Capítulo 1
Prólogo
Justo en ese momento tenía que irse la luz.
O quizá no se fue.
Quizá simplemente dejó de importarme cuando levanté la vista.
Siempre he odiado los baños de las discotecas. Son pequeños, agobiantes, construidos con la única intención de que nadie permanezca en ellos más de lo necesario. El cubículo apenas deja espacio para girarse. Las paredes están salpicadas de manchas imposibles de identificar y el pestillo parece aguantar unido por pura fuerza de voluntad.
El suelo es aún peor.
Está completamente empapado. No húmedo. Empapado. Una mezcla de agua, cerveza derramada y algo que prefiero no identificar. Cada paso produce ese sonido pegajoso que hace que se te encoja el estómago. El olor es una combinación insoportable de lejía barata, alcohol, perfume dulzón y orina reseca.
Y, por supuesto, justo ese día llevo un peto.
¿Por qué un peto?
La prenda más incómoda jamás inventada para alguien que necesita mear en un baño de discoteca. Hay que desabrochar los tirantes, sujetarlos para que no arrastren por el suelo, bajar el pantalón, hacer equilibrio para que nada toque aquella piscina de bacterias y, mientras tanto, intentar no apoyar una sola mano en las paredes.
Todo un espectáculo.
Estoy haciendo auténticos malabares. Una rodilla flexionada, el culo hacia atrás, las sandalias de verano apoyadas únicamente en las dos unicas baldosas que parecen medio secas. El mini bolso, porque claro, hoy también he decidido traer el mini bolso, acaba atrapado entre mis dientes para dejarme las manos libres.
Es precioso.
También es completamente inútil.
Si ahora necesitara encontrar el móvil dentro de él, tardaría menos en resolver un cubo de Rubik.
Y entonces...
La luz desaparece.
La oscuridad me envuelve de golpe.
Durante unos segundos me quedo completamente inmóvil, como si moverme fuera a empeorar las cosas. Intento convencerme de que solo es un apagón. En una discoteca pasa. No tiene nada de extraño.
Respiro hondo.
Con una mano intento subirme las bragas sin perder el equilibrio. Con la otra rebusco desesperadamente dentro del bolso buscando el móvil. Mis dedos chocan contra un pintalabios, unas llaves, un paquete de chicles... pero la linterna no aparece.
«Vamos... vamos...»
Entonces recuerdo que llevo el mini bolso.
Perfecto.
Justo ahora.
Y es en ese instante, cuando levanto la cabeza casi por inercia, cuando ocurre.
No dura más de un segundo.
Una silueta.
Al otro lado de la puerta.
No un reflejo.
No una sombra proyectada.
Alguien.
Mi respiración se corta.
El corazón deja de latir durante un instante antes de desbocarse con tanta fuerza que casi puedo oírlo dentro del diminuto cubículo.
Parpadeo.
La oscuridad vuelve a tragárselo todo.
Intento convencerme de que no ha sido real.
Que estoy nerviosa. Que la luz se ha ido. Que mi imaginación acaba de jugarme una mala pasada.
Pero no.
Sé perfectamente lo que he visto.
Y, lo que es mucho peor...
Sé perfectamente a quién he visto.
Capítulo 1. El cliente perfecto
Siempre me había dedicado a la hostelería y, la verdad, no puedo decir que me disgustara. Había algo en el trato con la gente que siempre me había gustado. Cada cliente era un mundo: algunos entraban con prisa, otros solo buscaban conversación y también estaban los que conseguían ponerte a prueba antes incluso de pedir un café.
Como en cualquier trabajo, tenía su parte buena y su parte desesperante. Había pasado por bares, cafeterías y restaurantes de todo tipo, así que podría escribir un libro entero con todas las anécdotas que había acumulado. Algunas eran surrealistas; otras, tan absurdas, que si no las hubiera vivido yo misma, pensaría que alguien se las había inventado. Mis compañeras y yo nos pasábamos horas recordándo entre risas cuando encontrábamos un momento de calma, compitiendo por ver quién tenía la historia más disparatada del día.
Al final acabé trabajando en una cafetería monísima. De esas que parecen sacadas de Pinterest: paredes claras, plantas colgantes, mesas de madera y una vitrina repleta de cupcakes perfectamente decorados que daban pena comerse.
Era un sitio precioso.
Y un auténtico caos.
Desde que levantábamos la persiana hasta que echábamos el cierre, el ritmo era frenético. Cafés, capuchinos, matchas, zumos, tostadas, cupcakes... uno detrás de otro, sin apenas tiempo para respirar. Los pedidos se acumulaban, la cafetera no dejaba de bufar y el timbre de la puerta sonaba tantas veces que terminabas por no escucharlo.
Los días empezaron a parecerse unos a otros.
Entraba, me ataba el delantal, saludaba a mis compañeras y, casi sin darme cuenta, el piloto automático hacía el resto.
Hasta que un día dejó de ser un día cualquiera.
Y entonces apareció él.
Al principio era solo un cliente más. O eso me repetía.
