Customize readability
Aa

La Duquesa Min Jimin

All Rights Reserved ©

Summary

Yoonmin Boypussy Boytits

Genre
Erotica
Author
MinPark
Status
Complete
Chapters
14
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Invierno de 1812 — Londres

La noche caía pesada y lenta sobre Londres, como un telón de plomo que descendía sobre el mundo. Una niebla espesa, gris y húmeda, se arrastraba desde las orillas del Támesis, envolviendo las calles, los faroles y los tejados bajo un manto brumoso que todo lo difuminaba. Las lámparas de gas, encendidas una a una por los faroleros, apenas lograban perforar aquella cortina de humedad; su luz amarillenta se perdía a pocos pasos, convirtiendo la ciudad entera en un laberinto de sombras alargadas y ecos distantes.

Los carruajes avanzaban con lentitud extrema sobre las calles empedradas, sus ruedas chapoteando en charcos de agua sucia, mientras los cascos de los caballos golpeaban el suelo mojado con un sonido sordo, rítmico y melancólico, como el latido de un corazón cansado. En las avenidas elegantes de Westminster y Mayfair, los caballeros paseaban abrigos de lana fina y sombreros de copa, y las damas asomaban sus rostros tras los visillos de seda de los carruajes, protegidas del frío y de la suciedad. Pero muy lejos de aquellas calles de luz y riqueza, existía otro Londres.

Un Londres oscuro.

Sucio.

Olvidado por Dios y por la reina.

En el East End, los edificios parecían inclinarse unos sobre otros, como si hubieran pasado demasiado tiempo de pie y ya no tuvieran fuerzas para sostenerse. Las paredes de ladrillo estaban manchadas de humedad, hollín y años de abandono. El aire pesaba: el olor a carbón quemado se mezclaba con el de basura acumulada, orín y agua estancada, flotando denso e irrespirable entre callejones tan estrechos que apenas dejaban pasar la luz del día.

Y allí, entre aquellas calles retorcidas, se alzaba una casa grande de piedra gris, sombría y sin adornos, con ventanas pequeñas y empañadas que parecían ojos entreabiertos. No tenía jardines. No tenía escalinata de mármol. No había lacayos esperando en la puerta ni carruajes de caballos relucientes.

Era la Casa de Caridad de Santa Brígida.

Un orfanato.

Un lugar donde terminaban los niños que nadie quería, los que sobraban, los que no tenían nombre, ni padre, ni esperanza.

Una niña sin pasado

—La dejaron aquí —dijo la señora Whitmore, sin levantar la voz, mientras removía con cuchara de madera una olla enorme de sopa aguada sobre el fuego de leña—. En plena madrugada. Hacía un frío que helaba los huesos. La dejaron envuelta en una manta raída, sin una sola moneda, sin una nota.

La joven hermana Elisa, que la ayudaba a servir, se detuvo con el cucharón en el aire.

—¿A quién?

—A la pequeña Jimin.

En un rincón del comedor, junto a una mesa de madera oscura y gastada donde las marcas de cuchillos y tazas formaban un mapa de años de miseria, una muchacha fregaba la superficie con un trapo húmedo. Lo hacía con movimientos lentos, firmes, sin descanso. Sus manos, sumergidas en agua fría y jabón áspero, estaban rojas, agrietadas y doloridas, pero no se quejaba.

Aquella muchacha era Jimin.

Tenía dieciocho años, pero la vida la había obligado a crecer mucho antes de que su cuerpo terminara de formarse. Su estatura era mediana, pero tenía la postura de alguien que siempre ha tenido que alzarse para ser vista. Su cabello, de un negro tan profundo que parecía absorber la luz, estaba recogido en una trenza gruesa y sencilla que le caía sobre un hombro, cuidadosamente hecha para que no estorbase. Llevaba un vestido de lana gris, remendado en las mangas y en el dobladillo tantas veces que los parches formaban un mosaico de telas distintas; era áspero al tacto, pesado, y no abrigaba lo suficiente contra el frío que se colaba por las rendijas de las ventanas.

No parecía una dama de la alta sociedad.

Pero tampoco parecía una simple criada.

Había algo en su rostro, en la forma en que sostenía la cabeza, en la firmeza de su mirada cuando alzaba los ojos hacia la ventana… algo que no encajaba allí. Algo que no pertenecía a aquel lugar de resignación y silencio.

—Dicen que tenía apenas seis meses cuando la abandonaron —continuó la hermana Elisa, bajando la voz como si temiera que la chica la oyera—. Tan pequeña… y sola.

