I
CAPÍTULO 1
La hija de los Moretti
La primera regla que aprendí en mi familia fue sencilla:
Nunca muestres miedo.
La segunda era todavía más importante.
Nunca confíes en alguien que sonríe demasiado.
Mi padre me enseñó ambas antes de enseñarme a disparar.
—Llegas tarde.
La voz de mi padre atravesó el silencio de la habitación.
No levanté la mirada del reloj.
—Llegué exactamente cuando dije que llegaría.
Mi padre soltó una risa seca.
—Eso no responde a mi comentario.
—Entonces quizá tu comentario estaba mal planteado.
Uno de los hombres sentados alrededor de la mesa bajó la mirada para esconder una sonrisa.
Mi padre lo notó.
Yo también.
La habitación volvió a quedarse en silencio.
Estábamos en uno de los salones privados de la residencia Moretti. Paredes oscuras, muebles antiguos y una mesa demasiado grande para las seis personas que estábamos sentadas alrededor de ella.
Sobre la mesa había documentos.
Contratos.
Fotografías.
Nombres.
Y un arma.
Siempre había un arma.
Me quité los guantes negros con calma y los dejé junto a mi bolso.
—¿Qué pasó? —pregunté.
Mi padre deslizó una carpeta hacia mí.
—Los Ricci.
Mis dedos se detuvieron sobre el borde de la carpeta.
Los Ricci.
Había escuchado ese apellido toda mi vida.
Una familia poderosa.
Rica.
Peligrosa.
Y, sobre todo, extremadamente cuidadosa.
Abrí la carpeta.
La primera fotografía mostraba a un hombre entrando a un edificio rodeado de guardaespaldas.
Traje negro.
Cabello oscuro.
Expresión seria.
No parecía alguien que necesitara guardaespaldas.
Parecía alguien que hacía que los demás necesitaran protección.
—Alessandro Ricci —dijo mi padre.
Mis ojos permanecieron sobre la fotografía unos segundos más de lo necesario.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
—Todavía nada.
Cerré la carpeta.
—Entonces no entiendo por qué estoy aquí.
Mi padre se inclinó hacia atrás en su silla.
—Porque las cosas están cambiando, Alessia.
Aquellas palabras hicieron que lo mirara.
Mi padre no era un hombre que utilizara palabras innecesarias.
—¿Qué cambió?
Nadie respondió inmediatamente.
Y entonces comprendí que aquello no era una reunión.
Era una advertencia.
Me puse de pie.
—¿Quién nos traicionó?
Mi padre sostuvo mi mirada.
—Todavía no lo sabemos.
Sonreí ligeramente.
—Entonces será mejor averiguarlo antes de que alguien termine muerto.
Tomé mi bolso.
—¿A dónde vas?
—A hacer preguntas.
—Alessia.
Me detuve en la puerta.
—No hagas nada impulsivo.
Giré lentamente la cabeza.
—Papá…
Sonreí.
—Nunca hago nada impulsivo.
Salí antes de que pudiera responder.
Aunque, en aquel momento, todavía no sabía que algunas preguntas podían cambiar una vida entera.
Y yo estaba a punto de hacer la primera.
Cuando salí al jardín, el aire frío me golpeó el rostro.
Uno de los guardaespaldas caminó detrás de mí.
—Señorita Moretti.
—¿Sí?
—Su padre dijo que no fuera sola.
Me detuve.
—Entonces dile a mi padre que puede venir conmigo.
El hombre guardó silencio.
Sonreí.
—Eso pensé.
Continué caminando.
A unos metros, una figura esperaba junto al automóvil negro estacionado frente a la residencia.
No era uno de nuestros hombres.
Lo reconocí inmediatamente.
Traje negro.
Manos en los bolsillos.
Postura relajada.
Demasiado relajada.
Levantó la mirada cuando me acerqué.
Nuestros ojos se encontraron.
Grises contra oscuros.
Y por primera vez escuché aquella voz.
—Alessia Moretti.
No era una pregunta.
Era una afirmación.
Me detuve frente a él.
—¿Y tú quién eres?
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Alessandro Ricci.
Lo observé durante unos segundos.
Después miré hacia el automóvil detrás de él.
—Entonces tenemos un problema.
Su sonrisa desapareció.
—
¿Cuál?
—Que no recuerdo haberte invitado.
Alessandro soltó una breve carcajada.
Y fue entonces cuando comprendí algo.
La
segunda regla
de mi familia acababa de adquirir un nuevo significado.
Nunca confíes en alguien que sonríe demasiado.








