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El cuaderno de Erato

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Summary

Cuando las palabras ya no caben en los recovecos científicos de la mente, encuentran otra salida: se escabullen hacia el alma y, allí, se vuelven literatura. Literatura pura y dura, de esa que se decanta lentamente en el corazón hasta convertirse en ideaciones, escenas, personajes e historias contadas. No diré si bien o mal, porque pocas historias están verdaderamente bien contadas y todas, inevitablemente, arrastran consigo los sesgos de quien las imagina. Erato’s Notebook nace precisamente de ese lugar. Erato, la musa mitológica de la poesía amorosa y lírica, se ocupa de aquello que no siempre puede explicarse, pero sí sentirse, imaginarse y escribirse. Yo me autodenomino su aprendiz, no porque me crea particularmente virtuosa con el lápiz y el papel, sino porque las ensoñaciones han construido una habitación demasiado cómoda dentro de mi mente como para fingir que no les pertenezco. Quizá sea una inclinación un poco platónica, en el sentido más literal posible: la sospecha de que existe un mundo de ideas al que una parte de mí siempre está intentando regresar. Erato’s Notebook es ese intento. Un cuaderno para todo lo que alguna vez fue pensamiento y, por no encontrar suficiente espacio en la razón, terminó convertido en historia.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Siete Horas

I

El mensaje entró a las seis y diecisiete, con el agua todavía sin hervir.

«Aterricé.»

Y tres segundos después llegó otro mensaje, antes de que Nicolás alcanzara a responder:

«creo que mi mamá me metió velas en la maleta.»

Bajó el fuego, no lo apagó, y se quedó mirando la olla como si la olla tuviera algo que comentar al respecto. Nicolás llevaba tres semanas cocinando cantidades que no le calzaban: dos porciones, siempre dos. Después quedaba un táper en la nevera lleno de las sobras de la noche anterior y el táper volvía a la mesa al día siguiente. En el baño quedaba una marca rectangular más clara sobre el azulejo, donde durante seis años había estado la caja de madera con los cosméticos de Clara. Había pensado en poner algo encima. Cualquier cosa. Todavía no había puesto nada.

«Estoy saliendo», escribió. «No cargues nada. En serio. No cargues nada.»

La L4 desde Poblenou hasta Joanic tarda catorce minutos y él lo sabía sin consultarlo, del mismo modo que sabía el número exacto de escalones del portal y la hora exacta a la que el sol dejaba de dar en su balcón: el tipo de datos que uno acumula sin haberlos pedido cuando se queda en un sitio el tiempo suficiente. Salió del metro a una tarde de septiembre que todavía no se sentía como septiembre. La ciudad apenas volvía de vacaciones. Los toldos a medio subir, las persianas de las bodegas rayadas de sal, ese olor a alcantarilla que a él ya no le parecía nada fuera de lo común.

Marianella estaba en la vereda de Verdi con dos maletas grandes, una mochila y las marcas de un sueño interrumpido y un insomnio acumulado que, por dignidad, Nicolás no se atrevió a mencionar.

—Mariane…

El saludo se le quedó a medio camino. Nicolás apenas pudo ver el rostro de la joven sin esbozar una ligera sonrisa.

—No digas nada.

Marianella tenía las manos cargadas de cosas y parecía de un humor más o menos llevadero.

—Todavía no he dicho nada.

—Basta con verte a los ojos para saber qué es lo que quieres decir.

Se apartó el pelo de la frente con el dorso de la muñeca porque tenía las dos manos ocupadas.

—Es en el cuarto piso.

—Ya lo sé. Lo habías mencionado por lo menos tres veces durante las últimas dos semanas.

—Sin ascensor.

—Eso también lo sé.

—¿Y no me lo dijiste?

—Te lo dije en abril. Textualmente. Te dije: «En esta zona casi ningún edificio tiene ascensor». Me respondiste con un audio de un minuto y medio sobre otra cosa.

Marianella lo miró un momento entero, sin prisa, con esa manera suya de no rellenar los silencios.

—Bueno —dijo—. Entonces me lo dijiste.

