Capítulo 1
El pequeño apartamento estaba en el tercer piso de un edificio viejo y desgastado. Las paredes tenían grietas y el techo dejaba caer pequeñas manchas de humedad cada vez que llovía. Aun así, Jimin mantenía todo limpio. Era lo único que podía controlar en una vida que casi nunca era amable con ella.
Jimin entró al apartamento dejando su mochila sobre la mesa de madera gastada. Su cabello rojo cobrizo caía sobre sus hombros en suaves ondas desordenadas, iluminado por la luz naranja del atardecer que entraba por la ventana. Sus pecas resaltaban sobre su piel clara y sus pestañas largas hacían que sus ojos marrones parecieran aún más grandes.
Suspiró cansada.
—Otro turno más… —murmuró para sí misma.
Había terminado el colegio hacía apenas unas semanas, algo que muchos en su barrio jamás lograban hacer. Pero el diploma no parecía cambiar mucho las cosas cuando no había dinero para seguir estudiando.
Se quitó los zapatos y caminó hacia la pequeña cocina. El refrigerador estaba casi vacío. Solo había pan, un poco de leche y unas manzanas.
—Genial… comida de reina —ironizó en voz baja.
Justo cuando iba a cerrar el refrigerador, se escucharon tres golpes en la puerta. Jimin sonrió de inmediato.
—Ya voy, Rubí.
Abrió la puerta y allí estaba la anciana. Rubí tenía sesenta años, el cabello gris corto y una mirada dura que solo los años podían dar. Vestía un abrigo viejo y sostenía una bolsa de mercado.
—¿Otra vez cenando aire? —dijo entrando sin pedir permiso.
Jimin rió suavemente.
—No es aire… es pan con leche.
Rubí chasqueó la lengua con molestia.
—Esa no es comida para una muchacha de diecinueve años.
La mujer dejó la bolsa sobre la mesa. Dentro había arroz, verduras, pollo y pan fresco. Los ojos de Jimin se abrieron con sorpresa.
—Rubí… no tenías que gastar dinero en mí.
Rubí la miró con severidad.
—Si no lo hago yo, nadie más lo hará.
Jimin bajó la mirada. La frase no era cruel. Era verdad. Su madre había muerto cinco años atrás por una enfermedad que nunca pudieron tratar correctamente. Desde entonces, Jimin solo había tenido a Rubí. Ni siquiera sabía quién era su padre. Tampoco lo necesitaba.
Rubí caminó hacia la cocina y comenzó a sacar los alimentos.
—Hoy vas a comer bien.
—Rubí…
—Ni una palabra más.
La anciana empezó a cocinar con movimientos rápidos y seguros. Se notaba que alguna vez había sido enfermera: todo lo hacía con precisión. El aroma del pollo cocinándose llenó el pequeño apartamento. Jimin se sentó frente a la mesa y observó en silencio.
—¿Cómo estuvo el trabajo? —preguntó Rubí sin mirarla.
Jimin suspiró.
—Igual que siempre… clientes groseros, jefes explotadores y sueldo miserable. Hay veces quiero tomar el trapeador y tirárselo en la cara.
Rubí bufó.
—Ese trabajo te está matando.
—Pero paga el alquiler.
Rubí dejó la cuchara sobre la mesa con un pequeño golpe.
—Jimin.
La joven levantó la mirada. Rubí la observaba fijamente.
—No quiero verte vivir así toda tu vida.
Jimin sonrió con tristeza.
—No hay muchas opciones para alguien como yo.
Rubí guardó silencio unos segundos. Luego volvió a cocinar.
—Tal vez sí las hay.
Jimin frunció ligeramente el ceño.
—¿A qué te refieres?
Rubí se sentó frente a ella. Sus ojos brillaban con una mezcla extraña de nostalgia y picardía.
—Hace unos años… ayudé a mi sobrina con algo.
—¿Con qué?
Rubí tomó un sorbo de agua.
—Conseguir marido.
Jimin soltó una pequeña risa.
—¿En serio?
Rubí levantó una ceja.
—Un marido muy rico. Un empresario turco se enamoró de ella. Pero esos hombres… son muy religiosos. Valoran la virginidad más que cualquier otra cosa.
Jimin se quedó en silencio.
—¿Y qué hiciste?
Rubí sonrió de lado.