—Eso dicen —respondió la señora Whitmore con un resoplido que podía ser risa o desprecio—. Y ni siquiera dejaron una carta. Ni un nombre. Ni una fecha. Nada.

Jimin seguía pasando el trapo. No movió la cabeza. No cambió el ritmo de sus manos. Pero escuchaba cada palabra. Cada una de ellas se le clavaba en el pecho como un clavo frío. Siempre escuchaba. Siempre estaba atenta, porque en aquel lugar el conocimiento era la única riqueza que nadie podía quitarle.

—¿Ni siquiera un apellido? —preguntó la monja, con un suspiro de lástima genuina.

—Nada. Solo Jimin. Como si eso fuera suficiente para vivir.

La anciana señora Whitmore alzó una ceja, mirando hacia la chica del rincón con una mezcla de dureza y extraña curiosidad.

—Solo Jimin. Sin padre, sin madre, sin linaje. Nadie sabe de dónde vino. Nadie vino nunca por ella.

—Pobre criatura… —murmuró la hermana Elisa, con los ojos llenos de compasión.

Entonces Jimin dejó el trapo sobre la mesa. El sonido del paño mojado contra la madera fue un golpe seco, claro, que resonó en el silencio del comedor. Alzó la vista, y sus ojos —de un tono oscuro, profundo, imposible de descifrar bajo aquella luz tenue— se posaron en las dos mujeres.

—No soy una criatura —dijo, con voz baja pero firme, sin temblar ni un instante—. Ya no.

La señora Whitmore soltó una risa seca, cortada, como hojas secas bajo el pie.

—No, supongo que no. Ya eres una mujer. Y eso… puede ser peor.

El hambre y la dignidad

El comedor se llenó poco a poco. Cincuenta niños, quizás más, entraron en silencio, caminando con la mirada baja, sabiendo que no debían hacer ruido, no debían pedir, no debían esperar demasiado. Algunos eran demasiado pequeños para entender dónde estaban; otros eran demasiado delgados, con las rodillas y los codos sobresaliendo bajo ropa demasiado grande o demasiado pequeña. Todos llevaban la misma marca: la del hambre crónica, la resignación escrita en los ojos.

Una niña pequeña, de no más de seis años, con el cabello revuelto y una mancha de hollín en una mejilla, levantó la mano con timidez, casi sin atreverse a alzarla del todo.

—Señora Whitmore… —su voz fue apenas un susurro—. ¿Podemos tener más pan? Por favor. Todavía tengo hambre.

La mujer ni siquiera se giró. Seguía sirviendo la sopa, con movimientos rápidos y secos.

—No. Lo que hay es lo que hay.

El silencio volvió a caer sobre la sala, más pesado que antes. Los niños bajaron la mirada hacia sus platos, hacia aquel líquido caliente que apenas tenía sustancia, y aceptaron su destino sin protestar. Así se aprendía a vivir allí: pidiendo poco, esperando menos.

Jimin observó todo mientras tomaba una bandeja con trozos de pan duro, oscuro y pesado. Caminó entre las mesas repartiendo uno a cada niño, sin prisa, sin mirar con lástima, sino con respeto. Cuando llegó a un niño pequeño, de grandes ojos oscuros que la miraban con una mezcla de esperanza y tristeza, se detuvo.

—Jimin… —susurró el niño—. ¿Esto es todo?

Ella se agachó hasta quedar a su altura, sintiendo el frío del suelo de piedra a través de sus zapatos gastados. Le puso el pan en las manos, lo cerró con cuidado entre las suyas.

—Hoy sí. Lo siento.

—Pero sigo teniendo hambre —insistió él, apretando el pan contra su pecho.

Jimin le acarició el cabello con suavidad, un gesto que guardaba para los momentos en que las palabras no bastaban.

—Entonces come despacio. Muerde poco y mastica mucho.

El niño frunció el ceño, confundido.

—¿Eso ayuda?

—Sí. Engaña al estómago. Le hace creer que hay más de lo que hay.

—¿Y si no se deja engañar?

Jimin esbozó una sonrisa apenas perceptible, triste y hermosa a la vez.

—Entonces aguantamos juntos. Un rato más. Hasta mañana.

El niño asintió, como si aquello fuera un pacto sagrado, y comenzó a comer con lentitud, tal como ella le había dicho.

La promesa bajo la nieve

Esa noche, cuando todos dormían, cuando el único sonido era el viento golpeando contra las ventanas y la respiración suave de los niños en sus camas estrechas, Jimin estaba sentada junto a la pequeña ventana del dormitorio. La nieve caía lentamente, en grandes copas silenciosas, cubriendo los tejados, las calles, el mundo entero con un manto blanco que todo lo limpiaba… por un rato.

