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Deuda de Sangre

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Summary

​Las bombas destruyeron la ciudad, pero la crueldad humana terminó de reducirla a cenizas. En el Sector 4, donde el dinero es un recuerdo y la violencia el único lenguaje, Emma sobrevive atrapada en una doble vida: durante el día, trabaja en el Centro de Asistencia, ocultando sus verdaderos motivos bajo la vigilancia de los fusiles; al caer la noche, se convierte en la sombra que arriesga todo para salvar a los olvidados. ​Pero el equilibrio se fractura con la llegada de Rhandy, un hombre marcado por un pasado sangriento, y la amenaza de una facción que busca cambiar el orden establecido a cualquier precio. Pronto, Emma descubre que su propio padre es la pieza central de un tablero donde la compasión es una sentencia de muerte. ​En medio del caos y la traición, Emma se verá arrastrada a un juego de lealtades donde el precio de proteger lo que ama supera cualquier límite. "Deuda de Sangre" es una historia sobre secretos que nos persiguen y verdades que solo se revelan cuando el tiempo se agota. ​En un mundo donde incluso la vida tiene un precio, ¿qué estás dispuesto a sacrificar cuando ya no queda nada que perder?

Genre
Romance
Author
Cora
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

El frío en el Sector 4 no era como el invierno de los viejos relatos; era un frío metálico que se instalaba en los huesos como un huésped no deseado. Gabriel se mantenía de pie junto a la ventana, rígido. El accidente en la planta de electricidad no le había quitado el uso de sus piernas, pero la descarga eléctrica había dejado cicatrices blanquecinas en sus brazos y un dolor sordo que lo obligaba a moverse con una lentitud que odiaba. Para un hombre que siempre había sido la fuerza de la familia, esa debilidad era una humillación constante.

Emma, desde su rincón, observaba la espalda de su padre y luego a su hermano. No podía evitar que su mente viajara a los días antes del accidente. Recordaba con una nostalgia punzante cómo eran las mañanas apenas unos meses atrás; recordaba el sonido rítmico de los pasos de su padre y Josué sobre el pavimento mientras caminaban hombro a hombro hacia la planta. En aquel entonces, Gabriel caminaba con la cabeza alta y la mano orgullosa sobre el hombro de su hijo. Eran compañeros de camino, el pilar que sostenía el techo sobre sus cabezas. Verlos ahora, separados por el dolor y la necesidad, le partía el alma.

Susan, la madre de Emma, organizaba unos frascos vacíos con manos temblorosas. Era doctora, una de muchas, pero por su edad y las leyes del Sector, ya no le permitían ejercer. La familia estaba desesperada; el nuevo "trabajo" de Josué era la única esperanza de conseguir una doble ración de suministros, un riesgo que nadie más quería correr, pero que ellos necesitaban para no morir de hambre.

—Es hora, Josué —dijo Gabriel. En su mano sostenía un viejo reloj de plata, una reliquia que parecía brillar con luz propia en medio de la penumbra.

Josué terminó de ajustarse las botas. Gabriel le entregó el objeto con una solemnidad casi religiosa, y Josué sintió el peso de esa responsabilidad quemándole la palma de la mano. Era el símbolo de que ahora él era el guardián de la familia. Tras besar la frente de Emma, se guardó el reloj y se marchó hacia la vieja iglesia, el punto de reunión con el equipo de vigilancia.

Al llegar a las ruinas del templo, el ambiente estaba cargado de tensión. No hubo tiempo para presentaciones; de pronto, el silencio de la noche fue destrozado por un enfrentamiento feroz. El estruendo de los balazos rebotaba en las paredes de piedra y el polvo de los escombros nublaba la vista. Cuando el tiroteo cesó y el polvo comenzó a asentarse, el equipo halló a un rebelde herido entre los bancos destrozados.

—Mátalo —fue la orden para Josué.

Él dudó, con el dedo temblando en el gatillo.

—Si tú estuvieras en su lugar, él no dudaría en matarte —le dijo el hombre al oído—. Eso es lo que hacen los rebeldes: destruir todo a su paso.