—El chico estaba enamorado de ella, pero no le pedía ser ni su novia. Entonces le dije a mi sobrina que se acostara con él.
Jimin parpadeó sorprendida.
—¿Qué?
Rubí levantó un dedo.
—Escucha bien. Al día siguiente… el hombre vio la prueba en la cama. Estaba manchada de sangre. Mi sobrina era virgen. Ese hombre le propuso matrimonio esa misma mañana.
Jimin abrió los ojos con incredulidad.
—¿Estás hablando en serio?
Rubí sonrió.
—Ahora vive en Turquía… en una casa enorme. Cómo soy su tía más allegada me suele mandar dinero.
El silencio llenó la habitación por unos segundos. Jimin finalmente habló.
—¿Por qué me cuentas esto?
Rubí la miró profundamente.
—Porque dentro de dos semanas vendrán empresarios turcos muy importantes. Van a inaugurar un edificio de sesenta y cinco pisos. Se llama Cielos.
Los ojos de Jimin brillaron con curiosidad.
—¿Y?
Rubí se inclinó hacia ella.
—Una amiga mía trabaja… entreteniendo a ciertos hombres en ese tipo de eventos. Sabes lo que yo fui. Cuando yo iba saliendo ella iba entrando al mundo de la prostitución.
Jimin entendió de inmediato hacia dónde iba la conversación.
—Rubí…
La anciana la interrumpió.
—Escúchame primero. Podría pedirle que te deje trabajar allí esa noche.
Jimin tragó saliva.
—¿Como… mesera?
Rubí sonrió con ironía.
—Algo así. Esta podría ser tu oportunidad.
El corazón de la joven comenzó a latir más rápido.
—¿Oportunidad de qué?
Rubí respondió con calma.
—De cambiar tu vida para siempre.
El pequeño apartamento quedó en silencio después de las palabras de Rubí. Afuera, las luces de la calle comenzaban a encenderse mientras la noche caía lentamente sobre el barrio. Jimin seguía sentada frente a la mesa, mirando el plato de comida sin tocarlo. Su corazón latía con fuerza.
—Rubí… —murmuró finalmente— ¿estás hablando en serio?
La anciana la observó con calma mientras encendía un cigarrillo.
—Nunca bromeo con cosas importantes. No quiero que termines como yo —añadió con voz más suave—. Vieja, cansada y con demasiadas historias que preferiría olvidar.
Jimin bajó la mirada.
—Pero tú siempre me ayudaste.
Rubí la miró con ternura.
—Porque alguien tuvo que hacerlo cuando tu madre murió. Tu madre siempre decía que eras demasiado buena para este mundo.
Jimin tragó saliva.
—A veces ser buena no sirve de mucho.
Rubí asintió lentamente.
—Exacto. Por eso sé que vas a triunfar, eres realista. Por eso debes ser inteligente y aprovechar una oportunidad cuando aparece. Ese evento no es cualquier cosa. Los hombres más ricos del país van a estar allí. Empresarios, inversores… millonarios. Y algunos vienen desde Turquía.
Jimin recordó lo que había contado antes.
—¿Como el hombre que se casó con tu sobrina?
—Exacto. Mi amiga Marta trabaja en esos eventos. Tiene cuarenta años, elegante, inteligente… y sabe perfectamente cómo funcionan los hombres ricos. Ella consigue chicas bonitas para servir bebidas, conversar… y entretener a los invitados.
Jimin se tensó un poco.
—¿Entretener?
—No siempre significa lo que estás pensando. Muchos de esos hombres solo quieren compañía.
—¿Y si quieren más que compañía?
Rubí exhaló humo lentamente.
—Entonces decides tú. Tú eres hermosa, Jimin. Cabello rojo cobrizo, piel clara, pecas… esos ojos grandes. Los hombres poderosos notan ese tipo de belleza.
Jimin se sonrojó.
—Nunca he estado en un lugar así.
—Por eso Marta te ayudará. Solo servir bebidas… hablar… sonreír. Y observar. Tal vez uno de esos hombres vea algo especial en ti.
Jimin guardó silencio por unos segundos. Luego preguntó en voz baja:
—¿Cuándo es el evento?
—En dos semanas.
—Eso es muy pronto.
—La vida no espera a nadie —dijo Rubí levantándose—. Mañana voy a hablar con Marta.
Jimin sintió un pequeño nudo en el estómago.
—¿Y si digo que no?
