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La promesa de mi madre: atada a un extraño

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Summary

Maribel solo tiene 18 años cuando su madre, en su último aliento, le arranca una promesa: casarse con Joel, un hombre de 27 años al que apenas conoce. Un contrato, un año de convivencia y una vida que no eligió. Mientras Joel mantiene una distancia y el deber, el pasado de Maribel regresa en forma de un primer amor peligroso, ella deberá descubrir que madurar duele, pero elegir con quién tener una vida duele más.

Genre
Romance
Author
Sun
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1: Un ángel

El atardecer bañaba el cielo y, a su vez, las nubes se abrían para darle paso a los destellos naranjas, tornando casi al rojo, una llama de amor como la de los enamorados que se demuestran su afecto cada vez que se miran, en los principios del coqueteo…

Las palomas aterrizaban como avionetas de guerra, directo a las torres de madera, mientras recibían su premio: maíz molido. Picaban el maíz mientras zureaban; sin exagerar, rondaban veinticinco aves, blancas y otras con manchas azuladas en un tono fuerte. Joel contemplaba cómo las palomas estaban ya domesticadas, pensaba en lo fácil que ahora pudiera ser atraparlas, meterlas en una bolsa y llevárselas a su casa.

Metía la mano en la bolsa de maíz, tomaba un puñado y después las aventaba como aspersor de izquierda a derecha; anteriormente las tiraba de derecha a izquierda, pero desde hace varios minutos dejó de hacerlo de esa manera. Sonreía y sentía placer y paz.

Las demás aves hacían su canto en los árboles que estaban alrededor del parque, Joel estaba en un lugar perfecto, no le daba demasiado el sol, podía ver todo el parque, el quiosco y a los vendedores, y lo mejor no era bombardeado por las avionetas con plumas de dos patas. Los rayos del atardecer atravesaban el quiosco como si ángeles bajaran; instantes una de ellas caminaba en dirección a él. La luz del atardecer lo segaba y una mano del ángel no le permitían verle el rostro. Los cabellos que se movían de un lado para otro conjugaban con el momento celestial. Esperaba atónito que en cualquier momento el ángel extendiera la mano y lo invitara a irse con él. O al menos destellara su luz.

Bajó la mirada enseguida al darse cuenta de la jovencita, no quería parecer un acosador que se sienta en las banquetas de cualquier parque para observarlas. O que alguien malinterpretara su visión imaginaria.

La joven se sentó sin más sollozando, pequeñas lágrimas se deslizaban en su mejilla rojiza y para Joel era inevitable no escucharlo. Llevaba unos jeans y una blusa blanca. Tenía los ojos cafés claros, cabello negro largo, lacio y brillante.

Joel se encontraba ligeramente incómodo, por alguna extraña razón él se sentía parte del dolor de la joven desconocida. Se detuvo en alimentar las palomas, dejó reposar sobre las piernas la bolsa de maíz triturado y con la mano izquierda sacó una servilleta de papel en la pequeña bolsa de su camisa, lo extendió en dirección de la joven.

Ella permanecía sentada inmóvil, con la mirada al suelo, sin prestarle atención a su alrededor, ni a las palomas ni a quien estaba a lado de ella.

Nuevamente, Joel insistió con la servilleta, pero esta vez agitó la mano. Ella siguió en su mundo, perdida.

—Toma —dijo al fin con un tono amable.

La joven giró el rostro como un robot que ha sido accionado con un botón, indicándole la acción de mover solo una parte de todo su cuerpo, la cabeza.

—Gracias… Señor…

El sollozo de la joven iba disminuyendo, con pena se limpiaba la nariz. Joel continuó arrojando con delicadeza el maíz, al parecer las palomas ya sabían que Joel no se iba nunca hasta acabar la bolsa y dedicarles unas palabras.

La mirada de la joven cambió hacia las palomas, se llevó el dedo índice de la mano izquierda a los labios, ligeramente se le notaba los dientes. Las palomas picaban, zureaban, el maíz caía como agua que riega plantas y eso le comenzó a dar tranquilidad, serenidad y pensar en lo que le ocurrió antes de llegar allí. El llanto cesó, el corazón latía con normalidad y al fin un pequeño suspiro desprendió de su pecho.