Josué, recordando cómo su mamá solía arriesgarse para salvar a sus pacientes, se negó y bajó el arma. En ese instante de confusión, un disparo seco resonó en la iglesia. Josué cayó al suelo mientras la sangre manchaba el mármol frío. Sus propios "compañeros" lo miraron con desprecio y lo dejaron allí, abandonado a su suerte entre el humo y los escombros.

Sin embargo, uno de los rebeldes que estaba escondido viendo todo desde las sombras, conmovido por la piedad que Josué tuvo con su compañero, regresó cuando los demás se habían ido. Cargó el cuerpo herido de Josué durante kilómetros hasta llegar a la puerta de la familia. Al abrir, Gabriel y Susan se encontraron con la imagen devastadora.

—¿Qué pasó? —preguntó Gabriel con voz rota.

—No lo sé, solo lo hallé así en el camino —mintió mientras se alejaba rápidamente.

Susan, entre lágrimas, gritaba órdenes que nadie podía cumplir. En ese momento cruel, comprendió que sus años de conocimiento médico no servían de nada sin suministros. Presionaba la herida con desesperación, pero sus manos estaban bañadas en la sangre de su propio hijo mientras buscaba un instrumental que le habían arrebatado y medicinas que el Sector le negaba. La impotencia de ser una doctora sin recursos la golpeó más fuerte que cualquier bala.

El lamento de Susan llenó la habitación, un grito que marcaría su futuro.

El cuerpo de Josué yacía sobre la mesa donde solían comer cada noche en familia. Todos en casa sabían que Josué no iba a sobrevivir; ya había perdido mucha sangre y la bala había perforado sus órganos. Lo único que podían hacer era estar junto a él. Emma tomó la mano de Josué, deseando que el dolor acabara. El aire en la habitación parecía haberse congelado junto con el pecho de Josué. Cuando el joven dio su último y errático suspiro, el silencio que siguió no fue de paz, sino de una violencia contenida. La cadena de plata del reloj, aún tibia por el calor corporal que se desvanecía, se deslizó por los dedos inertes de Josué hasta descansar en la palma temblorosa de Emma; el metal se sentía como un peso imposible de cargar. Gabriel, de pie en las sombras, no gritó. Su mirada se fijó en el cuerpo de su hijo y algo dentro de él se quebró con un sonido seco, invisible. En ese instante, su odio dejó de ser fuego para convertirse en un dolor gélido, una escarcha que comenzó a cubrir las paredes del Sector 4 y que, muy pronto, lo consumiría todo a su paso.

***

6 años habían pasado desde que la mesa del comedor se convirtió en un altar de muerte. Para Emma, el tiempo no había curado nada; simplemente había endurecido las costras. La cadena rota de Josué, que ahora llevaba siempre oculta bajo su ropa, era un recordatorio frío de que la esperanza era un lujo que su familia ya no podía permitirse.

La casa se sentía más pequeña, más vacía. Susan intentaba mantener la cordura atendiendo a escondidas a los vecinos heridos, usando remedios caseros y lo poco que Emma lograba recolectar de sus nuevos turnos en el centro de asistencia —o como le llamábamos: el hospital de los olvidados—, un puesto que Emma apenas había conseguido pero aún así  arriesgaba todo.

  Pero el verdadero fantasma de la casa era Gabriel, quien se había marchado tan solo dos meses después de la muerte de Josué. 

Él solía estar callado, mirando por la ventana, culpándose de la muerte de su hijo, ya que él lo había obligado a ir a ese trabajo por la doble ración.

—Si no fuese por el accidente, Josué aún estaría conmigo —repetía Gabriel, como si las palabras pudieran regresarle la vida a su hijo.

Una noche, aquel silencio se rompió.

—No puedes salir, estás enfermo. Yo también quisiera encontrar al que dañó a mi niño, pero no sabríamos dónde empezar. Debes quedarte acá con nuestra hija, ¿la recuerdas, no? —dijo Susan al borde de las lágrimas.