Subieron las maletas de una en una entre los dos, girándolas en cada rellano, y a Nicolás las cosas se le ordenaron en la cabeza como siempre: veintitrés kilos por unidad, distribución de carga asimétrica, el pasamanos de hierro flojo en el segundo rellano, el escalón desportillado del tercero que iba a joder a alguien tarde o temprano. En el cuarto rellano se apoyó contra la pared y ella se sentó directamente en el suelo, con la espalda contra su propia maleta.

—Sí traje velas —dijo—. Como seis. Las encontré en Barajas cuando estaba sacando el cargador. Mi mamá las metió mientras yo me bañaba.

Nicolás se rió sin aire.

—¿Le dijiste que acá no hay apagones?

—Totalmente desprovistos de apagones no están, ¿recuerdas el episodio de hace unos años? Literalmente perdieron la cabeza por unas horas. Pero sí, se lo dije en enero, se lo dije en marzo y se lo dije el jueves. —Estiró las piernas—. Se lo dije mientras me abrazaba en el aeropuerto.

—¿Y?

—Y me dijo: «Uno nunca sabe».

Se quedaron los dos en el rellano, respirando, con la luz de la escalera contando sus segundos hasta que se apagó sola y ninguno hizo el gesto de encenderla otra vez.

II

El piso olía distinto de todo lo que Marianella conocía. Ese fue el primer dato que registró y el único que le pareció serio: no tenía un olor propio, nada hogareño, nada que le recordara a casa; olía a la lejía con la que alguien había borrado a la persona anterior.

Nicolás se fue a las once y media, después de arreglarle la cisterna con la tapa levantada y el brazo metido hasta el codo, mientras le explicaba una cosa del flotador que ella no escuchó porque estaba demasiado distraída mirándolo. Cuando se fue, deshizo media maleta, dejó la otra mitad para el día siguiente y puso las seis velas en fila sobre la repisa de la cocina porque no se le ocurrió dónde más ponerlas.

En el teléfono tenía cuarenta y un mensajes. Su madre, un audio de tres minutos. Su hermana, una foto del perro. El grupo del edificio de sus padres, que ella nunca había abandonado por cobardía, discutía el horario de cortes de la semana con esa mezcla de rabia y logística doméstica que ya era el idioma nacional: «de 8 a 12 y de 16 a 20, confirmado»; «a mí me dijeron que eran cuatro, no ocho»; «súbanle al tanque hoy».

Y, más abajo, Clara.

«Marianeeeeee!!! Nico me dijo que llegabas hoy. Bienvenidísima. Cualquier cosa que necesites me escribes, ¿eh? En serio. El médico de cabecera del CAP de Gràcia es un crack, te paso el nombre. Y para el empadronamiento pide cita YA, aunque te la den para dentro de un mes. Es así, no te desesperes. Un beso enorme.»

Marianella leyó el mensaje tres veces. Después dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa; después lo volteó y lo leyó una cuarta.

Conocía a Clara desde hacía cuatro años, desde aquel diciembre en que Nicolás la llevó a casa por dos semanas y Marianella terminó haciendo de guía, traductora y árbitro en una discusión familiar sobre política que Clara siguió con la cortesía de quien mira una tormenta desde dentro de un carro. La última noche se emborracharon las dos solas en el balcón mientras Nicolás dormía, y Clara le pidió que le enseñara a decir groserías. Aprendió tres. Las usó perfectamente durante años: en los cumpleaños, por mensaje.

Había un nombre técnico para lo que estaba pasando y Marianella lo sabía. Sabía el nombre, sabía el mecanismo, sabía en qué manual aparecía y con qué palabras lo habría descrito si se lo contara una paciente. Se negó a usarlo. Usarlo la habría convertido en la profesional de la escena, y la profesional de la escena habría sabido exactamente qué hacer.

Respondió: «Clarita, gracias. Te escribo apenas me instale.»

Lo cual era verdad y mentira al mismo tiempo, y esa combinación también tenía nombre.

Apagó la luz. El techo tenía una grieta fina que iba de la lámpara hasta la esquina. Pensó, con una claridad que le dio vergüenza, que Nicolás la habría visto al entrar.

Se llamaba Marianella por su abuela, que se llamaba María y no Marianella, y en la universidad alguien había hecho el trabajo de acortarla mal: Mariane. Le quedó. A Nicolás se lo oyó por primera vez a los veinte años, en una fiesta, a las tres de la mañana, y le pareció que en su boca sonaba distinto de como sonaba en la de los demás: como si, en vez de llamarla, la estuviera señalando desde lejos, en tercera persona, hablando de ella con alguien más.

