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Ventura: The Surge of the Mage.

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Summary

En el continente de Wemniz, humanos, elfos y otras razas conviven bajo los reinos que han surgido tras años de cambios, alianzas y conflictos. Entre ellos se encuentra Paladia, un reino próspero cuya capital, Seroa, reúne comerciantes, aventureros, caballeros y personas de toda clase. Dos jóvenes. Dos vidas completamente diferentes. Dos caminos que jamás deberían haberse cruzado. Pero dos jóvenes que viven en extremos completamente distintos de esa sociedad están a punto de abandonar la vida que conocen. Mientras ambos se preparan para abandonar aquello que alguna vez llamaron hogar, comienza un viaje que los llevará mucho más lejos de lo que cualquiera de los dos podría imaginar. Esta es la historia de cómo comienza su aventura. Ventura. Hasta que el viaje comience.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Encuentro...



Soplidos hundidos por el viento galopante de ventana en ventana.

Al crujir de maderas casi alzando el vuelo esparcían por toda aquella ciudadela solicitudes del reino.

"Todo aquel que busque convertirse en sagrado caballero a órdenes de la reina, deberá embarcarse en una aventura que demuestre su valía"

Murmullos entre calles con multitud de transeúntes que iban y venían de los puestos que adornaban en fila al empedrado camino, era una vista agradable dentro de lo casual.

Pobres pidiendo clemencia, hermanas de la iglesia dando la palabra de su dios a doquier, clase media y baja: había todo tipo de oportunidades de negocio en aquella capital.

Seroa: La exitosa ciudad central del Reino de Paladia.

Allí se reunían aventureros, magos, alquimistas, banqueros y herboleros.

Solo un diccionario contendría todo el tipo de profesiones que podían encontrarse a lo ancho y estrecho de los amplios callejones o cerrados.

Gremios, tiendas, risas, perros y más risas.

Cerveza espumosa y manos grasientas.

— ¡Aquí! ¡Joyas mágicas solo a 10 vols la unidad!

— ¡Bienvenidos al callejón Lortenmaus, aquí hay hasta lo que no existe en otro lar!

Publicidades infinitas y atenciones ínfimas: había mucho déficit de atención por parte de aquellas que se hacían a un lado al paso de la figura inclemente.

— ¡Abran paso a la Capitana de los Caballeros Sagrados: ¡Arxe Martinez!

Deslumbrantes ojos amarillos con un rojo carmín en la cabellera llena de algo de polvo de su aventura en el exterior.

Una espada a su cintura con armadura que gritaba ser una creyente de su santidad, el dios principal del reino: D'ast, dios de la luz y pureza.

Adornada de azules y dorados en formas de cruces, así como su símbolo.

La horda de alaridos como cumplidos y el honor y respeto por sus patrias se reflejaba en el solemne acto para nada organizado y muy bien visto por sí solo; la armada había vuelto de una expedición...

...


Con mis ojos castaños enfocados en la grandeza, solo pude ver un futuro en el que trabajase como limpiador de zapatos de los señores adinerados o peor aún, como ese hombre que vi con una cuenca de madera pasando miserias y calamidades de hambruna diurna y nocturna.

Que tácita y desgraciada vida de plebeyo.

El caso inoportuno y fúnebre de Vinet Hegreth.

Osea yo.

Un chico de apenas 19 años en una boca de lobos apenas y sobreviviendo como recadero personal.

No tengo dones de los que enorgullecerme ni dotes de los que alardear.

Un simple pueblerino sin familia a la que acudir y sí a una renta mensual que pagar con sudor y pudor.

Apenas y alcanza para mantenerme con vida, imagínese estar pensando en lujos como comprarme una espada de madera siquiera.

Aunque sea difícil ver que a un alto funcionario le vaya tan bien, su vida vale el riesgo que corre por el bien de la tierra que nos pertenece.

Al menos no es un régimen inquisidor.

En cuanto el desfile en maratón terminó, todo volvió a la normalidad del día a día, periódicos por aquí y allá, ruedas de madera salpicando entre charcos del día anterior y habladurías de chismes y chistes.

Era poco más del mediodía, justo la hora pico de ventas.