—¿Quedarme? —rugió Gabriel, y por primera vez en semanas sus ojos no estaban fijos en el vacío, sino cargados de una furia que hizo que Emma retrocediera un paso—. ¿Quedarme a que , si no soy útil para nadie aquí,  no puedo trabajar, no puedo ni pedir maldita limosna pero lo único que me queda es buscar y matar a quien acabo con mi hijo.

—¡Tienes una hija, Gabriel! —gritó Susan, perdiendo por fin la postura; los frascos sobre la mesa temblaron con su voz—. Ella te necesita. Yo te necesito. No puedes hacernos esto.

En medio de la discusión, tomé la llave y el candado que solíamos poner cada noche por seguridad y bloqueé la puerta. Corrí hacia el cuarto y me oculté bajo la cama. Mi papá corrió detrás de mí y me dijo:

—Emma, abre la puerta.

—No, papá, no quiero que te vayas.

—¡Ábrela!

—No.

—¡Abre la maldita puerta! —gritaba mientras me jalaba de los pies.

Cuando ya estaba frente a él, me golpeó tan fuerte que quedé aturdida. Tomó las llaves, abrió la puerta y se fue. Mi madre corrió a mi lado y solo me abrazó; lloramos juntas viendo a papá alejarse de ahí con aquella chamarra café de cuero.

***

Durante los meses siguientes, a pesar del cansancio, el dolor y el miedo, por sus turnos nuevos , Emma solía caminar por las calles  buscando a su papá. Su corazón de niña aún esperaba que él regresara, que el golpe hubiera sido un mal recuerdo  y que volviera a ser el hombre que la abrazaba hasta fastidiarla. Hasta que una noche, la búsqueda terminó de la forma más cruel.

Entre los escombros de un edificio derruido, Emma divisó la chaqueta café. Se ocultó rápido, con el aliento contenido, pero lo que vio no fue un reencuentro. Gabriel estaba golpeando a un hombre mientras lo acorralaba cada vez más. Ese hombre le resultaba familiar. Emma estaba demasiado lejos para escuchar las palabras que su padre le sacaba, golpe tras golpe, a ese hombre.

Después de muchos gritos y confesiones, solo escuchó a su padre agitarse mientras metía y sacaba el cuchillo del cuerpo de aquel hombre. Podía sentir cómo el filo pasaba por la piel mientras sus gritos llenaban esa noche oscura de lamentos. Aquel hombre que limpiaba el cuchillo en la nieve no tenía rastro de amor en sus ojos, solo un vacío gélido. Ese día dejó atrás la sombra de su padre mientras corría a casa.

Al ver a su mamá en casa, cansada, ordenando los pocos suministros que le quedaban y limpiando la sangre del sótano que usaban como clínica clandestina, ella no pudo echarle más carga sobre sus hombros. No podía decirle que su padre, el que fue en busca del asesino de Josué, se hubiese vuelto uno; así que guardó el secreto, dejando que su madre conservará la esperanza de que el hombre bueno con el que un día se casó volviese a casa.

Las luces fluorescentes del Centro de Asistencia Oficial parpadeaban con un zumbido eléctrico que le taladraba los oídos a Emma. Allí, el aire no olía a sangre, sino a un desinfectante químico tan fuerte que adormecía el olfato. Como asistente de triaje, el trabajo de Emma no era curar, sino clasificar a los seres humanos como si fueran mercancía defectuosa.

—Siguiente —dijo Emma, con una voz mecánica.

Frente a ella apareció una mujer joven sosteniendo a un hombre que cojeaba, con la pierna envuelta en un trapo sucio de grasa de mina. Era Elías, un viejo conocido que solía trabajar con su padre. Emma escaneó la tarjeta de raciones de la mujer. El terminal emitió un pitido agudo y una luz roja iluminó el cristal del mostrador.

—Saldo insuficiente para atención medica —sentenció Emma, sintiendo la mirada del guardia de la Coalición sobre su nuca—. No hay cobertura para el ingreso. Retírese para no bloquear la fila.

—¡Por favor! —suplicó la mujer—. Solo una venda, un poco de alcohol...

—No está autorizado. Siguiente —repitió Emma. Pero mientras la mujer lloraba, Emma deslizó un pequeño trozo de papel por debajo del cristal con un movimiento casi imperceptible. Tenía una dirección y una hora: medianoche.

