron.
Cada victoria producía nuevos gorjeos en las gradas y nuevos comentarios entre las palomas.
Hasta que llegó el momento que todos esperábamos.
La final regional de larga distancia.
So-Mol contra As-Car.
As-Car había sido campeón durante dos años consecutivos.
Hasta que So-Mol lo venció el año anterior.
Ahora estaban nuevamente frente a frente.
Los observé ocupar sus posiciones.
El estadio fue quedándose en silencio.
Yo sentí que el corazón comenzaba a golpearme con fuerza.
No era mi vuelo.
Sin embargo, tenía la sensación de estar a punto de despegar con él.
La señal sonó.
Y So-Mol partió.
So-Mol.
Siempre he creído que la larga distancia se gana antes de comenzar.
Se gana cuando uno aprende a no obedecer al entusiasmo.
Al principio, las alas quieren ir más rápido.
El público quiere que uno vaya más rápido.
El rival quiere que uno vaya más rápido.
Pero yo sabía que aquella carrera no se decidiría en la primera vuelta.
Ni siquiera en la segunda.
Por eso mantuve el ritmo.
As-Car volaba cerca.
Podía escucharlo.
Podía sentir su presencia.
No necesitaba mirarlo.
Sabía que estaba allí.
La primera vuelta terminó sin diferencias.
La segunda tampoco cambió nada.
Yo seguía esperando.
En la tercera, As-Car aceleró.
Lo hizo con inteligencia.
Se desplazó hacia el interior de la pista y aumentó ligeramente el ritmo.
Sentí cómo se alejaba.
Las gradas comenzaron a rugir.
Por un instante pensé en responder.
Pero recordé las palabras de Yo-Mar.
No vueles contra él. Vuela contra la carrera.
Continué.
Una curva, otra.
La distancia no era grande.
Pero él seguía delante.
Entonces llegamos a la última curva.
Ese era el momento.
Incliné el cuerpo.
Aumenté el ritmo.
Sentí cómo las alas comenzaban a pesarme.
As-Car intentó responder.
Me acerqué.
Ya podía verlo.
Estábamos casi juntos.
Entonces lo sobrepasé.
No escuché las gradas.
No escuché los gorjeos.
Solo escuchaba mis propias alas.
Entramos en la recta final.
Ya no tenía nada que guardar, volé.
Volé con todo lo que me quedaba.
Y crucé primero.
Durante unos segundos continué avanzando.
No sabía qué hacer.
No sabía si detenerme o seguir.
Entonces escuché una voz.
—¡So-Mol!
Era Yo-Mar.
Me detuve.
Él llegó hasta mí.
Me abrazó con las alas.
—¡Volvimos a ganar!
Yo apenas podía respirar.
—Fue gracias a ti.
—No.
Lo mire y respondí,
—Sí, Tú me enseñaste cuándo hacerlo.
No respondió.
Solo me miró durante unos segundos.
Después sonrió.
Entonces comprendí que aquello no era únicamente una victoria.
Habíamos vuelto a vencer a As-Car.
Y, por primera vez, pensé que quizá el Parque Robledal ya no era una colonia joven que aspiraba a ser reconocida.
Quizá ya empezábamos a serlo.
Yo-Mar.
Regresamos a los camerinos.
To-Lux nos esperaba.
La final de velocidad estaba a punto de comenzar.
Escuchamos al anunciador.
—¡A continuación, la competencia final de velocidad de la región Norte!
El estadio respondió con un estruendo.
—¡Por la colonia de la Plaza de Los Mártires, el actual campeón: Oye-Le!
Las alas golpearon el aire.
Después llegó nuestro turno.
—¡Y por la colonia del Parque Robledal, el Joven Maravilla: To-Lux!
El apodo se extendió por las gradas.
Miré a To-Lux.
Durante un instante parecía inmóvil.
Pero lo conocía.
Sabía que estaba concentrado.
—Ve —le dije.
No respondió.
Solo asintió.
Lo vi salir.
Y, cuando desapareció de mi vista, sentí nuevamente aquella tensión que me había acompañado durante toda la jornada.
Habíamos ganado la larga distancia.
Ahora necesitábamos la velocidad.
No por las estadísticas.
No por las apuestas.
Por la colonia.
Y quizá también por mí.
To-Lux.
Cuando salí a la pista escuché mi nombre.
Al principio escuchaba todo.
Las alas.
Los gorjeos.
Los gritos.
El anunciador.
Las palomas que discutían.
Después dejé de escuchar.
No fue algo que decidiera.
Simplemente ocurrió.
Las gradas desaparecieron.
También desapareció Oye-Le.
Desapareció Yo-Mar.
Desapareció So-Mol.
Solo quedaron la pista y el aire.
Me coloqué en mi posición.
Extendí las alas, esperé.
Durante un instante pensé que el tiempo se había detenido.
Entonces llegó la señal.
Salí, no pensé, solo volé.
