Capítulo 1
Nunca es buen momento para perder un cadáver. Pero aquella fría y lluviosa noche de invierno, mientras esperaba a su superior en una remota aldea de montaña, el subinspector Collado comprendió que había elegido el peor contexto posible para cometer el mayor error de su carrera y, quizás, de toda su vida.
Culpaba a sus subordinados –hatajo de imbéciles– que se habían cobijado de la lluvia bajo un árbol frondoso dejando el cuerpo a la intemperie; y maldecía su propia adicción al tabaco, que le había obligado a guarecerse en un alpendre. Solo había fumado dos cigarrillos, apurados con la ansiedad habitual, mientras imaginaba los gloriosos titulares del día siguiente; pero al regresar al lugar del crimen, el cuerpo ya había desaparecido y con él se desvanecieron las ruedas de prensa, los elogios y los ascensos.
- ¿Dónde cojones te has metido?– se preguntó, entre dientes, el subinspector, mientras escudriñaba la inmensidad del bosque, que se presentaba ante sus ojos como una sombra inabarcable.
- Puede que se lo haya llevado un oso –dijo una voz femenina a sus espaldas.
Collado dio un respingo, sobresaltado.
- ¡La madre que te parió, Rojas! –gritó el subinspector llevándose una mano al pecho–. Me vas a matar.
-Perdón –se disculpó la agente–. Dicen los de aquí que a veces los osos se acercan al pueblo buscando comida...
-¿Saben en el pueblo que hemos perdido el cadáver?
La agente Rojas titubeó.
-Se lo han sacado a Jiménez, en la tasca, cuando hemos ido a preguntar por los caminos de acceso a la aldea.
-Vaya panda de inútiles –escupió Collado–. Habréis conseguido algo de información, al menos.
-Nada especial –respondió Rojas, insegura–. Hay varias vías pecuarias, prácticamente intransitables para los vehículos. –La agente hizo una pausa para sacudir el agua que se había acumulado en la capucha de su impermeable–. Desde Ponte do Suspiro solo se puede llegar a la aldea por la carretera; aunque, según dicen, cuando llueve tanto el río se desborda y tampoco se puede pasar.
Collado reprimió un suspiro de alivio. Aquella lluvia pertinaz le brindaba una oportunidad. Si la única vía de acceso estaba cortada, su superior, el inspector Vílchez, tendría que regresar a Ponte do Suspiro, un pueblo ubicado a una hora de camino, para pasar la noche y, con un poco de suerte, la mañana siguiente. Unas horas de margen era todo lo que el subinspector necesitaba para arreglar el entuerto y, en consecuencia, salvar su carrera.
-Lo más probable es que el homicida aún estuviera en la aldea cuando llegamos y que aprovechara el descuido para llevarse el cuerpo –razonó el subinspector–. Lo que implicaría que los testigos nos han mentido. El sospechoso no huyó en coche después de acribillar a la vieja, quizás solo se escondió.
-Pero el rastro de los neumáticos parecía reciente –replicó Rojas.
-Cuando llegamos había empezado a llover con fuerza. Pueden ser las huellas de un coche que pasara por aquí unas horas antes o incluso ayer. –El subinspector mantenía la mirada fija en el suelo–. Cuando la tierra está así de mojada, todas las huellas parecen recientes.
-¿Entonces nos han mentido todos los testigos?
-Es una posibilidad –respondió Collado–. Háblame de esos caminos.
-Hay varios -respondió Rojas–, pero al parecer son muy peligrosos con este tiempo.
-Que los caminos son peligrosos… –El subinspector se acariciaba el mentón, reflexivo–. Supongo que ese dato tan pertinente te lo han ofrecido los mismos testigos que nos han engañado.
-Sí, han sido las mismas personas –reconoció Rojas–. Aunque, sinceramente, yo no daría por hecho que nos mienten, y mucho menos que nos mienten sobre el estado de los caminos: sí que parecen intransitables.
-No hemos venido a esta mierda de sitio con esta mierda de tiempo para pasar el fin de semana. –Collado clavó su mirada colérica en los ojos de la agente–. Necesito información concreta. Y verificable. Te recuerdo que somos agentes de policía, no un grupo de senderistas jubilados.
-Camino de la Ermita –indicó Rojas, resignada–. Dirección norte; sube hasta allí. –La agente señaló el pico de una montaña donde titilaba un punto de luz azul–. Otro sendero al noroeste que atraviesa varias fincas, todas abandonadas. –La mujer giró sobre sí misma, buscando alguna referencia visible–. Hay una ruta de senderismo que se dirige al este; se trata de la vereda que usaban los lugareños para ir a Ponte do Suspiro antes de que construyeran la carretera. Y otra al sur, la más peligrosa, que llega hasta el río. Hay barrancos en el recorrido, corrientes de agua… No creo que nadie haya elegido ese camino para escapar.
-¿Ni siquiera un oso? –preguntó, irónico, el subinspector.
Collado observó cómo la insistencia de la lluvia emborronaba la silueta que el cadáver había dejado sobre la tierra, convirtiéndola en un charco infame. Entonces se llevó la mano al bolsillo y extrajo el paquete de tabaco, que era un gurruño empapado. Amagó una maldición apretando los dientes e inspiró con violencia.
-Dile al imbécil de Jiménez que compre dos paquetes de tabaco y que venga aquí cagando hostias –ordenó el subinspector–. Esta será una noche larga.
Rojas no respondió.
-¿Me has oído?
La agente, estupefacta, levantó el brazo y señaló la espesura del bosque. Un hombre los observaba en silencio, ajeno a los embates de la tormenta.
-¿Quién cojones es ese tío? –preguntó Collado posando los dedos sobre la culata del arma reglamentaria.
Rojas tragó saliva antes de balbucear.
-El cadáver.