¿Yo?

Trabajo en este mismo callejón lleno de gente en un pequeño puesto encajonado con madera.

Mi oficio es ser guía turístico.

A pesar de lo poco que se le paga por desprecio a este tipo de profesionalismo, es un buen puñado de vols de plata.

La paga por mi último recorrido fue de 3 vols de plata y 10 de cobre.

Antiguamente se pagaba con tablillas rústicas de madera, pero desde la unificación pacífica de las razas existen los vols: monedas en metálico de valores de cobre a oro.

Es un sistema algo viejo, muchos la hacen pasar por su color, otros por su autenticidad con ácidos de revelación o cosas así.

Si no quieres ser estafado es mejor andar con 3 ojos abiertos siempre.

Que más da soñar con riquezas si la verdadera muestra de poseer tesoros valiosos es siendo rico o teniendo suerte y yo...

Soy la persona con peor suerte del mundo.

En los últimos días no ha habido clientes de buen aspecto, porte y corazón que dejen caer una lágrima en forma de vols a este pequeño hombre y esto me tiene con el estómago acostumbrado a una comida diaria. Es algo triste que el alcohol y los productos importados se lleven toda la atención del público y no los tantos lugares hermosos que tiene esta mi área de especialización.

Con la esperanza hecha pedazos y el cántico de un bardo callejero acompañando mi pabellón auditivo izquierdo, cerré la puerta con desdén pero con cuidado; no quería que las estillas del roble pudriéndose se terminasen de caer.

La melodía era inspiradora, muchos veían a la joven pareja de fémina a instrumento y hombre con armoniosa voz interpretando y rimando entre versos.

Niños y madres por igual bailaban al son de aquella canción.

Disfruté por breves momentos antes de con la mirada perdida y la mente poco entusiasmada ir calle abajo hacia mi humilde morada, allá donde muchos pocos viven en más que inmundicia.

Saludos de la gente que era vecina me llenaban un poco el alma de felicidad, aún existía la bondad dentro de los más opacados bajo la sombra de aquellos altos.

Entré y me tiré en la cama con motas de polvo que danzaban con los haces de luz solar que entraban por la ventana, extrañando tiempos fáciles amorosos en familia. Es difícil aguantar la soledad con el abrazo frío de la almohada llena de esponjas recicladas.

El olor pútrido a alcantarillas apenas y dejaba espacio para existir sin tener la respiración llena de desagradable olor.

Me deshice de mi ropa más o menos decente y me acomodé en prendas más útiles para el uso diario cerca a la suciedad y el polvo.

No quiero ser intencionalmente mal interpretado pero tampoco es como que sobre el dinero para poder darle mantenimiento.

Un plato, una cuchara y un vaso.

Todo de una sola unidad.

Como la ventana daba a la calle directamente, rara vez se podía sentir el silencio y esta era una de esas, por lo que me asomé con cabeza afuera y no vi a ni un caballero ni dama caminando alrededor.

De pronto una música se impactó duro con el crudo silencio de los edificios al crujir.

Voces que entrelazaban un canto fino y seductor alabando a la luna y al sol: representaciones de los dioses de este mundo, aquellos que nos dieron el día y la noche, la vida y la muerte.

Salí caminando a trote lento siguiendo el ritmo a la proximidad, dejando que la canción a capella me sanara un poco el decaimiento. Cada vez me alejaba más y más de mi morada.

Llegando a la plaza cercana al cruce entre el callejón principal y los subsiguientes, allí estaba una chica danzante a un ritmo engatusador.

Su labia era perfecta y sus pasos coordinados con el pesar de su letra.

Vestía de un velo blanco bajo el que se escondía un largo pelo liso azul oscuro que también se movía al son de su son.

Oh... aclamado sol... escondida luna...

El ritmo, la canción y la voz cesaron.

No había nadie disfrutando del espectáculo; solo quedaba un solo espectador.

Mis manos instintivamente aplaudieron tal acto de salir de la ardua realidad por pequeños momentos.

Con el lapso superado, quise devolverme a mi propio negocio de vida y tirarme en la cama pensando en cómo conseguir más alimentos... hasta que sentí el fuerte apretón de una mano a mi hombro.