III

La Oficina de Extranjería está en Carrer de Murcia, que no queda cerca de nada, y a las siete y diez de la mañana ya había cuarenta personas en la vereda.

—¿Esto es la fila? —preguntó Marianella.

—Esta es la gente que tiene cita. La fila empieza cuando abren.

—¿Y por qué están acá afuera desde las siete si tienen cita?

Nicolás se encogió de hombros.

—Por si acaso.

Ella lo miró. Él sostuvo la mirada un segundo y después se corrigió, porque no le gustaba dar respuestas que no fueran verdaderas.

—Porque una vez le dijeron a alguien que llegara temprano, y ese alguien se lo dijo a otro. No hay ninguna razón. Es lo que hay.

Habían pedido la cita en junio y se la habían dado para septiembre. Nicolás le había explicado el sistema tres veces por videollamada y ella no había terminado de creerle hasta esa mañana: que las citas se liberan de madrugada y se agotan en segundos, que hay gente que paga a otra gente para que se las consiga, que la página se cae, que la página se cae siempre, que ese fallo no es un fallo sino un sistema con un comportamiento perfectamente estable. Eso último lo dijo con un tono que hizo a Marianella levantar la vista del expediente.

—¿Qué?

—Nada. Que hablaste como ingeniero.

—Soy ingeniero.

—No, digo que hablaste como si eso te hubiera consolado.

Nicolás se quedó pensando en eso más tiempo del que ella esperaba.

Dentro, el aire acondicionado estaba a diecisiete grados. Había un padre con dos niños dormidos encima —uno en cada brazo—, ocupando tres asientos y disculpándose con la mirada cada vez que alguien pasaba. Había una señora que había traído los papeles en una carpeta de plástico transparente, con separadores de colores y etiquetas escritas a mano, y que revisaba el orden cada dos minutos aunque el orden no se había movido. Marianella la miró y después miró su propia carpeta, que también tenía separadores de colores.

Llamaron su número a las nueve y cuarenta.

—Falta el certificado de antecedentes apostillado —dijo el funcionario, sin levantar la vista.

—Está aquí. Es este —señaló el documento.

—Está la apostilla. Falta la traducción jurada de la apostilla.

—La apostilla ya está en español.

—Está en español de allá.

Nicolás sintió cómo Marianella se enderezaba a su lado, muy despacio, y le apoyó dos dedos en el antebrazo, apenas, sobre la mesa, donde el funcionario no lo veía.

Salieron a las diez y cuarto a una calle que ya estaba a veintiocho grados. Marianella caminó media cuadra sin decir nada, se detuvo, miró la carpeta con los separadores de colores y se rió con una carcajada corta, sin ganas.

—Ocho meses —dijo—. Ocho meses juntando papeles. Los junté durante ocho meses con solo cuatro horas de luz eléctrica al día. Fui tres veces a la notaría en bus porque no había gasolina.

—Ya sé.

—No, no sabes. —Lo miró—. Perdón. Sí sabes.

—Lo hice hace siete años y todavía sueño con eso —dijo Nicolás—. En serio. Dos veces al año sueño que me falta un papel.

Ella asintió y se pasó la mano por la cara.

—¿Qué sigue?

—Ahora buscamos una gestoría, pagas ciento veinte euros y una señora que se llama Rosa lo arregla en dos días.

—¿Y por qué no fuimos donde Rosa desde el principio?

—Porque hay que venir acá primero para saber que existe Rosa.

IV

Cuando en Barcelona son las tres de la tarde, allá son las ocho de la mañana, y los pacientes de Marianella empezaban a llegar recién bañados, con la luz limpia de la primera hora entrando por sus ventanas, mientras a ella se le venía la tarde encima.

Siete horas. Toda su vida laboral ocurría en un huso horario donde ya no vivía.

La app le asignaba entre seis y ocho sesiones diarias, casi todas de allá porque la escuchaban hablar y se quedaban. La compañía tenía una base en un edificio de Poblenou, con dos plantas y una máquina de café buena, y le había dado un visado, un contrato y la posibilidad de abrir dos mañanas de consulta presencial a partir de octubre. Eso era la migración entera, comprimida: un puesto de trabajo que ya tenía, ejercido desde otra silla.

