Amor De Locos by Deivys Gómez Padrón at Inkitt
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Amor de Locos

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Summary

¿Pueden dos personas rotas sanarse mutuamente? O, al menos, ¿pueden aprender a sobrevivir juntas? Eric está al borde del abismo. Con diecisiete años, carga con una depresión que nadie ve - ni su madre alcohólica, ni sus amigos distraídos. Su plan es sencillo: saltar al vacío. Hasta que conoce a Azli, la chica nueva que ve fantasmas donde otros ven normalidad. Azli no necesita fingir normalidad. Entre terapias obligatorias, un cuaderno negro lleno de secretos y un gato llamado Sombra, su vida es una batalla constante contra los demonios de su pasado - incluido un padre en prisión. Cuando Eric le propone ir juntos a la fiesta de fin de año, esa invitación se puede convertir en el inicio de algo que ninguno de los dos esperaba. ADVERTENCIA: Esta historia explora temas de salud mental y trauma. No es un romance convencional - es la historia de cómo dos almas perdidas encuentran refugio en la tormenta del otro.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: La honestidad de la lluvia

Eric~

Las respuestas se me escapan entre los dedos, igual que la paz. Últimamente, mi mente es un torbellino de preguntas sin salida, y el silencio se ha convertido en mi único compañero. Tal vez la única solución sea dar el paso final, saltar al vacío y confiar en que la caída me libere de este peso... o al menos, eso necesito creer.

Miro hacia afuera y la noche se despliega, serena y hermosa, un espejo engañoso de aquella otra noche que aún se eriza en mi memoria. Pero antes de que la duda me venza, he decidido contarte mi historia. Necesito que alguien la conozca.

Me llamo Eric, y para serte sincero, soy un chico normal. No soy especial; he vivido siempre a la sombra de los demás. ¿Por qué? No lo sé. Oye, ¿alguna vez te has enamorado? Por tu silencio, intuyo que sí. Pues todo comenzó un 20 de septiembre. ¿Por qué recuerdo la fecha? Fácil: era mi cumpleaños.

Recuerdo que estaba en mi cama, y...

-¡Eric, el desayuno!

La voz de mi madre cortó el aire como un cuchillo. Era ronca, como si el día ya le pesara desde antes de empezar.

-¡Voy! -dije, sin moverme de la cama, con la vista clavada en el techo. Ni un "feliz cumpleaños". ¿En serio se le había olvidado? Me quedé ahí un segundo. Pero conociéndola, hasta me pareció normal.

Me levanté con pereza, dejando la cama hecha un desastre. ¿Para qué hacerla? Total, por la noche volvería a enrollarme en las sábanas. Me vestí con lo primero que pillé: unos jeans viejos y una camiseta arrugada. En el baño, un lavado de cara rápido y los dientes a medio cepillar.

Bajé las escaleras sintiendo cada crujido de la madera bajo mis pies. En la cocina, el olor a café quemado se mezclaba con un aroma dulzón que no era del todo agradable. Mi madre estaba de pie, ya vestida para trabajar en su tienda, pero en lugar de una taza, agarraba una lata de cerveza fría con ambas manos, como si con eso calmara un temblor que solo ella sentía.

-Huele raro -dije, tirándome en una silla.

-Es el café. Está fuerte -respondió sin mirarme, frotándose la sien. Su mirada estaba fija en algún punto de la ventana.

-¿Y eso? ¿Para despertar? -pregunté, viendo cómo sus dedos jugueteaban con la lata.

-Algo así -dijo, y tomó un sorbo largo. Se notaba que era un hábito mañanero, no una celebración. -¿Tienes todo para el colegio? -añadió, pero la pregunta sonó hueca, como un disco rayado que hay que poner en marcha por obligación.

-Sí, todo bien -dije, mirando el plato vacío frente a mí. Ni huevo, ni pan.

-Bueno, yo me voy. No sé a qué hora volveré. ¿Te las arreglarás?

-Claro. Siempre lo hago.

-Bien. Pórtate bien -sus palabras fueron casi un suspiro. Se acercó, pero en lugar de un beso, solo pasó su mano por mi hombro de pasada. Agarró su bolso y salió casi corriendo por la puerta, llevándose la lata a medio terminar.