Joel se preguntó por instantes lo que pudo haberle ocurrido para llegar a donde él y sentarse con lágrimas en los ojos, recordó aquella canción:

sécate las lágrimas, pequeña, que aún tienes por vivir, un fallo en el amor no significa el fin del mundo

Después de todo, él conocía las facetas de la tristeza ocasionada por el amor. Apostaba a que eso ocurrió…

—Gracias por la servilleta señor —dijo con la voz apagada—, no era necesario.

—Descuida, no me gusta que una joven como tú esté llorando a mares.

—Debe estar pensando que estoy loca por andar llorando en el parque.

—Para nada —sonrió—, yo creo fielmente que las lágrimas son una manera de liberar dolor, angustia y calmar el alma. Después de la tormenta viene la calma. Eso dicen muchas personas…

La joven asintió con la cabeza y sonrió al escuchar esas palabras con ligero toque a rima. Ella seguía mirando las palomas y por largos momentos sus ojos parpadeaban, en una de esas la última lágrima que permanecía aferrada a sus lindas pestañas se desprendió cayendo en alguna parte de su blusa.

—Eso es lindo —dijo—. ¿Usted sabe a qué hora es el último autobús para Caltún?

—Creo que es a las 7:30 p.m. No estoy muy seguro.

Nuevamente asintió con la cabeza. Aún con el dedo en los labios sonrió, le dio gracia lo que Joel hacía en esos momentos.

—¿Eres de allí?

—Sí, solo vine con…

Se lo pensó, dejó sus palabras al aire.

—Entiendo, tus padres deben estar buscándote, no deberías estar molesta con ellos. ¿Hiciste algún berrinche?

Joel sintió que no debió decir eso, pero fue lo primero que se le vino a la mente. Fue demasiado tarde, las palabras ya habían sido pronunciadas. Estaba preparado para que una joven le dijese: ¿Qué le importa? No es asunto suyo. O ¿Usted qué se cree para decirme eso? ¡No soy una niña!

—Bueno… —ella buscaba las palabras correctas, sabía de antemano que había hecho una locura—, no estoy con mis padres, vine con… un cabrón —esa última palabra fue con rencor y quizá con malos deseos—, … perdón…

—Vaya, así que has venido a ver a tu novio y las cosas no salieron tan bien —dijo Joel—, lamento escuchar eso.

—No, él vive en mi pueblo. También tiene una casa aquí y vinimos a pasear. Pero todo salió mal, como dice usted. Una cosa llevó a la otra, ¿usted puede creer que me dio una bofetada?

Joel permaneció en silencio.

—Descubrí sus mentiras —dijo para ocultar su verdad—, me dolió mucho y no lo pude soportar.

—Eso es valiente de tu parte, lo que sea que haya pasado hiciste bien en alejarte. ¿Para qué seguir con alguien que te ha mentido?

—Sí, ya lo lloré, así que no pasará de nuevo.

Quiso creer en sus propias palabras, sabía que eso no era cierto y que volvería a llorar cuando esté a solas en su casa, intentando sanar sus heridas con soledad y canciones deprimentes.

—Los hombres siempre son malos con nosotras, nos maltratan, nos engañan, saben mentir muy bien.

—No siempre es así, igual las mujeres. Mira, hay hombres malos y buenos como mujeres. Sin embargo, algunas mujeres regresan con hombres que las tratan mal… supongo que es como un incentivo, una forma de demostrar amor. Lo cual está mal.

Ella sonrió y quiso decirle que los hombres son peores.

—No estoy hecha para el amor. Creo que mejor me quedo sola, no vuelvo a enamorarme y me convertiré en monja.

Esas líneas retumbaron en la cabeza de Joel una y otra vez. Mismas palabras que se repitió cientos de veces cada vez que fracasaba en el amor. La miró y esta vez él se sintió como un robot a quien le accionaron la función de mover solo la cabeza. Dejando así de moverse y de olvidarse de arrojar el maíz. A pesar que las palomas estaban allí picando, no se espantaban por nada, solo deseaban más el maíz que Joel les regalaba.