El primer batir de alas fue fuerte.
El segundo encontró el ritmo.
Después todo ocurrió muy rápido.
La pista parecía acercarse hacia mí.
Sentía el aire contra el cuerpo.
No miré hacia los lados.
No quería saber dónde estaba Oye-Le.
Solo quería llegar.
Cuando crucé la meta, frené desplegando la cola.
Me quedé quieto.
Por unos segundos no entendí qué había sucedido.
Entonces busqué a Yo-Mar.
Lo encontré.
Estaba sonriendo.
Busqué a So-Mol.
También sonreía.
Y comprendí.
Había ganado.
Yo-Mar.
El anunciador confirmó el resultado.
—¡Resultado oficial de la competencia de velocidad de la región Norte!
Las gradas callaron.
—¡El ganador y nuevo campeón regional es To-Lux, de la colonia del Parque Robledal, con un tiempo de nueve segundos y seiscientas cuarenta y cuatro milésimas!
Hubo un instante de silencio.
—¡Es un nuevo récord regional!
Entonces el estadio estalló.
Volé hacia To-Lux.
So-Mol llegó casi al mismo tiempo.
Los tres nos abrazamos en medio de la pista.
Miré alrededor.
El nombre del Parque Robledal recorría las gradas.
Habíamos ganado las dos competencias regionales.
Por primera vez, una colonia tan joven conseguía ambos campeonatos.
Y sentí algo que no pude evitar: Orgullo.
Pero también algo más.
Una certeza.
Quizá aquello no era casualidad.
Quizá nuestros resultados, nuestras calificaciones y nuestras victorias estaban construyendo algo que todavía no alcanzaba a ver completamente.
Pensé en el Consejo.
Y aparté el pensamiento.
Todavía no.
Primero debíamos terminar las competencias.
La competencia mundial de velocidad llegó poco después.
To-Lux superó la primera ronda.
En la final enfrentó al representante de la región Sur.
Esta vez no bastó.
El atleta del Sur cruzó primero.
To-Lux obtuvo el segundo lugar.
Después llegó la larga distancia.
Diez mil metros.
Cinco vueltas.
Cuatro campeones.
Una sola oportunidad.
So-Mol voló hasta el límite.
Pero el representante de la región Occidental fue mejor.
También obtuvo el segundo lugar.
Cuando todo terminó, regresamos al camerino.
Estábamos agotados.
Pero felices.
Dos campeonatos regionales.
Dos segundos lugares mundiales.
Para una colonia que apenas llevaba cuatro años de existencia, aquello era extraordinario.
Las palomas ya hablaban de nosotros.
Del Parque Robledal.
De So-Mol, de To-Lux, de mí.
Escuchaba los comentarios.
No intervenía.
Pero los escuchaba.
Y mientras los escuchaba, algo comenzaba a crecer dentro de mí.
No era vanidad.
O al menos eso me decía.
Era la sensación de que el trabajo estaba dando frutos.
De que el camino que había elegido era el correcto.
Al final de la jornada, los tres juntamos nuestras alas.
Incliné la cabeza.
—Demos gracias.
Los otros hicieron lo mismo.
—Gracias, Creador —gorjeé—, por esta jornada de alegría y reconocimiento para nuestra colonia. Lo sucedido hoy nos indica que nuestras acciones han sido de tu agrado. Reconocemos que, transitando por el camino correcto y trabajando como un equipo, podremos transformar el éxito en costumbre.
Ninguno habló después.
Permanecimos unidos unos instantes.
Sentí una serenidad profunda.
Todo parecía encajar.
Habíamos trabajado.
Habíamos cumplido.
Habíamos ganado.
Y habíamos sido reconocidos.
¿Qué otra señal necesitaba?
Al día siguiente, antes de emprender el regreso, recibí el suministro de semillas del Fruto del Bien correspondiente a nuestra colonia.
La entrega fue registrada.
La cantidad, comprobada.
Todo estaba en orden.
También recibí la noticia que esperaba.
El Parque Robledal había obtenido la calificación más alta de la región.
Guardé el documento.
Esta vez no tuve que imaginar el reconocimiento.
Lo llevaba conmigo.
Emprendimos el regreso.
So-Mol llevaba la satisfacción de sus dos triunfos.
To-Lux, el orgullo de haber establecido un nuevo récord regional.
Yo llevaba algo diferente.
Mientras nos alejábamos del Valle Venturoso y las montañas comenzaban a quedar atrás, volví la mirada.
El Centro Administrativo desaparecía poco a poco.
Pensé en el informe.
En las competencias.
En la puntuación.
En las semillas.
Todo había salido bien.
Demasiado bien, quizá.
Pero no encontré ninguna razón para desconfiar de aquello que el éxito parecía confirmar.
Por primera vez, el camino hacia el Consejo no parecía lejano.
Parecía estar esperándome.
Y yo estaba dispuesto a seguirlo.




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