Me quedé solo con el silencio de la casa y el rastro de aquel olor en el aire. Subí a por mi mochila. Cuando estaba por salir, vi por la ventana que llovía. No era una tormenta fuerte, sino esa lluvia constante y gris que todo lo moja. Me gustan esos días. La lluvia siempre me ha parecido honesta; no intenta ser otra cosa. Encajaba perfecto con el humor que tenía.

Me puse la chaqueta, salí y cerré la puerta. El sonido de la lluvia cayendo en la calle vacía era lo único que se escuchaba. Respiré hondo y empecé a caminar hacia el colegio.

La lluvia arreciaba un poco y, al mirar hacia arriba, vi a tres pájaros pequeños posados en el cable telefónico. Estaban quietos, con las plumas alisadas por el agua, como tres puntos suspensivos contra un cielo gris. No huían, solo aguantaban. La imagen se quedó conmigo un par de pasos más, hasta que, sin querer, pensé en Max y Kevin. ¿Cómo les habría ido durante las vacaciones?

No los había visto desde el día en que Max y yo ayudamos a Kevin a declararle su amor a Claudia. Bueno, "ayudar" es un decir. La escena fue un desastre de esos que no se olvidan; ella lo rechazó con una frialdad limpia, sin maldad, solo pura verdad. Después, como era de esperar, juntamos nuestras monedas para comprar una botella de whisky barato, intentando ahogar el fracaso en el desván de su casa. Más que ahogarlo, lo que hicimos fue darle de beber hasta que se durmió.

El recuerdo se desvaneció cuando, casi sin darme cuenta, ya estaba frente a la Casa de los Cristales. De pequeño ese lugar me aterrorizaba. Ahora, a los diecisiete, solo me parece un montón de madera podrida y cristales rotos. La gente inventa historias de fantasmas para darle emoción a sus vidas aburridas. Yo no creo en esas tonterías.

Pero hoy, con la lluvia cayendo a cántaros, la casa se veía más siniestra. La maleza la envolvía como un ataúd verde. No voy a mentir: me dio un escalofrío. Uno de esos que te suben por la espalda sin permiso. No era miedo a lo sobrenatural, era algo más simple. Ese lugar era un recordatorio físico de que las cosas se descomponen y se quedan ahí, pudriéndose, y a nadie le importa. Apreté el paso, decidido a dejar atrás aquel lugar, y fue entonces cuando, al mirar una última vez hacia el jardín, la vi.

Allí, entre la cortina de lluvia y la maleza desbocada, había una figura. Una chica. Estaba agachada, con la espalda hacia mí, y sus manos se movían entre la hierba alta como si buscara algo con urgencia. La lluvia empapaba su ropa oscura. Me detuve, sorprendido. ¿Quién se ponía a buscar algo en un solar abandonado en medio de un diluvio?

En eso, un chapoteo rápido y el crujir de frenos mal ajustados llegaron por detrás. No tuve tiempo de reaccionar.

-¡Eh, cavernícola, date prisa! -una voz cortó la lluvia un segundo antes de que una salpicadura me alcanzara en las piernas, empapándome aún más.

Me volví, fastidiado, y allí estaba Max, apoyado en el manillar de su bicicleta vieja, con una sonrisa de esas que te quitan las ganas de seguir teniendo un día de mierda.

-¿Estás contemplando las ruinas otra vez? Te va a salir musgo, tío -dijo, señalando la casa-. Vamos, sube al tanque. Llegarás seco. Bueno, más seco que si caminas, que no es decir mucho.

La oferta era típica de Max. Práctica, un poco bruta, pero genuina. Un "no" no era opción. Por inercia, eché un vistazo final hacia el jardín de la casa. La maleza se mecía bajo la lluvia, vacía. La chica había desaparecido.

-¿Vienes o qué? -insistió Max, impaciente.

