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Cuervo y Espinas 🥀

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Summary

Toda su vida, Theodore Night creció completamente ajeno a los oscuros juegos de poder, las tensiones y los secretos que definen a su propio apellido en el pueblo de Blackville. Para él, el mundo de la magia y sus peligros era poco más que un murmullo lejano. Hasta ahora. Tras verse arrastrado repentinamente al corazón de este universo desconocido y letal, Theodore se encuentra desorientado, obligado a navegar por alianzas de sangre que no comprende y reglas que nunca quiso aprender. Sin más armas que su propio instinto y la necesidad de sobrevivir, pronto descubrirá que para vencer a los monstruos en su propio juego deberá convertirse en uno de ellos. En Blackville, la ignorancia se paga cara, y los secretos de su familia están a punto de devorarlo.

Status
14d ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo I

Si sigues recto hasta el final de la carretera central y tomas un desvío a la izquierda en el estrecho camino pavimentado que colinda con un bosque tan espeso como siniestro, emerge, como un secreto mal guardado, el pueblo de Blackville. Allí no existen rascacielos ni calles atestadas de un tráfico infernal y, aunque su bella y ecléctica arquitectura rivalizaría con cualquier gran capital europea, su escasa popularidad en los mapas lo convierte en un refugio ignoto para los turistas. A Blackville solo llegan aquellos que quieren llegar y, aun así... tienes que saber «cómo» llegar. Gran parte de su encanto radica en el precario equilibrio entre lo mundano y lo extraordinario, cuando el número de secretos que pululan y se ocultan entre callejones, sótanos y cementerios supera con creces a sus habitantes.


«Bienvenidos a Blackville, encantador y maravilloso».


Eso rezaba el viejo cartel de madera mohosa que recibía a los malaventurados a diez millas de la entrada del pueblo. Pocos saben la facilidad con que lo encantador y maravilloso puede transmutar en una cruenta pesadilla. Theodore Night era, quizás, un especialista prematuro de tal afirmación. Con solo una mochila al hombro y una mirada preñada de penas antiguas, deambulaba por las calles adoquinadas. Los lugareños lo vigilaban con recelo; claramente no veían con buenos ojos los rostros nuevos por allí.

El cielo era de un gris plomizo e infinito que se complementaba a la perfección con el pavimento tan bien cuidado. No estaba nublado ni parecía que fuese a llover; es que simplemente el firmamento era así: ceniciento. Theodore, ya extenuado, se sentó a descansar en una banca de la plaza. Se dejó caer, marchito por el tedio del viaje, cuando un rótulo captó su atención: «Anticuario D'Rosso», leía en una estrafalaria caligrafía pintada sobre un cuadro de cedro maltratado y mohoso. Parecía ser el lugar perfecto donde encontrar lo que andaba buscando: algo viejo y decadente.

—Hola. ¿Hay alguien aquí? —preguntó con una voz que oscilaba entre dudas y severidad mientras atravesaba el umbral.

Sonó una campanilla arrítmica. Theo exploró el entorno en busca de alguien a quien interrogar. El lugar exhalaba una mezcla densa de naftalina con papel viejo y húmedo. El local se encontraba tenuemente iluminado con lámparas antiguas de color ámbar, una clara oposición al grisáceo opresivo del exterior.

—Una persona que no conozco —dijo una voz que cargaba en sí el peso de los siglos—; eso es nuevo en Blackville.

Al fondo de la estancia, oculta tras montañas de grimorios y carpetas, una señora regordeta de espejuelos finos se abría paso entre las reliquias para descubrir al cliente. Un joven de piel canela tostada y rizos indomables se encontraba en el centro del lugar.

—Hacía años no venía a esta tienda nadie tan guapo —dijo la anciana mientras se le acercaba con mirada escrutadora y curiosa—. Ni tan en forma —terminaba de examinarlo con su mirada arrugada.

Theo esbozó una sonrisa de vergüenza mientras se recolocaba la mochila al hombro.

—Estoy buscando un sitio. Llevo un rato ya, pero al parecer nadie lo conoce o no quieren indicarme el camino —le decía a la señora mientras se rascaba ligeramente la cicatriz sobre su ceja.

—¡Qué pena más grande! —exclamó la jocosa mujer fingiendo insulto—. ¿Quién le negaría algo a esa carita de ángel? ¿Qué estás buscando, corazón?