La sesión de las siete era con una mujer de cincuenta y dos años, ingeniera agrónoma, que llevaba cuatro meses hablando de su hijo sin nombrarlo directamente. Iban por la mitad cuando la imagen se congeló y volvió solo el audio.

—Se fue la luz —dijo la mujer, con la naturalidad de quien informa que empezó a llover—. Perdón. Estoy con datos.

—¿Quiere que lo dejemos aquí?

—No. Tengo batería. —Una pausa—. Además, si cuelgo, me quedo sola en la oscuridad y usted sabe lo que pasa.

Marianella dijo que sí sabía. Y entonces la lámpara del techo de su piso en Verdi se apagó también.

No parpadeó: se apagó. Se levantó a oscuras, buscó el cuadro de luces del pasillo y encontró todos los interruptores arriba; ninguno había saltado. Desde la ventana vio las cocinas encendidas de los tres vecinos del patio interior, la tele azul de uno de ellos, la campana extractora de otro. Volvió junto al portátil, encendió una de las velas de su madre con el mechero de la cocina, la puso a su lado y terminó la sesión con la cara a media luz, hablándole a una mujer que tampoco podía verla. Cuarenta y siete minutos después, la mujer dijo «ay, volvió», y en Verdi la lámpara del techo volvió con ella.

Marianella no se lo contó a nadie. No porque le pareciera imposible, sino porque cualquier explicación que ensayara mentalmente sonaba a síntoma, y ella conocía demasiado bien el tono con que se anota un síntoma.

Guardó la vela usada en la repisa, con las otras cinco.

V

El domingo bajaron a la Plaça de la Vila de Gràcia al mediodía, cuando la sombra del campanario cae en diagonal sobre las mesas y hay que negociar con los niños en bicicleta el derecho a caminar en línea recta. Se sentaron en una terraza. Vermut, aceitunas y bravas: todo frente a ellos, a su entera disposición.

—Esto es un almuerzo —dijo Marianella.

—Esto es un aperitivo —corrigió Nicolás.

—Son dos platos y alcohol.

—Es un aperitivo. Después la gente se va a su casa y almuerza.

—¿Tú almuerzas después de esto?

—No.

—Entonces es un almuerzo.

Habló de la votación del jueves, del ministro que salió a las tres y diez de la madrugada a explicar que no había ninguna crisis y de un excompañero de la universidad que ahora aparecía en televisión defendiendo ideas que jamás le habían oído sostener, ni siquiera cuando les copiaba los exámenes de economía.

—Lo vi el martes —dijo Marianella—. Estaba explicando que el problema del sistema eléctrico es cultural.

—¿Cultural?

—Que la gente consume mal.

Nicolás dejó el vaso.

—Yo trabajé cinco meses en un proyecto de transmisión allá, antes de venirme. El problema es de mantenimiento, de inversión y de dos represas. Se puede escribir en una hoja.

—Escríbelo y mándaselo.

—Ya. Con mi credencial de siete años afuera.

Fue un golpe pequeño, dado sin intención, y aterrizó igual. Marianella lo dejó ahí un segundo porque el impulso de arreglarlo enseguida era un impulso profesional y ella estaba de domingo.

—La panadería de la esquina de tu casa cerró —dijo en cambio.

—Ya lo sé. Y era el mejor pan del país.

—Era pan normal, Nico.

—Era pan normal para ti porque tú tenías otras cinco panaderías en tres cuadras. Yo tenía esa.

—Estás haciendo trampa. Estás comparando la panadería de tu adolescencia con una panadería.

—Sí. —Se comió una aceituna—. Y en la comparación gana la mía.

Ella se rió con la boca cerrada y le sostuvo la mirada un poco más de lo necesario.

Después, sin cambiar de tono, Marianella dijo:

—Clara me escribió el día que llegué.

Nicolás dejó de masticar apenas un instante.

—Sí. Le dije que venías.

—Me pasó el nombre del médico del CAP.

—Es un buen médico.

—Nico.

—¿Qué?

Marianella se apoyó en el respaldo, cruzó los brazos y decidió no decirlo. Fue una decisión consciente, le costó y la sintió en la mandíbula.