Al terminar su turno de doce horas, Emma se quitó el uniforme gris y salió al frío cortante del Sector 4. Caminó rápido, esquivando las patrullas, hasta llegar a la seguridad de su hogar.

Al bajar los escalones, el escenario cambió drásticamente. El aire en el sótano era denso, cargado con el olor metálico de la sangre y el aroma dulce de las hierbas secas que Susan usaba para enmascarar la falta de desinfectantes reales.

Y aquella mesa donde Josue dio su último suspiro se había convertido en la plancha de operaciones.

—Cierra la incisión con cuidado, Emma. El hilo de seda es escaso y no podemos permitirnos que se abra —instruyó Susan desde una silla, con la voz cansada pero firme.

Emma asintió, concentrada. Su paciente ahora era el mismo Elías al que había rechazado horas antes. No había anestesia, solo una mordaza de cuero y el sudor frío que empapaba la frente del hombre mientras Emma extraía los últimos pedazos de metal y cobre de la pierna de Elías para poder terminar las suturas. Trabajó con una rapidez quirúrgica, ignorando los quejidos ahogados. En el Sector 4, ella era la última línea de defensa entre la vida y la fosa común.

El pago por la cirugía fue una bolsa pequeña de arroz y dos clavos de acero oxidados que Emma tendría que hervir durante horas. Así funcionaba su mundo: trueques, raciones y favores. Nadie acudía al Centro de Asistencia Oficial; allí te dejaban morir si no tenías créditos, pero en este sótano, la moneda era la lealtad.

La clínica clandestina era un secreto a voces; no se podía confiar en cualquiera. No todos querían guardar el secreto, aunque ellos mismos necesitaran la ayuda.

Emma terminó de vendar a Elías y, tras asegurarse de que su respiración fuera estable, salió a la calle. Necesitaba aire. Estaba asqueada del olor a desinfectante barato del Centro de Asistencia, de la sangre en su propio sótano y, sobre todo, de la corrupción de la gente, que vendía su propia sangre por una ración de comida.

Caminó por las calles en penumbra, con las manos hundidas en los bolsillos, buscando un momento de silencio. Fue entonces cuando unos gemidos ahogados y el sonido de forcejeos la atrajeron hacia un callejón sumido en la oscuridad. Al asomarse, la sangre se le congeló: dos hombres estaban sobre una mujer golpeándola mientras trataban de abusar de ella entre los escombros y la basura.

La rabia, contenida durante años tras cada "no" que tenía que decir en el hospital, estalló en su pecho. Emma no gritó. Sacó el escalpelo que siempre llevaba oculto y, con la frialdad de quien conoce perfectamente dónde están las arterias, se lanzó sobre ellos. No fue una pelea, fue una intervención quirúrgica en medio del barro. Entre gritos de dolor y sorpresa, los hombres huyeron hacia la oscuridad, dejando atrás a su víctima. Emma se acercó a ella.

—Oye, mírame. Tienes que levantarte —dijo Emma, tratando de incorporarla con una mezcla de firmeza y ternura que no sabía que poseía.

La chica abrió un ojo, cargado de un miedo animal. Intentó alejarse gateando, pero el dolor la hizo colapsar de nuevo.

—Aléjate de mí —logró susurrar con la voz rota—.

—Te puedo ayudar, estás sangrando mucho. Puedo llevarte al centro de asistencia.

—No. Ahí me dejarán morir en la acera.

Emma sintió una punzada de amargura. Ella misma era quien, horas antes, habría tenido que cumplir esa orden de la Coalición. El sistema era así de cruel: pagas primero, respiras después. Pero después de lo que acababa de presenciar, Emma no iba a permitir que el mundo rompiera a esta chica más de lo que ya estaba.

—No vas a ir a ese lugar. Te llevaré conmigo —sentenció Emma.

Arrastró el cuerpo de la joven por el pasadizo trasero de la casa, sintiendo cómo la sangre tibia empapaba su propia chaqueta. Al entrar al sótano, Susan se puso en pie de un salto, apartando las gasas usadas de la mesa de madera.

