PRÓLOGO
PRÓLOGO
El polvo del camino se pegaba a sus botas como un mal augurio.
Lisandro Alvear Alcorta descendió del carruaje con la expresión adusta que había llevado puesta durante las últimas diez horas de viaje. Frente a él, la casona de su infancia se alzaba entre los árboles, más deteriorada de lo que recordaba. Las enredaderas trepaban por las columnas del porche como dedos verdes reclamando lo que alguna vez fue suyo. Las ventanas, opacas por el abandono, devolvían el reflejo de un hombre que ya no se reconocía.
—Bienvenido a casa, señor.
La voz del viejo capataz sonó a sus espaldas, pero él no se giró. No necesitaba ver la lástima en los ojos de quien lo había visto correr descalzo por esos mismos jardines. Ahora no era un niño. Era el heredero de una fortuna en ruinas, el último recurso de una familia que lo había desterrado al olvido.
—¿Mi madre?
—En el salón principal. Lo espera con el té servido.
Lisandro esbozó una sonrisa amarga. Té. Como si el mundo no se estuviera desmoronando bajo sus pies. Como si su padre no hubiera muerto dejando deudas que devorarían hasta la última piedra de aquella casa. Como si él no hubiera regresado arrastrando el orgullo por el barro.
Caminó hacia la entrada con pasos largos, midiendo cada grieta en la fachada, cada baldosa floja, cada recuerdo que intentaba salir a su encuentro. Antes de llegar a la puerta, un movimiento en el jardín lateral le hizo detenerse.
Había una muchacha arrodillada junto a los rosales.
Llevaba un vestido gastado y descolorido. El cabello, recogido en una trenza floja, se le escapaba en mechones rebeldes sobre la frente sudorosa. Estaba arrancando las malas hierbas con las manos desnudas, ensuciándose los dedos de tierra, ajena a todo lo que no fuera aquella tarea absurda.
—¿Quién es? —preguntó sin volverse.
El capataz carraspeó.
—La hija de la criada, señor.
La muchacha levantó la cabeza en ese preciso instante, como si hubiera escuchado el desprecio en aquellas palabras. Y lo miró.
Lisandro sintió algo que no experimentaba hacía años. Una sacudida breve en el pecho. Un puñetazo seco que lo dejó sin aire durante un segundo. Porque esos ojos eran de un verde tan intenso que parecían dos esmeraldas acabadas de tallar, desafiando la miseria del jardín con su sola existencia.
—La hija de la criada —repitió él en voz baja, como si necesitara pronunciarlo para creerlo.
Ella se levantó con movimientos lentos, sacudiéndose la tierra de las manos. No llevaba guantes. No llevaba nada que la protegiera del mundo. Y sin embargo, ahí estaba, de pie frente a él, con la columna recta y la mandíbula apretada, como si fuera la dueña de aquel jardín y él un intruso.
—Señor —dijo, y su voz fue una caricia involuntaria.
No lo llamó "señor Lisandro". No le dio el gusto de reconocerlo como su superior. Solo "señor", como quien saluda a un desconocido cualquiera.
Él entrecerró los ojos.
—Trabajás en mi casa y no sabés quién soy.
—Sé perfectamente quién es —respondió ella, sin inmutarse—. El hijo pródigo que vuelve cuando ya no queda nada que heredar.
El capataz ahogó una exclamación. Lisandro soltó una risa corta, seca, desprovista de humor.
—Hablás con insolencia.
—Hablo con la verdad. Si prefiere una mentira, hay mucha gente dispuesta a dársela en esta casa.
Se miraron durante un instante eterno. El viento agitó las hojas de los rosales, trayendo un perfume dulce que contrastaba con la tensión del momento. Lisandro dio un paso al frente, acortando la distancia. Ella no retrocedió.
—Tenga cuidado —advirtió él, con una voz baja que era casi un susurro—. No acostumbro a perdonar dos veces.
—Y yo no acostumbro a pedir perdón.
La puerta de la casona se abrió con un chirrido. Una voz de mujer, cascada y autoritaria, rompió el hechizo.
—¡Lisandro! ¡Entrá de una vez! ¡Tu madre te espera!
Él no se movió de inmediato. Se quedó un segundo más, grabando en su memoria la imagen de aquella muchacha de ojos imposibles y manos manchadas de tierra. Luego, sin decir palabra, giró sobre sus talones y entró en la casa.
Esmeralda lo observó alejarse. El corazón le latía con fuerza contra las costillas, pero su rostro no delataba nada. Se arrodilló de nuevo junto a los rosales y continuó arrancando las malas hierbas. Como si nada hubiera pasado.
Pero sus dedos temblaban.
Y en el interior de la casona, mientras su madre le hablaba de deudas, de fracasos y de un matrimonio de conveniencia que podía salvarlos, Lisandro solo pensaba en la única persona en todo el día que no se había arrodillado ante él.
La hija de la criada.
Iba a ser un problema.