Era una mano helada, como si tocara una verdura recién congelada con magia criogenizante.

— Oh, señor, ¿me ofrecería sus servicios?

— Vinet: Poco puedo ofrecer después del espectáculo que me ha regalado gratis, señorita manos heladas.

Me volteé y le hice un pequeño gesto de saludo, sus ojos eran de un envolvente azul claro que contrastaba con cada estigma de sus facciones. Era una dama muy pintoresca y sus dedos efervescían en algún tipo de magia que llamaba la atención..

— Mesy: Me llamo Mesy, y quería conocer un poco más de la ciudad, me interesa la cultura étnica propia de cada reino porque como puedes observar—se levantó su vestido blanco ligeramente presentando una reverencia con los pliegues del mismo—soy una bailarina nómada.

— Vinet: Hablemos de precios antes de hacer alguna amistad no deseada.

Dejé clara mi posición de necesidad ante una desconocida, es demasiado aterradora ante la primera mujer que me cruzo en años hablándome sin desdén, pero negocios son negocios: eso dice el dicho de los comerciantes.

— Mesy: Por supuesto gran hombre, solo dispongo de poco más de 1 vol de oro y 10 de plata para pagarle, lo demás es de reserva para mis-

— Vinet: ¡Trato hecho!–le interrumpí tan pronto como mi corazón estalló de felicidad junto a mis dedos que temblaban suavemente–

— Mesy: Adelante, ¿qué esperamos?

Me quedé callado por unos segundos largos, hasta que se me salió un suspiro sostenido de nerviosismo.

Caminé junto a mi acompañante hacia más arriba de las calles con banderines airosos.

Allí normalmente empezaba mi ruta turística: la calle que daba a la estatua de nuestro señor D'ast hecha totalmente de oro macizo.

Era un hombre joven, con la mirada al cielo y la mano señalando al horizonte:

"Ímpetu espíritu, alabemos al Señor de la Luz"

Poco después de compartir opiniones e instrucciones, viajamos de lar en lar: museos, casas históricas, la costa y terminamos en las cercanías de los aposentos de la reina: un pequeño bosque con asientos y flores con aromas deliciosos.

Aproveché para hacer algunos comentarios sobre la flora endémica pero me interrumpió a medio discurso. Al parecer las flores no eran de su interés.

— Mesy: ¡Fiuh!, estoy cansada de tanto caminar... ¿por qué no nos sentamos?

— Vinet: Como desee.

Le devolví una sonrisa juguetona y una mirada de experto: fue nostálgico ver el deseo y pasión del ajeno por algo en lo que soy diestro.

Sin saber cómo expresar la incomodidad que cargaba con el pecho, me le quedé atónito observando.

— Mesy: Ah... sí, tome lo qué le prometí.

Conté y efectivamente no había ni más ni menos de lo acordado.

— Mesy: Me tengo que retirar pronto de la capital por lo que quería darle un pago extra antes de decir adios a nuestra fortuita cita... la cual debo agradecer...

Su voz cambió repentinamente al volverse un poco más madura. Luego, me agarró de la mano con algo de fuerza y sorpresivamente, empezó una pequeña poesía cantada que me enganchó a usar mis cinco sentidos y hacerlo memorable.

— Mesy: Oh Selena, diosa de la Luna Eterna, que recaiga en mis hombros darle nombre y en las yemas de mis dedos un renombre... marque en él su legado y guíelo en sus martirios y pecados... sé la luz de su corazón.

Al pestañear dos veces, aquella dama había desaparecido de mi vista. Lo primero que revisé eran mi vol de oro y 10 de plata que estaban en mi bolsillo y seguían ahí.

Aunque haya pasado poco más de un minuto, ya sentía el silencio de mí mismo encontrándose con el asiento vacío al que admiré por más segundos de los que querría.

Me levanté del banco amaderado y caminé un poco desorientado, ¿cómo era posible que se fuera así sin decir una sola palabra?, que descortés...

Mucha gente volvía a casa del trabajo a esas horas de la tarde y yo no era la excepción, no fue hasta que alguien se me acercó que bajé de la nube de pensamientos en la que viajaba.