A lo lejos, en la calle principal, vio pasar un carruaje.

Era negro, elegante, de líneas esbeltas, con dos faroles dorados que proyectaban una luz cálida sobre la nieve recién caída. Los caballos eran enormes, de pelaje oscuro y brillante, con plumas blancas en las frentes, y avanzaban con paso firme y seguro, sin prisa, sin miedo al frío ni a la oscuridad. Alguien viajaba allí dentro, protegido, caliente, dueño de su destino. Alguien que no tenía que esperar a que le dieran permiso para vivir.

Jimin apoyó el mentón en el marco de la ventana, sintiendo el frío del vidrio contra su piel. Sus ojos siguieron el carruaje hasta que desapareció entre la niebla y la nieve.

—Algún día… —susurró, tan bajito que solo el viento pudo oírlo.

Una de las otras chicas del dormitorio, Martha, que dormía en la cama contigua, levantó la cabeza desde su almohada de lana dura.

—¿Algún día qué? —preguntó con voz soñolienta.

Jimin no se giró. Siguió mirando hacia la oscuridad donde el carruaje se había perdido.

—No voy a vivir así.

—¿Así cómo?

—Pobre. Escondida. Esperando que otros decidan qué será de mí.

Martha soltó una risa amarga, llena de la resignación que todos compartían.

—Todas somos pobres aquí, Jimin. Es nuestro destino. Nacimos sin nada y moriremos sin nada.

Jimin negó con la cabeza, lentamente, con una firmeza que no venía de la impulsividad de la juventud, sino de algo mucho más profundo, algo que había crecido en ella año tras año, alimentándose de cada injusticia, de cada noche de frío, de cada mirada de lástima.

—Por ahora. Pero esto no es para siempre.

—¿Y qué piensas hacer? ¿Huir? ¿A dónde? En cuanto salgas de estas puertas, el mundo te comerá viva.

Jimin se giró entonces, y en la penumbra del dormitorio, con la nieve cayendo detrás de ella, sus ojos brillaron con una determinación feroz.

—Casarme.

Martha se incorporó de golpe, sentándose en el borde de la cama.

—¿Casarte? ¿Con quién? ¿Con algún comerciante que te quiera por tu fuerza de trabajo? ¿Con un viejo que necesite una sirvienta?

—No. Con un aristócrata.

El silencio que siguió fue absoluto. Martha la miró como si hubiera perdido el juicio.

—¿Estás loca? Ellos ni siquiera nos miran. Caminamos por su mismo mundo, pero no somos de su misma especie. Para ellos no somos más que sombras. Polvo.

—Entonces haré que me miren —respondió Jimin, y su voz no tembló—. Me aseguraré de que no puedan apartar la vista.

—¿Y si no funciona? ¿Y si te rompen?

Jimin miró hacia la ventana, hacia la nieve que seguía cayendo sin detenerse, sin importarle nada.

—Entonces moriré intentándolo. Pero no moriré aquí, en esta cama, sin haber visto jamás el mundo que hay fuera de estas paredes.

Blackthorne Hall — El otro mundo

Mientras tanto, a cientos de kilómetros de allí, en el norte de Inglaterra, el viento soplaba con más fuerza, arrastrando nieve desde las colinas. Allí, rodeada de bosques de pinos que se alzaban como guardianes de piedra, se alzaba Blackthorne Hall, la residencia ancestral de la familia Min.

Era una mansión colosal, construida en piedra oscura que parecía absorber la luz del sol. Dos torres altas se elevaban hacia el cielo gris, y cientos de ventanas brillaban con luz cálida en su interior, desafiando al invierno. El camino de entrada, de grava blanca, serpenteaba entre árboles centenarios hasta llegar a una escalinata de mármol donde dos leones de piedra custodiaban la puerta principal. Carruajes de diseño elegante esperaban bajo el pórtico, y caballos relinchaban en las cuadras de atrás, atendidos por mozos que se movían con prontitud y respeto.

Dentro, el calor de las chimeneas llenaba cada estancia. Los pasillos estaban iluminados por candelabros de cristal que arrojaban destellos dorados sobre alfombras persas tan gruesas que ahogaban el sonido de los pasos. En las paredes, retratos de generaciones enteras de Min miraban con ojos severos y orgullosos, hombres y mujeres que habían gobernado tierras, gentes y destinos durante siglos.

