El cuaderno detrás de la estantería
El zumbido parejo de las heladeras era el único sonido de Estación 24 a esa hora, tan constante que Selene había dejado de escucharlo hacía meses, como se deja de sentir el peso de algo que se carga todos los días. El timbre de la puerta lo rompió dos veces seguidas, rápido, como si a quien entraba se le hubiera resbalado la mano del picaporte.
No levantó la vista de las cajas de cigarrillos que estaba acomodando.
—Cerramos a las seis —dijo, aunque sabía perfectamente que nadie entraba a un local abierto toda la noche para preguntar el horario de cierre.
—Ya lo sé. Vengo por eso.
La voz no le sonó de nada, y eso ya era raro. A esa hora, un lunes, los clientes se repetían: el hombre del taxi que compraba el mismo café con dos de azúcar, la enfermera que salía de su turno en el hospital y llevaba siempre el mismo gesto de cansancio amable, el señor del edificio de enfrente que no dormía y lo admitía sin vergüenza. Voces conocidas, pedidos conocidos. La de este chico no encajaba en ninguna categoría.
Terminó la fila de cajas antes de girar la cabeza lo justo para verlo de perfil. Chaqueta cara, de esas que no se compran en las tiendas de su barrio. Reloj que probablemente costaba más que el sueldo de su madre en un mes. Y esa forma de pararse en el medio del local, sin ir directo a ningún estante, como si no hubiera venido a comprar nada en absoluto.
—¿Necesitas algo en concreto o solo estás mirando? —preguntó, sin ánimo de ser amable. La amabilidad se la reservaba para los clientes que la trataban como una persona y no como parte del mobiliario.
—Un café. El más fuerte que tengan.
—El único que tenemos.
—Perfecto, entonces.
Señaló la máquina con la cabeza y volvió a las cajas. No era su trabajo entretener conversación con nadie, y menos con alguien que la miraba como si estuviera intentando ubicarla en algún lugar de su memoria y no lo estuviera logrando. Ella sí sabía dónde no lo había visto antes: no en su colegio, no en el barrio, no en ningún lugar donde las personas como él solían cruzarse con personas como ella.
El olor a café quemado —siempre quedaba un rato de más en la jarra, nadie lo tiraba hasta que alguien se quejaba— se mezcló un momento con el aire frío que había entrado con la puerta. El chico se sirvió despacio, más despacio de lo que un café necesitaba, y cuando por fin se acercó a pagar, dejó un billete sobre el mostrador sin pedir el cambio.
—Quédatelo.
—No hago caridad con propinas de gente que no conozco —dijo Selene, y empujó el billete de vuelta hacia él con dos dedos, sin mirarlo—. Son ochenta y cinco.
Algo se le movió en el gesto. No fue una sonrisa exactamente, pero se le pareció.
—Tienes razón. Perdón.
Pagó el monto justo, se guardó el resto, y se quedó ahí un segundo más de lo necesario, como si tuviera algo más para decir y no encontrara el orden de las palabras. Después simplemente se fue, y el timbre volvió a sonar dos veces. Afuera, el frío se lo tragó rápido; ni siquiera lo vio doblar la esquina.
No pensó más en él. Tenía práctica en no pensar más en las cosas que no podía controlar, y un cliente raro a las once y media de la noche entraba directo en esa categoría.
A la medianoche llegó Don Ceferino, que vivía dos calles más allá y compraba todas las noches un paquete de galletas que después, según había confesado más de una vez, comía sentado en la plaza vacía porque en su casa no lo dejaban "llenarse de porquerías".
—¿Todavía no me convences de que me vaya a dormir? —le dijo Selene, ya con la sonrisa puesta.
—El día que me convenzas, dejo de venir, y entonces vas a extrañar mi dinero —contestó él, y le guiñó un ojo antes de salir silbando algo que ella nunca lograba reconocer.
Ese ratito de humor le duró poco. El teléfono le vibró en el bolsillo del delantal: un mensaje de Mateo preguntando si podía quedarse despierto un rato más viendo videos, con la lógica infalible de que si ella no estaba en casa para prohibírselo, técnicamente no estaba prohibido. Selene le contestó que no, con un audio corto, y agregó que si mamá se despertaba y lo encontraba despierto, la culpa iba a ser toda suya. Se quedó mirando la pantalla un segundo de más, calculando —como hacía siempre, casi sin darse cuenta— cuánto le quedaba para poder dejar este turno sin que la economía familiar se desmoronara. Todavía faltaba mucho.
Volvió a las cajas. Le quedaban seis horas de turno, un examen de contabilidad al que no había llegado a estudiar del todo, y esa costumbre suya de hacer cuentas que nunca le cerraban del todo bien.
A la una menos cuarto le tocó el pasillo de atrás, el que casi nadie visitaba porque ahí solo estaban los productos de limpieza y una estantería que llevaba doblada hacia la pared desde antes de que ella empezara a trabajar ahí. Nunca la habían arreglado. Nadie parecía tener apuro.
El silencio ahí atrás era distinto, más cerrado, como si el zumbido de las heladeras no llegara del todo. Fue al mover una de las cajas de detergente que sintió algo debajo, encajado entre la base de la estantería y la pared, como si alguien lo hubiera empujado ahí a propósito y después se hubiera olvidado, o hubiera querido que se olvidara.
Un cuaderno. Tapa negra, gastada en las esquinas, con una goma que ya no cerraba nada porque se había estirado hasta perder la forma.
Se agachó, lo sacó con cuidado, y sopló el polvo de la tapa antes de abrirlo. Olía a humedad vieja, a algo guardado demasiado tiempo en el lugar equivocado.
En la primera página, con una letra apurada y redonda, alguien había escrito un título.
Cosas para hacer antes de irme.
Debajo, una lista. Algunos ítems tachados, la mayoría no. Y en la esquina superior derecha, casi escondido, un nombre que Selene no reconoció al principio, pero que después sí — porque lo había visto en un cartel viejo de "se busca información" pegado en la parada de autobús hacía casi un año, uno de esos carteles que con el tiempo la gente deja de mirar.
Ariadna.
Cerró el cuaderno de golpe, como si eso pudiera deshacer lo que acababa de leer. El corazón se le había ido a otro ritmo, uno que no tenía nada que ver con el cansancio del turno.
Del otro lado del local, el timbre de la puerta sonó otra vez.