Entraba cada mañana casi a la misma hora, como si su reloj estuviera sincronizado con el de la cafetería. Mientras la puerta se cerraba a su espalda, yo ya estaba corriendo de un lado para otro: una mano en la cafetera, la otra cobrando, una bandeja apoyada en la cadera y la cabeza intentando recordar qué mesa había pedido leche de avena y cuál un matcha con bebida de coco.
Aquello era un no parar.
El sonido constante de la cafetera, el tintinear de las cucharillas, la música de fondo, las conversaciones cruzadas y el murmullo de clientes esperando hacían que las horas pasaran como un torbellino.
No había tiempo para nadie.
O eso pensaba.
Porque él siempre conseguía robarnos un par de minutos.
Venía todos los días. Sin excepción.
Y siempre con aquella sonrisa.
No sabría explicar qué tenía de especial. No era solo bonita; era de esas sonrisas que parecían capaces de bajar el volumen del mundo durante unos segundos. Bastaba con verla para que el estrés aflojara un poco.
Mientras yo preparaba su café, siempre encontraba la forma de hacer algún comentario absurdo, un chiste malo o una observación tan ingeniosa que acababa riéndome incluso en los peores momentos del turno.
Y eso, en una cafetería como aquella, era casi un milagro.
Porque dos minutos podían parecer poca cosa.
Pero cuando llevas tres horas sin sentarte, con la espalda dolorida, las manos oliendo a café y la cabeza funcionando a mil por hora, dos minutos pueden convertirse en un auténtico oasis.
Él tenía ese don.
Era educado con todo el mundo. Saludaba por su nombre a quien podía, daba las gracias de verdad, miraba a los ojos cuando hablaba y tenía esa extraña capacidad de encontrar siempre las palabras adecuadas. Daba igual si hablaba conmigo, con una señora mayor que había entrado sola o con el repartidor que llegaba cargado de cajas.
Siempre tenía el tono perfecto.
Con el paso de las semanas, aquellos dos minutos dejaron de ser casualidad.
Se convirtieron en parte de mi rutina.
Había días en los que, sin darme cuenta, levantaba la vista hacia la puerta preguntándome si ya habría llegado. Y cuando terminaba un turno sin verlo aparecer, sentía una pequeña decepción que nunca me atrevía a reconocer, ni siquiera ante mí misma.
Poco a poco fui aprendiendo cosas sobre él.
Su nombre.
A qué se dedicaba.
Qué música escuchaba mientras conducía.
Su obsesión por el café solo, sin azúcar.
Y, casi sin darnos cuenta, nuestras conversaciones dejaron de ser las de una camarera y un cliente habitual.
Empezamos a conocernos de verdad.
Y fue entonces cuando comprendí que ya no esperaba su café.
Esperaba el momento de nuestra mini conversación
A partir de aquel día, lo nuestro dejó de quedarse entre la barra de la cafetería y su mesa de siempre.
Aquella misma tarde, mientras hacía scroll en Instagram, apareció una notificación.
han empezado a seguirte.
Recuerdo quedarme mirando la pantalla durante unos segundos, con una sonrisa que no pude evitar.
Lo curioso era que yo nunca le había dado mi Instagram.
Ni mi apellido.
Ni le había dicho cómo encontrarme en redes.
Durante un instante me pregunté cómo lo habría conseguido. Supuse que habría preguntado a algún compañero de la cafetería o que, simplemente, había tenido la paciencia suficiente para buscarme hasta dar conmigo.
En aquel momento no me pareció raro.
Al contrario.
Me pareció un detalle bonito.
Me gustaba pensar que había sentido la misma curiosidad por conocerme que yo empezaba a sentir por él.
Acepté la solicitud.
Y, desde ese día, Instagram se convirtió en una extensión de nuestras conversaciones.
Primero fueron algunos “me gusta”. Después llegaron las respuestas a mis historias. Si subía una foto antes de entrar a trabajar, reaccionaba. Si publicaba cualquier tontería al salir del turno, él era casi siempre de los primeros en verla.
Con el tiempo empezó a darle “me gusta” incluso a fotografías antiguas, de esas que llevaban años perdidas en mi perfil. Era como si estuviera recorriendo mi vida hacia atrás, intentando conocer a la chica que había sido antes de que nuestros caminos se cruzaran.
Y, lejos de inquietarme, me hacía ilusión.
Me hacía sentir especial.
Sin darme cuenta, empecé a esperar sus notificaciones. Abría Instagram casi por inercia, convencida de que encontraría un mensaje suyo, una reacción o un simple “me gusta”.
Y casi nunca me equivocaba.
Aquellos pequeños gestos terminaron formando parte de mi rutina. Ya no esperaba solo verlo entrar cada mañana por la puerta de la cafetería.
También esperaba encontrarlo al otro lado de la pantalla.
Con el tiempo entendería que la pregunta importante nunca fue por qué me escribía tanto.
La pregunta que debería haberme hecho desde el principio era mucho más sencilla.
¿Cómo consiguió encontrarme si yo nunca le dije dónde buscarme?