Theo sacó de su mochila un trozo de papel arrugado y se lo entregó. Apenas posó sus ojos en la nota, el cuerpecito menudo de la señora se tensó. El ambiente cálido del lugar cambió repentinamente e incluso las luces comenzaron a parpadear ligeramente, como si quisiesen apagarse por sí solas ante una presencia invisible. El joven, que de bobo y «angelito» no tenía ni un pelo, se percató inmediatamente de la tensión súbita.

—¿Pasa algo? —preguntó el muchacho con tono serio, casi amenazante, mientras tomaba con indiferencia el trozo de papel de manos de la anciana.

Ella se quedó petrificada por unos segundos que se le hicieron eternos. Al recuperar la compostura, así lo hicieron las lámparas del anticuario, que enseguida dejaron de titilar.

—Creo que esa carita de ángel te va a dar algunos problemas por aquí, muchacho —le advirtió la anciana en voz relativamente baja, casi en un susurro conspiranoico—; si eres listo, te marcharás sin mirar atrás.

Theo acarició un relicario gótico que colgaba de su cuello y miró desafiante a la anciana directo a los ojos:

—Dime cómo llego.

La mujer dejó escapar un suspiro de cansancio y meditó por unos segundos antes de responder:

—En la parte norte del pueblo, a unos kilómetros antes de llegar al bosque.

Theo asintió con la cabeza en un gesto de mudo agradecimiento. Guardó el relicario debajo de su chaleco y el trozo de papel en su bolsillo y se marchó dando un portazo al abandonar el local.

Cuando se vio sola, la anciana comenzó a marearse. Se llevó una mano a la boca y con la otra se sostenía de la pared para evitar caerse. Comenzó a respirar agitada por los nervios mientras sudaba en frío para, finalmente, desplomarse contra el suelo. Sacó entre balbuceos y temblores un teléfono celular del bolsillo de su falda y, torpemente, marcó al único contacto guardado en la agenda.

—¿Hola? Es Priscilla, la anticuaria. Alguien estuvo aquí... —tragó en seco antes de continuar —. Un joven que se dirige a la antigua villa de la familia Night...

Después de un rato caminando, el chico encontró lo que buscaba: una villa supuestamente abandonada. Ya se había hecho de noche. Las candilejas cercanas iluminaban con luz tenue un cartel de bronce (ya verdigrís por los años) en la gran verja que tenía escritas las palabras «Night’s House».

Con un gesto de su mano derecha, el portón se abrió de par en par mágicamente.

—He llegado, madre —susurró para sí mismo mientras atravesaba el camino empedrado que se vislumbraba hasta la entrada de la casona, cerrándose, como con vida propia, el portón detrás de él.

Un rayo surcó el cielo, seco, cortante y sin razón aparente. Hizo temblar cuanto mobiliario cubierto de tela blanca y sucia se encontrase en esa casa gótica. Theodore tiró de una de las sábanas con entusiasmo para levantar una nube blanca de polvo a su alrededor y descubrir un sillón tapizado en damasco. Se dejó caer, exhausto, después de tanto caminar.

El viento comenzó a revolverse afuera, casi como si se avecinase una tormenta y entre el crujir de la madera vieja y el golpear de las ramas contra las ventanas, parecía colarse un susurro.

A Theo le pareció curioso; lo puso en alerta. El susurro parecía multiplicarse, amenazante en su tranquilidad. Era extraño, pues se percibía cerca y al mismo tiempo se escuchaba distante. Era un sonido ahogado, como si naciese en algún lugar abandonado en el tiempo, habitando, quizás, una garganta oxidada y espectral. El joven se levantó sobresaltado al sentir una presencia extremadamente violenta a su alrededor. Rápidamente comenzó a recitar cánticos protectores para mitigar los daños que pudiese recibir de aquella entidad que parecía no querer otra cosa sino acabar con su vida.

Antes de que pudiese terminar sus hechizos, una silueta torcida se dejó atisbar entre las sombras; el suelo temblaba en su presencia, lo que provocó que se levantase una humareda de polvo a su alrededor. Levantó lo que parecía ser su único brazo, pues al otro lado de su cuerpo había una clara ausencia de extremidades. Sus dedos comenzaron a moverse frenéticamente, de manera antinatural y bizarra. Cada movimiento provocaba un sonido hueco, como el de un pedazo de bambú al caer al suelo. Un destello carmesí brillaba con fuerza en la parte superior de este monstruo sombrío y, al terminar de contorsionar sus dedos, una vorágine telequinética creó un remolino de muebles, telas y polvo que parecía tener al joven Theo de epicentro y cuyo único propósito era hacerle daño.