—Nada —dijo—. Que qué buena gente es.

VI

Esa noche, después de la sesión de las diez, Marianella hizo lo que hacía siempre para bajar del trabajo: fregar dos platos que no estaban sucios.

El problema no era el beso que no había pasado y que, muy en el fondo, ella había querido que pasara. Nicolás siempre había sido un tipo bien parecido —al menos para su gusto—, y ella lo había conocido mucho antes de que él construyera una vida al otro lado del mundo. No habían sido compañeros en todas las clases de la universidad; apenas habían coincidido en suficientes materias básicas para formar parte de ese grupo de amigos que se arma en los primeros ciclos y luego ya nunca se separa. Ella jamás había dicho nada sobre lo que sentía. Después, mientras para ella la vida parecía mejorar en lo económico y empeorar en lo romántico, Nicolás estaba al otro lado del mundo, a punto de casarse, hasta que dejó de estarlo.

El problema era que ella sabía cómo se llamaba lo que estaba haciendo. Un hombre a tres semanas de una separación, después de seis años de relación, sin red, sin familia, con una marca clara en el azulejo del baño, y ella —recién llegada, sin muebles, sin médico, sin idioma, sin nadie más en dos mil kilómetros a la redonda— presentándose como el único lugar del mundo donde a él no había que explicarle nada.

Familiaridad barata. Ese era el término que se le venía a la cabeza y que se prohibía.

Y, por debajo, la parte que de verdad le daba vergüenza: que ella tampoco tenía a nadie más. Que llevaba cinco días midiendo el peso de todo: del pan, del jabón, de las palabras de la señora del súper; y que las horas con Nicolás eran las únicas en que no estaba traduciendo.

Miró la conversación con Clara. El último mensaje era suyo, de hacía seis días: «te escribo apenas me instale». No se había instalado. Podía sostener eso técnicamente durante bastante tiempo.

Escribió: «Clarita, ya fui a extranjería. Fue horrible. Pediste que te contara y te estoy contando.»

Clara respondió a los dos minutos con un audio de cuarenta segundos, riéndose y contando su propia versión: la del acompañante, la de la persona que espera sentada mientras al otro le dicen que el papel está en español de allá. Terminaba diciendo, sin ningún peso especial: «ay, qué bueno que estás tú ahí».

Marianella escuchó el audio dos veces. Después dejó el teléfono en la repisa, junto a las velas, y se quedó un rato largo con las manos en el borde del fregadero.

VII

El martes subieron a la azotea del edificio porque a Marianella se le había ocurrido, en algún momento entre dos pacientes, que llevaba seis días viviendo en una ciudad que no había mirado ni una sola vez desde arriba.

Era una azotea de verdad, no una terraza: suelo de baldosas hidráulicas levantadas, tendederos con pinzas de tres colores, dos depósitos de agua, una antena y el murmullo de Gràcia subiendo desde abajo como un solo animal respirando. Todavía hacía calor. Olía a lavanda del suavizante de alguien.

—Ahí —dijo Nicolás, y le giró un poco los hombros con las dos manos, dos grados a la derecha—. ¿Ves esa cosa encendida?

Ella tardó en encontrarla. Un cilindro azul y rojo entre los edificios, latiendo despacio, absurdo y hermoso.

—¿La torre?

—La torre. Yo trabajo tres edificios más allá. Planta once.

—¿Se ve tu ventana?

—No.

—¿Pero se ve el edificio?

—Se ve el edificio.

Marianella se quedó mirando el punto donde estaba el edificio que no se veía. Estaba haciendo cuentas. La distancia entre su cocina y su oficina. La distancia entre esa azotea y el balcón de su madre. La distancia entre la mujer de cincuenta y dos años que se quedaba a oscuras a las siete y esa torre encendida que cambiaba de color por gusto, por decoración, porque sí.

—Me da rabia —dijo.

—¿Qué cosa?

—Que funcione. —Se apoyó en el pretil—. Ayer me dieron cita para el padrón y salí de ahí y me senté en un banco a llorar como una idiota. No de tristeza. De alivio. Porque me habían dado una cita y me la iban a respetar.

Nicolás no dijo nada. Ella agradeció eso más de lo que podría explicarle jamás.