Asentí y me subí a la barra trasera de la bici, agarrando el sillín para no caerme. Mientras Max pedaleaba con energía propia de las siete de la mañana, no pude evitar mirar hacia la casa que se alejaba rápidamente. Solo vi ventanas oscuras y maleza. La imagen de la chica ya parecía un sueño, un fantasma de la lluvia de la mañana. Pero algo en ella, real o no, se había quedado conmigo, más persistente que el agua que me empapaba los jeans.

El traqueteo de la bici sobre el asfalto se mezcló con el crujir de la grava del patio de la escuela. El bullicio matutino: portazos de coches, gritos y risas vacías, nos recibió al bajar. Max frenó en seco frente a la entrada principal, y yo me dejé caer del asiento con las piernas entumecidas y los jeans pegados a la piel. La mochila pesaba como un ladrillo mojado.

-Vamos, que llegamos tarde -dijo Max, encadenando la bici al poste de siempre con un candado que parecía más adorno que seguridad.

Entramos en el edificio. El calor de cientos de adolescentes creaba una atmósfera densa y húmeda, un invernadero de sudor y colonia barata. El olor a pies y a comida de la cafetería impregnaba el aire. Avanzamos por el pasillo, esquivando mochilas y grupos de gente, hasta llegar a nuestro locker habitual. Allí, como un monumento a la derrota matutina, estaba Kevin.

Se apoyaba contra los casilleros metálicos, con la frente casi pegada al frío del metal. Llevaba la misma chaqueta de cuero raída del año pasado y parecía haber encogido un par de tallas. Max, directo como siempre, no perdió tiempo.

-Oye, Kev, ¡ánimo! Parece que te han robado el perro y luego te lo han devuelto, pero sin patas -le dio una palmada en la espalda que hizo eco-. ¿Qué pasa? ¿Sigue el tema de Claudia igual de... épico?

Kevin se enderezó lentamente. Tenía unas ojeras moradas que le llegaban casi a la mitad de las mejillas. Me miró primero, buscando quizá un poco de comprensión silenciosa que siempre prometo pero nunca sé dar, y luego desvió la vista hacia Max.

-Épico no es la palabra -murmuró, con voz ronca-. Es más bien... estático. Como una pintura de un tipo triste comiendo un plátano. La vi ayer en el centro comercial. Estaba con sus amigas. Ni siquiera me miró. O sí lo hizo, pero con la misma expresión con la que miras una mancha en la pared. Todo sigue igual.

Max soltó un bufido, mitad risa, mitad exasperación.

-¡Hombre, claro que no te mira! ¡Si te acercas con esa cara de funeral! Tienes que cambiar el chip, tío. La vida es una fiesta y tú estás en el rincón llorando porque se derramó la cerveza. Mira -señaló a un grupo de chicas que pasaban riendo-, no es física nuclear. Sonríes, dices alguna tontería, y si no funciona, pasas a la siguiente. Hay más peces en el mar, y algunos incluso tienen mejor gusto que Claudia.

Observé a Kevin mientras absorbía el consejo de Max como un veneno dulce. Sus hombros, en lugar de relajarse, se encorvaron un poco más. Los consejos de Max eran como intentar apagar un fuego con gasolina; bienintencionados, pero letales para alguien que se estaba quemando por dentro. Para Max, el mundo era un juego sencillo de ganar o perder. Para Kevin, y supongo que para mí, cada partida era una partida de ajedrez contra uno mismo, donde el único movimiento posible es el jaque mate.

-Es fácil para ti decirlo, Max -susurró Kevin-. A ti las chicas te sonríen sin que tengas que hacer nada.

-¡Exacto! Porque yo les devuelvo la sonrisa -replicó Max, implacable-. En fin, al menos no estás solo en tu miseria. Tienes a Eric, que es tan bueno con las chicas como un ladrillo con susurros. Entre los dos formáis el equipo de los solitarios profesionales.

No respondí. Encogerse de hombros es universal. Kevin esbozó una sonrisa débil, torcida, que se desvaneció rápido. Era la clase de sonrisa que duele más ver que la propia tristeza. Me pregunté si la única diferencia entre Kevin y yo era que yo había aprendido a no esperar nada. Así, cuando llegaba el silencio, o el olvido, o la indiferencia, al menos no te pillaba por sorpresa.