Theodore, con un aplomo digno de su apellido, no se amedrentó ante el ataque; sin embargo, después de andar kilómetros extenuantes durante tanto tiempo, carecía de la fuerza física y mental para hacer frente a la amenaza. No hacía otra cosa que recitar sus conjuros protectores aun en contra de su propio cuerpo, que comenzaba a advertirle que estaba alcanzando su límite.

Su voz comenzó a bifurcarse en muchas voces que le desgarraban de dolor las cuerdas vocales, mientras una gota de sangre, espesa como brea, salía de su nariz y se resbalaba por su rostro hasta pintar su boca y colarse entre sus labios para tintar sus dientes.

La criatura, causante de aquel caos sobrenatural, se esforzaba por mantener su telequinesis agresiva sobre el muchacho, que, a pesar de su desgaste, logró protegerse de varios objetos lanzados contra él con bastante habilidad.

El ruido del torbellino mágico de muebles y sábanas voladoras dentro de la vieja mansión se había hecho uno con la tormenta que parecía fraguarse fuera. Vientos fuertes, agresivos, hacían silbar los árboles alrededor de la estancia y, al mismo tiempo, las gotas de agua acribillaban el tejado con violencia. Los truenos y relámpagos se hicieron cada vez más presentes y una centella se coló por los ventanales de cristal sucio de la villa. Fue entonces cuando Theodore, con lágrimas de sangre que empañaban sus ojos agotados y taciturnos, vislumbró a lo que se enfrentaba en aquella vorágine taumatúrgica: una muñeca rota de proporciones humanas, maltrecha y manchada con la misma mugre de todo lo demás que había en aquella casa. Al mismo tiempo, la criatura también lo vio a él, y reconoció en su rostro algo que le parecía familiar.

Con un suspiro ahogado, Theodore cayó al suelo, arrodillado, apoyando sus manos con dificultad y resignación contra el piso de mármol frío. Había alcanzado su límite; sus extremidades no le respondían y había comenzado a sangrar por los ojos y la nariz. Fue cuando su cuerpo había decidido darse por vencido que una gota de sangre cayó al suelo y, automáticamente, todos los objetos que volaban a su alrededor se detuvieron. El caos se envolvió en un silencio ensordecedor; ni siquiera el clima huracanado de fuera se hacía sentir. El aire se volvió menos pesado y llevó consigo el olor de la sangre hasta la autómata, que parecía congelada en el tiempo y el espacio.

Por unos segundos que parecieron horas, Theodore pudo ver, gracias a la luz de los rayos y centellas de la tormenta, cómo del único ojo de verde apagado de la muñeca brotaba una lágrima que surcó su mejilla magullada. La expresión de la criatura había cambiado; ya no se podía sentir el aura asesina de antes, sino una melancolía que inundó toda la estancia. Trató de extender su mano, cuyos dedos seguían moviéndose de manera vertiginosa, como buscando contacto amistoso con el muchacho. Trató de dar unos pasos, pero los espasmos de su mano se habían propagado por todo su cuerpo, que temblaba como si en cualquier momento fuese a estallar de dentro hacia afuera.

Ambos se miraron, directamente, y sin explicación ninguna Theodore Night sintió dentro de su alma una calidez pequeña, como el fuego de una cerilla en medio de una noche infinita. Su mente se inundó de imágenes difusas de su madre desaparecida.

—¿Elizabeth... eres tú? —preguntó aquella criatura rota y decadente, con una voz dulce y delicada que nada tenía que ver con su aspecto casi monstruoso.

En ese preciso momento en que aquel nombre que a Theo le sonaba casi bendito rompió el silencio que se había creado en aquella eternidad efímera entre ambos, todos los objetos que se mantenían en una estasis temporal se desplomaron con violencia contra el suelo. La criatura pareció apagarse, como un juguete viejo que de repente se quedó sin pilas, y las heridas, físicas y emocionales de Theodore, arremetieron contra su cansancio para abatirlo sin piedad. Ambos cuerpos cayeron al instante, junto a las sillas, libros, cuadros y cuanto objeto dejó de ser preso de la telequinesis desvanecida, mientras un trueno desgarrador enmascaraba el estruendo estrepitoso que rigió desde la casa de los Night.

Y fue ahí, tirado en el suelo, exhausto y sangrando, que el joven forastero, que había caminado millas interminables y dormido a la intemperie en busca de cualquier resquicio de familiaridad, supo que había llegado a casa: cuando escuchó aquel nombre que le acarició el alma justo antes de perder la conciencia.

Chapters
1. Capitulo I
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