—Y después me dio rabia haber llorado —siguió—. Porque eso quiere decir que ya me acostumbré a lo otro. Que tenía el cuerpo listo para pelear y no hubo pelea.

—Eso no se va —dijo él—. Te lo digo con siete años de datos.

—Qué consuelo.

—No era un consuelo.

Se volvió hacia él. Nicolás estaba mirando la ciudad, con las manos en el pretil, y tenía la mandíbula tensa, como cuando calculaba algo.

—¿Qué?

—Nada.

—Nico.

—Estaba pensando que llevo siete años acá y que la primera vez que subo a una azotea es contigo.

Marianella sintió el mecanismo entero encenderse dentro de ella: la pregunta que debía hacer, el silencio que debía dejar, la reformulación amable. Todo el instrumental. Lo apagó.

—Dilo bien —dijo.

—No sé decirlo bien.

—Inténtalo mal, entonces.

Nicolás se rió y en la risa se le aflojó algo en la mandíbula.

—Que hay tres semanas de una cosa y siete años de otra y no tengo ni idea de qué me está pasando —dijo—. Que, si esto sale mal, tú no tienes a nadie más en esta ciudad y yo tampoco, y eso no es un detalle romántico: es un problema de ingeniería. —Se pasó la mano por la nuca—. Y que llevo cuatro días buscando excusas para venir a un cuarto piso sin ascensor.

Marianella pensó en Clara. Pensó en el audio de cuarenta segundos, en la carcajada, en «qué bueno que estás tú ahí». No lo apartó ni lo justificó; lo dejó donde estaba, encendido, mientras daba el paso.

Le puso una mano en el pecho, a la altura del esternón, más para sentir el golpe del corazón que para acercarlo, y lo besó.

Fue un beso torpe al principio porque él giró un poco tarde y le rozó el pómulo, y después dejó de ser torpe. La camisa le olía a detergente y, por debajo, a él. Marianella tenía los ojos cerrados y aun así supo el momento exacto en que Nicolás soltó el pretil y le puso la mano en la espalda, entre los omóplatos, con la palma abierta y toda la fuerza que no estaba usando.

Cuando se separaron, ella se quedó con la frente contra su clavícula, respirando.

—Esto lo vamos a tener que hablar —dijo.

—Sí.

—No ahora.

—No.

Abajo, alguien cerró una persiana de golpe. Una moto subió por Verdi con la marcha equivocada. Un vecino se rió de algo en un piso que no podían ver.

VIII

A las siete y cuarenta de la mañana siguiente, Nicolás esperaba el T4 en Glòries, con el café malo de la máquina del portal y la camisa que todavía le olía a la azotea.

La pantalla decía dos minutos. Llegó a los dos minutos. Subió, se sujetó al pasamanos vertical con la mano libre y miró por la ventanilla el mismo tramo de vía que llevaba cuatro años mirando: las mismas grúas, el mismo solar con las mismas vallas oxidadas.

Sacó el teléfono. En el grupo familiar había once mensajes, un video de la protesta del lunes, dos versiones contradictorias del mismo video y una foto de su madre sosteniendo una linterna nueva con la expresión de quien enseña un trofeo.

Escribió: «está linda, ma.»

Después abrió la conversación de Marianella y no escribió nada porque no se le ocurría nada que no fuera enorme o estúpido. Se guardó el teléfono. En la parada siguiente subió mucha gente y tuvo que moverse hacia el fondo. Se dio cuenta, con una sorpresa mínima, de que tenía hambre.

IX

A las tres de la tarde, Marianella se puso los audífonos, ordenó la libreta, corrió la silla dos centímetros y aceptó la llamada.

Era la mujer de cincuenta y dos años. Se la veía en una cocina de baldosas amarillas, con la luz blanca y plana de las ocho de la mañana de allá.

—Buenos días, doctora.

—Buenos días.

La mujer acomodó el teléfono contra un frasco y se quedó un momento mirando la pantalla, con esa curiosidad educada que la gente reserva para el final de las sesiones y a veces gasta al principio.

—¿Y allá qué hora es?

Marianella miró por la ventana. Sobre los tejados de Gràcia, la tarde de septiembre estaba entera, alta, sin nada urgente adentro.

—Aquí son las tres —dijo—. Está haciendo calor.

Y empezaron.

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