LA MARCA DE LA OJA
-¡Os digo que estaba ahí!
La voz aguda de la niña rompió el murmullo de la plaza.
Tenía apenas ocho años, las mejillas enrojecidas por haber corrido desde el bosque y varias hojas enredadas en su larga trenza naranja.
Los aldeanos dejaron de trabajar durante un instante para mirarla.
-Era enorme -insistió, intentando recuperar el aliento-. Era completamente blanco. Tenía unos cuernos gigantes y... y me estaba mirando.
Un hombre soltó una carcajada.
-¿Otra vez con tus historias?
-No era un ciervo normal -respondió ella con firmeza-. No tenía miedo. Se quedó quieto y luego empezó a caminar, como si quisiera que lo siguiera.
-Claro... y después te llevó a un castillo de hadas.
Las risas comenzaron a extenderse por la plaza.
La niña frunció el ceño.
-No me estoy inventando nada.
-¿Y las hadas también te saludaron? -preguntó una mujer con una sonrisa burlona.
-No vi hadas...
-Qué pena.
Más risas.
Ella apretó los puños.
-Pero sí escuché el bosque.
Entonces el silencio duró apenas un segundo.
Y estallaron las carcajadas.
-¡El bosque habla!
-¡Ahora los árboles cuentan cuentos!
-¡Esta niña acabará más loca que el viejo Erdan!
La pequeña tragó saliva.
No entendía por qué nadie la creía.
Ella lo había oído.
No con los oídos.
Era... otra cosa.
Como un susurro que nacía entre las hojas.
Como si el viento pronunciara palabras imposibles de recordar después.
Su madre apareció entre la multitud.
-Ven.
La tomó del brazo con suavidad.
-Ya basta.
Mientras caminaban de regreso a casa, la niña bajó la cabeza.
-Mamá...
-¿Sí?
-¿Y si de verdad lo escuché?
Su madre sonrió con tristeza.
-Tienes demasiada imaginación.
Pero ella no respondió.
Porque sabía que no había sido imaginación.
Los años pasaron.
Y las historias nunca terminaron.
A los diez años aseguró haber visto luces flotando sobre el lago.
A los doce juró que un zorro completamente blanco había desaparecido delante de ella.
A los catorce dijo que las flores brillaban cuando nadie miraba.
Y siempre era igual.
-Ahí va la loca del bosque.
-Seguro que hoy ha hablado con otro árbol.
-Pregúntale si los dragones también existen.
Las palabras dejaron de doler con el tiempo.
O al menos eso intentaba convencerse.
Aprendió a guardar silencio.
Ya no contaba lo que veía.
Ni las sombras luminosas entre los árboles.
Ni los cantos que aparecían al amanecer.
Ni aquella extraña sensación de que el bosque... la observaba.
Aun así, nunca dejó de entrar en él.
Era el único lugar donde el mundo parecía respirar de verdad.
Donde el viento olía a tierra húmeda y flores silvestres.
Donde el ruido de la aldea desaparecía.
Y donde, por unos instantes...
dejaba de sentirse sola.
Diez años después...
La joven avanzaba entre los senderos con la misma facilidad con la que otros caminaban por las calles de la aldea.
Ya conocía cada arroyo.
Cada árbol caído.
Cada roca cubierta de musgo.
Su arco descansaba sobre su espalda, aunque rara vez necesitaba usarlo.
No cazaba por deporte.
Solo cuando era necesario.
El bosque le había enseñado que toda vida tenía un propósito.
El sol comenzaba a esconderse cuando algo llamó su atención.
Un silencio.
No era extraño que el bosque guardara silencio.
Lo extraño era que todo hubiera callado al mismo tiempo.
Ni un pájaro.
Ni un insecto.
Ni una sola hoja moviéndose.
La joven se detuvo.
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Entonces lo vio.
Entre los enormes troncos, iluminado por un rayo de luz que atravesaba el dosel de hojas...
Había un ciervo.
Completamente blanco.
Mucho más grande que cualquier animal que hubiera visto jamás.
Sus enormes astas parecían ramas cubiertas de plata.
Sus ojos, de un dorado profundo, permanecían fijos en ella.
La muchacha contuvo el aliento.
El mismo ciervo.
El de hacía diez años.
El que nadie creyó que existía.
No huyó.
No mostró miedo.
Simplemente giró la cabeza...
...y comenzó a internarse lentamente entre la espesura.
Como si esperara que ella lo siguiera.
Y, sin saber por qué, dio el primer paso tras él.






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