—Todavía eres muy joven para decir eso —dijo sonriente—. Conocerás y encontrarás nuevamente el amor, verás algo especial en el próximo hombre. Y aunque no lo quieras una vez más el amor se presentará frente a ti…, con nuevas ilusiones y emociones. Sentirás la magia del amor.

—¿Usted cree en eso? ¿La magia del amor…?

—Sí. Obviamente tendrás muchos enamorados, eres bella, solo elige bien.

Joel siguió arrojando maíz molido. Ella sintió un alivio, alguien desconocido le había dado palabras de ánimo como nadie y olvidó sus pesares amorosos.

—Espero no cometer más errores. Tengo miedo —dijo al fin—, no sé lo que me espera de la vida.

—Así como tú, todos tuvimos, tenemos y tendremos incertidumbre de lo que pasará. Solo disfruta cada momento, etapa de tu vida, con medida por supuesto y responsabilidad.

La joven sentía el ambiente un poco extraño al estar platicando con un desconocido, contándole un poco de su vida y a su vez recibiendo palabras de aliento que la reconfortaban. No se daba cuenta que la uña del dedo índice ya había reducido a nada. Le pareció un hombre tranquilo, amable y sensato como un viejito en cuerpo de un adulto joven. Nuevamente sonrió dulcemente, pero esta vez fue con más confianza dejando escapar una ligera carcajada; mostrando sus dientes, engrandeció la sonrisa. Desde su llegada a la banqueta se la había pasado mirando el piso, y levantó la cabeza para mirarlo a él.

Joel acompañó a la joven con una leve sonrisa sin saber exactamente el motivo, pensó que sería correcto hacer lo mismo.

Ambas miradas chocaron, ella se sintió cohibida por cómo Joel la miraba. Quitó el dedo índice de sus labios. Su timidez estaba a flor de piel.

Joel notó el color rojo de las mejillas de la joven. No se equivocó, ese ángel era más bello.

—Me llamo Joel —dijo para romper el momento en silencio.

Él limpió su mano derecha con la que tiraba el maíz, en su pantalón. Estiró la mano.

La joven apenada, no reaccionó como ella pensó hacerlo. Las palabras no brotaban y su cuerpo no se movía. Le pareció un hombre joven y nada desagradable.

—Me llamo Maribel.

Maribel estiró la mano y Joel la sostuvo con delicadeza.

Momentos después, ambos regresaron en la postura en la que estaban.

Sonrió nuevamente Maribel y agregó:

—¿Eso no es cosa de viejitos?

Joel sonrió.

—Parece que no. Me trae paz, tranquilidad y puedo pensar un poco mejor los problemas que enfrento o enfrentaré. De la vida y del trabajo. ¿Tan viejo me veo?

—No, solo que… los viejitos son los que se sientan en las banquetas arrojando pedazos de tortilla, pan, maíz a las palomas.

—Eso pensaba…

—No tiene nada malo, solo que no es común ver a alguien como usted haciendo eso. De hecho, nunca había visto algo parecido, siempre son los viejitos.

—Es gratificante, ¿quieres intentarlo? —extendió la bolsa con restos de maíz.

El celular de Maribel vibró. Le dijo a Joel que le diera un segundo y al ver la hora supo que se le hacía tarde. Había engañado a su madre que vendría a la ciudad en compra de cosas necesarias, entre ellas medicamentos.

—No puedo, se me hace tarde, lo siento —ella se levantó guardando el celular en el bolsillo trasero.

—Fue un placer haber platicado contigo, espero que te vaya bien —Joel se levantó para estrecharle nuevamente la mano.

—Sí, usted cayó como un ángel del cielo. Gracias por escucharme.

El ángel eres tú, pensó. El saludo y la plática acabaron como el maíz. Pronto la noche caería, él continuó recordando la canción:

…y mírate en el espejo y verás lo linda que eres, no necesitas más de tu energía para que brilles, solo acércate muñequita y sonríe para mí…

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