— Señor, que tatuaje tan lindo tiene en su mano... ¿me deja observarlo?

No sabía de qué hablaba pero le ofrecí mi mano al desconocido niño.

¿Una... luna?

Aquellas frías manos acompañadas de una gélida sonrisa fue todo lo que por mi mente pasó al ver una y otra vez el emergente dibujo.

El inocente niño insistía, más mi mano izquierda frotando el de mi derecha fue un acto impulsivo de mi mente asombrada.

No se iba.

No era tinta ni similares.

Ya era parte de mi piel así como la carne y la uña.

Sonreí ligeramente al pequeño enseñando mi mano inquieta, dejándola por pocos segundos antes de salir en rápida caminata.

Todos me miraban tan raro como si estuviera desnudo transitando por el lugar. Estaba nervioso, confundido, me picaban las manos y me empezó a doler la cabeza.

Los tatuajes significan dos cosas en este reino: eres parte de una tripulación pirata o eres un disidente.

Este tipo de artes no eran comunes y mucho menos bien vistos dentro y fuera de la aristocrática capital.

Bajé la manga de mi camisón haciendo el mejor intento por taparlo ante el rechazo y repudio. No sirvió para nada; los ojos intrépidos y pícaros de los demás rebotaban con mis ojos y mi extremidad.

Si existe algo capaz de causar incomodidad social, era justo lo que me sucedía.

Apreté el paso, tropezando a medio andar casi cayéndome.

Me desorienté aún más y el mareo intenso fue viniendo de golpe en golpe atrás de mis ojos y mi cabeza.

No recuerdo tan claro como llegué, solo sé que estaba en la entrada del pequeño barrio donde tenía mi residencia.

Con las pocas fuerzas mentales y físicas que me quedaron abrí la puerta y caí tendido entre parpadeos débiles al suelo. Me golpeé la sien chocando con astillas sobresalidas del tablón del impacto, eso me dejó sin conciencia mientras mis oídos se entumían.

Entre la luz cálida del día y el frío semblante de la noche había una diferencia notable.

Volví a pestañear y ya era noche. No era un sueño sino la fatídica realidad que se convirtió en la nueva historia de mi libro.

Pestañeé una docena de veces más antes de recomponer mi cordura y reunir fuerzas para recostarme a una de las patas de la cama. Me quedé mirando como bobo la madera ahora rota, pensando en que eso era una cosa más para añadir a la lista de cosas en las que no pienso gastar ni un solo vol.

Rasqué mi mano derecha incontables veces pero más que hacer algo por borrar aquel manchón hereje sobre mi piel solo logré herirme arrancando parte de los pellejos.

Hasta que no vi sangre no pude detenerme.

Lleno de angustia pegué desahogado que se sintió vacío y lleno a la vez rebotando entre las paredes y haciendo eco otra vez entre sí.

Reflejada en los rayos de luz que entraban por el hueco antes ventana, estaba la luna llena: solitaria y fría...

— Vinet: Oh... luna... ¿por qué me pasa esto?

Unos momentos breves de tranquilidad se habían vuelto una pesadilla más de las que vivía cada día para contar aunque como dicen los borrachos de por ahí:


Lo que no te mata te hace más fuerte.

¿Y sí lo que te hiere es algo en lo que eres fuerte?

Hay contradicciones hasta en la palabra misma.

A regañadientas de mi cuerpo, saqué la cabeza y la giré en dirección al cielo con la cara enrojecida por el estrés acumulado y solamente solté un suspiro largo y tendido.

Me relajé.

Silbé.

Y volví a mirar a la redonda celeste.

Las luces amarillas y blancas resaltaban por sobre la oscuridad vasta del campo de estrellas ahí arriba.

Comparé la marca poco oportuna con la forma circular que aquel sol nocturno formaba y eran diferentes: una era llena y la otra apenas asomada.

Apunté mi mano hacia la luna, apretándola en el intento. Pero perplejo quedó mi pensamiento al ver el destello dorado que desprendía la marca ahora mucho más vivaz.

Parecía un pequeño foco de luz...

¿¡En qué diablos estoy pensando!?