Rubí la miró con una mezcla de cariño y dureza.
—Entonces seguirás trabajando hasta el cansancio por un sueldo miserable. Pero si dices que sí… tu vida podría cambiar para siempre.
La puerta se cerró suavemente. Jimin quedó sola en el apartamento. Miró alrededor: las paredes gastadas, los muebles viejos, el silencio. Luego caminó hacia la ventana. Afuera, la ciudad brillaba con miles de luces. Un mundo enorme al que ella nunca había pertenecido. Apoyó la frente contra el vidrio frío y por primera vez se preguntó si realmente estaba lista para cruzar esa puerta.
Dos días después, Jimin estaba terminando su turno en el pequeño café donde trabajaba. Sus manos olían a café y detergente, y su espalda le dolía por tantas horas de pie. Secó el último vaso y lo colocó en la repisa.
—Jimin —dijo su jefe desde la caja— mañana vienes a las seis.
—Sí, señor —respondió ella con una sonrisa cansada.
Tomó su bolso y salió del local. La noche estaba fresca y las luces de los autos iluminaban la calle húmeda por la lluvia reciente. Mientras caminaba hacia su edificio, vio una figura conocida esperando junto a la puerta.
—Rubí… —dijo sorprendida.
La anciana estaba apoyada en su bastón, fumando tranquilamente.
—Llegas tarde —comentó.
—Siempre llego tarde.
—Hoy no vengo sola.
Jimin frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
En ese momento una mujer salió de un automóvil negro estacionado frente al edificio. Caminó hacia ellas con pasos seguros. Era elegante, muy elegante. Llevaba un vestido negro ajustado hasta las rodillas, tacones altos y un abrigo largo color crema. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado y su maquillaje era impecable. La mujer observó a Jimin de pies a cabeza.
—Así que esta es la chica —dijo con una sonrisa suave.
Rubí asintió.
—Te presento a Marta.
—Mucho gusto… —murmuró Jimin estrechando su mano con timidez.
—He escuchado mucho sobre ti. Rubí dice que eres hermosa.
Jimin se sonrojó.
—No tanto…
—Cabello rojo natural… pecas… ojos grandes —Marta inclinó ligeramente la cabeza—. Sí… definitivamente eres interesante.
Jimin miró a Rubí.
—¿Qué está pasando?
—Marta vino a conocerte —dijo Rubí con calma—. En dos semanas será la inauguración del edificio Cielos. Un evento exclusivo. Empresarios multimillonarios, políticos, inversionistas. Y algunos hombres muy poderosos.
Marta sonrió con picardía.
—Puedo conseguirte un lugar trabajando esa noche.
—¿Como mesera?
—Algo más elegante que eso.
Jimin tragó saliva.
—No sé si…
—Tranquila —la interrumpió Marta—. Nadie te obligará a hacer nada. Solo servir bebidas y conversar. Aunque con tu apariencia… seguro llamarás mucha atención.
Jimin bajó la mirada.
—Nunca he estado en un evento así.
—Por eso vamos a prepararte —dijo Marta—. Vestido, maquillaje, tacones. Y también te enseñaré cómo cuidarte, cómo prepararte para que nadie note nada si decides entregarte. Nadie tiene que saber que eres nueva en esto.
Jimin respiró profundo.
—Esto se siente irreal.
—Ven —Marta abrió la puerta del coche—. Vamos a comprar todo lo que necesitas.
Jimin miró hacia su edificio, hacia la única vida que conocía. Rubí puso una mano sobre su hombro.
—Es hora de que empieces a verte como una mujer capaz de cambiar su destino.
Jimin suspiró.
—Está bien…
Subió al auto. El vehículo arrancó suavemente y comenzó a alejarse del barrio. A través de la ventana, vio cómo los edificios pobres quedaban atrás y las luces se volvían más brillantes, más elegantes.
—No tengas miedo —dijo Rubí desde el asiento delantero.
—No tengo miedo… —susurró Jimin mirando sus manos—. Solo siento que estoy entrando a un mundo que no es el mío.
Marta sonrió desde el asiento del conductor.
—Tal vez. O tal vez es el mundo que siempre debió ser tuyo.
Y mientras el automóvil avanzaba hacia el centro de la ciudad… Jimin no sabía que muy pronto alguien cambiaría su destino para siempre. Un hombre que aún no la conocía.