—¡Emma! ¿Quién es ella? ¿Te han seguido? —preguntó su madre con un hilo de voz, revisando frenéticamente que la puerta estuviera bloqueada.

—Nadie me ha visto. Estaba en el callejón de la zona de descarga. Si la dejaba ahí, las patrullas la habrían usado de práctica de tiro —respondió Emma, dejando caer a la chica con cuidado sobre la mesa.

Bajo la luz amarillenta de la bombilla, Emma pudo verla mejor. No tendría más de diecisiete años. Tenía el cabello pegado a la frente por el sudor y la suciedad, y una herida de bala que había impactado en el tejido blando del hombro, pero no era la única marca que tenía, había cicatrices antiguas por todo su cuerpo. Mientras Emma cortaba la tela de su blusa, la chica recobró un segundo de consciencia. Sus ojos, nublados por el dolor, se clavaron en Emma con una hostilidad salvaje.

—No... no me lleves... al centro... —balbuceó, intentando forcejear—. No tengo cómo pagar... déjame morir aquí, pero no me lleves allá.

—Cállate —le ordenó Emma, no con crueldad, sino con la autoridad de quien ha visto demasiada muerte—. Estás en mi casa. Aquí el sistema no entra.

Emma trabajó durante dos horas. Limpió ,desinfecto y extrajo los restos de la bala de la herida y suturó con la precisión que solo dan años de práctica clandestina. Susan le pasaba las herramientas en un silencio tenso, mirando de vez en cuando hacia la pequeña ventana a ras de suelo, temiendo ver las luces rojas de la Coalición. Ella podría ser la causa de que el secreto de la clínica ya no fuese solo un rumor.

—Ella puede ser peligrosa, estás poniendo en peligro todo por lo que hemos luchado —dijo Susan con tono angustiante.

—Todos somos peligrosos aquí, mamá —replicó Emma, sin apartar la vista de la joven.

Horas después, cuando los primeros rayos de luz gris se filtraban por el sótano, la chica despertó. Se sentó de golpe, soltando un grito ahogado de dolor al sentir los puntos en su hombro. Al ver a Emma limpiando un bisturí en la esquina, se pegó a la pared, buscando desesperadamente algo con qué defenderse.

—Ya estás a salvo —dijo Emma, ofreciéndole un poco de agua con azúcar—. ¿Cómo te llamas? —preguntó Emma, manteniendo la calma.

La chica la miró con una profunda desconfianza. Analizó el sótano, vio a Susan durmiendo en una silla y luego volvió a mirar a Emma.

—Anna —dijo finalmente con la voz seca.

Anna tomó el vaso con las manos temblorosas, pero no bebió. Se dio la vuelta en la camilla, dándole la espalda a Emma con un silencio que era un muro de piedra. No hubo gracias. No hubo explicaciones. solo desconfianza.Anna no conocía el significado de la palabra "hogar". Para ella, las paredes eran sólo límites que olían a humedad y a la desesperación de su madre. Desde que tenía memoria, su cuerpo no le pertenecía; era la moneda de cambio que su madre usaba para comprar las dosis que mantenían a raya sus temblores. Si Anna regresaba con las manos vacías, el recibimiento no eran caricias, sino los golpes de una mujer que había cambiado el amor maternal por el veneno que corría por sus venas.

Esa noche, la desesperación la llevó a cometer un error. Su único cliente fue el coronel Samuel Diaz, un oficial de mirada gélida que servía bajo las órdenes del general Malik, el líder del sector. Mientras él se ajustaba el cinturón, Anna intentó deslizar su mano hacia su bolsa para tomar algo que podría cambiar por comida. Él, sin pestañear, le disparó en el hombro.

—Rata de alcantarilla —escupió él antes de dejarla en la nieve.

Anna, desangrándose, logró arrastrarse hasta su puerta.

—¡Mamá! ¡Ayúdame! —gritó, golpeando la madera.

La puerta se abrió apenas un centímetro. Su madre, con las pupilas dilatadas, la miró con asco.

—Si no traes nada, no entras —sentenció la mujer antes de cerrarle la puerta en la cara.

