PREFACIO
Su cuerpo sin vida junto al mío me obligaba a replanteármelo todo. Cada decisión, cada error, cada paso que había dado a lo largo de mi vida... y todo lo que esa persona había hecho a lo largo de la suya.
¿Cómo demonios terminamos en este infierno?
A veces el amor te transforma de formas aterradoras. Te empuja a cometer locuras, a perder el juicio. Y cuando ese amor se pudre hasta convertirse en una obsesión enferma, todo se destruye. Hasta terminar así: sobre el suelo helado, al lado de una fábrica abandonada, dejando a la única persona que verdaderamente te amó en la más absoluta soledad.
A pesar de todo, era la misma persona que me había infligido las heridas más profundas. Y sin embargo, ahí estaba yo, ahogándome en llanto mientras presionaba mis manos contra su pecho en un intento desesperado por devolverle el aliento.
Sentía un vacío colosal despedazándome por dentro; el aire simplemente no llegaba a mis pulmones. Estaba empapada en sangre y ni siquiera podía distinguir cuál era la mía y cuál pertenecía a ella. Lo único certero en medio de este desastre, lo único bueno de esta noche maldita, era que ese ser despiadado y enfermo finalmente había muerto.
Y había muerto por mi propia mano, justo después de herirla frente a mis ojos e intentar arrebatarme la vida a mí.
El frío de la noche me calaba los huesos. Las lágrimas me nublaban la vista mientras rodeaba su cuerpo inerte con mis brazos, pegándolo a mi pecho hasta que el mundo alrededor comenzó a teñirse de negro.
En medio de la penumbra, un último pensamiento resonó en mi mente antes de caer en el vacío:
Nada es lo que parece.