En el gran comedor, una mesa de roble macizo de más de diez metros de largo estaba puesta para dos personas. Copas de cristal tallado, cubiertos de plata labrada y platos de porcelana fina brillaban bajo la luz de las velas.

Min Jeo, el patriarca de la familia, levantó su copa de vino tinto. Era un hombre alto, de cabello oscuro salpicado de canas en las sienes, con ojos grises que parecían verlo todo. Frente a él, sentado en la cabecera opuesta, estaba su único hijo.

Min Yoongi.

Tenía veintisiete años. Cabello negro como la noche, ojos de un azul tan oscuro que a veces parecían negros, y una presencia que llenaba la habitación sin necesidad de levantar la voz. Vestía un traje de terciopelo negro con una camisa de encaje blanco, y cada movimiento suyo tenía la precisión de un reloj y la pesadez de una sentencia.

—Los comerciantes de York aceptaron nuestras condiciones —dijo Jeo, con voz grave y pausada—. Sin discusiones. Saben que no tienen opción.

Yoongi tomó un sorbo de vino, sin apartar la mirada de su padre.

—Como esperaba. Saben que controlamos las rutas de aprovisionamiento. Si no negocian con nosotros, no negocian con nadie.

—Esto nos dará el control absoluto sobre los puertos del norte. Los beneficios serán inmensos.

—Entonces será mejor que la corona no se entere demasiado pronto —respondió Yoongi, dejando la copa con suavidad sobre la mesa—. Mientras no se den cuenta de cuánto poder hemos acumulado, podemos seguir expandiéndonos.

Jeo soltó una risa baja, satisfecha.

—La corona siempre se entera. Pero siempre demasiado tarde.

Los dos hombres se miraron. Había respeto entre ellos, sí. Pero no afecto. No había cariño en aquella mesa, ni en aquella casa. Había cálculo. Estrategia. Sangre y deber. Así funcionaban los Min. Así había sido siempre.

Jeo se reclinó en su silla, entrelazando los dedos sobre el pecho.

—Viajaré a Londres mañana por la mañana.

Yoongi arqueó una ceja apenas.

—¿Negocios de los barcos?

—Algo parecido —respondió su padre, y una sonrisa extraña, casi depredadora, curvó sus labios—. Algo que nos dará… estabilidad. Y continuidad.

—¿Qué significa eso?

Jeo no respondió de inmediato. Miró el fuego de la chimenea, donde las llamas lamían los troncos de roble.

—A veces, hijo, para mantener el poder, hay que unir fuerzas. Hay que sellar alianzas que no se pueden romper con papel ni con tinta.

Yoongi lo observó en silencio. Conocía a su padre. Cuando hablaba así, algo grande estaba por suceder. Algo que cambiaría todo.

—¿Y cuál es esa alianza? —preguntó, aunque en el fondo ya temía la respuesta.

Jeo lo miró a los ojos.

—Lo verás pronto. Todo está decidido.

Let MinPark know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

PARIS IN THE DARK

Chiflaru: Interesting read and plot, a bird caged and clipped wings for too long...

Read Now
The Contract Wife

Lynne: Beautiful story very enjoyable.well done.

Read Now
The Easter Bunny

Lynne: Beautiful short story with a happy ending.luved it.

Read Now
Bloodlines

Ku_Rolet: The novel was good, and I really enjoyed reading it. I love the leads and their bond, but I have one question that confused me. How could Tristan have been dreaming about his mate since he was a child if Omara was already mated to someone else before him? If Kyle had accepted Omara, would Tristan ne...

Read Now
Fated to My Ex- Best Friend

Victoria: I liked how you described everything so clearly. It made the story very immersive. Do you plan to continue this story further?

Read Now
Bear Shifter Secrets

Pam: Great Book is there going to be a sequel. I hope so i enjoyed the book immensely. Solid story line i just want more.

Read Now
Alpha’s Claim

Dawn Singleton: What a wonderful book! I loved the characters & the plot. Captivating from start to finish!

Read Now
The Orc's Pet

Gabby: I’m working with **Lorey**, a platform that turns novel characters and scenes into interactive experiences readers can play.We can help you:- Turn your story into character profiles- Preserve each character’s voice and relationships- Create an interactive scene for you to reviewYour story won’t be ...

Read Now
SECRET BILLIONAIRE

Gabby: I’m working with **Lorey**, a platform that turns novel characters and scenes into interactive experiences readers can play.We can help you:- Turn your story into character profiles- Preserve each character’s voice and relationships- Create an interactive scene for you to reviewYour story won’t be ...

Read Now