Anna caminó hasta que el mundo se volvió negro, justo antes de que Emma la encontrara.

***

El frío que se colaba por las grietas del sótano fue lo que terminó por despertar a Emma. Se había quedado profundamente dormida sobre la mesa de madera, con la cabeza apoyada en sus brazos cruzados. El cansancio de su doble turno en el Centro de Asistencia y la cirugía de emergencia de la madrugada la habían vencido por completo. El escalpelo, limpio de la noche anterior, brillaba bajo la luz tenue.

—Emma, cariño, despierta. Se te va a hacer tarde para el turno del hospital —dijo Susan, tocándole el hombro con mucha suavidad, aunque su voz delataba preocupación.

Emma se incorporó de golpe, parpadeando con pesadez. Sus ojos buscaron de inmediato la camilla improvisada en el rincón. Estaba vacía. Las sábanas viejas estaban revueltas, pero la chica no estaba por ningún lado.

—¿Dónde está? —preguntó Emma, alarmada, poniéndose en pie de un salto.

Susan suspiró con tristeza, mirando hacia la puerta del sótano que apenas estaba entornada.

—Se fue, Emma. Debió aprovechar el momento en que nos venció el sueño a las dos. Solo esperó a estar lo suficientemente estable para ponerse en pie y huir —Susan se acercó y acomodó las sábanas vacías —. Me duele pensar que se siente más segura en la calle con esa herida que aquí con nosotras.

—No tiene a dónde ir, mamá. Volverá al mismo lugar donde casi la matan —dijo Emma, sintiendo una mezcla de frustración y miedo por la chica.

—El miedo es una cicatriz difícil de borrar, Emma —respondió Susan, mirándola a los ojos—. Ella no huye de ti, huye de lo que le han hecho creer que es el mundo. No podemos obligar a nadie a dejarse ayudar, pero al menos le diste una oportunidad que nadie más le habría dado. Ahora, date prisa. Si llegas tarde al Centro de Asistencia, los guardias de la Coalición se pondrán difíciles.

Emma asintió en silencio mientras se ajustaba el uniforme gris.

Mientras Emma se preparaba para su turno, Anna ya estaba lejos, tambaleándose por los callejones húmedos del Sector 4. Cada paso era una puñalada en su hombro, pero el dolor físico no era nada comparado con el peso de sus recuerdos.

Al pasar frente a los campos de cultivo secos, que ahora eran propiedad exclusiva de la Coalición, Anna cerró los ojos y, por un segundo, se vio a sí misma con seis años, corriendo entre los surcos de tierra. En ese entonces, su mayor preocupación era el sol sobre su nuca. Pero la niñez se quedó atrás, enterrada bajo la sombra de los hombres.

Recordó el día exacto en que todo cambió. Su madre, con los ojos inyectados en sangre y las manos temblorosas por la abstinencia, la había llevado de la mano hasta una tienda de campaña militar. La moneda de cambio era una pequeña bolsa de cristales azules. El comprador: un soldado que le triplicaba la edad.

Anna nunca olvidaría la sensación de aquel cuerpo gordo y pesado aplastándola contra el suelo frío, robándole el aire y la inocencia en un mismo acto. El olor a tabaco rancio y sudor de aquel hombre se convirtió en el aroma de su nueva realidad. Desde ese día, dejó de trabajar la tierra para convertirse en el juguetito de cientos de hombres que pasaban por el sector. Su cuerpo dejó de ser suyo para ser un objeto que se usaba y se desechaba, siempre bajo la mirada indiferente de una madre que solo veía en ella una dosis más.Por eso había huido.

***

Emma salió a la calle, mezclándose con la masa de gente que caminaba hacia las fábricas y las minas. Mientras avanzaba, se sentía vacía. Había salvado a Anna de los hombres del callejón y de la bala de Diaz,  pero no había podido salvarla de su propia necesidad de huir.

Emma sabía que en el Sector 4 nadie desaparecía por completo. Solo esperaba que, cuando volviera a cruzar caminos con Anna, no fuera en una de las mesas de autopsia del Centro de Asistencia

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