Prólogo: Ecos del Pasado
—¡Maten a la bruja!
El alarido rasgó el denso silencio de la selva tropical como una hoja de acero oxidado. A lo lejos, el resplandor anaranjado de las antorchas devoraba la oscuridad de la noche caribeña, proyectando sombras alargadas y monstruosas que bailaban entre los troncos centenarios y los inmensos helechos.
Ella corría. El aire caliente y asfixiante le quemaba los pulmones con cada bocanada, y el corazón le repicaba contra las costillas con la violencia de un tambor de guerra. El lodo espeso y oscuro salpicaba sus pantorrillas desnudas mientras esquivaba a ciegas las gigantescas raíces tabulares de una ceiba. Detrás de ella, el eco de la multitud enfurecida se multiplicaba. Podía escuchar el crujir de la maleza bajo las pesadas botas de los colonos, el tintineo metálico de los machetes, las hachas y los palos alzados con furia ciega. El canto nocturno de los coquíes se apagaba abruptamente a medida que el enjambre de hombres avanzaba, embriagado por el miedo, el fanatismo y la sed de sangre. Corría el año de gracia de 1592 en la isla de San Juan Bautista, pero en aquel bosque, no había gracia alguna.
De pronto, la espesura pareció cerrarse y la turba disminuyó el paso.
—¡Se metió en la maleza! —rugió una voz áspera a la distancia—. ¡Deténganse! ¡Busquen su rastro en el fango!
Ese breve titubeo le regaló una mínima y desesperada ventaja. Aceleró el paso, mirando por encima del hombro, rezando por fundirse con las sombras del monte. Fue entonces cuando cometió el error. Su pie derecho descendió con fuerza sobre un lecho de hojas húmedas.
¡CLACK!
El estruendo metálico fue sordo, implacable. Un grito ahogado se atascó en su garganta. Las fauces oxidadas de una pesada trampa de hierro, diseñada para quebrar los huesos de los cerdos cimarrones, se habían cerrado con brutalidad alrededor de su tobillo. El dolor fue una descarga cegadora, un rayo de fuego blanco que la hizo desplomarse de rodillas sobre la tierra empapada. El metal dentado había perforado su carne, mordiendo profundamente hasta rozar el hueso.
Las voces de sus verdugos aún resonaban a sus espaldas, discutiendo la dirección que debían tomar. Temblando, con los ojos anegados en lágrimas que se mezclaban con el sudor de su rostro, llevó ambas manos a las mandíbulas de la trampa. El pánico puro le inyectó una fuerza sobrenatural. Hundió los dedos ensangrentados en los resortes oxidados y tiró con todo el peso de su cuerpo, soltando un gemido ronco y gutural, hasta que el mecanismo cedió lo suficiente para arrancar su pierna mutilada de la presión.
Se puso en pie tambaleándose. Cada paso era un calvario absoluto, una punzada de agonía que le subía por la espina dorsal. Cojeando, arrastrando el pie y dejando una oscura estela de sangre sobre el follaje, avanzó a duras penas hasta que la silueta de una edificación se alzó frente a ella: las ruinas de un viejo trapiche de piedra y madera carcomida, abandonado y devorado por la selva.
Empujó la pesada puerta de tablones podridos, que cedió con un quejido lastimero, y se dejó caer en el interior. El lugar olía a humedad, a tierra removida y a melaza agria. Se arrastró por el suelo de arcilla hasta quedar acurrucada en un rincón sumido en la penumbra. Con manos frenéticas, tomó unos harapos de yute que encontró tirados cerca de unos barriles destrozados. El sonido de la tela áspera al rasgarse pareció ensordecedor. Se envolvió la herida con desesperación, intentando detener la hemorragia, sintiendo cómo la tela sucia se empapaba de inmediato con la calidez viscosa de su propia vida.
Afuera, la noche estalló en luz.
—¡Sangre! ¡Miren la hoja de esta palma! —exclamó uno de los aldeanos. —¡El rastro lleva a las ruinas del molino! ¡Rápido, rodeen el lugar!
Los pasos pesados cercaron la estructura de piedra. El fulgor de las antorchas se filtraba como dagas de fuego a través de las rendijas de la madera y la mampostería derruida.
¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
Comenzaron a embestir la puerta con hachas y troncos. El viejo trapiche entero tembló hasta sus cimientos, pero los gruesos goznes de hierro resistieron estoicamente los primeros golpes.
—¡No pierdan tiempo rompiendo esa puerta del demonio! —bramó el líder de la turba—. ¡Quémenla! ¡Que su alma se purifique en el fuego!
El impacto sordo de las antorchas cayendo sobre el techo de yaguas secas y maderas podridas fue casi inmediato. En cuestión de segundos, el crepitar de las llamas se convirtió en un rugido voraz, un monstruo hambriento despertando sobre su cabeza. El humo denso y acre comenzó a llover hacia el interior, inundando la estancia, robándole el oxígeno y cegando sus ojos. El calor se volvió insoportable, abrasándole la piel y haciendo hervir la sangre de sus heridas.
Acorralada, asfixiándose, sintiendo cómo el fuego devoraba su único refugio, levantó la mirada. A través del humo espeso, sus ojos brillantes se clavaron en el muro de piedra maciza que tenía frente a sí. Con una intensidad febril, comenzó a trazar las líneas de la pared con la mirada, como si pudiera desarmarla con la mente.
Sus labios pálidos y temblorosos comenzaron a moverse. Murmuró unas sílabas antiguas, un conjuro incomprensible y desesperado que se perdía bajo el estruendo de la madera estallando por el calor y los cánticos eufóricos de la turba que exigía su muerte.
Pronunció la última palabra en el instante preciso en que la enorme y ardiente viga central del techo cedió.
El mundo se vino abajo. El techo en llamas colapsó en un aguacero de chispas y madera al rojo vivo, aplastándola bajo una montaña de escombros incandescentes en ese mismo y exacto segundo.


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