Definitivamente me echaron una bendición maligna...

Y eso que por un momento de lucidez pensé que sería el momento de dominar algún estilo de espada o la magia.

No...

Hasta lo mínimo sería una hazaña para mi.

No tengo talento en nada, no, si lo tengo en no poder hacer nada ni siquiera cuando el momento lo requiere.

— Vinet: ¿¡Ahora qué?!

La mano diestra la tenía completamente adormecida causando que se sienta solamente la sangre correr por las venas y no los músculos contraerse o expandirse.

El ciclo de mis ojos se volvió extremadamente rápido junto al destello ahora celeste que cubría mi mano.

Una sensación de calidez sentí cuando pude mover el brazo de nuevo aunque con dificultad.

Pero para mi sorpresa en mi mano había una daga gélida que despedía un aura congelante que mi tacto y cerebro recibían al instante.

A este punto, preguntarse algo siquiera no tiene sentido.

La mano se me movió sola acercándose a mi cuello dejándome con una quemadura de hielo al rozar la piel sensible de la zona.

Aunque resistí e intenté recuperar el control con mi otra mano, todo intento era en vano.

Las manos se me acalambraron a la vez y la daga se deshizo igual que la luz extraña que había desaparecido.

Me mordí un labio con fuerza rezando porque fuera un sueño otra vez.

Iba a peor y no sabía que hacer...

Rabiando y no solo de dolor mental, llené de coraje mi alma y de empeño mi mente a buscar una solución a este asunto.

Aunque los malos momentos pasen por ley de vida, lo que si no es ley es quedarse quietos en el tiempo sin hacer nada. Hora de actuar y de pensar.

¿Qué alternativas tenía para lidiar con el asunto?

Ya casi retornaba el sentimiento usual de usar mi mano derecha con comodidad, así que me moví para no volver a la incertidumbre de antes; no podía permitirme caer en la cobardía.

No soy esos: soy Vinet, y Vinet siempre sale adelante.

Rompí uno de los camisones antiguos que usaba y lo anudé como pude alrededor de la zona del cuello, tratando de parar la pequeña hemorragia que se había desparramado por semejante acto. Fue un intento exitoso.

Volviendo al tema en cuestión: había una sola persona a la que podía acudir en este tipo de casos. Por el éxito de mis viajes poco habituales de antaño, al oído de un emisario llegó la noticia de un chico que se especializaba en conocer la ciudad.

Desde aquel entonces nos volvimos medianamente compañeros de negocios y amigos.

Leg Short: un retirado pirata que surcaba por los grandes 8 mares.

Es actualmente el dueño de los dos mercados más grandes de Seroa, el de la calle principal y el de los suburbios.

No lo pensé dos veces antes de salir.

Cerré la puerta con llave dejando el desastre ocasionado con la misma precisión con la que acabó, ya tendría tiempo para lidiar con ello luego de resolver lo más importante.

Me aflojé las cuerdas de mi camisón y puse mi brazo entre el espacio que hay entre el cuello y la abertura, pareciendo que tenía el brazo herido. Así podía conseguir tapar hasta después de mi muñeca dentro de mi ropa.

Era oscuridad iluminada que dependía de los pocos faroles que alumbraban. Me sentí acompañado todo el camino gracias a esos pequeños destellos de luz.

Si por el día actuaban los bardos, en la velada de la noche actuaban las orquestas callejeras.

Vulgarmente se les conoce como Hameliens.

Pasando más allá de la calle que da a la plaza, no más vacía como aquel fatídico encuentro: estaba todo el juego de luces a lo largo y estrecho de las diferentes secciones.

Casi sin impresionarme seguí mi camino: ya era costumbre ver el ambiente nocturno tan movido de gente.

No era mi intención fijar ni prestar atención a los acordes o notas discordes de los cantantes, no hasta que pudiera averiguar qué es esta marca.

Tenía un sabor amargo en la boca aunque el olor dulce de la repostería me inundaba la nariz, no me hizo perder de vista mi objetivo.

Mirando al frente, sesgado y sin mirar al costado, me dirigía al cambio en picado de lo que llamaba cotidianidad.









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