El timbre sonó, un chirrido estridente que cortó cualquier posibilidad de seguir con la conversación. Kevin se giró y se encaminó a clase con la cabeza gacha. Max me lanzó un codazo.

-No te preocupes, tío. Al final saldrá de esta. Todo el mundo sale.

Asentí, como si decirlo en voz alta lo convirtiera en verdad incuestionable.

Yo no estaba tan seguro. Algunas caídas son tan profundas que la única salida es seguir cavando. Y mientras seguía a mis amigos por el pasillo abarrotado, no pude evitar pensar en la chica de la lluvia. En cómo había desaparecido sin dejar rastro, como un suspiro en un día ventoso. Me pregunté si Kevin, y quizás yo mismo, no éramos un poco como ella: figuras fantasmales buscando algo imposible de encontrar, mientras la lluvia nos empapaba sin piedad.

El aula de Literatura olía a tiza húmeda y abrigos empapados. La profesora, la Señora Mills, hablaba con voz monótona sobre un poeta muerto, una letanía que se mezclaba con el golpeteo constante de la lluvia contra los cristales. Yo estaba en ese punto muerto, mirando cómo las gotas corrían por la ventana como lágrimas sin dueño, cuando la puerta se abrió con un chirrido.

Todos levantamos la vista, rompiendo el hechizo del aburrimiento. Allí, en el marco de la puerta, estaba una chica. Empapada hasta los huesos. El agua goteaba de su pelo oscuro y de la chaqueta negra, formando un charco a sus pies. Llevaba una mochila grande de lona gastada, colgada de un hombro. Por un segundo, creí oír un leve quejido, como el maullido de un gatito. Probablemente fue el crujido de la tela mojada.

La Señora Mills solo lanzó un vistazo por encima de sus gafas. No dijo "hola", no preguntó "¿se puede?". Simplemente hizo un gesto cansado, señalando un asiento vacío. Un silencio incómodo llenó el aula mientras la chica cruzaba la sala con pasos silenciosos. Y entonces, para mi desconcierto, se sentó justo en el pupitre de al lado.

Era nueva, eso estaba claro. O al menos, nueva para mí, que tengo un talento especial para volverme invisible a los nuevos. Una parte de mí, la parte que todavía observa con curiosidad, notó los detalles: ropa sencilla, piel pálida contrastando con su cabello negro. Y entonces, como un imán, mi mirada se fijó en su perfil. Había algo... una sensación de déjà vu que no lograba ubicar. ¿La había visto antes? Mi mente, nublada por la falta de sueño y café inexistente, revolvió archivos vacíos.

En eso, ella giró la cabeza ligeramente. Sus ojos, de un color tan oscuro que parecían pozos sin fondo, me atravesaron. No fue una mirada de reconocimiento ni curiosidad. Era plana, intensa, casi desafiante. No parpadeó. Solo sostuvo mi mirada con una quietud absoluta que resultaba inquietante. No era hostil, sino... tenebrosa. Como si evaluara una pieza extraña en un museo de cosas insignificantes.

Un escalofrío me recorrió la espalda, el mismo de esa mañana frente a la casa abandonada. La imagen de la figura entre la maleza bajo la lluvia chocó contra la realidad de esta chica sentada a mi lado. ¿Era posible? ¿Era ella? La lógica se rebeló. ¿Qué persona, después de revolcarse en el jardín de una casa embrujada, llegaba tarde a clase sin inmutarse? Ridículo. Mi imaginación, alimentada por el aburrimiento y la lluvia, me jugaba una mala pasada.

Sostener esa mirada se volvió insoportable. Era como mirar al vacío y que el vacío te devolviera la mirada, recordándote tu propia nulidad. Fingiendo naturalidad, desvié la vista. Volví a fijar mis ojos en la ventana, en las rayas grises de la lluvia. Pero ya no era lo mismo. La tranquilidad honesta de la tormenta se había quebrado. Ahora, en el borde de mi visión, estaba la silueta mojada y quieta de la chica, y la persistente sensación de que algo había cambiado.

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